Bravío Capítulo 9 — Una hora #3
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Capítulo 9 — Una hora #3

—Tu madre te ha mandado irte por ti. Eso también pesa.

—Sí.

—Pues no lo conviertas en una cosa noble demasiado pronto. Primero enfádate. Ayuda.

Jimena notó que algo se le aflojaba en el pecho.

—Gracias.

Lola puso cara de horror.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Darme las gracias como si acabáramos de tener un momento bonito. Me incomoda.

Rafa habló desde delante:

—Demasiado tarde. Lo habéis tenido.

—Rafa.

—Estoy orgulloso y disgustado.

La biblioteca municipal estaba en una avenida ancha.

Un edificio de ladrillo y cristal, con carteles de actividades infantiles y un tablón de anuncios lleno de cursos, talleres y papeles arrancados a medias.

Entraron por separado. Primero Rafa. Luego Lola y Jimena.

Manolo se quedó fuera, dando vueltas a la manzana.

Dentro olía a papel, aire acondicionado y suelo limpio.

La calma del lugar resultó casi obscena.

Una mujer devolvía libros en el mostrador.

Dos estudiantes discutían en voz baja junto a una mesa.

Un señor mayor leía el periódico. En la zona infantil, una niña arrastraba un libro ilustrado más grande que su torso.

Nadie sabía que una llave antigua, unos papeles fotografiados y medio secreto de una muerte estaban entrando por la puerta.

Alicia los esperaba junto a los ordenadores.

Era una mujer de unos treinta años, pelo corto, gafas redondas y sudadera negra. Tenía una mochila a sus pies y un portátil abierto. Al ver a Rafa, levantó una ceja.

—Has dicho favor pequeño.

—Ha crecido por el camino.

Alicia miró a Jimena y Lola.

—Eso hacen tus favores siempre. Hola.

—Hola —dijo Jimena.

Lola levantó una mano.

—Yo soy menor, por si esto acaba en juicio.

Alicia sonrió apenas.

—Lista.

—A ratos.

Daro y Mateo llegaron cinco minutos después. Mateo caminaba mejor, pero peor de cara. Daro entró último, después de mirar la avenida desde el cristal de la puerta. Cuando vio a Lola sentada junto a Jimena, algo en su expresión se calmó sin llegar a desaparecer.

Alicia no pidió explicaciones morales.

Pidió móviles.

Daro dejó el suyo. Jimena también. Alicia conectó cables, sacó una memoria externa pequeña, abrió ventanas, creó carpetas con nombres neutros.

Sus dedos se movían rápido sobre el teclado.

No preguntó quién era Tomás ni por qué había fotografías de una chica saliendo de un gimnasio.

Solo levantó la vista cuando abrió la imagen de la carta de Isabel.

—Esto conviene escanearlo bien si tenéis el original.

—No lo tenemos —dijo Jimena.

—Entonces esta foto vale, pero no enamora a un juez.

—No buscamos un juez todavía —dijo Daro.

Alicia lo miró.

—Pues mal. Porque si no pensáis en qué puede sostenerse fuera de vuestro miedo, solo tenéis miedo con archivos adjuntos.

Rafa sonrió.

—Me cae bien cuando trabaja.

—Me caigo bien siempre.

Alicia duplicó los archivos en varias carpetas cifradas, subió copias a una cuenta nueva y escribió unas instrucciones en un papel que entregó a Jimena.

—No pierdas esto.

Jimena lo guardó dentro de la funda del móvil.

—Gracias.

—No me des las gracias todavía. Esto solo evita que todo desaparezca si os roban el teléfono. No evita que os roben a vosotros.

Mateo palideció un poco más.

—Qué agradable.

Alicia abrió una de las fotos de los recibos.

—Esta empresa, Gestión Alcázar, está conectada con dos sociedades más. Una de ellas tiene administrador único que aparece en prensa local por un caso de apuestas ilegales hace años. Nada grande. Lo suficiente para oler mal.

Daro se inclinó.

—¿Nombre?

—Nicolás Aranda.

Rafa dejó de sonreír.

Daro también.

Jimena lo notó.

—¿Lo conocéis?

Rafa habló primero.

—Nico Aranda. Antes le decían Nico el Limpio porque nunca firmaba nada con su nombre.

—Pues aquí se cansó de limpiar —dijo Alicia—. O alguien firmó por él.

Mateo tragó con esfuerzo.

—Yo he visto a ese hombre.

Todos lo miraron.

—¿Dónde? —preguntó Daro, desconfiado.

—Con Santiago. En Madrid. Una noche. Fue uno de los que me explicó que las deudas no se pedían, se obedecían.

Lola cerró la mochila despacio.

—Qué manera tan fina de decir que te amenazó.

Mateo bajó la vista.

—Sí.

Alicia abrió otra ventana.

—También hay un número que se repite en los márgenes de tres documentos. No está guardado, pero aparece vinculado a una mensajería de la zona sur. Podría ser tapadera. Podría no.

—¿Puedes localizar dirección? —insistió Daro.

—Puedo intentarlo. No desde aquí si no queréis que me meta donde no debo delante de una señora buscando libros de recetas.

Como si la hubiera oído, una bibliotecaria los miró desde el mostrador.

Rafa bajó la voz:

—Tiempo.

Alicia siguió trabajando.

El móvil de Daro, conectado al portátil, se encendió con una llamada entrante.

Número oculto.

Todos se quedaron quietos.

Alicia miró a Daro.

—¿Ese es el villano?

—Uno de ellos —dijo Lola.

El teléfono dejó de vibrar.

Volvió a empezar.

Daro no lo tocó.

A la tercera llamada, llegó un mensaje.

Se acaba el tiempo.

Después otro.

No hagas que vaya a buscar lo que sabes que vas a ofrecerme.

Jimena sintió un frío en la nuca.

—Quiere que le demos algo.

—Quiere que yo le dé algo —dijo Daro.

Rafa lo miró.

—No.

—No he dicho que vaya a hacerlo.

—Pero lo estás pensando con esa cara de burro sacrificado.

Daro guardó silencio.

Mateo, que había estado mirando la pantalla, habló con voz baja:

—Hay otra cosa.

Jimena se volvió hacia él.

—¿Qué?

—Santiago no viene solo por las copias. Si Bruno también quiere la llave, entonces la estación no es solo una trampa. Hay algo allí. Algo que todos prefieren controlar.

—O destruir —dijo Alicia sin levantar la vista.

Jimena tocó el bolsillo.

La llave seguía allí.

Pequeña.

Insistente.

Daro miró a Rafa.

—Necesitamos saber qué hay en Cáceres.

—No hoy.

—No he dicho hoy.

—Lo has pensado.

—También pienso muchas otras cosas que no hago.

Lola soltó una risa seca.

—Eso es nuevo.

El móvil vibró otra vez.

Esta vez no era número oculto.