Bravío Capítulo 10 — La respuesta #3
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Capítulo 10 — La respuesta #3

Porque todos sabían ya lo que significaba.

La pelea seguía ahí.

El ring.

El precio.

El idioma que Bruno había elegido para él.

Rafa cogió el móvil de Daro y leyó el mensaje con sus propios ojos.

—Quiere que te presentes para que parezca que aún manda.

—Quiere hablar allí —dijo Daro.

—Quiere que sangres allí.

—Puede que ambas.

Jimena miró a Daro.

—No tienes que hacerlo.

Él no apartó la mirada.

—No he dicho que tenga que hacerlo.

—Pero lo estás decidiendo.

Daro guardó silencio.

Lola se acercó a él, más despacio que antes.

—Si entras ahí, entro yo.

—No.

—Entonces no entres.

—No funciona así.

—Claro que funciona así. Solo que nunca te ha gustado cuando alguien usa tus propias reglas.

Daro cerró los párpados un momento.

—No puedo dejar a Bruno sin respuesta.

—Ya le hemos respondido —dijo Jimena.

—No suficiente.

—Para él nunca será suficiente.

La frase se quedó entre ambos.

Daro la miró como si quisiera discutir.

No pudo del todo.

Alicia guardó la memoria externa y se la dio a Rafa.

—Os tenéis que ir. Esa llamada ha durado demasiado.

Rafa asintió sin teatro.

—Plan nuevo. Nada de estación hoy. Nada de polígono hoy. Primero sitio seguro.

—¿Cuál? —quiso saber Jimena.

Rafa miró a Daro.

—Mi casa no. El gimnasio tampoco. El piso de Daro, menos. Nos vamos a casa de Maribel.

Alicia levantó las cejas.

—¿Mi madre?

—Tu madre tiene tres cerraduras, un perro que odia a los hombres y una vecina que llama a la policía si alguien estornuda raro en el portal. Es un búnker con cortinas de ganchillo.

—Me va a matar.

—A la cola.

Mateo levantó una mano.

—¿El perro odia a los hombres en general o puedo alegar estado lamentable?

Lola cogió su mochila.

—Tú le gustarás. Hueles a miedo.

—Estoy haciendo amistades preciosas hoy.

Salieron de la biblioteca en grupos.

Afuera, la mañana había avanzado. Madrid seguía igual y ya no.

Más tráfico, más calor, más gente. Una pareja discutía junto a una moto.

Un repartidor maldecía a una aplicación.

Un autobús abrió puertas y soltó un grupo de adolescentes con mochilas.

La vida no se detenía por ningún secreto, pensó Jimena.

Quizá por eso las ciudades eran peligrosas de otra forma: podían tragarse una tragedia sin cambiar el ritmo del semáforo.

Mientras caminaban hacia el coche de Manolo, Jimena recibió un último mensaje de Santiago.

Esta vez no lo ocultó.

Lo leyó.

No dejes que Daro vuelva al ring. Ahí es donde Bruno convierte a los hombres en deuda.

Jimena se detuvo.

Daro lo vio.

—¿Qué?

Ella le enseñó la pantalla.

Él leyó.

Su expresión se cerró.

—Está jugando.

—Puede.

—Quiere que dudes de mí.

—No necesito a Santiago para preocuparme por ti.

La frase salió antes de que pudiera medirla.

Daro levantó la vista.

Lola, a unos pasos, fingió mirar un escaparate con una intensidad ridícula.

Mateo hizo lo mismo hacia un contenedor.

Rafa no fingió nada.

—Seguid andando —gruñó.

Jimena lo hizo.

Pero Daro caminó a su lado.

Sin tocarla.

Sin hablar.

La distancia entre los dos era pequeña y enorme a la vez.

Llegaron al coche. Manolo abrió.

En ese momento, al otro lado de la avenida, Jimena vio un vehículo negro detenerse junto al bordillo.

No fue el coche gris.

No era de alquiler.

Era elegante, oscuro, limpio.

La puerta trasera se abrió.

Santiago bajó.

No miró a su alrededor como alguien perdido.

Miró directamente hacia ella.

Como si hubiera sabido exactamente dónde encontrarla.

Jimena se inmovilizó.

Daro también lo vio.

Lola murmuró:

—Ese debe ser el príncipe del infierno.

Mateo susurró:

—Santiago.

Rafa abrió la puerta del coche.

—Dentro. Ya.

Santiago no corrió.

Solo cruzó la calle cuando el semáforo cambió, impecable, sereno, con la camisa ligeramente arrugada por el viaje y el rostro de un hombre que había perdido parte de su paciencia, pero no su educación.

Eso lo hizo peor.

Jimena no subió al coche.

Daro dijo su nombre.

—Jimena.

Ella no se movió.

Santiago llegó a la acera.

Se detuvo a tres metros.

No miró a Daro primero.

La miró a ella.

—No tienes ni idea de lo que estás a punto de provocar.

Jimena notó que el miedo intentaba volver a ponerle una correa al cuello.

Esta vez no bajó la vista.

—Entonces has llegado justo a tiempo para explicarlo.

Santiago sonrió.

No como en Las Encinas.

No como en la feria.

Una sonrisa pequeña, triste, peligrosa.

—No aquí.

Daro movió el cuerpo antes que la cabeza.

—Aquí está bien.

Santiago lo miró al fin.

—Rivas, tú tienes una cita esta noche. No llegues tarde.

A Jimena le pareció que Daro se tensaba a su lado.

Santiago volvió a mirarla a ella.

—Y tú tienes que decidir si quieres saber la verdad o solo la versión que te permite odiarnos a todos.

Nadie respiró.

Madrid pasaba alrededor: coches, voces, un autobús frenando, alguien pitando porque el vehículo negro estaba mal parado.

Y en mitad de aquella calle, lejos de Las Encinas pero con Las Encinas respirando entre ellos, Jimena entendió que Santiago no había venido solo a llevarla de vuelta.

Había venido a ofrecerle una verdad.

La suya.

Y quizá, precisamente por eso, era la más peligrosa de todas.