Bravío Capítulo 7 — El despacho de Tomás
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Capítulo 7 — El despacho de Tomás

Mateo temblaba como cuando era niño y había tormenta.

Jimena lo veía por el retrovisor, encogido en el asiento trasero, con la cara medio escondida en la sombra y una mano apretada contra las costillas.

Cada bache de la carretera vieja le arrancaba un gesto mínimo de dolor, pero no se quejaba.

Eso era lo que más la asustaba. Mateo se quejaba siempre.

Por frío, por hambre, por aburrimiento, por una camisa mal planchada, por el café demasiado cargado o por el mundo entero si amanecía con ganas. Su silencio no era fortaleza.

Eso era miedo.

Daro conducía sin encender las luces largas.

Tenía la vista fija en la carretera y la mandíbula cerrada.

No había vuelto a preguntar si Jimena estaba segura.

Tampoco le había dicho que lo que estaban haciendo era una imprudencia.

Quizá porque lo sabía de sobra. Quizá porque había entendido que, algunas noches, la prudencia solo servía para dejar que otros llegaran antes.

Las Encinas apareció al fondo después de una curva.

Blanca bajo la luna.

Hermosa.

Intacta.

Jimena sintió una rabia seca al verla así.

La casa tenía ese talento: podía seguir pareciendo noble incluso después de haber devorado a quienes la sostenían.

A esa distancia, nadie habría visto a Jacinto tendido en una camilla, ni a Mateo atado a una tubería, ni la mano de Tomás cerrándose sobre su brazo, ni a Rocío viajando sola en una ambulancia para acompañar a un empleado despedido.

De lejos, Las Encinas no tenía culpa de nada.

—No entres por la cancela principal —dijo Mateo desde atrás.

La voz le salió ronca.

Daro lo miró por el retrovisor.

—¿Cámaras?

Mateo asintió.

—Desde hace unos meses. Papá dijo que era por los robos.

—Qué práctico se ha vuelto todo el mundo con los robos —murmuró Daro.

Jimena señaló un camino estrecho entre olivos.

—Por ahí.

Daro giró sin preguntar.

El coche avanzó despacio entre muros bajos y árboles viejos.

Las ramas rozaban los laterales con un sonido de uñas.

Jimena conocía aquel acceso desde niña. Lo había usado para salir a montar cuando Tomás le prohibía acercarse a Estrella después de alguna caída, para volver tarde sin pasar por el patio principal, para esconder rabias pequeñas que entonces le parecían enormes.

Nunca había pensado que algún día lo usaría para entrar en su propia casa como una ladrona.

—¿Puedes caminar? —preguntó sin volverse.

Mateo soltó una risa débil.

—Qué pregunta más optimista.

—Mateo.

—Puedo.

Daro apagó el motor detrás del cobertizo del pienso, donde el coche quedaba oculto desde la casa principal. Durante unos segundos nadie se movió.

Las Encinas respiraba frente a ellos.

Había luz en el despacho de Tomás.

También en la cocina.

El resto del cortijo estaba oscuro, aunque Jimena ya sabía que la oscuridad no significaba sueño. En esa casa había demasiadas formas de estar despierto.

Daro bajó primero. Revisó alrededor, el patio trasero, las sombras junto a las cuadras, la línea de la galería. Luego abrió la puerta trasera y ayudó a Mateo a salir.

—No me toques como si fuera a romperme —murmuró este.

—Entonces deja de parecerlo.

Mateo intentó responder, pero el dolor le cortó la frase. Jimena se colocó al otro lado y le pasó un brazo por la cintura.

—Apóyate.

—No hace falta.

—Mateo.

Él obedeció.

No por docilidad.

Porque no podía más.

Cruzaron hacia las cuadras por la parte trasera. Estrella relinchó al oírlos, inquieta. Jimena se detuvo por instinto.

Daro miró hacia el box.

—Luego.

Ella asintió.

No le gustó que tuviera razón.

Antes de llegar a la puerta lateral de la casa, una sombra se separó del muro.

Daro reaccionó antes de reconocerla. Puso a Jimena detrás de él y empujó a Mateo contra la pared.

—Quieto —dijo una voz baja.

Paco salió a la luz escasa.

Tenía la gorra en la mano y la cara de quien llevaba horas esperando una desgracia concreta y aun así no estaba preparado para verla.

—Madre de Dios —susurró al ver a Mateo.

El chico apartó la mirada.

—No empieces tú también.

Paco se acercó.

—¿Quién te ha hecho eso?

Mateo no respondió.

Jimena sí.

—Santiago.

No era toda la verdad.

Pero era suficiente para empezar.

Paco bajó la cabeza un segundo.

—Ese niño salió podrido de cuna buena.

—¿Dónde está mi padre? —preguntó Jimena.

Paco miró hacia la casa.

—En el despacho.

—¿Solo?

—No lo sé.

Daro se tensó.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Vi entrar un coche hace media hora. No por la cancela. Por el camino grande de caza. No pude acercarme más.

—¿De la Vega?

—Podría.

Jimena miró la ventana iluminada.

Su padre estaba ahí.

Con quien fuera.

Con lo que fuera.

Y, por primera vez en veintidós años, Jimena no notó que el despacho de Tomás fuera un lugar prohibido por autoridad. Le pareció un cuarto cerrado en una casa que también era suya. Un cuarto lleno de cosas que otros habían decidido que ella no podía soportar.

