Bravío Capítulo 5 — La feria de San Brezo #2
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Capítulo 5 — La feria de San Brezo #2

—No puedes arreglarlo todo, ¿vale? No eres mamá, no eres papá, no eres la heroína de esta casa de mierda. A veces solo llegas tarde y preguntas demasiado.

Jimena sintió el golpe.

Daro dio un paso, pero ella levantó una mano.

—¿Te han amenazado?

Mateo apretó la mandíbula.

El móvil volvió a vibrarle.

Los tres miraron la pantalla.

Mateo la bloqueó sin leer.

—Tengo que irme.

—No.

—Jimena.

—No vas a irte con alguien que te manda mensajes y te deja marcas en la cara.

—No tienes ni idea de lo que hago.

—Exactamente.

Mateo se acercó a ella, bajando la voz.

—Vete de aquí.

—No.

—Vete de aquí con tu guarda y deja de tocar cosas. Te crees que porque has encontrado una llave ya entiendes algo. No entiendes nada. Nadie entiende nada hasta que debe dinero a la persona equivocada o hasta que papá te mira como si fueras una inversión que ha salido mal.

Jimena no se movió.

Aquello no sonó a pose.

Sonó a verdad escapándose por una grieta.

—Mateo —dijo más bajo—. ¿Qué has hecho?

Él tragó saliva.

Por un segundo pareció que iba a contestar.

Entonces una voz sonó al principio de la calle.

—Aquí estabais.

Santiago apareció con dos vasos de plástico en la mano.

No venía corriendo. No parecía nervioso. Caminaba con la calma de quien encuentra una escena que esperaba encontrar. La camisa seguía impecable. La sonrisa, también. Al ver la tensión, redujo el gesto hasta convertirlo en preocupación.

—Mateo, te estaba buscando.

Mateo se cerró de golpe.

Otra vez el chico arrogante. Otra vez la máscara.

—Ya me han encontrado todos.

Santiago miró a Jimena.

—Te dije que nos veríamos en la feria.

—Y yo no te dije que te buscara.

—No. Pero conozco tus costumbres. Cuando algo te enfada, te vas hacia donde haya más gente para poder fingir que no estás huyendo.

La frase fue suave.

Íntima.

Demasiado exacta.

Daro se colocó ligeramente de lado, atento.

Santiago le ofreció uno de los vasos a Jimena.

—Limonada.

Ella no lo cogió.

—No tengo sed.

—No era una trampa.

—Cada vez que tienes que aclararlo, me convenzo menos.

Santiago sostuvo el vaso un momento más y luego se encogió de hombros con una elegancia ensayada.

—Como quieras.

Se volvió hacia Mateo.

—Tu padre ha llamado.

Mateo se tensó.

—¿Qué quería?

—Saber dónde estabas.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Que estabas conmigo.

Mateo bajó la mirada.

La gratitud y el resentimiento le cruzaron la cara a la vez.

Jimena lo vio.

Santiago no solo amenazaba.

También protegía cuando le convenía. Eso lo hacía más difícil de señalar. Más difícil de arrancar de la vida de alguien como Mateo, que necesitaba desesperadamente que un hombre seguro le indicara dónde colocarse.

—Qué amable —dijo Daro.

Santiago lo miró.

—Algunos cuidamos de la familia de Jimena desde hace mucho.

—Cuidar no es lo mismo que guardar.

La sonrisa de Santiago se afiló apenas.

—Tú llevas dos días aquí.

—Y ya se nota el polvo.

Jimena intervino antes de que aquello subiera más.

—Mateo viene conmigo.

—No —dijo Mateo.

Santiago ladeó la cabeza.

—No creo que sea buena idea forzarlo.

—No he pedido tu opinión.

—No. Pero la necesitas más de lo que crees.

Jimena no apartó la mirada de él.

—¿Qué significa eso?

Santiago avanzó hacia ella, sin invadir del todo.

—Significa que estás cansada, enfadada y rodeada de gente que no entiende cómo funciona tu mundo.

Daro puede mirar muy serio y decir frases sobre puertas, pero cuando esto se vuelva de verdad complicado, no será él quien tenga que sentarse frente a tu padre.

No será él quien tenga que mirar a Rocío.

No será él quien tenga que vivir mañana en Las Encinas.

Daro se mordió la respuesta.

La frase había entrado, aunque no quisiera.

Santiago continuó, más bajo:

—Yo no soy tu enemigo, Jimena.

—Entonces deja de comportarte como si quisieras decidir dónde puedo estar.

—Quiero evitar que te hagas daño.

—No. Quieres elegir quién tiene permiso para hacérmelo.

Durante un segundo, Santiago pareció dolido.

No fingido del todo.

Eso confundió más de lo que tranquilizó.

—No sabes lo injusta que estás siendo conmigo.

Jimena sintió el impulso de responder con algo cruel.

No lo hizo.

Porque vio a Mateo.

Porque su hermano escuchaba a Santiago como quien escucha a alguien que todavía puede salvarlo o hundirlo.

—Mateo —dijo—. Por favor.

El por favor le costó más que una orden.

Su hermano la miró.

El móvil volvió a vibrar.

Mateo se apartó del coche.

—Nos vemos luego.

—No.

—Jimena, déjame.

—¿Adónde vas?

Mateo no contestó.

Santiago sí.

—Vendrá conmigo un rato. Necesita despejarse.

Daro soltó una risa sin humor.

—Qué casualidad. Todo el mundo se despeja contigo.

