Capítulo 6 — Lo que callan los vivos #4
Jimena le cogió la cara entre las manos.
—Te creo.
No sabía si era verdad.
Pero necesitaba que lo fuera.
Mateo empezó a llorar sin hacer ruido.
Aquello la partió.
Porque no lloraba como adulto. Ni como niño. Lloraba de una forma intermedia, vergonzosa, furiosa, como si cada lágrima lo humillara.
Daro revisó la puerta del almacén.
—¿Hay alguien más?
Mateo negó.
—Se fueron.
—¿Quiénes?
—No lo sé.
—Mateo.
—No lo sé, joder. Me pusieron una bolsa en la cabeza.
Jimena dejó caer los párpados un segundo.
—¿Santiago?
Mateo no respondió.
Daro se agachó frente a él.
—Si no hablas, no puedo saber de dónde viene el golpe siguiente.
Mateo tragó con esfuerzo.
—Santiago me dijo que Jacinto iba a montar un escándalo. Que estaba borracho, que podía hacer daño a la familia, a papá, a mí. Me dijo que le acercara un vaso. Solo eso.
Jimena tuvo la impresión de que el mundo se le abría bajo los pies.
—¿Qué vaso?
—Uno que él me dio.
El silencio fue peor que un grito.
Mateo se apresuró:
—Yo no sabía que tenía nada. Lo juro. Dijo que era para calmarlo. Que era algo suave. Que Jacinto estaba viejo, nervioso, borracho, que solo necesitaba dormir un poco antes de ponerse a decir barbaridades delante de todo el mundo.
Jimena apartó las manos de su cara.
Mateo lo notó.
—Jimena.
—Le diste el vaso.
—No sabía…
—Le diste el vaso.
—Sí.
La palabra salió rota.
Daro se levantó y se apartó un paso.
No por frialdad.
Por contenerse.
Mateo miró a su hermana con desesperación.
—Santiago dijo que, si no lo hacía, enseñaría unos papeles. Deudas. Firmas. Cosas que yo… —Se atragantó—. Cosas que yo firmé sin leer. Cosas de papá también. No sé. Me dijo que podía hundirnos a todos. Que papá ya no podría taparlo.
Jimena sintió rabia.
Contra Mateo.
Contra Santiago.
Contra Tomás.
Contra ella misma por no haber visto antes que su hermano no estaba solo siendo imbécil: estaba siendo usado.
—¿Y después? —quiso saber Daro.
Mateo respiró con dificultad.
—Después Jacinto cayó. Yo me asusté. Santiago me dijo que no hiciera nada.
Que si hablaba, parecía culpa mía. Que me fuera con él.
Me llevó hasta aquí en otro coche. Dijo que iba a arreglarlo.
Luego llegaron dos hombres. Me pegaron. Me quitaron el móvil.
Creo que mandaron algún mensaje. Luego me lo dejaron cerca. No sé por qué.
Daro miró a Jimena.
Ella entendió.
Porque querían que fuera.
Porque quizá no esperaban solo a Mateo.
Como si el pensamiento hubiera invocado algo, un motor sonó fuera.
Daro apagó la linterna.
—Al suelo.
Empujó a Jimena detrás de unas estanterías caídas y tiró de Mateo hacia el muro. Un coche pasó despacio por delante de la gasolinera. No llevaba las luces largas. Se detuvo unos segundos.
Jimena contuvo la respiración.
Mateo temblaba contra ella.
El coche no entró.
Solo permaneció allí.
Esperando.
Después aceleró.
El ruido de las ruedas sobre la grava se alejó hacia la carretera.
Daro esperó un minuto entero antes de moverse.
—Nos vamos.
Ayudó a Mateo a ponerse de pie. El chico apenas podía sostenerse. Jimena se colocó a un lado y Daro al otro. Salieron por detrás, cruzando entre maleza y restos de neumáticos, hasta llegar al coche.
Mateo se dejó caer en el asiento trasero.
Jimena se giró hacia él antes de subir.
—Mírame.
Él no quería.
Lo hizo.
—Jacinto está vivo —dijo ella—. Pero si muere…
Mateo respiró hondo.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. Todavía no.
Daro abrió la puerta del conductor.
—Hay que decidir dónde ir.
—Al hospital —dijo Jimena.
—No —respondió Mateo enseguida.
—Necesitas que te vean.
—No puedo ir.
—Mateo.
—No puedo. Medina está con papá.
El nombre cayó dentro del coche.
Jimena se quedó helada.
Daro miró a Mateo por el retrovisor.
—¿El sargento?
Mateo asintió.
—Lo he oído. Muchas veces. Papá habla con él cuando las cosas se complican. Santiago también lo sabe. Si vamos al cuartelillo, antes de que terminemos de hablar ya sabrán qué hemos dicho.
Jimena notó que las piezas no encajaban.
O encajaban demasiado.
—Entonces vamos a Las Encinas —dijo.
Daro se volvió hacia ella.
—No.
—Sí.
—Jimena.
—Mi padre sabe lo de la nave. Santiago tiene algo de la foto. Mateo dice que Medina está metido. Rocío está en el hospital. Jacinto puede despertar o no. La única persona que tiene respuestas esta noche está en mi casa.
—Tu padre no va a darte respuestas.
—No voy a pedírselas.
Daro no apartó la mirada.
Vio la decisión antes de que ella terminara de entenderla.
—¿Qué vas a hacer?
Jimena miró hacia la carretera, hacia la oscuridad donde Las Encinas esperaba con sus ventanas cerradas, su despacho, sus retratos, sus hombres decidiendo qué merecía ser contado.
—Voy a entrar en el despacho de mi padre —dijo—. Y voy a abrir todos los cajones.
Mateo soltó una risa débil, casi un sollozo.
—Te va a matar.
Jimena lo miró por el retrovisor.
—No esta noche.
Daro arrancó.
No dijo que fuera una locura.
No dijo que no.
Solo condujo.
Y esa vez, por primera vez, a Jimena le pareció que no volvían a Las Encinas para obedecer.
Volvían para robarle a la casa una parte de lo que llevaba años guardándose.