Capítulo 7 — El despacho de Tomás #2
No llevaba años oyendo su voz a diario, pero San Brezo era pequeño y la autoridad tenía tonos que se recordaban.
Medina había estado siempre cerca de Las Encinas sin parecer estarlo demasiado: en alguna comida de caza, en la puerta de la iglesia, en el cuartelillo, en saludos breves a Tomás, en silencios que ahora adquirían otro peso.
Tomás dijo algo que no entendieron.
Luego una silla se arrastró.
—Mateo está asustado —dijo Álvaro—. Y los chicos asustados hablan.
—Mi hijo no es asunto tuyo.
—Desde que firma donde no debe, sí.
Jimena bajó la cabeza un segundo.
Daro volvió a tensarse.
Tomás habló más bajo, pero aun así alcanzaron a oírlo:
—Santiago ha ido demasiado lejos.
El silencio posterior tuvo una forma extraña.
Álvaro respondió:
—Santiago ha hecho lo que tú no te atrevías a hacer.
—Santiago ha puesto a Jacinto en una ambulancia.
—Jacinto llevaba quince años esperando a abrir la boca.
Medina intervino:
—Bajad la voz.
Jimena apoyó una mano en la pared.
Jacinto.
Quince años.
Su padre no reaccionó con sorpresa ante aquello. No preguntó qué quería decir. No pidió explicaciones. Lo sabía. Todos lo sabían.
Tomás habló con una dureza contenida:
—No voy a permitir que esto salpique a Jimena.
Álvaro soltó una risa breve, sin alegría.
—Qué tarde te acuerdas de hacer de padre.
Hubo un golpe seco sobre la mesa.
—No vuelvas a decir eso.
—La foto —dijo Medina, cortando—. ¿Dónde está?
Jimena tuvo la impresión de que la palabra le golpeaba en el estómago.
La foto.
La otra mitad.
Daro inclinó apenas la cabeza hacia la puerta.
Tomás tardó en responder.
—A salvo.
—Eso no responde —dijo Álvaro.
—Responde lo suficiente.
—Esa imagen nos ha mantenido callados a todos demasiado tiempo.
—A ti te ha mantenido protegido.
—A todos, Tomás. No te disfraces ahora de hombre sacrificado.
Medina volvió a hablar:
—Si la cinta aparece, la foto ya no bastará.
La cinta.
Jimena sintió la llave en su bolsillo, aunque la llave no tuviera nada que ver con aquel cuarto. Cáceres. La estación. No vayáis.
Tomás dijo:
—La cinta no está aquí.
Álvaro respondió enseguida:
—Entonces encuéntrala.
—No voy a mover media finca esta noche.
—Ya la está moviendo tu hija.
Jimena notó que Daro la miraba.
No era reproche.
Era reconocimiento del peligro.
Dentro del despacho, Tomás habló con una voz que ella no le había oído nunca. No era miedo abierto. Era algo más bajo.
—Rocío no sabe dónde está.
Álvaro contestó:
—Rocío sabía demasiadas cosas incluso cuando fingía no saber nada.
El nombre de su madre quedó en el pasillo como una herida.
Jimena sintió el impulso de abrir la puerta, entrar y exigir todas las respuestas que llevaban años negándole. No lo hizo. No porque se dominara. Porque Daro le puso una mano delante, sin tocarla, apenas una barrera en el aire.
Esta vez no le molestó.
En el despacho, Medina dijo:
—Hay que sacar de aquí lo comprometido antes de que amanezca.
—No pienso entregarte mis documentos —respondió Tomás.
—No son tuyos si me nombran.
—Entonces debiste pensarlo antes de firmar lo que firmaste.
La conversación se cortó de golpe.
Pasos.
Daro tiró de Jimena hacia un hueco entre una vitrina y una columna. La puerta del despacho se abrió.
Salieron los tres.
Tomás primero, con una carpeta de cuero bajo el brazo.
Álvaro detrás, sin perder la compostura, aunque la mandíbula le marcaba una tensión poco habitual.
Medina al final, vestido de calle, más viejo de lo que Jimena lo recordaba, pero con los mismos ojos de hombre acostumbrado a que otros bajaran la voz cuando él entraba.
Pasaron tan cerca que Jimena pudo oler el tabaco de Tomás y la colonia de Álvaro.
No los vieron.
O fingieron no verlos.
La puerta principal se cerró poco después.
Luego el motor de un coche.
Después otro.
Jimena permaneció escondida unos segundos más.
No sabía respirar.
Daro asomó apenas.
—Ahora.
Entraron en el despacho.
El lugar parecía distinto cuando Tomás no estaba.
No menos suyo, sino más revelador. Sobre la mesa quedaban tres vasos, una botella abierta, un cenicero con dos colillas y el hueco exacto donde debía de haber estado la carpeta de cuero.
La lámpara de escritorio proyectaba una luz amarilla sobre los papeles que habían quedado fuera de sitio.
Jimena cerró la puerta.
El sonido le pareció enorme.
—Tenemos poco tiempo —dijo Daro.
Ella asintió.
Pero durante un segundo no pudo moverse.
El despacho de su padre había sido siempre el centro de la casa.
No por tamaño. Por significado. Allí se firmaban pagos, se recibía a los hombres importantes, se hablaba con abogados, se decidía quién seguía trabajando y quién recogía sus cosas en cajas.
De niña, Jimena solo entraba si la llamaban.
De adolescente, entraba para discutir y salía perdiendo.
De adulta, acababa de entender que ese cuarto no guardaba autoridad.
Guardaba miedo administrado.
Fue al escritorio.
