Capítulo 10 — La respuesta #2
—Si recibís más documentos, me los mandáis a la cuenta nueva. No por WhatsApp, no por correo normal, no por “mira esta fotito” como mi madre. Y no uséis redes. Ni subáis nada a ninguna nube vuestra. Si tenéis que llamar, teléfono prestado y frase corta.
Mateo levantó la mano.
—¿Puedes hablar más despacio para los heridos y los culpables?
Alicia lo miró.
—Tú no toques nada con contraseña hasta nuevo aviso.
—Me parece justo.
El móvil de Jimena volvió a vibrar.
Santiago.
Esta vez una llamada.
Todos vieron la pantalla.
Mateo se tensó.
Daro negó con la cabeza.
—No contestes.
Jimena miró el nombre.
Santiago de la Vega.
Durante años había sido un contacto normal. Cenas. Caballos. Feria. Fotos enviadas desde viajes. Mensajes de cumpleaños. Bromas. Invitaciones. Una vida entera preparada para que su nombre en una pantalla no pareciera peligroso, sino familiar.
Eso era lo peor.
Que el peligro no hubiera llegado disfrazado.
Había crecido junto a ella.
—Tengo que saber dónde está —dijo.
—No —dijo Daro.
—Si ha llegado a Madrid, puede ir a por Bruno, a por Lola, a por Mateo o a por mí.
—Precisamente.
Rafa miró a Alicia.
—¿Se puede rastrear algo si contesta?
Alicia hizo una mueca.
—No como en las películas. Pero si lo pone en altavoz, no da datos y lo entretiene, quizá suelte algo útil. La gente como él habla para recuperar control.
Jimena aceptó la llamada.
Puso altavoz.
Guardó silencio.
Durante un segundo solo se oyó ruido de coche al otro lado.
Después, la voz de Santiago.
—Jimena.
No sonó enfadado.
Sonó aliviado.
Eso la desarmó más de lo que habría querido.
—¿Dónde estás? —dijo él.
—Lejos de ti.
Hubo una pausa.
—Eso no es una dirección.
—Era la idea.
Santiago respiró despacio.
—Me alegra oírte la voz.
Daro apartó la mirada con una tensión visible.
Lola observó a Jimena como si estuviera viendo una técnica de manipulación en directo y tomando apuntes.
—No has llamado para saber si estoy bien —dijo Jimena.
—Claro que sí.
—No.
—Jimena.
—Has llamado porque sabes que estamos en Madrid.
Otra pausa.
Más breve.
—Tu madre está preocupada.
Jimena cerró los dedos alrededor del teléfono.
—No uses a mi madre.
—No la uso. He estado en Las Encinas. La he visto. Está destrozada.
La frase entró.
Jimena no pudo evitarlo.
La imagen de Rocío en aquella casa, de pie pero sola, la alcanzó como un golpe.
—¿Qué le has hecho?
Esta vez, Santiago pareció herido de verdad.
—¿De verdad crees que yo le haría daño a Rocío?
—Ya no sé qué creo de ti.
—Eso me duele.
Daro soltó aire por la nariz.
Jimena levantó una mano para que no hablara.
—A Jacinto también le dolió.
El silencio cambió.
—Lo de Jacinto fue un error —dijo Santiago.
Mateo apretó los párpados un instante.
Lola susurró:
—Hijo de puta.
Rafa la miró, pero no la corrigió.
Jimena notó que la sangre le subía al rostro.
—¿Un error?
—No tenía que pasar así.
—¿Así?
—No tenía que ponerse tan mal.
La frase dejó la biblioteca sin aire.
Mateo empezó a respirar más rápido.
Jimena no apartó los ojos del teléfono.
—Entonces sabías que le habían puesto algo.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Convertir una conversación en un interrogatorio.
—Es curioso. Cuando pregunto cosas que no te gustan, siempre cambia el género de la conversación.
Santiago tardó en responder.
—Estoy intentando ayudarte.
—No.
—Sí. Aunque ahora me odies, aunque ese hombre te haya llenado la cabeza de historias, aunque creas que huir a Madrid con Daro Rivas es una forma de libertad.
—No he huido con Daro.
—No. Claro. Has salido de tu casa de noche, con documentos robados, tu hermano herido y un exboxeador endeudado que cree que la justicia consiste en sangrar lo suficiente.
Daro acortó la distancia con el teléfono.
Rafa le puso una mano en el pecho.
Jimena sintió el golpe de cada palabra, porque Santiago no disparaba a ciegas. Elegía zonas blandas. La imagen de lo que ella había hecho, dicha por él, sonaba de pronto imprudente, sucia, casi ridícula.
Entonces miró a Lola.
A Mateo.
A Daro.
A Rafa.
Y recordó que Santiago siempre había sabido convertir una jaula en una frase razonable.
—¿Dónde estás? —preguntó ella.
