Bravío Capítulo 7 — El despacho de Tomás #3
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Capítulo 7 — El despacho de Tomás #3

Hay verdades que los hombres de esta casa no temen por lo que dicen, sino por lo que obligan a hacer después. Si algún día necesitas recordar que no estás loca, recuerda esto: aquella mañana no fuiste la única que vio respirar al hombre del monte.

Jimena dejó de leer.

La habitación se le inclinó.

Daro no apartó la mirada de ella.

—¿Qué pasa?

Ella siguió leyendo en silencio.

Yo también lo vi desde la galería cuando lo trajeron en el remolque.

No tan muerto como dijeron después. No tan perdido como Tomás quiso hacer creer.

Llorabas y te mandaron callar. Álvaro sujetaba al muchacho como si pudiera sujetar también lo ocurrido.

Medina no miraba al herido. Miraba a los vivos. Siempre fue más útil así.

La carta terminaba ahí.

No había firma.

No había fecha.

No había final.

Como si Isabel hubiera sido interrumpida o se hubiera arrepentido antes de continuar. Como si la verdad se le hubiera quedado corta a mitad de camino.

Jimena no podía apartar la vista.

No decía quién disparó.

No decía qué pasó después.

No decía si Julián pudo salvarse.

Pero decía algo suficiente para romper una parte del mundo:

Julián respiraba.

Rocío no había mentido.

Y no fue la única que lo vio.

Daro tomó la carta con cuidado, como si tocarla pudiera romper no el papel, sino algo más frágil.

La leyó.

Su rostro se vació.

—Lo trajeron —dijo.

Jimena no entendió al principio.

—¿Qué?

—Aquí pone que lo trajeron en un remolque.

Leyó otra vez.

Entonces lo vio.

La versión que todos habían repetido hablaba de accidente en el monte.

De caída. De disparo mal dirigido. De un hombre muerto cuando llegaron.

Pero si Isabel lo vio desde la galería, si Rocío lloraba en la casa, si Álvaro sujetaba a Santiago allí, entonces Julián no había quedado simplemente en el monte esperando a que alguien certificara una desgracia.

Lo movieron.

Lo trajeron.

Lo decidieron después.

A Jimena le pareció que la náusea le subía.

—Mi madre lo vio.

—Sí.

—Y mi abuela también.

Daro dobló la carta con una lentitud peligrosa.

—Y Medina.

Los dos se miraron.

La puerta del despacho sonó.

No un golpe fuerte.

Un roce.

Ambos se quedaron inmóviles.

—¿Jimena?

La voz llegó desde el otro lado.

No era Tomás.

Era Rocío.

Jimena abrió la puerta.

Su madre estaba en el pasillo, pálida, con el bolso colgado del brazo y el pelo menos perfecto que de costumbre. Parecía haber envejecido durante el trayecto desde el hospital. Llevaba la misma ropa de la feria, arrugada ahora, y en la mano sostenía el móvil.

—¿Qué haces aquí? —susurró Jimena.

Rocío miró dentro del despacho.

Vio los cajones abiertos.

Los papeles.

A Daro.

La carta en la mano de su hija.

No pareció sorprendida.

Eso dolió más que si hubiera fingido.

—Jacinto sigue estable —dijo—. No ha despertado.

Jimena tardó en asimilar la frase.

—¿Has vuelto sola?

—Doña Amparo se ha quedado con él hasta que llegue Clara.

—Mamá…

Rocío entró en el despacho y cerró la puerta.

—Tomás volverá pronto.

Daro se puso junto a la ventana.

—¿Lo sabe?

—Sabe que algo no está donde debería.

Jimena levantó la carta.

—¿Sabías que esto existía?

Rocío miró el papel.

Su cara cambió.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Y esta vez Jimena la creyó.

—La escribió la abuela.

Rocío no quiso tocarla.

No al principio.

La miró como si fuera algo vivo.

Jimena leyó en voz baja el fragmento.

