Capítulo 9 — Una hora #4
Era un mensaje de un contacto sin nombre, solo un número que Daro reconoció al instante. Se le notó en la cara.
Rafa también lo vio.
—No.
Jimena miró la pantalla.
No entendió el mensaje al principio.
Esta noche. Mismo sitio. Una pelea. Si ganas, Bruno escucha. Si no vienes, escucha a otros.
Daro cogió el móvil antes de que nadie pudiera apartarlo.
Lola se levantó.
—Ni de coña.
—Lola.
—No. No, no, no. Sé lo que es esa cara. Esa es la cara de “me voy a dejar romper porque así gano tiempo”. Ni se te ocurra.
Rafa se acercó a Daro.
—No estás en forma para eso.
—No sabes contra quién es.
—No necesito saberlo.
—Puede darnos tiempo.
—También puede darte una hemorragia interna, que es una forma muy tonta de ganar una tarde.
Jimena miró a Daro.
El mensaje había cambiado algo en él. No lo había asustado. Casi al contrario. Le había ofrecido un terreno conocido. Un lugar donde el dolor se volvía físico, medible, menos confuso que las cartas, las llaves, las deudas y las madres llorando quince años tarde.
Eso era lo peligroso.
—No —dijo ella.
Daro clavó los ojos en ella.
—No decides tú.
—Lo sé.
—Entonces…
—Pero voy a decirlo igual.
Lola se cruzó de brazos junto a ella.
—Qué sorpresa. Estoy de acuerdo con la señorita trauma rural.
—Gracias, creo —dijo Jimena.
—No te emociones.
Mateo levantó la mano.
—Yo también voto que no.
Daro lo miró con incredulidad.
—Tú no votas.
—Ya. Pero me están usando como ejemplo de lo que pasa cuando un hombre con complejo de utilidad acepta tratos de gente peligrosa. Estoy en mi área.
Rafa señaló a Mateo.
—El cadáver guapo aprende.
Mateo respiró hondo antes de volver a mirar.
—Ese apodo se va a quedar, ¿verdad?
—Sí —dijo Lola.
Alicia desconectó los móviles.
—Copias hechas. En tres sitios. Nadie puede borrarlo todo sin encontrarme, y yo soy muy desagradable cuando me buscan.
Rafa cogió la memoria externa.
—Bien.
Jimena guardó su móvil.
Daro seguía con el mensaje abierto.
Lola se acercó a él. Esta vez no gritó.
Eso hizo que Daro levantara la vista.
—Si vas a esa pelea —dijo ella—, no lo hagas diciendo que es por mí. No te atrevas a ponerme encima otro sacrificio tuyo. Ya tengo bastantes.
Daro no se movió.
—Lola…
—No. Si vas porque estás rabioso, dilo. Si vas porque no sabes hacer otra cosa con el dolor, dilo. Si vas porque crees que un puñetazo se entiende mejor que una conversación, dilo. Pero no digas que es por mí.
La biblioteca seguía con su calma absurda alrededor.
Una página al pasar.
Un teclado al fondo.
La bibliotecaria sellando un préstamo.
Y Daro Rivas, que parecía capaz de sostener cualquier golpe, se quedó sin defensa delante de su hermana pequeña.
A Jimena le pareció que no debía mirar.
Miró igual.
Daro guardó el móvil.
—No voy a decir que es por ti.
Lola respiró.
—¿Eso significa que no vas?
Él no respondió.
Rafa soltó una maldición.
Jimena apartó la vista un instante.
El teléfono de Alicia vibró entonces.
Ella miró la pantalla, frunció el ceño y giró el portátil hacia ellos.
—Hay algo más.
En la pantalla aparecía un mapa con una dirección marcada. No Cáceres. No Carabanchel. Un punto en una zona industrial al sur de Madrid.
—El número de mensajería que aparece en los documentos tuvo actividad esta mañana. Una furgoneta registrada a nombre de esa empresa entró en un polígono a las ocho y media. No puedo asegurar que sea nada, pero…
Daro completó:
—Bruno.
Alicia asintió.
—O alguien que trabaja cerca de él.
Mateo miró el mapa.
—Santiago podría ir allí.
Jimena tuvo la impresión de que la dirección se convertía en otra puerta. No la de Cáceres. No la de la estación. Una más cercana. Una que olía a Bruno, a deuda, a Madrid.
Rafa miró a Daro.
—Nada de ir corriendo.
—No.
—Te conozco.
—He dicho que no.
Pero su voz ya estaba lejos.
Jimena entendió entonces que el capítulo que había empezado con una hora concedida por Bruno estaba terminando con demasiados relojes distintos: Santiago camino de Madrid, Rocío sola en Las Encinas, la llave sin usar, la cinta perdida, una pelea ofrecida como moneda y una dirección marcada en un mapa.
Daro miró a Jimena.
No pidió permiso.
No pidió ayuda.
Pero ya no parecía tan seguro de poder hacerlo todo solo.
Ella tocó la llave dentro del bolsillo.
—No vamos a correr hacia todas las trampas —dijo.
Rafa asintió.
—Por fin alguien dice algo sensato.
Jimena miró el mapa.
—Elegimos una.
Lola soltó aire.
—Eso ha sido menos sensato.
Daro cerró los dedos alrededor del móvil.
Fuera de la biblioteca, Madrid seguía funcionando con una indiferencia perfecta.
Dentro, sobre una mesa pública, entre carteles de cuentacuentos y estudiantes preparando exámenes, la vida de todos acababa de dividirse en tres caminos peligrosos: la estación, Bruno y el ring.
Daro miró de nuevo el mensaje de la pelea.
Luego el mapa.
Luego a Lola.
Por último a Jimena.
—Esta noche —dijo— Bruno espera una respuesta.
Jimena resistió su mirada.
—Entonces vamos a darle una que no haya escrito él.
Nadie preguntó cuál.
Todavía no la tenían.
Pero por primera vez desde que habían salido de Las Encinas, el miedo no decidió solo.
Y eso, aunque no salvara a nadie, ya era una forma pequeña de empezar a ganar.