Los cajones estaban cerrados, pero no todos con llave. En el primero encontró facturas recientes, cartas del banco, avisos de deuda escritos con lenguaje educado y cantidades que le hicieron sentir un mareo frío. Las Encinas no estaba herida. Estaba abierta en canal.
No era solo falta de liquidez.
No era una mala temporada.
Era ruina sostenida con amenazas, favores y matrimonios.
Daro revisaba la librería y los archivadores bajos. No tocaba nada sin mirar antes dónde estaba colocado. No por respeto. Por costumbre. Un hombre que sabía que, si algo desaparecía, alguien intentaría culparlo.
—Aquí hay pagos a empresas que no conozco —dijo Jimena.
—¿Empresas de qué?
—Servicios agrícolas. Transporte. Seguridad. Pero algunas direcciones son de Madrid.
Daro dio dos pasos cortos.
Jimena le mostró una carpeta con varios recibos.
Las cantidades no eran enormes por separado, pero se repetían demasiado.
Una de las empresas tenía un nombre anodino, de esos que no significan nada: Gestión Alcázar.
Otra figuraba como asesoría externa. En una hoja, escrita a mano en el margen, aparecía un número de teléfono sin nombre.
Daro lo observó en silencio.
—Ese prefijo es de Madrid.
—¿Bruno?
—Podría.
Jimena notó que la red se ampliaba fuera de la finca.
—Mi padre no solo le debe a Santiago.
—No.
—Ni solo a Álvaro.
—No.
Daro abrió una carpeta más fina.
Dentro había fotografías.
No antiguas.
Recientes.
La primera mostraba a Mateo saliendo de un local nocturno en Madrid, con los ojos brillantes y una mano tapándose la cara del flash o de la vergüenza.
En otra, Mateo hablaba con un hombre apoyado en un coche.
No se veía bien el rostro del hombre, pero sí la postura: demasiado relajada para ser un desconocido.
Jimena se quedó helada.
—No sabía que había ido a Madrid.
—A veces se va para que no lo vean en casa.
—Lo dices como si lo conocieras.
Daro dejó la frase en el aire.
Pasó a la siguiente foto.
Esta vez fue él quien se quedó quieto.
Jimena miró.
Daro estaba en la imagen.
No en Las Encinas. No en San Brezo. En la puerta de un gimnasio, de noche, con una bolsa al hombro. La fotografía estaba tomada desde un coche, con mala luz. A unos metros de él aparecía una chica joven con mochila y chaqueta vaquera, el pelo recogido, la cabeza vuelta hacia otro lado.
Daro cogió la foto.
No añadió nada.
Pero Jimena vio cómo le cambiaba la cara.
—¿Es Lola? —preguntó.
Él cerró los dedos sobre el papel.
—Sí.
La palabra salió baja.
Peligrosa.
—¿Quién ha hecho esa foto?
—No lo sé.
—¿Bruno?
—Puede.
—¿Mi padre?
Daro mantuvo la vista en ella.
—Alguien se la ha dado a tu padre. Eso basta.
Jimena sintió vergüenza.
No una vergüenza suya, exacta, sino heredada. Como si el apellido pudiera manchar incluso aquello que ella no había hecho. Lola Rivas, una chica de diecisiete años, fotografiada a la salida de un gimnasio porque los hombres de su mundo estaban moviendo deudas, muertos y silencios.
—Lo siento —dijo.
Daro guardó silencio.
Guardó la foto en su chaqueta.
—No puedes llevártela —dijo Jimena.
Él la miró.
—Es mi hermana.
—Y si falta, sabrán que hemos entrado.
Daro apretó la mandíbula.
Ella suavizó la voz.
—Tenemos que copiarla o fotografiarla. Pero si desaparece, Tomás sabrá qué nos importa.
A Daro le costó obedecer aquella lógica.
Se le vio en la mano.
En el cuello.
En la respiración.
Finalmente dejó la foto sobre la mesa y sacó el móvil. Fotografió la imagen, una vez, dos, tres. Luego la colocó exactamente donde estaba.
—Si le pasa algo —dijo.
No terminó la frase.
No hacía falta.
Jimena abrió otro cajón.
Estaba cerrado.
Daro sacó la navaja.
—Espera.
—¿Ahora te preocupa la legalidad?
—No. El ruido.
Ella se agachó junto al mueble. El cajón pertenecía a un escritorio antiguo, no al moderno que usaba Tomás a diario.
Tenía una cerradura pequeña. Jimena recordó a su madre diciendo, hacía años, que su abuela Isabel escondía cosas en lugares demasiado evidentes porque los hombres nunca buscaban donde creían que una mujer solo guardaba papeles de casa.
—La llave —murmuró.
Daro la observó en silencio.
—¿Qué llave?
Jimena fue hasta una vitrina donde se exhibían medallas de caballos, una copa de plata y varios objetos pequeños que nadie tocaba.
Entre ellos había un llavero antiguo con una bellota de metal.
Lo había visto cientos de veces. Lo había limpiado Julia.
Lo había movido Rocío alguna Navidad. Tomás nunca le prestaba atención.
Cogió la llave más pequeña.
Volvió al escritorio.
Entró.
Giró.
El cajón se abrió.
Daro soltó aire.
—Tu abuela tenía estilo.
—Mi abuela tenía mala leche.
—A veces es lo mismo.
Dentro no había grandes confesiones.
Había papeles doblados, una libreta de tapas blandas, varios negativos fotográficos en un sobre de revelado antiguo y una carta sin enviar dirigida a Rocío. Jimena reconoció la letra de Isabel Albares antes de leer el nombre.
La carta no estaba cerrada.
El papel crujió entre sus dedos.
No era una revelación limpia. Era una carta escrita por una mujer que no sabía si tendría valor para entregarla.
Rocío: