Capítulo 11 — La versión de Santiago
Santiago no parecía cansado.
Eso fue lo primero que enfadó a Jimena.
Había conducido desde Extremadura hasta Madrid, había entrado en una ciudad que no era la suya, los había encontrado demasiado pronto y, aun así, se mantenía de pie en la acera con la camisa apenas arrugada, el pelo en su sitio y esa serenidad educada que tanto había gustado siempre a los adultos.
No tenía la respiración alterada. No tenía polvo en los zapatos.
No tenía la cara de alguien que hubiera dormido poco, mentido mucho o cruzado media España para alcanzar a una mujer que se le escapaba.
Parecía preparado.
Santiago siempre parecía preparado.
Daro estaba a su lado, tenso como un golpe retenido.
Rafa mantenía abierta la puerta del coche de Manolo, con Lola dentro ya, la mochila sobre las rodillas y los ojos clavados en la escena.
Mateo estaba medio sentado, medio derrumbado en el asiento trasero, pálido, con una mano sobre las costillas.
Alicia se había quedado unos pasos atrás, el portátil colgado al hombro, observando con la frialdad de quien memoriza detalles por si después hay que declararlos.
La calle seguía a lo suyo.
Un autobús frenó en la parada. Un hombre protestó porque el coche negro de Santiago estaba mal colocado.
Una mujer empujaba un carrito de bebé mientras hablaba por teléfono.
Madrid tenía esa crueldad práctica: podía colocar una tragedia en mitad de una acera y seguir pasando alrededor sin pedir permiso.
—No aquí —repitió Santiago.
Daro dio un paso más.
—Aquí está perfecto.
Santiago lo miró sin perder la calma.
—Para ti quizá. Estás acostumbrado a hacer de la calle una habitación.
Daro sonrió sin humor.
—Y tú a hacer de cualquier habitación una celda.
—No tengo tiempo para medirme contigo.
—Pues has venido hasta aquí para eso.
—He venido por Jimena.
La frase fue suave.
Propietaria.
Jimena sintió el viejo impulso de corregirlo como se corrige a alguien que ha pronunciado mal tu nombre.
—No has venido por mí —dijo—. Has venido porque algo se te ha ido de las manos.
Santiago la miró.
Durante un instante, algo en su rostro cambió. Dolor. Orgullo. Una mezcla de ambos.
—También.
La respuesta no era la que ella esperaba.
La sinceridad parcial la descolocó.
Daro lo notó.
—No le des cinco minutos.
Santiago no apartó los ojos de Jimena.
—¿Ves? Eso es exactamente lo que hace. Decide qué puedes oír. Qué puedes soportar. Qué es peligroso para ti. Solo que él lo hace con camiseta negra y mandíbula rota, así que parece más honesto.
Daro se movió.
Rafa lo sujetó por el brazo.
—No.
—Suéltame.
—No.
Jimena levantó la voz lo justo:
—Basta.
Los dos hombres se callaron.
No porque obedecieran del todo.
Porque ella había hablado como si no estuviera pidiendo espacio, sino ocupándolo.
Santiago la miró con una tristeza que ella no quiso creer.
—Dame diez minutos.
—No voy a irme contigo.
—No te lo he pedido.
—Todavía.
El golpe entró.
Santiago miró al suelo un segundo.
—En un sitio público. Donde tú elijas. Con quien tú quieras mirando desde la mesa de al lado si eso te hace sentir segura.
—No necesito sentirme segura.
—Sí —dijo él—. Todos lo necesitamos. Solo que algunos aprendimos a fingirlo mejor.
Aquello sonó demasiado humano.
Jimena lo odió por eso.
Habría sido más fácil si Santiago hubiera llegado amenazando.
Si hubiese alzado la voz, ordenado, señalado a Daro, exigido la llave, pronunciado el nombre de Tomás como un arma.
Pero estaba allí, frente a ella, hablándole como quien todavía recordaba cosas verdaderas entre ambos.
Como quien sabía que la violencia más eficaz no siempre empuja; a veces tiende una silla, baja la voz y te llama por tu nombre de una forma que existía antes del miedo.
Jimena miró a Rafa.
—¿Hay algún sitio cerca?
Rafa apretó la mandíbula.
—No me gusta.
—No te he preguntado eso.
Él le sostuvo los ojos unos segundos. Luego señaló al final de la avenida.
—Hay una cafetería en la esquina. Cristalera grande. Dueña cotilla. Cámaras. Si alguien grita, lo oye media manzana.
—Perfecto —dijo Santiago.
—Tú no opines —respondió Rafa.
Lola bajó la ventanilla del coche.
—Yo voy.
Daro se volvió enseguida.
—No.
—Qué sorpresa. Nueva negativa masculina. Me siento en una colección.
—Lola, quédate en el coche.
—Ni hablar.
Rafa intervino:
—Tú vienes conmigo, pero no a la mesa. Y si se mueve raro, le tiro el café hirviendo encima.
Santiago sonrió apenas.
—Qué hospitalarios sois en el barrio.
Lola abrió la puerta.
—Y eso que todavía no has conocido al perro de Maribel.
Mateo intentó incorporarse.
—Yo también voy.
Jimena clavó la vista en él.
—Tú no puedes ni respirar.
—Precisamente por eso. Si me muero, quiero hacerlo con contexto.
—Mateo.
—Jimena, estuve allí cuando Jacinto cayó. Estuve con Santiago. Si va a contar algo, quiero oírlo.
Santiago miró a Mateo por primera vez desde que había llegado.
No con desprecio.
No con esas palabras.
Con decepción.
Eso fue peor.
—No estás en condiciones.
Mateo soltó una risa seca.
—Curioso. Hace unas horas estaba en condiciones de llevarle un vaso a un hombre viejo.
Jimena vio cómo Santiago se tensaba.
No mucho.
Lo justo para doler.
—Mateo —dijo Santiago—, sabes que no fue así.
—No. Lo que sé es que tú me dijiste que no pasaría nada.
—Y no tenía que pasar.
—Pero pasó.
La frase quedó abierta.
Santiago no respondió.
Rafa abrió la puerta trasera del coche.
—El chico viene, pero si se cae, lo cargo yo y os maldigo a todos por orden alfabético.
Cruzaron la calle en grupo, pero sin parecer grupo del todo.
Santiago caminó separado, como si aceptara la vigilancia sin dignarse a llamarla vigilancia.
Daro no se separó de Jimena. No la tocó.
No intentó marcar territorio. Aun así, ella podía sentirlo a su lado, conteniendo una violencia que Santiago sabía provocar con una precisión casi íntima.
La cafetería se llamaba La Esquina de Mari .
El letrero era rojo, desgastado por el sol.
Dentro olía a café, tostadas, aceite y limpiador de suelo.
Había una barra con tortilla bajo una campana de cristal, mesas pequeñas de metal y una televisión sin sonido donde hablaban de política con subtítulos torcidos.
Una mujer de unos cincuenta años, pelo corto y labios pintados de rojo, levantó la mirada desde la cafetera cuando entraron.
—Rafa —dijo—. ¿Problemas?
—Café —respondió él.
—Entonces sí.
Mari miró a Santiago, a Jimena, a Daro, a Lola, a Mateo, a Alicia.
—¿Mesa grande o juicio rápido?
—Mesa junto al cristal —dijo Rafa.
—Claro. Para que si os matáis, quede bonito desde fuera.
Santiago no pudo evitar una sonrisa leve.
Jimena lo vio.
Y se molestó porque, durante un segundo absurdo, recordó que Santiago también sabía reírse.
Se sentaron en dos mesas.
En la primera, junto al cristal, Jimena y Santiago frente a frente. Daro ocupó una silla a un lado, no en la misma conversación pero dentro de ella. Santiago lo miró.
—Había dicho con quien ella quisiera.
—Y ella quiere que esté —respondió Jimena antes que Daro.
Santiago asimiló el golpe.
En la mesa de al lado se sentaron Rafa, Lola, Mateo y Alicia. Rafa pidió cafés, agua y algo de comer sin preguntar a nadie. Mari tomó nota mirando demasiado y fingiendo lo contrario.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Santiago apoyó las manos sobre la mesa. No llevaba anillos.
Solo el reloj de siempre. Jimena recordaba haberle visto ese reloj en cenas, monterías, ferias, tardes de verano.
Un regalo de Álvaro al cumplir dieciocho.
Lo había odiado entonces porque le parecía demasiado serio para un chico joven.
Ahora entendía que algunos padres regalaban relojes no para celebrar el tiempo, sino para recordar a sus hijos que debían heredarlo todo a una hora exacta.
—Empieza —dijo ella.
Santiago miró a Daro.
—No con él delante.
Jimena se levantó.
—Entonces hemos terminado.
—Jimena.
Ella cogió el bolso.
—No vuelvas a cometer el error de creer que me tienes sentada porque has aceptado mis condiciones. Estoy sentada porque he querido oírte. Si empiezas a recortar lo que puedo escuchar, me voy.
Santiago apretó los labios.
No estaba acostumbrado a esa Jimena.
O quizá sí.
Quizá la había visto venir durante años y por eso había intentado mantenerla dentro del camino correcto.
—Siéntate —dijo.
—No me des órdenes.
—Por favor.
La palabra salió baja.
No le quedaba perfecta.
Eso la hizo más peligrosa.
Jimena se sentó.
Mari dejó los cafés sobre la mesa y, al notar la tensión, se alejó despacio, mirando a Rafa como si le dijera luego me lo cuentas todo o llamo a la policía, según convenga.
Santiago no tocó su taza.
—Yo tenía quince años.
Jimena tuvo la impresión de que la frase abría una puerta sin hacer ruido.
Daro se quedó clavado en el sitio.
Mateo, en la otra mesa, bajó la vista.
Santiago miraba el café.
—No dieciséis, como pone en algunas fechas familiares.
Quince. Mi padre decía que ya era hora de que aprendiera a comportarme en el campo como un hombre y no como un invitado.
Esa mañana había demasiada gente en Las Encinas.
Hombres de esos que hablan alto aunque no digan nada, escopetas, perros, botas nuevas, alcohol demasiado temprano.
Tomás estaba de buen humor. Mi padre también.
Eso, con el tiempo, aprendí que era mala señal.
Jimena no respiraba.
No quería compadecerlo.
No quería imaginar a un Santiago adolescente, asustado, intentando parecer digno bajo la mirada de Álvaro. Pero la imagen apareció igual. Un muchacho demasiado joven, con una escopeta que no entendía del todo y un padre corrigiéndole la postura.
—Me pusieron una escopeta en las manos —continuó—.
No era la primera vez que disparaba, pero sí la primera vez que todos miraban.
Mi padre no soportaba que yo dudara delante de otros.
Me corregía en voz baja. Eso era peor que si gritara.
“No la bajes. No pongas esa cara. Un De la Vega no tiembla por una escopeta.” Cosas así.
Daro habló por primera vez:
—Tu padre sigue vivo. Mi tío no.