Bravío Capítulo 8 — Carabanchel #2
34%

Capítulo 8 — Carabanchel #2

—La de “soy Daro, tengo mandíbula de mártir y decido por todos porque sufro con mucha responsabilidad”.

Mateo murmuró:

—La clava.

Daro sostuvo la mirada sobre él.

—Tú, hielo.

Mateo se colocó mejor la bolsa de guisantes.

Lola señaló a Jimena.

—¿Y ella qué pinta en esto?

Jimena respondió antes de que Daro pudiera hacerlo.

—Soy hija de Tomás Albares.

Lola se quedó muy quieta.

El nombre cayó sin ruido, pero llenó el piso.

La chica miró a Daro.

—¿Me estás vacilando?

—No.

—Has traído a casa a la hija del hombre que…

Se calló.

No por no saber terminar la frase.

Por no querer decirla allí, delante de Jimena, o quizá delante de sí misma.

Jimena no evitó sus ojos.

—Mi familia ocultó lo que le pasó a Julián —dijo—. Yo no lo sabía. Eso no lo arregla. Pero no voy a fingir que no me toca porque me resulte más cómodo.

Lola la observó con una dureza nueva.

No menos hostil.

Más atenta.

—Qué bien hablas.

Jimena aceptó el golpe.

—Sí. Me han educado para eso.

Durante un segundo, pareció que Lola no sabía qué hacer con esa respuesta.

Mateo levantó la mano.

—Yo soy Mateo. Hermano de la bien hablada. Culpable parcial de casi todo, pero con traumatismo decorativo.

Lola lo miró.

—A ti ya te había clasificado como primo tonto.

—Soy hermano.

—Peor.

Daro fue al armario del baño y volvió con gasas, alcohol y unas pastillas.

—Mateo necesita que Rafa lo mire.

—Mateo necesita un exorcismo —dijo Lola—. Pero vale.

Jimena se acercó a su hermano.

—¿Puedes andar hasta el gimnasio?

—¿Está lejos?

—Cinco minutos —dijo Daro.

Mateo apretó los párpados un instante.

—Voy a morir en Carabanchel.

—Hay destinos peores.

—¿Como cuáles?

Lola lo miró.

—Casarte con alguien que diga “destinos peores”.

Mateo, contra todo pronóstico, sonrió un poco.

Daro le dio agua.

—Toma esto. Ibuprofeno. Nada más hasta que Rafa te vea.

—Qué confianza ciega en Rafa.

—Rafa ha visto más narices rotas que algunos médicos.

—Qué frase tan tranquilizadora.

Lola fue hacia la cocina, abrió un armario y sacó una caja de galletas.

—¿Habéis comido?

Nadie respondió.

—Perfecto. Tres adultos y ninguno funcional.

—Yo tengo diecinueve —dijo Mateo.

—Lo siento por ti.

Lola dejó las galletas sobre la mesa con más fuerza de la necesaria. Luego miró a Daro.

—A mí me vas a contar todo.

—Sí.

—No “sí” de quitarme de en medio.

—Sí de sí.

—Y no voy a ir al instituto hoy.

—Sí vas.

—No voy.

—Lola.

—Han hecho una foto mía, Daro. Si voy al instituto y aparece un señor raro en la puerta, ¿qué hago? ¿Le pregunto si viene de parte de la finca homicida o de parte de tus malas decisiones?

Daro prefirió callarse.

Porque no tenía respuesta.

Eso, en él, era casi una confesión.

Jimena notó que no podía quedarse callada.

—Puede quedarse con nosotros.

Lola la miró.

—No necesito que me protejas tú.

—No he dicho eso.

—¿Entonces?

Jimena tardó un segundo.

—He dicho nosotros porque ahora mismo todos estamos en el mismo problema.

Lola soltó una risa corta.

—No, bonita. No estamos en el mismo problema. Mi hermano lleva media vida recogiendo golpes que no eran suyos. Tú acabas de descubrir que tu casa tenía sótano emocional y te has bajado con linterna. No es lo mismo.

