Capítulo 6 — Lo que callan los vivos #2
—Voy con Jacinto.
Tomás soltó una risa breve.
—No seas ridícula.
Rocío lo miró.
Jimena nunca había visto esa expresión en su madre.
No era valentía limpia. No era desafío teatral. Era algo más difícil: una mujer asustada eligiendo hacer algo de todos modos.
—Llama ridícula a otra —dijo doña Amparo desde la ambulancia—. A Rocío no.
La frase atravesó la plaza con una eficacia antigua.
Tomás apretó la mandíbula.
Álvaro se acercó a él y le dijo algo en voz baja. Santiago observaba la escena con una calma cada vez menos perfecta.
Mateo se movió al fin.
—Papá, vámonos.
Tomás lo miró.
—Tú te vienes conmigo.
Mateo asintió demasiado rápido.
Jimena lo vio.
—Mateo.
Él no la miró.
—Mateo —repitió ella.
—No empieces, Jimena.
Pero su voz no tenía fuerza.
Tenía miedo.
Daro lo observaba desde un lateral, con una atención que no necesitaba palabras.
La ambulancia arrancó.
Rocío subió delante, junto al conductor, después de hablar brevemente con uno de los sanitarios. Antes de cerrar la puerta, miró a Jimena.
Guardó silencio.
No podía, quizá.
Pero aquella mirada llevaba una orden distinta de todas las que Jimena había recibido esa noche.
No te rompas aquí.
La ambulancia salió de la plaza.
La feria quedó detrás, encendida y torcida.
Tomás se volvió hacia Jimena.
—A casa.
—No.
La palabra salió tranquila.
Más tranquila que ella.
Tomás no estaba acostumbrado a ese tono. Conocía la rabia de su hija. La ironía. Los portazos. Pero aquello no era un arrebato. Era una decisión.
—Jimena.
—Voy a saber qué le ha pasado a Jacinto.
—Jacinto es un hombre mayor que ha bebido demasiado.
Doña Amparo, que no se había ido con la ambulancia porque Manolo la necesitaba aún para recoger el vaso, soltó:
—Sigue repitiéndolo, Tomás. A ver si la próxima vez suena menos miserable.
Tomás la ignoró con esfuerzo.
—Sube al coche.
—No.
Santiago se acercó a ella.
—Déjame llevarte.
Jimena lo observó un instante.
Durante un segundo vio al Santiago de otros años. El que le traía agua después de montar. El que le guardó una chaqueta una noche de feria. El que sabía decir su nombre como si le perteneciera desde antes de haberlo decidido.
—No.
Algo dolió en la cara de Santiago.
No mucho.
Lo justo para que ella entendiera que su negativa no solo hería su orgullo. También algo más íntimo. Algo que él confundía con amor porque nadie le había enseñado a diferenciar querer de poseer.
—No estás pensando bien —dijo él.
—Puede.
—Estás dejando que te arrastre.
Miró a Daro.
Daro se limitó a callar.
Jimena sí.
—Daro no me ha dado una sola orden que yo no haya discutido.
—Eso no significa que seas libre.
La frase fue demasiado buena.
Demasiado cierta en otra boca.
Jimena se quedó callada un segundo.
Santiago lo vio y suavizó la voz.
—Vuelve a casa. Descansa. Mañana hablamos. Tu padre también necesita calmarse.
Tomás lo miró con irritación, pero no lo contradijo.
Jimena casi se rió.
Qué bien lo hacía Santiago.
Cómo colocaba cordura alrededor de una jaula.
—No voy contigo —dijo.
Él miró al suelo.
Cuando volvió a alzarla, la sonrisa ya no estaba.
—Entonces no me pidas que arregle lo que rompas.
—No recuerdo habértelo pedido nunca.
Santiago no respondió.
Se apartó.
Tomás hizo una señal a Mateo.
—Al coche.
Mateo obedeció.
Jimena vio cómo su hermano caminaba tras su padre con los hombros hundidos. Quiso llamarlo otra vez. Quiso arrastrarlo de allí. Quiso creer que, si lo hacía con suficiente fuerza, aún podía salvar al niño que se metía en su cama durante las tormentas.
