Bravío Capítulo 9 — Una hora #2
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Capítulo 9 — Una hora #2

En el almacén, en cambio, todo el mundo parecía enfadarse, opinar, interrumpir, entrar sin permiso.

Y aun así, nadie estaba solo.

El móvil de Jimena vibró.

Todos se quedaron quietos.

Era un mensaje de Rocío.

No contestes llamadas de tu padre.

Debajo llegó otro.

Santiago ha salido hacia Madrid.

A Jimena le pareció que el suelo se inclinaba.

Se lo enseñó a Daro.

Él leyó y no dijo nada.

No le hizo falta.

Mateo se puso de pie demasiado rápido y tuvo que apoyarse en la pared.

—No.

Jimena se volvió hacia él.

—¿Qué?

—No puede venir.

Lola frunció el ceño.

—¿Tu amigo perfecto?

—No es mi amigo.

—Pues tu chantajista con gomina.

Mateo no contestó.

Tenía los ojos fijos en el móvil de Jimena.

—Si viene, es porque algo ha salido mal allí.

—Allí ya estaba todo mal —dijo Daro.

—No. Mal de verdad. Santiago no se mueve si no cree que puede ganar algo. O arreglar algo antes de que otro lo haga.

Jimena se acercó a su hermano.

—¿Qué sabe Santiago de Madrid?

Mateo se humedeció los labios.

—Más que yo.

—Mateo.

—Le debía dinero a gente. Primero poco. Luego más. Pensé que podía devolverlo antes de que papá se enterara. Santiago se enteró antes.

—¿Cómo?

Mateo soltó una risa rota.

—Porque yo soy imbécil, pero él no.

No era respuesta suficiente.

Jimena esperó.

Mateo miró a Lola, a Rafa, a Daro. Personas ajenas. Demasiadas. Su vergüenza parecía dolerle más que las costillas.

—Hice de intermediario —dijo al fin—. Una vez. Para unos pagos. Santiago me dijo que era una tontería, que solo tenía que firmar una entrega, que así le demostraba a papá que podía encargarme de algo. Quería que me sintiera útil. Yo quería que alguien pensara que podía serlo.

Jimena tuvo la impresión de que se le partía algo pequeño.

Mateo siguió:

—El dinero venía de una empresa de esas que estaban en los papeles. No sabía para qué era. No pregunté. Me dieron una comisión. La perdí casi toda en dos semanas.

—¿Juego? —preguntó Rafa.

Mateo evitó sus ojos.

—Cartas. Apuestas. Cosas.

Rafa soltó aire por la nariz.

—Qué original todo.

Lola, contra lo esperado, no se burló.

—El miedo no es personalidad —dijo—. Aunque lo vistas de chulería.

Mateo levantó la vista.

La frase no le gustó.

Precisamente por eso le sirvió.

—Ya —murmuró.

Jimena se sentó en una caja frente a él.

—¿Santiago conoce a Bruno?

Mateo asintió despacio.

—No sé si directamente. Pero conoce a gente que trabaja para él. O con él. O como se diga cuando todos se deben favores y nadie se sienta en la misma mesa.

Daro miró a Rafa.

—El coche de fuera puede ser de Bruno o de Santiago.

—O de alguien que cobra de ambos —dijo Rafa.

Manolo volvió del taller.

—Sigue ahí. Matrícula de alquiler. El tío no ha salido. Ha hecho dos llamadas cortas. No mira el taller; mira el gimnasio.

Daro guardó el móvil.

—Voy a hablar con él.

—No —dijo Jimena.

Daro la miró con impaciencia.

—No voy a pegarle.

—Eso no me tranquiliza tanto como crees.

Rafa se levantó.

—Voy yo.

—No —dijo Daro—. Es conmigo.

—Precisamente por eso voy yo. Si quieren verte saltar, no les das el gusto.

Lola se cruzó de brazos.

—Vaya, un adulto con cerebro. Qué exótico.