Daro dijo su nombre en voz baja:

—Lola.

—¿Qué? ¿Es mentira?

Nadie respondió.

Porque no lo era.

A Jimena le pareció que la frase dolía precisamente por eso.

—No es lo mismo —admitió—. Pero eso no significa que no pueda ayudar ahora.

Lola mantuvo la vista firme.

—Las chicas como tú siempre aparecéis cuando ellos ya están rotos. Luego os vais y nosotras recogemos los pedazos.

La frase dejó el piso sin aire.

Daro bajó la cabeza un segundo.

Mateo miró a Jimena con una extraña compasión, como si por primera vez no quisiera bromear.

Jimena recibió el golpe sin apartarse.

—Puede ser —dijo.

Lola pareció enfadarse aún más.

—¿Puede ser?

—No voy a prometerte que soy distinta para que te caiga mejor. No me conoces. Y tienes razón en desconfiar. Yo también desconfiaría de mí si fuera tú.

Lola apretó la mandíbula.

—Me caes fatal.

—Lo entiendo.

—Encima entiendes. Qué insoportable.

Daro recogió las llaves.

—Nos vamos al gimnasio.

—No hemos terminado —dijo Lola.

—No. Pero aquí estamos expuestos.

—¿Y en el gimnasio no?

—En el gimnasio hay cámaras, dos salidas y Rafa.

Mateo levantó un dedo.

—Yo voto por el sitio con cámaras y señor que da miedo.

—Nadie te ha preguntado —dijeron Lola y Daro a la vez.

En ese momento, Jimena sonrió.

Fue mínimo.

Pero fue.

El gimnasio de Rafa estaba a tres calles.

Caminar hasta allí con Mateo fue lento y tenso.

Daro iba delante, mirando escaparates, coches, portales.

Lola caminaba junto a su hermano con una mochila colgada al hombro y la cara de quien se estaba preparando para gritar durante horas.

Jimena sostenía a Mateo del brazo cuando él fingía no necesitarlo y lo soltaba cuando el orgullo le dolía más que las costillas.

Carabanchel, ya de mañana, estaba completamente despierto.

Una mujer discutía por teléfono desde un balcón.

Un hombre con mono de trabajo desayunaba de pie en la puerta de un bar.

Dos adolescentes pasaron en patinete. Una señora mayor arrastraba un carro de la compra y miró a Jimena de arriba abajo con menos disimulo que Puri.

A nadie pareció sorprenderle del todo aquel grupo extraño.

O quizá en Madrid la sorpresa duraba menos porque nadie tenía tiempo de alimentarla.

El gimnasio ocupaba un local bajo entre un taller y una tienda de colchones.

El cartel decía: Gimnasio Rafa — Boxeo y acondicionamiento .

Dentro olía a cuero, sudor limpio, linimento, café y goma.

Había un ring al fondo, sacos colgados, bancos de pesas, espejos con marcas de golpes y una radio vieja sonando baja en una esquina.

Dos hombres entrenaban en silencio. Una mujer vendaba las manos a un niño de unos doce años que miró a Daro con admiración inmediata.

Rafa estaba junto al ring.

Era un hombre grande, de unos sesenta años, calvo, con barba blanca y chándal azul marino. Tenía el cuerpo ancho de quien había sido fuerte de joven y había conservado la fuerza a base de mala leche, costumbre y no pedir permiso a las rodillas. Al ver entrar a Daro, dejó de hablar con el niño.

Miró a Jimena.

Luego a Mateo.

Luego a Lola.

Luego otra vez a Daro.

—No.

Daro se aproximó sin prisa.

—Rafa.

—He dicho no.

—No he hablado.

—Por eso aprovecho.

Lola cruzó el gimnasio y lo abrazó sin pedir permiso.

—Hola, Rafa.

El hombre la rodeó con un brazo enorme y le besó la cabeza.

—Tú sí. Los demás no.

—Han hecho una foto mía.

Rafa se quedó quieto.

La broma desapareció de su cara.

—¿Quién?

—Los de siempre, pero en versión finca —dijo Lola.

