Capítulo 10 — La respuesta
No salieron de la biblioteca enseguida.
Aquello fue lo primero que Jimena agradeció sin decirlo. Nadie salió corriendo hacia la dirección del mapa. Nadie llamó a Bruno. Nadie se subió a un coche para ir detrás de Santiago ni decidió, en un gesto absurdo de valentía, que la única manera de responder al miedo era obedecerlo.
Durante unos minutos, se quedaron allí, alrededor de una mesa de madera clara, bajo la luz blanca y tranquila de la biblioteca municipal, con los móviles apagados, las copias hechas y el mundo exterior funcionando como si ellos no acabaran de descubrir que la vida podía dividirse en tres trampas distintas.
La estación.
El polígono.
El ring.
Alicia cerró el portátil con calma.
—Necesitáis comer algo.
Mateo levantó la cabeza.
—Me parece una estrategia brillante.
Lola lo miró.
—Tú necesitas un médico, no un bocadillo.
—Los bocadillos también curan heridas emocionales.
—Eso lo has leído en una taza de Mr. Wonderful, seguro.
—No descartes que sea profundo.
Rafa se frotó la cara con las dos manos.
—Dios me dé paciencia.
—No creo que Dios se meta en esto —dijo Alicia, guardando los cables en la mochila—. Bastante tiene con los grupos de WhatsApp de madres.
Daro seguía de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle.
Desde que había recibido el mensaje de la pelea, su cuerpo había cambiado.
No de una forma visible para cualquiera.
No caminaba de un lado a otro ni apretaba los puños.
Era peor. Estaba demasiado quieto. Jimena empezaba a entender que, en Daro, la quietud podía ser más peligrosa que el movimiento.
La pelea le había dado una forma al caos.
Eso era lo que la asustaba.
Mientras todo había sido papeles, llaves, muertos antiguos, madres silenciadas y deudas familiares, Daro parecía obligado a pensar en un terreno que no le pertenecía del todo.
Pero el ring —aunque fuera clandestino, aunque fuera una trampa, aunque Bruno lo hubiera escogido precisamente por eso— le ofrecía un idioma conocido.
Dolor contra dolor. Cuerpo contra cuerpo.
Algo que se podía medir, resistir, devolver.
Jimena no quería verlo cómodo allí.
No quería imaginarlo cómodo en ningún sitio donde alguien esperara verlo sangrar.
—No vas a ir —dijo Lola.
No era la primera vez que lo decía.
Tampoco sonó como si fuera a ser la última.
Daro no se volvió.
—No he dicho que vaya.
—No. Has hecho algo peor. Has dejado de hablar.
Mateo, sentado con una botella de agua entre las manos, asintió con una seriedad exagerada.
—Confirmo que el silencio masculino suele preceder a la estupidez.
Lola lo señaló.
—Tú no ayudes tanto, que me desconcentras.
—Perdón. Estoy intentando ser útil y me está sentando fatal.
Rafa miró a Daro.
—La pelea está puesta para ti.
—Ya lo sé.
—No. No lo sabes. Tú crees que está puesta para darte una salida. Está puesta para recordarte quién eras cuando no tenías salidas.
Daro apretó la mandíbula.
Esta vez sí se volvió.
—No me hables como si no supiera de dónde vengo.
—Te hablo así porque lo sé.
La bibliotecaria levantó la vista desde el mostrador.
Rafa bajó la voz, pero no la dureza.
—Bruno no necesita que ganes. Necesita que aceptes. En cuanto aceptes, ya ha demostrado que puede ponerte a bailar donde quiere.
—Si no acepto, irá a por Lola.
—Ya ha ido a por Lola —dijo ella—. Y aquí sigo, diciéndote que no seas idiota.
Daro mantuvo la vista en ella.
Había rabia en sus ojos.
Y miedo.
Lola le sostuvo la mirada sin parpadear.
Tenía diecisiete años, una mochila llena de apuntes inútiles para aquella mañana y un hermano mayor que había intentado toda la vida ponerse delante del daño como si el daño no supiera rodear cuerpos.
Jimena pensó que quizá Lola era la única persona allí capaz de decirle a Daro ciertas cosas sin que él pudiera convertirlas en discusión.
—No voy a dejar que te toque —dijo él.
Lola soltó una risa amarga.
—Pues empieza por no dejar que te use.
Alicia apoyó la mochila sobre la mesa.
—Hay una forma menos idiota de contestar.
Todos la miraron.
Ella abrió de nuevo el portátil, como si le fastidiara tener que compartir una obviedad.
—Bruno quiere tres cosas: que tengáis miedo, que entreguéis información y que os separéis. Así que no le deis ninguna completa. Dadle una parte falsa, una parte cierta y una parte que le obligue a moverse.
Mateo parpadeó.
—Eso ha sonado a delito con estructura.
—Gracias.
Jimena se inclinó hacia delante.
—¿Qué parte falsa?
Alicia señaló el móvil de Daro.
—La pelea. Él espera que Daro acepte de forma emocional. Pues Daro responde de forma práctica. No dice sí ni no. Dice que no pelea sin garantía de que Lola queda fuera, y que antes de moverse necesita ver algo que pruebe que Bruno tiene poder real sobre la llave o sobre la estación.
Daro frunció el ceño.
—¿Y eso para qué sirve?
—Para que Bruno hable de lo que sabe. La gente que quiere parecer poderosa a veces enseña demasiado para demostrar que no está mintiendo.
Rafa asintió despacio.
—No está mal.
—Claro que no está mal. Lo he dicho yo.
Lola se sentó en el borde de la mesa, pese al cartel de “no sentarse sobre las mesas” pegado en una columna.
