Capítulo 8 — Carabanchel
Madrid no apareció de golpe.
Llegó primero como una claridad sucia en el horizonte, una mancha pálida detrás de la carretera, una promesa de edificios antes de que los edificios existieran.
Después llegaron las señales azules, las rotondas, las gasolineras abiertas demasiado temprano, los camiones, los polígonos, los coches pegados unos a otros como si la mañana ya hubiera empezado a empujar a todo el mundo antes de tiempo.
Jimena llevaba horas sin dormir.
No sabía si había cerrado los ojos en algún momento.
Tal vez sí. Tal vez había apoyado la frente contra la ventanilla y se había dejado caer en un sueño mínimo, de esos que no descansan sino que desordenan aún más.
Cuando volvió a abrirlos, el campo extremeño ya no estaba.
Las encinas habían desaparecido. En su lugar había farolas, medianas de cemento, fachadas grises, carteles de talleres, una panadería abierta, un hombre barriendo una acera, una mujer cruzando con bolsas antes de que la ciudad terminara de despertarse.
Madrid le pareció inmensa.
No hermosa.
No fea.
Inmensa.
Como si allí nadie pudiera vigilarlo todo porque todo ocurría a la vez.
Daro conducía con una concentración distinta a la de la carretera.
En Las Encinas, había mirado el camino como quien intenta detectar trampas.
En Madrid, miraba como quien reconoce un idioma que no necesita traducir: carriles, semáforos, motos que se colaban, furgonetas de reparto, peatones impacientes, taxis, portales, esquinas.
Su cuerpo parecía cansado, pero no perdido.
Jimena sí.
Mateo dormía en el asiento trasero, o fingía dormir.
Tenía la cabeza apoyada contra la ventanilla, un brazo cruzado sobre las costillas y la boca entreabierta.
La ceja le había vuelto a sangrar un poco durante el viaje.
Cada vez que el coche frenaba, hacía un gesto de dolor y volvía a quedarse quieto.
Daro miró por el retrovisor.
—Sigue vivo.
Mateo abrió un ojo.
—Qué pena para todos.
—Buenos días a ti también.
—¿Dónde estamos?
—Madrid.
Mateo miró por la ventanilla con el entusiasmo de quien contempla una condena.
—Qué feo.
Daro soltó una risa breve.
—Ya te echaba de menos despierto.
Jimena se volvió un poco hacia su hermano.
—¿Te mareas?
—Me duele hasta la personalidad.
—Eso te dolía antes —dijo Daro.
Mateo apretó los párpados.
—Qué hogar tan cálido me estás ofreciendo.
—No es mi hogar. Es mi coche.
—Peor.
Jimena sintió, contra toda lógica, una punzada de alivio al oírlos discutir. La normalidad no había vuelto, pero algo en Mateo seguía ahí debajo del miedo, de la culpa, de la sangre seca. Una parte insoportable, sí. Pero viva.
Daro tomó una salida y entraron en calles más estrechas.
Carabanchel fue apareciendo sin pedir permiso.
Bloques de ladrillo. Balcones con ropa tendida.
Bares con persianas a medio subir. Fruterías colocando cajas en la acera.
Un locutorio. Un bazar. Un taller mecánico con la puerta abierta y un hombre fumando junto a una rueda.
Fachadas cansadas, toldos verdes, motos aparcadas donde no cabían, madres arrastrando niños hacia el colegio, jubilados que parecían llevar media vida sentados en el mismo banco aunque acabaran de llegar.
No tenía la belleza teatral de Las Encinas.
No intentaba parecer nada.
Quizá por eso Jimena no supo dónde colocar la mirada.
En la finca, todo estaba dispuesto para ser visto desde lejos. Allí, en cambio, la vida estaba demasiado cerca: ventanas abiertas, discusiones que salían de los portales, olor a café, a pan, a gasolina, a lejía, a perro mojado, a humanidad sin barniz.
Daro aparcó en una calle estrecha, detrás de una furgoneta blanca y delante de un contenedor lleno.
Antes de apagar el motor, miró los espejos.
Uno.
Otro.
La calle.
La esquina.
Un coche azul parado más atrás.
Jimena lo notó.
—¿Qué buscas?
—Cosas que no deberían estar.
—Eso aquí podría ser yo.
Daro la miró apenas.
—Sí.
No lo dijo con burla.
Eso lo hizo más cierto.
Mateo intentó incorporarse y soltó un quejido.
—¿Hay ascensor?
—No.
—Claro. Porque sufrir fortalece el alma.
—Tú no necesitas alma, necesitas piernas.
Daro bajó y abrió la puerta trasera. Mateo apartó su mano.
—Puedo solo.
Daro esperó.
Mateo puso un pie en la acera, luego el otro, se levantó y estuvo a punto de caer.
Daro lo sujetó sin comentario.
—No digas nada —murmuró Mateo.
—Nada.
—Lo estás pensando.
—Muchísimo.
Jimena bajó con la bolsa de Julia en una mano y el móvil en la otra. Había comprobado veinte veces si Rocío había escrito. Nada. Ni llamada. Ni mensaje. La ausencia ocupaba más que cualquier noticia.
Daro cerró el coche.
—Subimos rápido. No os paréis en el portal. No habléis con nadie si no os hablan.
Mateo miró alrededor.
—¿Esto es una visita turística o una operación antidroga?
—En tu estado, no distinguirías una de otra.
Jimena lo siguió hacia el edificio.
El portal olía a lejía, humedad y café recién hecho de algún piso.
Los buzones estaban rayados, varios nombres escritos con rotulador sobre etiquetas viejas.
