Bravío Capítulo 8 — Carabanchel #4
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Capítulo 8 — Carabanchel #4

—No me estás dejando. Estás haciendo lo que yo no hice cuando debía.

La llamada se cortó.

Jimena se quedó con el móvil en la mano.

Daro avanzó hasta quedar cerca.

—¿Qué ha dicho?

Ella levantó la vista.

—Saben que estamos en Madrid.

Rafa dejó una taza sobre la mesa con demasiada calma.

—Entonces no tenemos horas. Tenemos minutos.

Daro fue hacia la puerta del gimnasio y miró por el cristal.

La calle seguía normal.

Demasiado normal.

Una señora con carro. Un repartidor. Dos chavales riéndose. Un coche gris aparcado al otro lado, con un hombre dentro mirando el móvil.

Daro permaneció quieto.

Jimena lo vio desde donde estaba.

—¿Qué pasa?

Él no respondió.

Lola se acercó.

Al ver el coche, se le borró la cara.

—Ese estaba ayer cerca del instituto.

Daro se volvió hacia ella.

—¿Seguro?

Lola asintió.

—No sabía si era paranoia. Pero sí. Estaba.

Mateo se levantó con dificultad y miró desde lejos.

—Yo también lo he visto.

Jimena se giró hacia él.

—¿Dónde?

—En la gasolinera.

Daro abrió la puerta del despacho de Rafa.

—Todos dentro.

Rafa ya se movía.

—Salida trasera.

Lola cogió su mochila. Jimena ayudó a Mateo. Daro se quedó un segundo más junto al cristal, mirando el coche gris, el hombre dentro, la calle de su barrio convertida de pronto en una extensión de Las Encinas.

Entonces su móvil sonó.

Número oculto.

Daro apretó la mandíbula y no contestó.

Volvió a sonar.

Rafa lo miró.

—No seas tonto.

Daro aceptó la llamada y puso el altavoz.

Calló.

Al otro lado se oyó una respiración tranquila.

Después, una voz masculina, educada, casi amable:

—Rivas.

Daro cerró los dedos alrededor del móvil.

—Bruno.

Jimena sintió el nombre como una puerta abriéndose debajo de otra puerta.

La voz del hombre sonrió sin necesidad de imagen.

—Me han dicho que has vuelto a casa con compañía.

—No metas a Lola.

—Yo no he metido a nadie. Tu problema, Daro, es que siempre crees que la familia se queda fuera porque tú lo decides.

Lola miró a su hermano.

No con miedo.

Con furia.

Bruno continuó:

—Dile a la señorita Albares que no se asuste. Yo no maté a Julián Rivas. Yo solo compré una deuda que ya venía manchada.

Jimena notó que Daro la miraba.

Ella se acercó a el teléfono.

—¿Qué quiere?

Una pausa.

—Ah. La hija.

La forma en que lo dijo le dio asco.

No por vulgar.

Por exacta.

—Quiero que todos respiréis antes de hacer una tontería irreversible —dijo Bruno—. Tenéis papeles que no entendéis, una llave que puede llevaros al sitio equivocado y demasiada fe en que la verdad salva por sí sola. La verdad no salva, señorita Albares. La verdad solo cambia el precio de las cosas.

Daro habló:

—Si tocas a Lola…

—No amenaces por teléfono. Te sale mejor en persona.

Rafa hizo un gesto hacia la salida trasera.

Daro no se movió.

Bruno siguió, con la misma calma:

—Escúchame bien. Nadie necesita hacerse daño hoy. Ni tu hermana. Ni el chico Albares. Ni la señora de la finca, que bastante tiene con haber descubierto tarde que los fantasmas también cobran alquiler.

Jimena tuvo la impresión de que la sangre se le iba de la cara.

—¿Dónde está mi madre?

—En su casa. Donde siempre. Esa es la tragedia, ¿no?

Daro dio un paso.

—Habla claro.

—Claro entonces. Quiero la llave. Quiero las copias. Quiero saber qué vio Tomás antes de que Tomás decida vendérselo a quien peor pague. Y quiero que dejes de jugar a vengar muertos, porque los muertos no te van a ayudar a criar a Lola si tú acabas debajo de tierra.

Nadie habló.

La voz de Bruno bajó apenas.

—Tienes una hora para llamarme con algo inteligente. Después empezarán a llamarme a mí hombres menos pacientes.

La llamada se cortó.

Durante unos segundos, el gimnasio entero se quedó suspendido.

Luego Rafa cerró la persiana metálica de golpe.

El sonido retumbó como un disparo.

Lola se colgó la mochila al hombro.

—No pienso esconderme llorando en un almacén.

Daro se volvió hacia ella.

—Lola.

—No. Esta vez no.

Mateo apoyó una mano en la pared, pálido.

—Creo que voy a vomitar.

—No manches el tatami —dijo Rafa.

Jimena tocó la llave en su bolsillo.

La estación de Cáceres.

La cinta desaparecida.

Bruno.

Santiago.

Tomás.

Rocío sola en Las Encinas.

Las pruebas incompletas en un móvil que de pronto pesaba menos que la amenaza de un hombre invisible.

Daro la observó en silencio.

Por una vez desde que lo conocía, Jimena vio algo parecido a miedo en él.

No por sí mismo.

Por Lola.

Por el barrio.

Por todo lo que su pasado y el de Jimena acababan de poner en la misma calle.

—No vamos a Cáceres —dijo Rafa.

Jimena levantó la vista.

—Todavía no.

Daro guardó el móvil.

Al otro lado de la persiana, un coche arrancó.

O quizá fue otro.

O quizá Madrid entera empezaba a moverse contra ellos.

Rafa abrió la puerta trasera del gimnasio.

—Ahora corréis.

Nadie discutió.

Y Jimena, que había salido de Las Encinas creyendo que abandonaba una casa llena de secretos, entendió al cruzar aquel pasillo estrecho hacia la parte de atrás del gimnasio que lo escondido no se quedaba nunca quieto.

La seguían.

Hasta Madrid.

Hasta Carabanchel.

Hasta la puerta exacta de la gente que una empezaba, peligrosamente, a no querer perder.