Bravío Capítulo 6 — Lo que callan los vivos #3
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Capítulo 6 — Lo que callan los vivos #3

—No. No estoy bien.

La sinceridad le dolió a Jimena en un lugar blando.

—Voy para allá.

—No. Quédate en San Brezo o vuelve acompañada. Pero no vengas al hospital ahora. Si Jacinto despierta, te llamo.

—Mamá…

—Jimena, por favor. Una sola cosa cada vez. Si corremos todas hacia todos los fuegos, nos quedamos sin aire.

La frase sonó agotada.

Y cierta.

—Vale.

—Y Jimena.

—¿Qué?

—No pierdas de vista a Mateo. Aunque él crea que quiere perderte.

La llamada terminó.

Jimena se quedó con el móvil en la mano.

Daro la miraba.

—¿Hospital?

—No.

—¿Las Encinas?

—Tampoco quiero.

—Eso no es una opción.

—Ya.

Se quedaron en silencio.

Luego el móvil de Jimena vibró.

Un mensaje.

Mateo.

No vuelvas a la finca esta noche.

A Jimena le pareció que el corazón le saltaba.

Daro acortó la distancia.

—¿Qué pasa?

Ella le enseñó la pantalla.

Debajo, otro mensaje apareció mientras ambos miraban.

Papá sabe lo de la nave.

Un tercero.

Santiago tiene algo de la foto.

Jimena apenas respiraba.

Daro le quitó el móvil con cuidado, no para apropiárselo, sino para leer bien.

El cuarto mensaje tardó unos segundos.

Perdóname.

Después llegó una ubicación.

No de Las Encinas.

No del hospital.

No de Cáceres.

La gasolinera abandonada de la carretera vieja.

Jimena levantó la vista.

—Voy.

—Vamos —dijo Daro.

No discutió.

Esta vez no.

Antes de salir, Daro volvió a El Candil y habló con Manolo y doña Amparo.

No dio explicaciones largas. Solo dejó dicho que, si Rocío llamaba o si alguien preguntaba demasiado por ellos, no habían dicho nada.

Doña Amparo no pidió detalles. Le miró la cara y entendió que los detalles ya llegarían demasiado tarde.

—No hagáis heroicidades —dijo.

Daro abrió la boca.

—Ya sé —lo cortó ella—. No sabes hacer otra cosa. Pues aprende rápido.

Jimena subió a su coche, pero Daro le quitó las llaves de la mano.

—Conduzco yo.

—No.

—Estás temblando.

—Puedo conducir temblando.

—No pienso averiguarlo.

Ella fue a protestar.

No le salió.

Subió al asiento del copiloto.

Daro condujo.

La carretera vieja salía de San Brezo por detrás del cementerio, entre campos oscuros y muros de piedra. La feria quedó a la espalda como una isla de luces y ruido. En cuanto se alejaron del pueblo, la noche volvió a cerrarse alrededor del coche.

Jimena miraba el móvil cada pocos segundos.

Mateo no escribía más.

La ubicación seguía fija.

—¿Y si es una trampa? —preguntó.

—Lo es.

Ella no apartó los ojos de él.

—Qué bien.

—La pregunta es quién la ha puesto y para qué.

—Mateo me ha escrito.

—O alguien con su móvil.

Jimena sintió náuseas.

—No digas eso.

—Tengo que decirlo.

—No.

Daro bajó un poco la velocidad al tomar una curva.

—Querer a alguien no cambia las posibilidades.

Jimena miró por la ventanilla.

La noche extremeña era demasiado grande. En Las Encinas, el campo parecía propiedad. Allí, en la carretera, parecía otra cosa: una extensión indiferente donde una podía desaparecer sin dejar de oír grillos.

—Cuando Mateo era pequeño —dijo ella—, le daban miedo las tormentas. No los truenos. Lo que venía antes. Ese silencio raro. Se metía en mi cama y decía que era para protegerme. Como si yo no supiera que venía temblando.

Daro no la interrumpió.

—Luego creció y empezó a fingir que nada le importaba. Papá lo dejaba más libre que a mí, pero no por confianza. Por desprecio. A mí me vigilaba porque podía servirle. A Mateo lo dejaba perderse porque esperaba poco de él.

—Eso también es una forma de daño.

Jimena exhaló despacio antes de responder.

—Lo sé.

La gasolinera apareció a la derecha de la carretera, abandonada desde hacía años.

Un cartel oxidado. Dos surtidores sin manguera.

La tienda con los cristales sucios y una parte del techo hundida.

Daro apagó las luces antes de llegar del todo y dejó el coche a cierta distancia, detrás de un grupo de almendros.

—Quédate aquí.

Jimena no apartó la mirada de él.

—No.

—Lo he dicho por probar.

—Pues qué bien que aprendas.

Bajaron los dos.

El aire olía a tierra seca, gasolina vieja y maleza. Daro llevaba la linterna apagada en una mano. Con la otra indicó a Jimena que caminara pegada a la pared lateral. Esta vez ella no protestó. No porque aceptara obedecer, sino porque el miedo le había vuelto práctica.

El móvil vibró de nuevo.

Jimena miró.

Mateo: No entréis por delante.

Daro leyó el mensaje sobre su hombro.

—Al menos sigue vivo.

—O su móvil sigue encendido.

—Daro.

—Vale.

Rodearon la construcción por detrás. Había una puerta metálica medio desencajada. Desde dentro llegó un ruido.

No una voz.

Un golpe apagado.

Jimena se adelantó.

Daro la sujetó por el brazo.

—Despacio.

Ella asintió, aunque todo en su cuerpo quería correr.

Entraron.

La antigua tienda estaba casi vacía. Estanterías oxidadas, un mostrador roto, papeles viejos pegados al suelo, botellas de plástico aplastadas, pintadas en las paredes. La luz de la luna entraba por los huecos del techo. Daro encendió la linterna lo justo, tapando parte del haz con los dedos.

—Mateo —susurró Jimena.

Otro golpe.

Desde el almacén.

Corrió antes de que Daro pudiera frenarla.

Mateo estaba en el suelo, atado a una tubería con bridas de plástico. Tenía la cara golpeada, la camisa sucia y sangre seca en la ceja. La boca cubierta con cinta americana. Al verla, abrió los ojos de golpe y empezó a moverse.

Jimena se arrodilló.

—Mateo.

Daro cortó las bridas con la navaja y le quitó la cinta con cuidado. Mateo aspiró aire como si llevara horas sin hacerlo.

—Yo no fui —dijo.

Fue lo primero.

No pidió agua.

No preguntó por Jacinto.

No dijo gracias.

Solo eso.

Yo no fui.