Cuando terminó, Rocío estaba llorando.

Sin ruido.

Sin cubrirse la cara.

Las lágrimas le bajaban por las mejillas con una dignidad inútil.

—Mamá.

—Yo intenté que llamaran a un médico.

Daro no se movió.

Jimena también.

Rocío no los miraba. Miraba el escritorio de Tomás, pero no parecía verlo.

—No sé cuánto tiempo pasó. Esa es la parte que más me persigue.

No sé si fueron minutos o media vida. En mi cabeza todo está mezclado: los perros ladrando, Santiago blanco como una sábana, Álvaro repitiendo que había sido un accidente, tu padre diciéndome que me callara porque estaba histérica, Medina apartándome del remolque, Julián intentando respirar.

Daro apretó los párpados un instante.

Jimena tuvo la impresión de que algo se le rompía con una limpieza insoportable.

Rocío se llevó una mano al pecho.

—Yo era muy joven. Eso no me absuelve. Pero era joven. Y estaba sola en una casa llena de hombres que hablaban como si el mundo les perteneciera incluso cuando había sangre en el suelo.

—¿Quién disparó? —dijo Daro.

La pregunta fue baja.

No agresiva.

Por eso dolió más.

Rocío lo miró.

Tardó.

Demasiado.

—No lo vi.

Daro apretó los dedos.

—Rocío.

—No lo vi —repitió ella, y esta vez su voz tembló—. Ojalá pudiera darte un nombre y que eso ordenara el horror. Pero no vi el disparo. Llegué después. Vi a Santiago con la escopeta en las manos. Vi a Álvaro quitársela. Vi a Tomás dar órdenes. Vi a Julián vivo. Eso vi.

No era toda la verdad.

Pero era verdad.

Y la verdad, incluso incompleta, ocupó el despacho como un cuerpo más.

Jimena apoyó una mano en la mesa.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Rocío la miró.

—Porque pensé que si no sabías, no te alcanzarían.

—Me alcanzaron igual.

—Lo sé.

No se defendió.

Eso fue lo peor.

No dijo que lo había hecho por ella. No pidió perdón con frases bonitas. No intentó limpiar quince años con una explicación. Solo aceptó el daño.

—Lo sé —repitió.

Daro volvió hacia la mesa y señaló las fotografías recientes.

—Tienen a mi hermana.

Rocío miró la imagen de Lola.

La comprendió enseguida.

—Tenéis que iros de aquí.

Jimena parpadeó.

—No.

—Sí.

—No voy a dejarte con papá.

Rocío sonrió sin alegría.

—Llevo muchos años con tu padre.

—Precisamente.

—Y por eso sé ganar tiempo.

Daro habló:

—¿Dónde?

Rocío lo miró sin levantar la voz.

—Madrid.

—No.

La negativa de Daro fue inmediata.

—Sí —dijo Rocío—. Ahí está tu hermana. Ahí está Bruno Salvatierra. Ahí está parte de la deuda. Y, si esa fotografía existe, alguien ha llevado Las Encinas hasta tu puerta antes de que tú trajeras Madrid aquí.

Daro dejó pasar un segundo antes de hablar.

Jimena miró a su madre.

—¿Cómo sabes lo de Bruno?

Rocío bajó la vista.

—Porque tu padre empezó a pronunciar ese nombre de noche.

La frase bastó.

Un motor sonó fuera.

Luego otro.

Rocío se enderezó.

—Han vuelto.

Daro apagó la lámpara del escritorio.

La casa quedó en una penumbra azulada.

—Subid al cuarto de Isabel —dijo Rocío—. Salid por la ventana. Paco os espera detrás del cobertizo. Le he dicho que preparara el coche.

Jimena la miró.

—¿Cuándo?

—Antes de entrar aquí.

—¿Sabías que haríamos esto?

Rocío no sonrió.

—Sabía que mi hija, cuando por fin dejara de pedir permiso, iría directa al lugar donde más le habían prohibido entrar.