Rafa miró a Daro.

—Despacho. Ahora.

—Mateo necesita que le mires.

—Mateo necesita muchas cosas, empezando por no parecer un anuncio contra la estupidez.

Mateo levantó una mano.

—Encantado. Soy el cadáver guapo.

Rafa lo miró.

—Tú siéntate antes de que te siente yo.

Mateo obedeció.

Jimena se quedó junto a la entrada, sin saber si debía avanzar.

Aquel lugar pertenecía a Daro de una forma que Las Encinas le pertenecía a ella: no por propiedad, sino por historia.

Se notaba en cómo algunos lo saludaban con la barbilla, en cómo Rafa lo miraba con enfado familiar, en cómo Lola se movía entre sacos y bancos como si hubiera aprendido a caminar allí también.

Rafa examinó a Mateo con manos grandes y sorprendentemente cuidadosas.

—Nada roto a simple vista. Mala suerte para tu ego. La ceja hay que limpiarla bien. Las costillas, reposo. Si vomitas, te mareas más o empiezas a decir cosas inteligentes de golpe, hospital.

—Lo último sería milagro —dijo Lola.

Mateo la miró.

—¿Siempre eres así?

—Cuando me caen bien soy peor.

—Qué miedo enamorarse en este barrio.

Lola puso cara de asco.

—No uses esa palabra con sangre en la cara.

Rafa limpió la ceja de Mateo. El chico siseó.

—No te quejes —dijo Rafa—. Los guapos lloráis con mucho espectáculo.

—Gracias por lo de guapo.

—No era cumplido. Era diagnóstico.

Daro, mientras tanto, le enseñó a Rafa la fotografía de Lola y las imágenes del despacho. Rafa las miró una por una sin hacer preguntas inmediatas. Eso lo distinguía de otros hombres. No necesitaba llenar el miedo de ruido.

Cuando terminó, devolvió el móvil.

—Esto no se queda solo en finca.

—No —dijo Daro.

—¿Bruno?

Lola se volvió.

—¿Bruno quién?

Daro cerró la boca.

Rafa lo miró como si acabara de confirmar todo lo que pensaba.

—Muy bien. Genial. A la niña no se lo has contado.

—No empieces.

—No, claro. Mejor esperamos a que le hagan un álbum de fotos.

Lola se colocó frente a Daro.

—¿Quién es Bruno?

Daro no respondió enseguida.

Jimena vio el conflicto en él: la vieja costumbre de proteger ocultando contra la evidencia de que ya era tarde.

Rafa habló por él.

—Un prestamista. De los que no salen en los anuncios del banco.

Lola miró a su hermano.

—¿Nos debe dinero?

—No.

—No me mientas.

—Nosotros no.

Jimena entendió el matiz.

—Mi padre sí —dijo.

Lola se volvió hacia ella.

—Qué sorpresa. La finca encantada también debe dinero al ogro urbano.

Mateo, desde el banco, murmuró:

—Mi padre debe dinero a medio mapa, por lo que veo.

Nadie se rió.

Daro pasó una mano por la nuca.

—Bruno me ofreció el trabajo en Las Encinas. Dijo que Tomás necesitaba seguridad por unos robos. También dijo que había deudas. Yo acepté porque necesitaba saber qué pasó con Julián.

—Y porque necesitabas dinero —añadió Rafa.

Daro no apartó los ojos de él.

—Y porque necesitaba dinero.

Lola se cruzó de brazos.

—Gracias. Casi parece una conversación entre adultos.

El golpe merecido entró.

Daro no se defendió.

Jimena observó a los dos hermanos y sintió una incomodidad honda.

Daro podía enfrentarse a Tomás, a Santiago, a Álvaro, a un hombre en una gasolinera.

Pero delante de Lola parecía quedarse sin armadura.

No más blando. Más expuesto. Como si cada reproche de ella no le golpeara en el orgullo, sino en un lugar donde todavía era un chico intentando no fallar.

Rafa señaló hacia una puerta al fondo.

—Vamos al despacho.

—¿Todos? —preguntó Mateo.