Alguien había pegado un cartel anunciando clases particulares de matemáticas.
En la pared, junto al ascensor que no funcionaba porque no existía, había una pintada medio borrada.
Subieron tres pisos.
Mateo protestó en cada descansillo.
Daro no le hizo caso.
Jimena tampoco, aunque cada quejido de su hermano le atravesaba la culpa. Lo había querido matar de rabia unas horas antes. Ahora quería vendarle la infancia entera.
El piso de Daro estaba en la tercera planta.
Abrió con dos vueltas de llave y entró primero.
—Esperad.
Jimena se quedó en el rellano con Mateo apoyado en la pared.
Dentro, Daro recorrió la casa con rapidez. Una puerta. Otra. Armario. Ventana. Cocina. Volvió al cabo de menos de un minuto.
—Entrad.
El piso era pequeño.
Mucho más de lo que Jimena había imaginado.
Un salón estrecho con sofá oscuro, mesa baja marcada por vasos, una estantería con libros, facturas y algunas fotografías.
Una televisión antigua. Una cocina abierta, limpia pero vivida, con dos tazas en el fregadero y una sartén secándose sobre un trapo.
En una esquina había unos guantes de boxeo colgados de un clavo.
En otra, una mochila de instituto abandonada con la cremallera abierta.
Dos puertas daban a las habitaciones y una tercera al baño.
No había decoración de más.
No había espacio de más.
No había silencio de más.
Y, aun así, el lugar parecía habitado de una forma que Las Encinas no conseguía serlo pese a sus veinte habitaciones.
Mateo se dejó caer en el sofá.
—No sabía que existían pisos tamaño bolsillo.
Daro cerró la puerta con llave.
—No sabía que existían imbéciles que se quejan después de ser rescatados de una gasolinera abandonada. Todos aprendemos.
Jimena dejó la bolsa de Julia sobre la mesa.
—¿Lola está aquí?
Daro miró la puerta de una de las habitaciones.
—Debería estar durmiendo.
Como si el nombre la hubiera invocado, la puerta se abrió.
Una chica apareció en el umbral con una camiseta enorme, pantalón de pijama y un moño deshecho en lo alto de la cabeza.
Tenía diecisiete años, los ojos oscuros de Daro y una expresión que habría podido cortar pan duro.
Miró primero a su hermano. Luego a Jimena.
Después a Mateo, ensangrentado en el sofá.
Parpadeó.
—Vale —dijo—. O he dormido poquísimo o has traído una telenovela entera a casa.
Daro dejó caer los párpados un segundo.
—Lola.
—No. Lola nada. Dijiste que estabas trabajando.
—Lo estaba.
—¿Y estos son compañeros de oficina? Porque uno parece recién atropellado y ella parece de anuncio de perfume rural.
Mateo levantó una mano débil.
—Yo también me alegro de conocerte.
Lola lo miró.
—¿Este habla?
—Por desgracia —dijo Daro.
Jimena se acercó a ella.
—Soy Jimena.
—Ya me lo imaginaba.
—¿Por?
—Por la cara de culpa. Y por las botas. Nadie lleva esas botas aquí salvo que venga de montar a caballo o de fingir que sufre con estilo.
Daro fue hacia la cocina.
—Lola, basta.
—No he empezado.
—Sí.
—No. Cuando empiece lo sabrás porque usaré datos.
Jimena no se defendió.
Tal vez en otro momento lo habría hecho. Habría respondido con ironía, con altura, con alguna frase lo bastante fina para no parecer herida. Pero estaba demasiado cansada. Y Lola tenía derecho a mirarla mal antes incluso de saberlo todo.
—Tienes razón —dijo Jimena.
Lola frunció el ceño.
—Qué asco. Así no se puede discutir.
Daro sacó hielo del congelador, una bolsa de guisantes y un paño.
—Siéntate —ordenó a Mateo.
—Estoy sentado.
—Entonces quédate sentado con más utilidad.
Le puso el hielo envuelto contra la ceja. Mateo siseó.
—¿No tienes médico?
—Tengo a Rafa.
—Eso no suena a médico.
—No lo es.
—Genial.
Lola entró al salón y se cruzó de brazos.
—¿Alguien va a explicarme por qué mi hermano aparece con una pija, un cadáver guapo y cara de haber visto un fantasma?
Mateo abrió un ojo.
—¿Cadáver guapo?
—No te emociones. Era comparativo.
Jimena miró a Daro.
Él no quería hablar.
Se le veía.
No allí. No con Lola en pijama, la mochila del instituto tirada en el suelo y la mañana entrando por la ventana como si aquella fuera una casa normal. Pero la normalidad ya estaba rota. Lo había estado desde antes de llegar.
Daro sacó el móvil.
Abrió la fotografía que había hecho en el despacho de Tomás.
La imagen de Lola a la salida del gimnasio.
Se la enseñó a su hermana sin decir nada.
Lola dejó de bromear.
Cogió el móvil.
Acercó la foto.
La alejó.
La volvió a mirar.
—¿Quién ha hecho esto?
—No lo sé.
—¿Dónde la has encontrado?
Daro tardó.
—En Las Encinas.
Lola levantó la vista despacio.
—La finca de Julián.
El nombre cambió el piso.
Jimena tuvo la impresión de que incluso Mateo dejaba de respirar.
Daro asintió.
Lola le devolvió el móvil con una calma demasiado rápida.
—Me mentiste.
—No quería meterte.
—Qué detalle. Y mientras tanto alguien me hace fotos saliendo del gimnasio. Muy fuera estoy, sí.
—Lola…
—No. No me hagas la voz esa.
—¿Qué voz?