Bravío Capítulo 6 — Lo que callan los vivos
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Capítulo 6 — Lo que callan los vivos

La ambulancia tardó nueve minutos.

Jimena los contó sin querer.

No miró el reloj. No habría podido. Tenía las manos demasiado ocupadas intentando no temblar, la vista clavada en la cara cenicienta de Jacinto y el cuerpo atrapado en ese tipo de espera en la que el tiempo deja de avanzar y empieza a caer encima.

Nueve minutos.

En el primero, doña Amparo le ordenó a Manolo que apartara las mesas del patio de El Candil.

Su voz no admitía discusión. La farmacéutica había dejado de ser una mujer mayor de feria, de vestido negro y gafas colgadas al cuello, para convertirse en algo más antiguo y más firme: una autoridad limpia en mitad del desorden.

—Que respire aire. Y nadie toque el vaso.

Manolo miró los cristales rotos.

—Pero si alguien se corta…

—Que se corte lejos.

En el segundo minuto, alguien apagó la música de la plaza.

El silencio no llegó entero. Quedaron murmullos, niños preguntando, vasos apoyándose con cuidado en barras improvisadas, pasos acercándose y alejándose.

La feria siguió encendida, pero sin alegría, como un decorado al que le hubieran quitado la obra.

En el tercero, Santiago se acercó.

No corriendo. No alarmado de forma visible. Caminó con rapidez, sí, pero sin perder la compostura. Eso fue lo que más odió Jimena: su capacidad para mantenerse correcto incluso cuando un hombre se ahogaba en el suelo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Daro lo miró desde donde estaba agachado junto a Jacinto.

—Buena pregunta.

Santiago no respondió a la provocación. Se inclinó hacia doña Amparo.

—¿Puedo ayudar en algo?

La farmacéutica no levantó la cabeza.

—Sí. Apartándote.

Santiago obedeció.

Antes de apartarse, rozó el codo de Jimena con dos dedos. No la sujetó. No hizo nada que alguien pudiera reprocharle. Solo la tocó lo justo para recordarle que estaba allí, que la gente miraba y que él sabía comportarse mejor que nadie cuando necesitaba parecer inocente.

Y lo hizo con tanta elegancia que varias personas habrían podido pensar que era respeto.

Jimena no.

En el cuarto minuto, vio a Mateo.

Seguía junto a la barra exterior, con la cara blanca y el vaso en la mano.

Parecía a punto de acercarse y a punto de huir a la vez.

Esa indecisión era tan suya que a Jimena le dolió.

El niño de las tormentas convertido en un hombre joven que no sabía hacia dónde correr porque en todas partes lo esperaba alguien.

—Mateo —lo llamó.

Él no se movió.

O quizá no la oyó.

Daro siguió la mirada de Jimena y también lo vio. No dijo nada. Aquella noche estaba aprendiendo a callarse cuando el silencio podía hacer más daño que cualquier acusación.

En el quinto minuto, Jacinto abrió los ojos.

Jimena volvió a arrodillarse pese a que doña Amparo había dicho atrás. El viejo buscó aire con la boca. Sus dedos se movieron sobre el suelo, no para agarrar nada, sino para recordar que aún tenía cuerpo.

—Estoy aquí —dijo ella.

Jacinto intentó hablar.

Doña Amparo se inclinó.

—No fuerces.

Pero él insistió.

—La… estación…

La llave pareció arder dentro del bolsillo de Jimena.

—Lo sé. La estación de Cáceres.

Jacinto negó apenas.

El gesto fue mínimo, casi una sombra.

Daro se agachó al otro lado.

—¿Qué estación, Jacinto?

El viejo respiró con dificultad. Sus ojos, turbios y asustados, se movieron entre los dos como si intentara decidir a quién condenar con la respuesta.

—No… vayáis.

Después los párpados le cayeron.

Jimena no supo si se había desmayado o si la noche acababa de llevárselo de verdad.

—¡Doña Amparo!

—Está vivo —dijo ella—. Pero necesito que te apartes.

Esta vez Daro la sujetó por los hombros y la levantó.

Jimena se dejó.

No porque quisiera.

Porque las piernas le habían dejado de pertenecer.

En el sexto minuto, el pueblo empezó a hablar.

No en voz alta. No todavía. Pero San Brezo tenía una forma de murmurar que podía ser más cruel que un grito. Las palabras se movían de boca en boca, mezclándose con nombres, sospechas y viejas deudas.

Jacinto.

La señorita Albares.

El hombre de Madrid.

Santiago.

Mateo.

El muerto de la montería.

Daro oyó su apellido en labios de un hombre junto a la barra y giró la cabeza. El hombre bajó la vista a su vaso.

En el séptimo minuto, Manolo volvió del interior del bar.

—Vienen de camino.

Doña Amparo le señaló el vaso roto.

—Una bolsa. Limpia. Y no dejes que nadie barra eso.

Manolo asintió.

Santiago observó el gesto.

—¿Crees que le han echado algo?

La pregunta fue prudente.

Demasiado prudente.

Doña Amparo lo miró por primera vez.

—Creo que no se cae así un hombre por beber vino malo, y aquí el vino será discutible, pero no asesino.

Alguien soltó una risa nerviosa.

Nadie la siguió.

En el octavo minuto, apareció Tomás Albares.

No llegó solo. Venía con Rocío y con Álvaro de la Vega.

Los tres cruzaron la plaza desde la calle principal, atraídos por el hueco que se había abierto alrededor de El Candil.

Tomás avanzaba con la cara cerrada, no asustado, sino irritado por tener que entrar en una escena que no controlaba.

Rocío caminaba a su lado, pálida. Álvaro se mantenía medio paso por detrás, impecable, observando.