Daro parecía a punto de discutir, pero algo en la mirada de Rafa lo detuvo. Había una historia ahí. Una autoridad que no venía de imponer, sino de haber recogido demasiadas veces los pedazos de Daro cuando este no sabía quedarse quieto.

Rafa abrió la puerta del taller.

—Manolo, dame el mono de repuesto.

—¿Para qué?

—Para parecer más feo.

—No necesitas mono.

—Mira qué gracioso estás para tener hipoteca.

Rafa se puso un mono azul sobre el chándal y salió por el taller con Manolo, como si fueran a revisar un motor. Daro observó desde la rendija. Jimena se acercó a su lado.

—No vas a salir —dijo ella.

—No si no hace falta.

—Daro.

Él no apartó la vista.

—¿Qué?

—No voy a pedirte que perdones.

Ahora sí la miró.

Jimena mantuvo la vista en él.

—Ni que estés tranquilo. Ni que no quieras romperle la cara a alguien. Pero no les entregues tu vida además de la de Julián.

La frase no fue alta.

No fue perfecta.

Salió con la torpeza de alguien que también estaba aprendiendo a hablar fuera de las órdenes y las defensas.

Daro se inmovilizó.

Durante un segundo, el almacén desapareció de sus ojos. No la miró como en Las Encinas, con desconfianza y rabia. La miró peor: como si hubiera encontrado una mano donde esperaba una pared.

—No sabes lo que pides —dijo.

—Sí.

—No.

—Estoy pidiendo que vivas lo suficiente para ganarles.

Eso lo alcanzó.

Se le vio en la boca, en la forma de apartar la mirada demasiado pronto.

—Mi tío estaba vivo —dijo él en voz muy baja.

Jimena sintió frío.

—No lo sabemos todo.

—Sabemos que respiraba.

—Sí.

—Sabemos que eligieron otra cosa antes que salvarlo.

—Sí.

Daro dejó caer los párpados un instante.

—No sé dónde meter eso.

Jimena no lo tocó.

Quiso.

No lo hizo.

—Yo tampoco sé dónde meter lo de mi madre.

Él abrió los ojos.

Esa vez no hubo respuesta rápida.

Al otro lado del almacén, Lola los miraba sin disimulo.

—Dios mío —dijo—. ¿Podéis no tener tensión dramática al lado de neumáticos?

Mateo levantó la mano desde la caja.

—Gracias. Alguien tenía que decirlo.

Jimena se apartó un paso, con calor en la cara.

Daro volvió a mirar por la rendija como si el coche gris fuera el único asunto del mundo.

—No hay tensión —dijo.

Lola resopló.

—Claro. Y yo soy inspectora de Hacienda.

Rafa volvió diez minutos después.

Entró por el taller, se quitó el mono y lo lanzó sobre una silla.

—El hombre no sabe arreglar un pinchazo.

Daro se giró.

—¿Qué ha dicho?

—Que esperaba a alguien.

—¿A quién?

—A mí no me lo iba a decir por mi encanto. Pero cuando Manolo le ha ofrecido mover el coche porque estorbaba, se ha puesto nervioso. No es de barrio. No es poli. No es profesional bueno. Es recadero con miedo a fallar.

—¿De Bruno?

Rafa bebió agua.

—Ha dicho una frase curiosa. Que solo tenía que confirmar si “el chico” estaba dentro.

Mateo se puso blanco.

—Yo.

—Puede —dijo Rafa—. O Daro. O cualquiera con suficiente complejo de protagonista.

Daro ignoró eso.

—¿Sigue ahí?

—No. Se ha ido cuando Manolo ha empezado a apuntar la matrícula muy despacio y con cara de funcionario cabreado.

Lola cogió aire.

—Entonces tenemos un rato.

—Un rato no es seguridad —dijo Daro.

—Pero sirve para moverse —respondió Rafa.

Jimena miró su móvil.

No había nuevos mensajes de Rocío.

Santiago venía hacia Madrid. Bruno había dado una hora. El coche de alquiler había confirmado que estaban en el gimnasio. La llave seguía en su bolsillo sin abrir nada salvo más miedo.