—Cerca.
—Madrid es grande.
—No tanto cuando todos vais al único sitio donde Daro se cree seguro.
Lola miró hacia la calle.
Daro se tensó.
—No estamos en el gimnasio —dijo Jimena.
—Lo sé.
Alicia cerró el portátil despacio.
Rafa hizo una seña hacia la salida lateral.
Santiago continuó:
—Jimena, escúchame. Bruno no es un juego. Tu padre cree que puede controlarlo porque ha controlado siempre a los hombres que compraban su silencio. Se equivoca. Bruno no quiere honor, ni apellido, ni finca. Quiere beneficio. Y si Daro te ha hecho creer que puede protegerte de eso, te ha mentido.
Daro murmuró:
—Cuelga.
Jimena no lo hizo.
—¿Y tú sí puedes protegerme?
Santiago respondió sin dudar:
—Sí.
Lo dijo con una convicción tan serena que durante un segundo Jimena vio al niño que había sido, el adolescente con escopeta en la mano que quizá nadie había enseñado a temblar sin convertirse en peligro.
Santiago no sonaba como un villano explicando su plan.
Sonaba como un hombre convencido de estar diciendo una verdad obvia.
—¿A cambio de qué? —preguntó.
—De que vuelvas.
—¿A Las Encinas?
—A tu vida.
Jimena apretó los párpados un instante.
—Esa no era mi vida.
—Lo era antes de que empezaras a mirar solo la parte fea.
—La parte fea estaba debajo de mi cama, Santiago.
—Todos tenemos cosas debajo de la cama.
—No todos dejamos a un hombre respirando en un remolque.
El silencio fue absoluto.
Santiago no respondió.
Mateo abrió los ojos.
Daro miró a Jimena.
Rafa dejó de moverse.
Alicia, incluso Alicia, se quedó quieta.
Jimena supo entonces que había acertado en algo.
No en todo.
Pero sí en un nervio.
Cuando Santiago volvió a hablar, su voz ya no era dulce.
—No sabes de qué estás hablando.
—Entonces explícame.
—No por teléfono.
—Claro.
—No porque me niegue. Porque hay cosas que no deben decirse así.
—Qué conveniente.
—Qué fácil te resulta juzgar cuando acabas de llegar a la verdad hace dos días.
Eso entró.
Jimena tardó un segundo en encontrar la voz.
Santiago siguió, más bajo:
—Tú no estabas allí. Daro tampoco. Tu madre recuerda a través del miedo. Tu padre a través de la culpa. Mi padre a través de la conveniencia. Y yo…
Se calló.
A Jimena le pareció que todo en ella se inclinaba hacia el teléfono.
—Tú qué.
No respondió.
Desde el otro lado se oyó un intermitente. Un coche parando. Ruido de calle.
—Vuelve antes de que Bruno decida que vales más como moneda que como Albares —dijo al fin.
La llamada se cortó.
Nadie habló durante unos segundos.
Alicia fue la primera.
—Ese hombre es un problema con buena dicción.
Mateo se tapó la cara con una mano.
—Ha admitido lo de Jacinto.
—Ha admitido que sabía algo —corrigió Daro.
Jimena seguía mirando el teléfono.
—Y sabe algo de la montería.
—Todos saben algo de la montería —dijo Rafa.
—No así.
Jimena sintió una certeza desagradable formándose.
Santiago no era solo el hijo protegido. No era solo el adolescente con una escopeta en una foto. No era solo el prometido que quería conservarla. Había algo más. Algo que él creía poder explicar. O justificar. O transformar en una versión donde su culpa no se llamara culpa.
Eso podía ser aún más peligroso que una mentira.
El móvil de Daro vibró.
Bruno.
No llamó.
Respondió al mensaje.
Daro leyó en voz alta:
—“La llave no abre lo que te dijo el viejo. Abre lo que queda después de que alguien llegue tarde.”
Jimena tuvo la impresión de que el estómago se le cerraba.
Rafa frunció el ceño.
—Eso no es una respuesta.
—Sí lo es —dijo Mateo.
Todos lo miraron.
El chico estaba pálido, pero más atento que antes.
—La estación de Cáceres no es la trampa. O no solo. “Lo que queda después de que alguien llegue tarde”… puede ser un depósito. Una consigna. Algo que alguien dejó cuando ya no podía salvar a Julián.
Jimena tocó la llave.
La llave de una taquilla.
La estación.
Julián entregándosela a Jacinto antes de la montería.
Jacinto diciendo que no fueran.
Santiago queriéndola.
Bruno sabiendo lo suficiente para rodearla de frases.
—Hay otra parte —dijo Daro.
Leyó el segundo mensaje.
—“Esta noche, Rivas. Si quieres que escuche, ya sabes dónde se paga.”
Lola se puso de pie.
—No.
Daro se mordió la respuesta.