Capítulo 5 — La feria de San Brezo #3
El ruido de la feria pareció alejarse.
—Tu madre tenía sangre seca en una manga.
Jimena sintió que se le iba el aire.
Daro cerró los dedos.
—¿De Julián?
—No lo sé.
—¿No lo sabe o no quiere decirlo?
Doña Amparo lo miró con dureza.
—Si lo supiera, lo diría. No soy de vuestra familia.
Jimena aceptó el golpe.
Daro también.
La mujer volvió a mirar hacia la plaza.
—Rocío no fue siempre esa sombra elegante que veis ahora. Hubo un tiempo en que corría si alguien gritaba.
La frase se quedó en Jimena como una imagen imposible: su madre corriendo. No deslizarse, no entrar sin ruido, no bajar la mirada. Correr.
—¿Por qué calló? —preguntó Jimena.
Doña Amparo no tuvo piedad.
—Porque tuvo miedo. Porque estaba sola. Porque las mujeres como tu madre aprenden demasiado pronto que decir la verdad no siempre salva a nadie, pero sí puede condenarte a ti. Y porque a veces una se equivoca creyendo que callar protege a los hijos.
Jimena guardó silencio.
No podía.
Daro tampoco.
La farmacéutica respiró hondo.
—Ahora volved al ruido. Aquí apartados parecéis culpables hasta de lo que no habéis hecho.
—Doña Amparo —dijo Jimena.
La mujer se detuvo.
—¿Sí?
—¿Mi madre le pidió que me vigilara?
—No.
Jimena no supo si sentirse aliviada.
Entonces doña Amparo añadió:
—Me pidió que, si te veía a punto de hacer algo estúpido, recordara que eras hija suya y no de tu padre.
Jimena tragó saliva.
—¿Y eso qué significa?
Por primera vez, la mujer sonrió apenas.
—Que quizá todavía hay esperanza.
Regresaron a la plaza.
La música había subido. La feria estaba en su punto de desorden amable: gente bailando mal, niños corriendo, botellas que empezaban a vaciarse, conversaciones que se acercaban demasiado al oído.
Jimena sintió la necesidad absurda de llamar a Rocío.
No lo hizo. No quería oír la voz de su madre y no saber qué decirle.
Daro caminaba a su lado.
—¿Estás bien?
Ella soltó una risa breve.
—No.
—Vale.
—¿Vale?
—Mejor que mentir.
Jimena sostuvo los ojos en él.
La luz de la feria le cortaba el rostro en zonas cálidas y oscuras.
La cicatriz de la ceja parecía más visible allí, entre ruido de pueblo y olor a vino.
Daro no parecía pertenecer a San Brezo, pero tampoco sobraba.
Había algo en él que encajaba en los lugares donde la gente no podía permitirse parecer frágil.
—Tú tampoco —dijo ella.
—No.
Fue una respuesta sencilla.
Casi íntima por no intentar serlo.
Jimena miró hacia la barra.
Santiago bailaba con una niña pequeña subida sobre sus zapatos. Era la hija de algún conocido, quizá de un ganadero. La niña reía. Santiago la sostenía con cuidado, atento a no pisarle el vestido. Varias mujeres lo miraban con ternura.
Jimena sintió una confusión desagradable.
Esa era la parte de Santiago que hacía daño de otra forma.
Podía ser encantador. No como máscara perfecta todo el tiempo, sino de verdad, por momentos.
Sabía hablar con los viejos, agacharse con los niños, hacer sentir importante a una mujer mayor, recordar cumpleaños, ayudar a Rocío a apartar una silla.
No era un monstruo sencillo al que bastara odiar.
Y aun así, cuando levantó la vista y encontró los ojos de Jimena, algo cambió.
La niña siguió riendo.
Santiago siguió sonriendo.
Pero su mirada dijo otra cosa.
Daro también lo vio.
—No le mires así —dijo Jimena.
—¿Cómo?
—Como si estuvieras midiendo cuánto tardas en partirle la cara.
—No estaba midiendo.
—¿No?
—Ya sé cuánto tardo.
Ella lo observó en silencio.
Él no sonrió.
Jimena notó que la tensión de la tarde se concentraba de golpe en un punto peligroso.
—No le regales eso —dijo.
Daro la miró entonces.
—¿El qué?
—Una excusa.
Él respiró hondo.
—No soy un animal.
—No he dicho eso.
—Pero lo has pensado.
—No. He pensado que estás enfadado.
—Qué lista.
—Y que Santiago sabe usar el enfado ajeno mejor que muchos usan la calma.
Daro miró otra vez hacia la barra.
Santiago ya había devuelto la niña a su madre. Ahora hablaba con Mateo.
Jimena se tensó.
—Ahí está.
Mateo estaba junto a él, con un vaso en la mano. Parecía más tranquilo que antes, lo que en ese momento resultaba peor. Santiago le decía algo al oído. Mateo asentía. Luego negó. Santiago le puso una mano en el hombro, breve, casi fraternal.
Jimena empezó a caminar hacia ellos.
Daro la siguió.
No llegaron.
Una voz cortó la música desde la puerta de El Candil.
—¡Manolo!
No fue un grito de fiesta.
Fue otra cosa.
La plaza tardó apenas un segundo en cambiar de temperatura.
Manolo salió al patio interior del bar y luego volvió a aparecer en la puerta, pálido.
—¡Doña Amparo!
La farmacéutica ya estaba moviéndose antes de que la llamaran por segunda vez.
Jimena corrió.
Daro llegó antes que ella.
Jacinto estaba en el suelo junto a la entrada lateral de El Candil.
Había caído de lado, una mano todavía cerca de la silla, el vaso roto a pocos centímetros. La comida seguía intacta sobre la mesa del patio. Tenía la cara cenicienta y los labios abiertos, como si intentara decir algo y el cuerpo ya no le obedeciera.
—Apartaos —ordenó doña Amparo.
Nadie discutió.
La música de la feria siguió sonando durante unos segundos más, absurda, feliz, hasta que alguien la cortó de golpe.
El silencio que quedó fue peor.
Jimena se arrodilló junto a Jacinto.
—Jacinto.
Daro le sujetó el hombro.
—Deja que Amparo trabaje.
—Jacinto.
Doña Amparo le tomó el pulso, le abrió un párpado, le acercó la cara al aliento.
—¿Qué ha bebido?
Manolo recogió el vaso roto con la mirada, sin tocarlo.
—Vino. Lo de siempre. Yo se lo puse.
—¿Alguien más tocó el vaso?
Manolo miró alrededor.
Demasiada gente.
Demasiadas manos.
Demasiadas ganas de no haber visto nada.
—No lo sé.
Jimena levantó la cabeza.
Buscó a Mateo.
Lo vio junto a la barra exterior, blanco como la cal.
El vaso que llevaba en la mano temblaba.
Santiago estaba a su lado.
No parecía sorprendido.
Parecía atento.
Eso no era lo mismo.
Daro también los vio.
Mateo apartó la vista.
A Jimena le cruzó la impresión de que el mundo se le estrechaba.
—Llamad a una ambulancia —dijo doña Amparo.
Manolo ya tenía el teléfono en la mano.
Jacinto abrió los ojos un instante.
Jimena se inclinó.
—Estoy aquí.
El viejo intentó enfocar la mirada.
Sus labios se movieron.
No salió voz.
—No hables —dijo ella—. La ambulancia viene.
Pero Jacinto volvió a intentarlo.
Daro se agachó al otro lado.
El viejo respiró con un ruido húmedo.
—La… estación…
Jimena tuvo claro que la llave ardía en su bolsillo.
—Lo sé. La estación de Cáceres.
Jacinto negó apenas con la cabeza.
El gesto fue mínimo.
Desesperado.
Daro se acercó más.
—¿Qué?
Jacinto reunió una fuerza que no parecía quedarle.
—No… vayáis.
Jimena no entendió.
—¿A Cáceres?
Jacinto cerró los ojos.
La mano se le aflojó.
—No… vayáis…
Doña Amparo empujó a Jimena con firmeza.
—Atrás.
—Pero…
—Atrás, Jimena.
Daro la ayudó a levantarse.
Ella no sintió las piernas.
La plaza entera miraba.
Las luces de feria seguían encendidas, inmóviles, ridículas.
Manolo hablaba con emergencias.
Doña Amparo intentaba mantener despierto a Jacinto.
Mateo seguía junto a la barra, con la cara deshecha.
Santiago dejó el vaso sobre una mesa y miró a Jimena desde el otro lado de la gente.
No sonrió.
No hizo falta.
Daro se inclinó hacia ella, muy cerca, sin tocarla.
—Ha dicho que no vayamos.
Jimena cerró los dedos sobre la llave dentro del bolsillo.
Por primera vez desde que Jacinto se la había entregado, pensó que quizá la llave no abría una prueba.
Quizá abría una trampa.
Y alrededor, San Brezo entero empezó a murmurar.