—¿Y la parte cierta?
Alicia miró a Jimena.
—Que tenéis copias fuera de los móviles. Eso sí se lo podéis dejar caer. No dónde ni cuántas. Solo que destruir un teléfono no sirve.
Mateo hizo una mueca.
—Eso le va a cabrear.
—Bien —dijo Rafa—. La gente cabreada se equivoca antes que la gente segura.
Daro negó con la cabeza.
—Bruno no es un matón de barra. Se cabrea para dentro.
—Todo el mundo se equivoca para dentro también —dijo Alicia.
Jimena tocó la llave dentro del bolsillo.
—¿Y la parte que le obliga a moverse?
Alicia bajó la voz, aunque nadie cerca parecía prestarles atención.
—Le dices que la llave no abre Cáceres.
Jimena no se movió.
—Pero no sabemos si eso es verdad.
—Exacto.
—No entiendo.
Mateo, inesperadamente, sí.
—Si Bruno cree que nosotros sabemos algo distinto, quizá intente corregirnos.
Alicia lo señaló con un dedo.
—El cadáver guapo piensa.
Mateo cerró los párpados un momento.
—No puedo creer que ese apodo haya cruzado de conversación.
Lola sonrió sin querer.
Daro se acercó a la mesa.
—Bruno no va a caer en algo tan simple.
—No tiene que caer del todo —dijo Jimena.
Todos la miraron.
Ella sintió el peso de la atención y, por un momento, volvió a ser la niña en el comedor, con adultos esperando que hablara bien o se callara mejor. Pero aquello no era Las Encinas. Nadie la estaba midiendo para casarla, usarla o corregirla. Estaban esperando una idea.
Y la tenía.
Todavía incompleta.
Pero suya.
—Bruno cree que estamos reaccionando. A su llamada, a su hora, a su pelea. Santiago también. Mi padre también. Todos han decidido que somos piezas moviéndose después de que ellos empujen. Pero tenemos algo que ellos no saben exactamente dónde está.
—Las copias —dijo Rafa.
—Y la carta de Isabel. Y lo que Rocío dijo. Y lo que Jacinto entregó. No tenemos la verdad entera, pero ellos tampoco saben cuánto tenemos.
Daro la observó.
Jimena respiró.
—No hay que convencer a Bruno de una mentira completa. Hay que hacerle dudar de su mapa.
Alicia sonrió apenas.
—Eso sí me gusta.
Lola miró a Jimena con una expresión que ya no era hostil del todo.
—Para ser perfume rural, piensas rápido.
—Estoy intentando tomármelo como cumplido.
—Hazlo. No tengo tantos.
Mateo levantó la botella.
—Yo lo celebraría, pero el ibuprofeno me tiene humilde.
Rafa señaló a Daro.
—Mensaje. Ahora. Y lo escribimos entre todos para que no parezca una invitación al suicidio.
Daro no parecía convencido.
Pero sacó el móvil.
Lo encendió.
Durante unos segundos entraron notificaciones acumuladas: llamadas perdidas de números ocultos, un mensaje de Rocío, otro de un número sin guardar, dos de Rafa que ya no importaban, uno más de Bruno.
Jimena vio el nombre de Santiago aparecer en la pantalla de su propio móvil cuando lo encendió para comprobar si Rocío había vuelto a escribir.
Tres llamadas perdidas.
Un mensaje.
No lo abrió.
No todavía.
Daro apoyó el móvil sobre la mesa.
—¿Qué pongo?
Lola se cruzó de brazos.
—Nada de “voy yo solo”.
—Qué lástima. Era mi primera idea.
—No tiene gracia.
—No pretendía tenerla.
Rafa dictó:
—“No peleo por humo.”
Daro escribió.
Alicia hizo una mueca.
—Eso suena a película mala.
—Pues dicta tú, Cervantes.
Alicia pensó unos segundos.
—Pon: “Si quieres hablar de la pelea, primero demuestra que sabes qué abre la llave.”
Daro levantó la mirada.
—No.
—¿Por qué?
—Porque confirma que tenemos la llave.
Jimena intervino:
—Ya lo sabe.
—No sabemos cuánto sabe.
—Jacinto me la entregó delante de Santiago.
Mateo apartó la vista.
—Y Santiago ya habrá hablado.
Eso dolió, pero era cierto.
Daro escribió la frase.
Rafa añadió:
—“Las copias no están en nuestros móviles.”
Alicia chasqueó la lengua.
—Mejor: “Romper teléfonos no borra nada.”
Daro lo observó en silencio.
—Eso sí suena a amenaza.
—Es una amenaza —dijo Lola—. Por fin participamos todos.
El mensaje quedó así:
Si quieres hablar de la pelea, primero demuestra que sabes qué abre la llave. Romper teléfonos no borra nada.
Daro lo leyó en silencio.
—Es demasiado corto.
Rafa soltó aire.
—Los hombres como Bruno no leen novelas por WhatsApp.
Jimena pensó en Santiago.
En sus mensajes largos, elegantes, cargados de preocupación y control.
—Envíalo.
Daro la observó en silencio.
No era obediencia lo que pasó entre ellos.
Fue otra cosa.
Una aceptación pequeña, incómoda, como si Daro estuviera aprendiendo que no todas las decisiones compartidas eran una forma de perder autoridad.
Envió.
El mensaje quedó marcado con un solo tic.
Después dos.
Leído.
Nadie respiró demasiado.
Bruno no respondió.
Ese silencio pesó más que la llamada.
—Ahora salimos de aquí —dijo Rafa—. Alicia, tú te vas por tu cuenta.
—No necesito que me lo digas.
—Te lo digo para sentirme útil.
Alicia guardó el portátil.