Pero Mateo no era un niño.
Y esa noche no sabía si quería ser salvado por ella.
Los coches de Tomás y Álvaro salieron poco después.
Santiago se quedó unos segundos más.
Miró a Jimena desde el otro lado de la plaza.
Después se marchó también.
Cuando todos se fueron, la feria intentó respirar de nuevo.
Alguien volvió a poner música, pero más baja. Los niños recuperaron poco a poco sus voces. Los adultos siguieron hablando con la excitación culpable de haber presenciado algo importante y no saber todavía cómo contarlo sin quedar mal en la historia.
Manolo barrió alrededor del patio, dejando intactos los cristales que doña Amparo le había señalado. La farmacéutica los recogió con cuidado, los metió en una bolsa limpia y se la entregó a Daro.
—Llévala tú.
Él la cogió.
—¿Por qué yo?
—Porque si se la doy a Jimena, su padre se la quita. Si me la quedo yo, alguien dirá que soy una vieja inventando novelas. Y si se la doy a Manolo, la guarda detrás de la cafetera y mañana huele a anís.
Manolo abrió la boca.
—Amparo.
—Calla, que sabes que es verdad.
Daro guardó la bolsa dentro de su chaqueta.
—¿Cree que le echaron algo?
—Creo que Jacinto no se cayó por casualidad justo después de dar una llave que alguien quería.
Jimena metió la mano en el bolsillo.
La llave seguía allí.
La tocó como quien comprueba una herida.
—Ha dicho que no vayamos —murmuró.
Doña Amparo la miró.
—Entonces no vayáis esta noche.
—¿Y mañana?
—Mañana será otro peligro.
La respuesta fue tan honesta que no consoló nada.
Daro miró hacia la calle por donde se habían ido los coches.
—Mateo sabe algo.
Jimena cerró los ojos.
—Lo sé.
—Y Santiago también.
—Eso también lo sé.
—Tu padre va a intentar encerrar todo esto antes de que amanezca.
—Probablemente.
Daro clavó los ojos en ella.
—No puedes volver sola a Las Encinas.
Jimena le sostuvo los ojos.
—¿Eso es una orden?
—Es una frase que no tengo tiempo de disfrazar.
Doña Amparo soltó un sonido parecido a una risa.
—Qué románticos sois los jóvenes ahora.
Jimena la miró con incredulidad.
—Doña Amparo.
—No he dicho que sea bueno. He dicho que sois transparentes.
Daro se apartó un paso.
—No hay nada transparente.
—Claro que no, hijo. Y yo soy rubia natural.
Manolo apareció con una botella de agua y se la ofreció a Jimena.
—Toma.
Ella la cogió.
—Gracias.
—Jacinto preguntó por ti toda la tarde —dijo él.
Jimena abrió la botella, pero no bebió.
—¿Dijo algo más?
Manolo miró hacia el patio.
—Cosas sueltas. Que tenía que devolver algo antes de irse. Que había esperado demasiado. Que los viejos no deberían tener memoria porque luego no saben qué hacer con ella.
—¿Habló con alguien antes de caer?
Manolo tardó.
Daro se dio cuenta.
Jimena también.
—Manolo.
El hombre se frotó la nuca.
—Mateo entró al bar.
A Jimena se le heló el cuerpo.
—¿Cuándo?
—Un rato antes.
—¿Habló con Jacinto?
—No lo vi. Había gente. Yo estaba en la barra.
—Pero lo viste cerca.
Manolo miró hacia otro lado.
—Lo vi pasar junto a la mesa del patio. Nada más.
Daro preguntó:
—¿Llevaba algo en la mano?
—Un vaso. O puede que lo cogiera de la barra. No sé.
Jimena notó que la plaza se inclinaba.
—Mateo no haría eso.
Nadie respondió.
Eso fue peor.
—No lo haría —repitió.
Doña Amparo habló con más suavidad de la que Jimena esperaba:
—Una cosa es hacer daño y otra saber cuánto daño estás haciendo.