Jimena supo, antes de que su padre dijera nada, que aquello iba a empeorar.

Tomás vio a Jacinto en el suelo.

Vio a doña Amparo.

Vio a Jimena junto a Daro.

Y, solo después, pareció ver al hombre que quizá se moría.

—¿Qué ha pasado aquí?

Algo en Jimena entendió que algo dentro de ella se endurecía.

—Jacinto se ha desplomado.

—Eso ya lo veo.

—Entonces pregunta otra cosa.

Rocío se acercó a ella.

—Jimena.

—No.

Tomás miró a su hija.

—Baja la voz.

—No estoy gritando.

—Estás montando un espectáculo.

Daro dio un paso.

Jimena levantó una mano sin mirarlo.

No por defender a su padre.

Por no regalarle a Tomás una excusa.

—Han llamado a una ambulancia —dijo Manolo—. Doña Amparo está con él.

Tomás miró el vaso roto.

—Jacinto llevaba todo el día bebiendo.

Doña Amparo no levantó la vista de su paciente.

—Y tú llevas toda la vida hablando antes de saber.

Un silencio áspero atravesó la plaza.

Tomás la miró con una frialdad que a otros les habría bastado para callar.

A doña Amparo no.

—No es el momento, Amparo.

—Eso mismo pienso yo cada vez que abres la boca.

Álvaro de la Vega intervino con suavidad:

—Tomás, quizá convenga dejar trabajar a la doctora.

—No soy doctora —dijo Amparo—. Soy la única persona aquí que parece recordar que hay un hombre en el suelo.

Rocío bajó la vista hacia Jacinto.

Jimena la vio palidecer más.

No era solo compasión.

Era recuerdo.

En el noveno minuto, la sirena entró en la plaza.

La ambulancia se abrió paso despacio entre la gente.

Algunos se apartaron con torpeza, otros aprovecharon para mirar mejor.

Dos sanitarios bajaron con una camilla y una mochila.

Doña Amparo les habló deprisa, con términos concretos, señalando el pulso, la respiración, el vaso, el color de los labios.

Jimena se quedó a un lado, con las manos frías.

Daro junto a ella.

Santiago enfrente.

Tomás detrás.

Mateo, al fondo, inmóvil.

Todo San Brezo alrededor.

Los sanitarios colocaron a Jacinto en la camilla.

Él no despertó. Uno de ellos preguntó por familiares.

Manolo respondió algo sobre Clara, la hija de Jacinto, que venía desde Mérida.

Doña Amparo entregó la bolsa con los restos del vaso sin dejar de dar instrucciones.

Antes de que la ambulancia arrancara, le dijo a Manolo que avisara a Andrés, su sobrino abogado, por si aquello dejaba de ser solo un susto.

Cuando subieron a Jacinto a la ambulancia, Jimena avanzó.

—Voy con él.

Tomás la agarró del brazo.

No fuerte.

No como en el despacho.

Pero la detuvo.

Daro miró la mano.

Rocío también.

Jimena bajó los ojos hacia los dedos de su padre.

—Suéltame.

Tomás lo hizo.

Demasiado tarde para fingir que no había pasado.

—No vas a ir a ninguna parte —dijo—. Vienes conmigo.

Jimena rió sin ganas.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Jacinto está inconsciente.

—Jacinto está siendo atendido.

—Después de que alguien le haya puesto algo en la copa.

La frase cayó sobre la plaza.

Los murmullos crecieron.

Tomás se inclinó hacia ella.

—Ten mucho cuidado con lo que dices.

—No. Eso ya lo he hecho demasiado.

Santiago dio un paso, conciliador.

—Jimena, estás alterada.

Daro soltó una risa baja.

—Ahí está la palabra.

Santiago lo miró.

—No estoy hablando contigo.

—Pero yo sí te estoy escuchando.

Jimena no apartó los ojos de su padre.

—Jacinto me había dado una llave.

El rostro de Tomás cambió apenas.

Muy poco.

Más de lo necesario.

Rocío lo vio.

Álvaro también.

Santiago no se movió.

Mateo apartó la vista.

—Una llave —repitió Tomás.

—Sí.

—¿Qué llave?

—Si no lo sabes, no deberías preocuparte.

Álvaro intervino, sereno:

—Jimena, quizás esto no sea lugar para hablar de asuntos familiares.

Ella se volvió hacia él.

—Eso es lo que hacéis siempre. Llamar familiar a todo lo que no queréis que se sepa.

Santiago se acercó más.

—Te estás equivocando.

—Puede.

—Y cuando uno se equivoca en público, luego cuesta arreglarlo.

Jimena entendió la amenaza por debajo de la suavidad.

Daro también.

Rocío se movió entonces.

No mucho.

Pero se colocó al lado de su hija.

Fue un gesto pequeño, casi imperceptible para cualquiera que no supiera cómo funcionaba Las Encinas. Para Jimena, fue como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación cerrada.

Tomás la miró.

—Rocío.

—Ahora no.

La plaza entera pareció contener la respiración.

Tomás tardó un segundo en responder.

—¿Perdona?

Rocío no alzó la voz.

No le hizo falta.

—He dicho que ahora no.

Doña Amparo, que acababa de cerrar la puerta de la ambulancia, observó la escena con una atención dura.

Tomás miró alrededor.

Los empleados. Los vecinos. Los feriantes. Manolo en la puerta. Puri fingiendo ordenar una caja de pan que no necesitaba orden. El cura al fondo, con las manos cruzadas. Los niños callados porque los adultos habían dejado de fingir fiesta.

La autoridad de Tomás Albares dependía mucho de las puertas cerradas.

Allí no había ninguna.

—Nos vamos —dijo él.

—Yo voy al hospital —dijo Rocío.

Jimena se volvió hacia su madre.

—¿Qué?