Capítulo 8 — Carabanchel #3
—Tú te quedas sentado o te ato al saco.
Mateo levantó las manos.
—Entendido.
Lola se sentó frente a él, en una silla girada al revés.
—Yo te vigilo.
—Qué ilusión.
—Si te desmayas, te dibujo algo en la frente.
—Eso es violencia psicológica.
—Llámalo integración madrileña.
Jimena dudó entre quedarse con Mateo o seguir a Daro.
Mateo la miró.
—Ve.
—No.
—Jimena. Estoy en un gimnasio rodeado de gente que podría matar por aburrimiento y con una menor que me odia lo suficiente para mantenerme vivo. Ve.
Lola asintió.
—Tiene razón en la parte en que lo odio.
Jimena aceptó.
El despacho de Rafa era pequeño, con una mesa metálica, dos sillas, archivadores y fotografías viejas de boxeadores pegadas en la pared.
En una aparecía Daro más joven, con guantes, la ceja sin cicatriz y una expresión que Jimena no supo interpretar.
No sonreía. Tampoco parecía el hombre que ella conocía.
Parecía un chico agotado intentando parecer invencible.
Rafa cerró la puerta.
—Contadme.
Lo hicieron.
No todo a la vez.
No bien.
Daro habló de Julián, de la foto, de la lata en la nave, de la carta de Isabel, de la llave de Jacinto, de la estación de Cáceres, de los documentos de Tomás y de la fotografía de Lola.
Jimena completó lo que él no sabía: Rocío, Santiago, Mateo, la feria, Jacinto en el suelo, Tomás y Álvaro, Medina en el despacho.
Rafa escuchó sin interrumpir.
Al terminar, se sentó con lentitud.
—Tenéis un muerto antiguo, uno vivo en hospital, una llave que puede ser trampa, una finca en ruina, un prestamista mirando desde Madrid, un niño rico apaleado, una chica fotografiada y tres hombres con apellidos intentando que todo siga debajo de la alfombra.
Jimena se tensó.
Rafa levantó una mano.
—No estoy resumiendo como policía. Estoy diciendo que estáis vivos de milagro y que, si seguís moviéndoos por impulso, os van a encerrar en vuestra propia historia antes de que entendáis el título.
Daro apoyó las manos en la mesa.
—Necesito sacar a Lola de aquí.
—¿Adónde?
Daro se limitó a callar.
—Exacto —dijo Rafa—. No tienes dónde. Porque si vas a esconderla, necesitas dinero, coche, sitio y alguien que no esté ya metido. Y tú has venido con la hija del problema y el hijo del problema sangrando en mi banco.
Jimena aceptó el golpe porque era justo.
—Yo puedo pagar un hotel.
Daro mantuvo la vista en ella.
—No.
—Tengo dinero.
—Tu tarjeta está a tu nombre.
Rafa asintió.
—Y si tu padre tiene medio cerebro, ya estará vigilando eso.
Jimena sintió una humillación práctica. Había crecido rodeada de recursos, pero fuera del sistema de su familia esos recursos podían convertirse en cuerda.
—Entonces ¿qué hacemos?
Rafa miró a Daro.
—Primero, copias. Todo lo que tengáis en el móvil, a dos sitios distintos. Segundo, Lola no sale sola. Tercero, el niño rico tampoco. Cuarto, nadie va a Cáceres hoy.
—Jacinto dijo que no fuéramos —dijo Jimena.
—Pues por una vez un viejo agonizando parece tener más cabeza que vosotros.
Daro cruzó los brazos.
—Puede estar allí la cinta.
—Y también puede estar esperándoos alguien que sabe que vais a pensar eso.
Jimena tocó la llave dentro del bolsillo.
—Si no vamos, ellos pueden llegar antes.
—¿Quiénes?
No supo responder.
Santiago.
Tomás.
Álvaro.
Bruno.
Medina.
Demasiados.
Rafa se levantó.
—Conozco a alguien que puede hacer copias seguras de lo del móvil y revisar esos números de empresa sin llamar la atención. No gratis, pero me debe favores.
Daro negó.
—No quiero meter a más gente.
Rafa soltó una risa seca.
—Tarde. Me has metido a mí cuando has entrado por esa puerta con tres desgracias y cara de “no pasa nada”.
—No quería.
—Nunca quieres. Ese es tu problema. Vas por la vida haciendo daño con buenas intenciones y luego pones cara de perro mojado.
Jimena miró a Daro.
Él no dijo nada.
Rafa bajó la voz.
—Y a Lola se lo cuentas todo. No versiones para niña. Todo.
—Tiene diecisiete años.
—Y tú tenías menos cuando empezaste a pelear para pagar cosas que no le tocaban a un crío. ¿Quieres repetir el error al revés?
Daro se quedó donde estaba.