—Alicia —dijo Rafa— puede vernos en veinte minutos. No en su casa. En la biblioteca municipal. Zona de ordenadores, mucha gente, cámaras, ningún coche parado sin llamar la atención.

Daro negó.

—Demasiado público.

—Precisamente.

—Lola no va.

Lola hizo un ruido de incredulidad.

—Perdona, ¿en qué siglo estamos ahora?

—No vas.

—Me encanta cuando evolucionas hacia dictador medieval.

—Lola, han preguntado por ti.

—Han preguntado por “el chico”, según Rafa. Y aunque preguntaran por mí, no pienso quedarme encerrada esperando a que decidáis mi vida en masculino plural.

Jimena intervino:

—Puede venir conmigo.

Daro no apartó la mirada de ella.

—No.

—No eres el único que puede cuidar de alguien.

—No la conoces.

—No hace falta conocer a alguien para no querer que le hagan daño.

Lola miró a Jimena con una expresión difícil de leer.

Mateo murmuró:

—Eso ha sonado bonito. Asquerosamente bonito.

—Cállate —dijeron Lola y Jimena a la vez.

Mateo levantó las manos.

—Vale. Empiezo a sentirme integrado.

Rafa decidió por todos con la naturalidad de quien estaba harto de egos:

—Vamos así. Yo llevo a Lola y a la señorita en el coche de Manolo. Daro lleva a Mateo por otro camino. Nos encontramos dentro de la biblioteca, no en la puerta. Nada de llamadas salvo emergencia. Los móviles, apagados hasta estar dentro, menos uno que se queda conmigo.

—¿Y Bruno? —preguntó Jimena, sin apartar la vista.

Rafa miró a Daro.

—Bruno espera que llaméis nerviosos. Que espere.

—Ha dicho una hora.

—Y tú no eres su empleado.

Daro dejó la frase en el aire.

Pero el nombre de Bruno le tiraba de algo.

Se notaba. No era solo amenaza. Era una vieja deuda, una relación de poder, quizá años de favores aceptados cuando no había otro modo de pagar la luz o proteger a Lola.

Jimena empezaba a entender que Daro no había llegado a Las Encinas desde fuera del barro.

Había llegado desde otro barro distinto.

Y que ninguno de los dos podía presumir de estar limpio.

Salieron divididos.

Jimena apagó su móvil antes de subir al coche de Manolo.

Lola se sentó a su lado, abrazada a la mochila.

Rafa iba delante, enorme, ocupando más espacio del que el vehículo permitía.

Manolo conducía con el codo en la ventanilla y la naturalidad de quien había aceptado de pronto participar en algo ilegal sin cambiar demasiado el gesto.

—Yo tengo que abrir el taller esta tarde —dijo.

Rafa lo miró.

—Estás conduciendo, Manolo.

—Lo digo por si me matan, que sepáis que tenía cita para cambiar pastillas de freno a las cinco.

Lola se inclinó hacia Jimena.

—Bienvenida a Madrid.

Jimena miró por la ventanilla.

El coche avanzó por calles estrechas, dobló esquinas, pasó junto a colegios, bares, una farmacia, un parque pequeño con columpios vacíos.

Todo era excesivamente cotidiano. Esa era la parte más inquietante.

El peligro no venía envuelto en niebla ni en música de feria.

Venía entre semáforos, panaderías y gente que llegaba tarde al trabajo.

—¿Siempre es así? —insistió Jimena.

Lola la miró.

—¿Madrid?

—Sí.

—No. A veces es peor.

Jimena casi sonrió.

Lola jugueteó con la cremallera de la mochila.

—¿Tu madre está allí sola?

—Sí.

—¿Y tú estás aquí?

La pregunta no llevaba crueldad.

Eso la hizo peor.

—Sí.

—Duele, ¿no?

Jimena miró sus manos.

—Mucho.

Lola asintió.

—Cuando Daro empezó a trabajar de noche, yo le odiaba un poco. No porque se fuera. Porque se iba por mí. Eso hacía imposible enfadarse sin parecer mala persona.

Jimena la miró.

Lola seguía mirando al frente.