La frase no acusaba.
Pero tampoco absolvía.
Jimena se apartó.
Necesitaba aire, aunque estaban en plena plaza. Caminó hasta un lateral, junto a la iglesia, y apoyó una mano en la piedra caliente. La música seguía sonando detrás, baja, absurda. Se oyó una risa demasiado fuerte desde una caseta. Luego alguien la mandó callar.
Daro no la siguió enseguida.
Eso se lo agradeció.
Cuando al fin se acercó, lo hizo despacio.
—No he dicho que lo hiciera.
—Lo has pensado.
—Sí.
Jimena apretó los párpados.
—Es mi hermano.
—Lo sé.
—No lo sabes.
Daro guardó silencio un momento.
—Lola robó una vez en un supermercado.
Jimena abrió los ojos y lo miró.
No esperaba aquello.
—¿Qué?
—Tenía doce años. Yo trabajaba de noche y creía que estaba controlando todo porque dejaba comida hecha y dinero para el autobús. Una tarde la pillaron metiéndose cosas en la mochila. Champú. Compresas. Una chocolatina.
Jimena no dijo nada.
Daro miraba hacia la plaza, no hacia ella.
—Cuando me llamaron, fui pensando que iba a echarle la bronca de su vida.
Estaba tan enfadado que ni podía hablar.
Luego la vi sentada en un almacén del supermercado, con la cara roja de haber llorado y las manos apretadas entre las piernas.
Y entendí que había cosas que no había robado por necesidad.
Las había robado porque no sabía cómo pedírmelas sin sentirse una carga.
Jimena humedeció la boca antes de hablar.
—Mateo no es Lola.
—No. Mateo tiene más dinero y menos hambre.
Ella lo miró mal.
—Pero puede estar igual de asustado —añadió él.
La rabia de Jimena perdió fuerza.
No desapareció.
Pero cambió de sitio.
—No sé cómo ayudarlo si no me deja acercarme.
—A veces la gente no te deja porque sabe que, si te acercas, vas a ver lo peor.
Jimena miró la plaza.
Santiago ya no estaba.
Mateo tampoco.
Tomás había vuelto a Las Encinas.
Rocío iba camino del hospital.
Jacinto quizá despertaría.
Quizá no.
—Tengo que llamar a mi madre —dijo.
Rocío respondió al quinto tono.
Su voz sonaba baja, casi sin aire.
—Jimena.
—¿Cómo está?
—Lo han entrado. Me han dicho que espere.
—¿Ha despertado?
—No.
Jimena cerró la mano sobre la botella de agua.
—Doña Amparo cree que le echaron algo.
Rocío no respondió enseguida.
—Eso he pensado yo también.
—Mamá.
—Estoy aquí.
—Manolo vio a Mateo cerca del vaso.
El silencio que siguió fue distinto.
No sorpresa.
Dolor.
—¿Estás segura?
—No. No estoy segura de nada. Pero lo vio cerca.
Rocío respiró despacio.
—Mateo no sabría hacer algo así solo.
La defensa no fue completa.
Eso dolió más.
—¿Y acompañado?
—Jimena…
—¿Por Santiago?
—No digas nombres por teléfono.
La advertencia llegó demasiado rápido.
Daro la oyó y se tensó.
Jimena apretó los párpados un instante.
—Entonces tú también lo piensas.
—Pienso muchas cosas que no puedo demostrar.
—Estoy harta de que todo el mundo sepa cosas que no puede decir.
La voz se le quebró al final.
Odiaba que ocurriera.
Rocío lo oyó.
—Escúchame. No vuelvas sola a Las Encinas.
—Eso me lo ha dicho Daro.
Otra pausa.
—Hazle caso.
Jimena miró a Daro.
Él apartó la vista.
—¿Tú estás bien? —preguntó ella.
Rocío tardó demasiado.
—Estoy en el hospital.
—No he preguntado dónde estás.
Por una vez en mucho tiempo, su madre dejó escapar algo parecido a una risa.
Pequeña.
Triste.