Bravío Capítulo 9 — Una hora
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Capítulo 9 — Una hora

La salida trasera del gimnasio de Rafa no daba a una calle.

Daba a una herida estrecha entre edificios, un pasillo de cemento con cubos de basura, una bicicleta oxidada atada a una tubería, cajas de fruta aplastadas y el olor agrio de las mañanas que Madrid prefería no enseñar.

Una tubería goteaba sobre un charco negro.

En algún piso cercano, alguien discutía con la televisión encendida.

Más arriba, una mujer tendía sábanas sin mirar hacia abajo, como si aquella clase de carreras no fueran asunto suyo mientras no salpicaran la ropa limpia.

Rafa salió primero.

No corría. Un hombre de su tamaño no corría si no era estrictamente necesario. Avanzaba con una rapidez pesada, eficaz, empujando una puerta metálica con el hombro, mirando a ambos lados del callejón y haciendo una seña seca para que salieran.

—Vamos.

Daro fue detrás de él, con Lola pegada a la espalda y el cuerpo entero convertido en vigilancia.

Jimena sujetaba a Mateo por la cintura, aunque él insistía en caminar solo cada tres pasos y se le doblaban las rodillas al cuarto.

El chico llevaba la gasa en la ceja, la cara gris y esa expresión ofendida de quien se niega a aceptar que el dolor no respeta el orgullo.

—Estoy perfectamente —murmuró.

Lola, que caminaba a su lado con la mochila colgada de un hombro, lo miró sin compasión.

—Estás del color de un yogur caducado.

—Qué forma tan bonita de preocuparte.

—No me confundas. Si te desmayas, me bloqueas la salida.

Jimena habría querido reírse. No pudo. El miedo tenía demasiado sitio en la boca.

Detrás de ellos, la persiana del gimnasio quedó cerrada. Al otro lado, la calle seguía con su vida ordinaria: coches, pasos, ruido de reparto, el hombre del vehículo gris, quizá aún allí, quizá ya moviéndose. La normalidad nunca había parecido tan amenazante.

Rafa los llevó por el callejón hasta una puerta baja al fondo. Sacó un manojo de llaves enorme, buscó una sin mirar apenas y abrió. El interior olía a humedad, cartón y serrín.

—Dentro.

Era un almacén pequeño conectado con el taller vecino.

Había neumáticos viejos, un banco de trabajo, cajas de herramientas, calendarios pasados y una máquina de café apagada.

Desde allí se oía el rumor amortiguado de la calle, pero no se veía nada.

Rafa cerró la puerta tras ellos y echó un pestillo.

La oscuridad quedó atravesada por una bombilla desnuda que tardó un segundo en encenderse.

Mateo se dejó caer sobre una caja.

—Si esto es un secuestro, esperaba algo más sofisticado.

—Tú no estás para exigir decoración —dijo Rafa.

Daro fue directo a una ventana pequeña cubierta por una persiana rota. Miró por una rendija sin tocarla demasiado.

—El coche sigue en la calle.

—¿Lo ves? —preguntó Jimena.

—No. Pero no hace falta verlo para saberlo.

Lola dejó la mochila en el suelo.

—O sea, paranoia con fundamento. Mi favorita.

Daro se volvió hacia ella.

—No salgas de aquí.

—¿Ves? Ya empezamos.

—Lola.

—No me hables como si tuviera cinco años. Hace diez minutos me has contado que un prestamista sabe dónde vivo, dónde estudio y a qué hora salgo del gimnasio. Creo que puedo soportar la frase “no salgas” sin que me pongas voz de padre trágico.

Daro apretó la mandíbula.

Rafa abrió una nevera pequeña que parecía llevar allí desde la Transición y sacó varias botellas de agua.

—Bebed. El drama deshidrata.

Mateo cogió una.

—Gracias.

—No me des las gracias hasta que no vomites en otro sitio.

Jimena aceptó otra botella. La sostuvo entre las manos sin abrirla.

Tenía frío, aunque hacía calor. O quizá era una forma de miedo que no había sentido antes: no el miedo a su padre, ni a Santiago, ni a Las Encinas, sino a haber arrastrado su ruina familiar hasta personas que no debían nada a su apellido.

Miró a Lola.

La chica estaba de pie junto a una estantería de herramientas, demasiado recta, demasiado despierta para alguien que llevaba pijama hacía una hora. La furia le sostenía el cuerpo. Jimena la reconoció porque ella también había usado la rabia como corsé más veces de las que podía contar.

—Lo siento —dijo.

Lola giró la cabeza.

—¿Por qué parte?

No había sarcasmo suficiente para esconder el temblor bajo la pregunta.

Jimena se obligó a no apartar la mirada.

—Por la foto. Por mi padre. Porque algo que empezó en mi casa haya llegado hasta tu puerta.

—Qué bien. ¿Y con eso se va el coche de fuera?

Daro avanzó un poco.

—Lola.

—No. Que conteste ella.

Jimena notó la garganta seca.

—No.

Lola aguantó sin moverse unos segundos.

Luego asintió despacio.

—Eso al menos es verdad.

El golpe fue justo.

Daro miró a Rafa.

—Necesito sacar a Lola de Madrid.

—No —dijo Lola.

—No te he preguntado.

—Y ahí está el problema de base.

—No voy a discutir esto.

—Pues habla solo, que es lo que haces siempre.

Daro apretó los párpados un segundo, como si estuviera contando hasta un número que no llegaba nunca.

—Si Bruno sabe dónde estás, no puedes seguir con tu vida como si nada.

—¿Y cuál es tu plan? ¿Meterme en un maletero emocional y mandarme a un sitio donde nadie sepa quién soy?

—Si hace falta.

—Pues no.

—Lola.

—No soy una bolsa que se mueve de estantería cuando molesta. No soy tu punto débil. No soy tu excusa para hacer estupideces ni tu premio si sobrevives. Estoy aquí. Me entero. Decido.

La frase llenó el almacén.

Mateo bajó la vista.

Jimena notó que algo dentro de ella se apretaba. Lola era más joven que ella, pero tenía una clase de lucidez que no venía de los años, sino de haber aprendido demasiado pronto que los adultos podían quererte y aun así equivocarse contigo.

Rafa rompió el silencio.

—La niña tiene razón.

Daro se volvió hacia él.

—No empieces tú también.

—No empiezo. Continúo, que llevas años necesitándolo.

—No voy a dejarla expuesta.

—Ya está expuesta. Ahora se trata de que no esté ciega.

Daro se pasó una mano por la cara. Parecía más cansado que en toda la noche anterior.

En Las Encinas, su rabia lo había mantenido en pie.

Allí, en el barrio, rodeado de los suyos, esa rabia no le bastaba.

Tenía que pensar. Y pensar con miedo por alguien era mucho más difícil que lanzarse contra un enemigo.

Jimena abrió al fin la botella de agua.

—Bruno dio una hora.

Rafa miró el reloj de pared, parado desde hacía meses.

—Eso significa menos. Los hombres como Bruno siempre empiezan a contar antes de llamar.

—¿Qué quiere realmente? —quiso saber Jimena.

Rafa se apoyó contra el banco de trabajo.

—Quiere valor. Lo que sea que pueda vender, cambiar, destruir o usar para que alguien le deba más. La llave, las copias, los papeles de Tomás, la cinta si existe. Todo eso son monedas. Pero ahora también os quiere a vosotros inquietos, moviéndoos sin pensar.

—Pues lo está consiguiendo —dijo Mateo.

Lola lo miró.

—Gracias por aportar derrota.

—De nada. Es mi especialidad familiar.

Daro sacó el móvil y abrió las fotografías.

La carta de Isabel. Los recibos. Las fotos de Mateo.

La de Lola. Los documentos de empresas. Los números escritos en los márgenes.

Jimena se acercó. Verlo todo reducido a imágenes en una pantalla le produjo una sensación extraña.

En Las Encinas, esos papeles pesaban como cadáveres.

Allí parecían pruebas frágiles, fáciles de borrar, de negar, de manipular.

—Necesitamos copias fuera del móvil —dijo ella.

—Sí —respondió Rafa—. Ya he escrito a Alicia.

Daro clavó la vista en él.

—¿Alicia?

—La hija de Maribel. La que te arregló el móvil aquella vez que lo estampaste contra una pared porque no sabías gestionar emociones como persona.

Lola levantó las cejas.

—¿Qué pared?

—No es el tema —dijo Daro.

—Siempre que algo interesante sobre tu incompetencia emocional sale, nunca es el tema.

Rafa siguió:

—Trabaja en informática. No pregunta si no le pagas para preguntar. Puede duplicarlo todo, subirlo a un sitio seguro y revisar esas empresas sin meter su nombre. Pero no vendrá aquí si hay un coche vigilando.

Daro miró la puerta.

—Entonces vamos nosotros.

—No —dijeron Rafa, Lola y Jimena a la vez.

El silencio posterior fue casi cómico.

Daro miró a Jimena.

—¿Tú también?

—Sí.

—No sabes ni de qué hablo.

—Hablo tu idioma básico: salir, exponerte, recibir golpe, decir que era necesario.

Mateo soltó:

—La verdad, te ha pillado el personaje.

Daro lo señaló sin mirarlo.

—Tú estabas mejor inconsciente.

Rafa cogió una silla y la giró para sentarse a horcajadas.

—Alicia puede venir por detrás si despejamos la calle. Pero primero hay que saber si el coche está solo mirando o esperando orden.

—¿Y cómo se sabe eso? —dijo Jimena, más seco de lo que pretendía.

Rafa sonrió sin humor.

—Preguntando de una forma que no parezca pregunta.

Antes de que nadie pudiera detenerlo, abrió una puerta interior que daba al taller contiguo y gritó:

—¡Manolo!

Mateo levantó la cabeza.

—¿También hay un Manolo aquí? ¿Todos los lugares tienen uno?

—Es Madrid —dijo Lola—. Hay duplicados.

Del otro lado apareció un hombre con mono azul manchado de grasa, gafas de cerca subidas a la cabeza y un bocadillo envuelto en papel de aluminio en una mano.

—¿Qué pasa ahora?

Rafa señaló hacia la calle.

—Coche gris. Uno dentro. Mira matrícula y si tiene prisa.

Manolo dejó el bocadillo sobre una mesa.

—¿Problemas?

—Visitas.

—Las visitas se invitan.

—Estas no.

Manolo miró al grupo: Daro, Lola, Jimena, Mateo con la ceja abierta.

—Joder, Rafa. Cada vez que dices visitas parece que entra la Guardia Civil en una boda.

—Menos literatura y más ventana.

Manolo desapareció por el taller.

Jimena miró a Rafa.

—¿Es seguro meter a más gente?

—No. Pero es realista. Aquí nadie sobrevive solo. Eso es cosa de ricos y de muertos.

La frase le tocó de una forma incómoda.

Jimena pensó en Las Encinas, en su padre hablando de familia mientras decidía a solas, en los empleados sosteniendo la casa sin pertenecer del todo, en Rocío aislada dentro de habitaciones enormes.

Quizá allí había mucha gente, sí, pero nadie sobrevivía junto.

Cada uno guardaba su miedo como una propiedad privada.