Capítulo 7 — El despacho de Tomás #4
Jimena notó que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Ven con nosotros.
—No.
—Mamá.
Rocío se acercó a ella y le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja. Fue un gesto tan antiguo que Jimena casi se derrumbó.
—No puedo salir corriendo de una casa que todavía tiene a Jacinto en un hospital, a Julia en la cocina, a Paco en el patio y a toda mi vida metida en cajones. No esta noche.
—Te hará daño.
Rocío le sostuvo los ojos.
—Ya no puede hacerme el mismo.
La frase no era valentía perfecta.
Era algo más creíble.
Cansancio convertido en límite.
Daro guardó copias rápidas con el móvil: la carta de Isabel, las fotografías de Lola y Mateo, varios recibos, los negativos dentro del sobre sin sacarlos. Jimena dobló la carta de Isabel y la dejó donde estaba, tal como la encontró.
Luego abrió el cajón pequeño de nuevo.
—Falta algo —dijo.
Daro clavó los ojos en ella.
—¿Qué?
Jimena señaló el hueco en el fondo del cajón. Había polvo alrededor, pero una zona limpia, rectangular, donde algo había estado guardado durante años.
Rocío lo vio.
Su rostro cambió.
—La cinta —susurró.
Daro se quedó sin moverse.
—¿Aquí?
—No lo sé. Pero Isabel hablaba una vez de una cámara. De una grabación. Yo pensé que… —Rocío se calló—. Pensé que era una forma de no volverse loca.
Jimena recordó la llave de Jacinto.
La estación.
No vayáis.
—Quizá no estaba aquí —dijo.
Daro guardó el móvil.
—Quizá por eso alguien quiere que vayamos a Cáceres.
Abajo, la puerta principal se abrió.
La voz de Tomás llegó desde el vestíbulo.
—¿Rocío?
Rocío apretó los párpados un instante.
Solo un segundo.
Cuando volvió a abrirlos, la señora de Las Encinas había regresado a su cara.
Pero ya no encajaba igual.
—Idos.
Jimena no se movió.
—Mamá.
—Jimena.
Esa vez no fue súplica.
Fue orden de madre.
Daro abrió la puerta del despacho y comprobó el pasillo.
—Ahora.
Subieron por la escalera secundaria lo más rápido que Mateo permitía. Él seguía en el cuarto de Isabel, medio dormido de dolor, pero se incorporó al verles la cara.
—¿Qué ha pasado?
—Nos vamos —dijo Jimena.
—¿Dónde?
—Madrid.
Mateo parpadeó.
—¿Qué?
Daro lo ayudó a levantarse.
—Luego protestas. Ahora camina.
—No puedo ir a Madrid así.
—Claro. Te esperan alfombra roja y médico privado. Mueve.
Mateo gimió al ponerse de pie, pero obedeció.
Desde abajo llegó la voz de Tomás otra vez. Más cerca.
—Rocío, ¿dónde estás?
Rocío respondió desde el pasillo principal, no desde el despacho.
—Aquí.
Su voz sonó tranquila.
Demasiado tranquila.
Jimena se asomó un segundo por la puerta del cuarto.
No podía verlos, pero sí oírlos.
—¿Dónde está Jimena? —preguntó Tomás.
—No lo sé.
—No me mientas.
—He aprendido de ti.
El silencio posterior pareció partir la casa.
Mateo abrió mucho los ojos.
A Jimena le pareció que el pecho se le llenaba de miedo y orgullo al mismo tiempo.
Daro empujó suavemente la ventana.
—Hay que salir.
Paco apareció al otro lado, desde el jardín, con una escalera apoyada bajo el alféizar.
—Rápido.
Mateo salió primero, ayudado por Paco y Daro.
Luego Jimena.
Antes de bajar, miró hacia el interior del cuarto de Isabel. El crucifijo, el tocador, la cama hecha, la fotografía de su abuela joven observándolo todo desde el marco.
Esta vez, Jimena pensó que quizá no todas las mujeres de esa casa habían sido solo sombras.
Algunas habían dejado llaves.
Otras cartas.
Otras hijas.
Bajó.
Daro saltó después de ella con más agilidad que prudencia. Paco retiró la escalera y la escondió tras los arbustos. Se movieron agachados hacia el cobertizo.
El coche estaba allí, el de Daro, con las puertas abiertas.
—Julia os ha puesto una bolsa —murmuró Paco.
Jimena miró dentro.
Había agua, pan, fruta, una manta y un botiquín pequeño.
De pronto, aquello estuvo a punto de hacerla llorar más que todo lo demás.
—Dile gracias.
Paco la miró.
—Díselo tú cuando vuelvas.
Mateo se sentó atrás, pálido. Daro dejó la carpeta bajo el asiento. Jimena subió delante.
Antes de cerrar la puerta, miró la casa.
La luz del vestíbulo estaba encendida.
En una ventana del primer piso vio la sombra de Rocío.
No saludó.
No podía.
Pero estaba de pie.
Eso bastó.
Daro arrancó sin luces. Avanzó por el camino de los olivos hasta dejar atrás el muro. Solo entonces encendió los faros.
La carretera apareció delante.
Oscura.
Abierta.
Mateo habló desde atrás, con la voz rota:
—Papá va a venir a por nosotros.
Daro no apartó la vista de la carretera.
—Que coja número.
Jimena miró por la ventanilla.
Las Encinas desapareció detrás de una curva.
En el bolsillo llevaba la llave de Jacinto. En el móvil, fotografías de papeles que podían destruir a su familia o no servir para nada. En la memoria, la voz de su madre diciendo que Julián respiraba. Y en el asiento trasero, su hermano roto, culpable y vivo.
Daro conducía hacia Madrid.
Hacia Lola.
Hacia Bruno.
Hacia una parte de la historia que ya no pertenecía solo a Las Encinas.
Jimena dejó caer los párpados un segundo.
No estaba huyendo.
No de esa forma.
Por fin, salir de la finca no parecía una escapada.
Parecía una declaración de guerra.
Y esa vez no pensaba pedir permiso para volver.