—Tenemos que entrar —dijo.

Paco negó con la cabeza.

—Por la puerta, no.

—No pensaba pedir permiso.

Mateo levantó la mano con esfuerzo.

—La ventana del cuarto de la abuela.

Jimena se volvió hacia él.

—Está atrancada.

—Ya no.

—¿Cómo lo sabes?

Mateo intentó sonreír.

—Tú salías por la ermita. Yo salía por donde podía.

Por un instante, pese a la sangre seca y la noche, Jimena vio al hermano que había existido bajo la torpeza de los últimos años. El chico que también había buscado grietas en Las Encinas. No para escapar del mismo modo que ella, quizá. Pero escapar al fin.

Paco los guio por la parte trasera del cortijo.

La cocina seguía encendida. A través de una ventana vieron a Julia de espaldas, colocando platos en un armario.

No cantaba. No hablaba. Se movía con esa concentración seca de quien ha entendido que algo va mal y decide mantener la casa en pie hasta que sepa qué pared se derrumba primero.

La ventana del cuarto de la abuela Isabel estaba medio oculta por una enredadera descuidada. Mateo sacó del bolsillo una pieza pequeña de metal. Le temblaban los dedos.

—Dame —dijo Daro.

—Sé hacerlo.

—No he dicho que no.

—Entonces no mires como si fuera inútil.

Daro no apartó la mirada un segundo. Luego se apartó.

Mateo metió la pieza en el cierre y movió la muñeca con una precisión torpe. La ventana cedió con un crujido.

—Vaya —murmuró Daro—. El señorito tiene recursos.

—Y tú prejuicios. Estamos todos llenos de sorpresas.

Jimena se habría reído si no le doliera el pecho.

Entraron uno a uno.

El cuarto de la abuela Isabel olía a cerrado, alcanfor y madera vieja.

Nadie lo había desmantelado después de su muerte.

En Las Encinas los muertos con apellido no desaparecían; se convertían en decoración.

La cama seguía hecha, alta y rígida. El crucifijo de plata presidía la pared.

Sobre el tocador había un cepillo antiguo, frascos vacíos de colonia, una polvera y una fotografía enmarcada de Isabel joven, con un vestido oscuro y una mirada tan firme que ni los años ni el polvo la habían suavizado.

Jimena no entraba allí desde hacía mucho.

De niña, aquel cuarto le daba miedo.

De adulta, entendió por qué.

No era miedo a su abuela. Era miedo a lo que ese cuarto conservaba: mujeres que habían mandado dentro de lo poco que les dejaron, que habían callado cuando convenía, que habían aprendido a esconder llaves, cartas, rabias, dinero pequeño en cajones de ropa blanca.

Las mujeres de Las Encinas no siempre habían sido libres, pero algunas habían sido peligrosas en silencio.

Mateo se dejó caer en el sillón junto a la ventana.

—No puedo bajar.

Jimena se agachó frente a él.

—No vas a bajar.

—Sí.

—No puedes ni respirar sin hacerte el héroe.

—No soy un héroe.

—Eso ya lo sabemos todos.

Mateo soltó una risa dolorida.

Jimena le tocó el rostro con cuidado, evitando la ceja abierta.

—Quédate aquí. Si oyes algo, sales por la ventana y buscas a Paco.

—¿Y tú?

—Yo voy al despacho.

Mateo notó la garganta seca.

—Jimena.

—¿Qué?

—Si encuentras algo… no pienses que con eso basta.

Ella mantuvo la vista en él.

—¿Qué quieres decir?

—Que papá no guarda cosas por culpa. Las guarda porque le sirven.

Daro, junto a la puerta, lo escuchó en silencio.

—¿Para chantajear? —preguntó.

Mateo miró al suelo.

—Para no ser el único que cae.

La frase quedó en el cuarto.

Jimena la guardó donde dolía.

Daro abrió la puerta con cuidado.

El pasillo estaba oscuro.

Jimena salió detrás de él.

Avanzaron sin encender luces, pegados a la pared.

La casa, de noche, parecía más grande. Los retratos familiares devolvían sombras desde los marcos.

El suelo de madera crujía en lugares que Jimena conocía y evitaba casi sin pensar.

De niña, saber moverse por Las Encinas sin hacer ruido era un juego. Ahora era una necesidad.

A medida que bajaban por la escalera secundaria, las voces del despacho llegaron más claras.

Tomás.

Otro hombre.

Y una tercera voz, grave, gastada.

Jimena se detuvo antes de llegar al pasillo principal.

Daro se colocó a su lado.

—No entres si están dentro —susurró.

—No iba a hacerlo.

—Te lo digo porque tienes cara de ir a hacerlo.

—Y tú cara de querer pegarle a alguien desde que naciste.

—Ahora no puedo discutir eso.

Las voces subieron.

—No era parte del acuerdo —decía Tomás.

La segunda voz respondió con una calma que Jimena reconoció al instante.

Álvaro de la Vega.

—El acuerdo cambió cuando tu hija empezó a pasearse por el pueblo con un Rivas.

—No nombres a mi hija.

—Entonces contrólala.

Daro se movió apenas.

Jimena le rozó el brazo para detenerlo.

La tercera voz habló después.

—La chica no es el problema. El problema es lo que pueda encontrar.

Jimena contuvo la respiración.

Esa voz también le resultaba conocida, aunque tardó más en situarla.

Medina.

El sargento Medina.