Jimena no sabía esa parte.
No por completo.
Daro notó su mirada y se cerró.
Rafa la vio también.
—No lo mires con pena, que se pone insoportable.
—No lo estaba mirando con pena.
—Bien. La pena no sirve. El café, a veces.
Salieron del despacho.
En el gimnasio, Lola estaba enseñándole a Mateo a sujetarse una gasa contra la ceja sin parecer un príncipe moribundo. Mateo parecía ofendido y entretenido a la vez.
—Presionas aquí —decía ella—. No en toda la cara. Ahí. ¿Ves? La sangre sale por un sitio concreto. Concepto revolucionario.
—En mi defensa, casi nunca sangro.
—Se nota. Te falta técnica.
Daro se acercó a su hermana.
—Tenemos que hablar.
Lola lo miró.
—Milagro.
—Todo.
—Más milagro.
Daro se sentó frente a ella en uno de los bancos.
No intentó suavizar demasiado. Eso, Jimena lo notó, le costó.
Habló de Bruno. De los trabajos aceptados cuando no llegaba el dinero.
De las peleas que decía haber dejado y que no siempre había dejado del todo.
De Julián. De Las Encinas. De la foto. De que quizá alguien había llegado a ella no porque Lola hubiera hecho nada, sino porque era la única forma evidente de hacerle daño a él.
Lola escuchó sin moverse.
Cuando terminó, no gritó.
Eso preocupó más a Daro.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
—¿Qué?
—¿Desde cuándo te hacen ofertas tipos como Bruno?
Daro miró a Rafa.
Rafa no lo ayudó.
—Años.
Lola asintió despacio.
—Claro.
—Lola…
—No. Estoy calculando cuántas veces me has dicho que todo estaba bien mientras negociabas con gente que ahora sabe dónde estudio, dónde vivo y a qué gimnasio voy.
Daro miró al suelo.
—Quería mantenerte fuera.
—No soy el punto débil de Daro —dijo ella, mirando a Jimena, a Rafa, a Mateo, a todos—. Soy la razón por la que todavía no se ha hundido. Que no es lo mismo.
Daro exhaló antes de volver a mirarlo.
La frase le hizo más daño que una bofetada.
Rafa se apartó para preparar café.
Quizá por pudor.
Jimena bajó la vista.
Mateo, inesperadamente, habló:
—Tiene razón.
Lola se volvió hacia él.
—Nadie te ha dado vela.
—Ya, bueno. Me han usado por débil, así que empiezo a reconocer ciertas cosas. A ti te usan porque él te quiere. A mí porque todos sabían que yo quería que alguien me dijera qué hacer.
El silencio que siguió fue extraño.
Lola lo miró con menos desprecio.
No con cariño.
Menos desprecio.
—Eso ha sido casi inteligente.
Mateo dejó caer los párpados un segundo.
—Gracias. Me ha dolido más que el golpe.
El móvil de Jimena vibró.
Todos la miraron.
Rocío.
Jimena contestó enseguida y se apartó apenas.
—Mamá.
La voz de Rocío llegó baja.
—¿Estáis en Madrid?
Jimena cerró los párpados un momento.
—Sí.
—Bien.
—¿Tú estás bien?
La pausa fue breve.
Pero existió.
—Estoy en Las Encinas.
Jimena apretó el móvil.
—¿Con papá?
—Sí.
—Mamá.
—Estoy bien.
—No me mientas.
Del otro lado se oyó una respiración.
—Estoy de pie.
Jimena tuvo que apoyarse contra la pared.
Aquella frase era lo más parecido a una verdad que Rocío podía darle.
—¿Jacinto?
—Estable. Sigue sin despertar. Clara ha llegado al hospital.
—¿Papá sabe que estamos en Madrid?
—Lo sabrá pronto.
Jimena miró a Daro.
Él entendió sin oír.
—Mamá, ven con nosotros.
—No.
—Por favor.
—No puedo todavía.
—Sí puedes.
—Jimena, escúchame. Tomás ha descubierto que faltan copias.
—No falta nada físico.
—Eso da igual. Sabe que alguien ha mirado. Y sabe que fuiste tú.
Jimena sintió frío.
Rocío bajó más la voz.
—Tu padre no es lo que más me preocupa ahora.
—¿Entonces?
—Álvaro ha llamado a alguien desde el despacho. No sé a quién. Solo he oído una frase.
Jimena esperó.
—Ha dicho: “Ya están en Madrid”.
El gimnasio entero pareció quedarse sin ruido.
Jimena no sabía si realmente todos habían callado o si la sangre le había tapado los oídos.
—Mamá…
—No vuelvas por mí ahora —dijo Rocío—. Si vuelves sin algo que pueda sostenerse fuera de esta casa, te encerrará en ella para siempre de una forma u otra.
—No voy a dejarte.