Santiago lo miró con paciencia.

—No voy a discutir contigo delante de ella.

—Porque pierdes encanto.

Mateo dio un paso entre ambos.

—Basta ya. Los dos.

Jimena clavó la vista en él.

—Mateo.

Él se puso las gafas de sol otra vez.

—No soy un niño.

Se fue con Santiago.

No juntos del todo. Santiago no le pasó el brazo por los hombros ni lo empujó. Caminó a su lado, hablando bajo, dejándole la apariencia de elección.

Eso fue lo peor.

Jimena se quedó mirando cómo se alejaban hacia la plaza.

Daro tragó la frase antes de decirla.

Ella tampoco.

No había nada que decir que no sonara a derrota.

La feria siguió abriéndose alrededor de ellos.

A las ocho, las luces se encendieron por completo.

San Brezo cambió de cara.

La plaza se llenó de música, vasos, humo de plancha, vestidos de flores, camisas recién planchadas, hombres con sombrero, niños con pulseras luminosas, adolescentes que se miraban como si esa noche pudiera durar toda la vida.

La orquesta empezó con pasodobles antes de pasar a canciones más modernas.

Las casetas se llenaron. En la barra de la asociación de cazadores, los hombres hablaban demasiado alto.

En la de la cofradía, las mujeres servían vino con una eficacia militar.

Jimena permaneció en la feria porque marcharse le pareció conceder demasiado.

Daro no se lo discutió.

Jacinto seguía en El Candil, acompañado por Manolo y con un plato de comida delante que apenas tocaba. Jimena lo comprobó dos veces. La segunda, el viejo le sonrió desde el patio y levantó la mano, como si quisiera tranquilizarla. Ella no se tranquilizó.

La llave de Cáceres seguía en su bolsillo.

No habían ido.

No aún.

Daro tenía razón: correr hacia la estación podía ser justo lo que alguien esperaba. Pero quedarse quieta tampoco era paz. Era una forma distinta de estar en peligro.

En algún momento, doña Amparo apareció junto a la tómbola de la cofradía.

No parecía haber llegado; parecía haber estado allí desde siempre.

La farmacéutica de San Brezo era una mujer alta, delgada, con el pelo blanco recogido y gafas colgadas de una cadena.

Vestía de negro, aunque no estaba de luto por nadie en particular, o quizá sí por demasiadas cosas.

Todo el mundo la saludaba con un respeto que no era cariño ni miedo, sino una mezcla de ambos.

—Jimena Albares —dijo.

Jimena se volvió.

—Doña Amparo.

La mujer miró a Daro.

—Y tú debes de ser Rivas.

Daro levantó apenas la barbilla.

—Daro.

—Tienes la misma mala cara que tu tío cuando no quería pedir ayuda.

El comentario cayó sin aviso.

Jimena notó que Daro se quedaba inmóvil.

Doña Amparo no pidió perdón.

Tampoco suavizó nada.

—¿Conoció a Julián? —preguntó él.

—Le vendí más vendas de las que pagó.

—Eso no responde.

—En mi farmacia, sí.

Daro la miró con atención.

Doña Amparo se volvió hacia Jimena.

—Tu madre me ha llamado.

—¿Mamá?

—Sí. Hace un rato.

Jimena sintió una punzada de inquietud.

—¿Para qué?

—Para preguntarme si te había visto.

—¿Y qué le ha dicho?

—Que no soy ciega.

Jimena casi sonrió.

Doña Amparo señaló con la barbilla hacia un lateral de la plaza.

—Camina conmigo.

No fue una invitación.

Jimena obedeció. Daro las siguió a un par de pasos, sin preguntar.

Se apartaron del ruido principal, hacia una zona junto a la iglesia donde las luces llegaban más suaves. Allí el olor de la feria se mezclaba con el de la piedra caliente y las flores secas colocadas en la puerta de Santa Lucía.

Doña Amparo habló sin mirarlos.

—Si vais a preguntar por cosas antiguas, aprended primero a no hacerlo delante de quien vive de repetirlas.

—¿Quién ha dicho que vayamos a preguntar? —dijo Jimena.

—Tu cara. La de él. La forma en que Santiago te mira cuando cree que nadie sabe qué está mirando.

Daro cruzó los brazos.

—Todo el mundo parece conocer mucho a Santiago.

—A los chicos como Santiago se les conoce desde pequeños porque ocupan sitio incluso cuando todavía no tienen edad para merecerlo.

Jimena miró hacia la plaza.

Santiago estaba hablando con dos hombres junto a la barra. Mateo no se veía.

—¿Qué sabe mi madre? —preguntó.

Doña Amparo tardó en responder.

—Rocío sabe más de lo que ha podido decir y menos de lo que se culpa por no haber dicho.

La frase no sonó a sentencia.

Sonó a tristeza.

—¿Sobre Julián? —preguntó Daro.

La farmacéutica lo miró entonces.

—Tu tío vino una vez a la farmacia con la mano abierta por una herramienta. No quería puntos. Decía que no tenía tiempo para médicos. Le dije que los hombres pobres siempre se morían antes por no molestar. Se rio. Me dio la razón. Luego siguió sin ir al médico.

Daro apartó la vista.

—Eso sí suena a él.

—Era terco.

—Sí.

—Y bueno. Que no es lo mismo.

Jimena sintió que el nombre de Julián se hacía otra vez persona.

Doña Amparo miró hacia la iglesia.

—La noche de la montería se compraron vendas, alcohol y calmantes antes de que se avisara oficialmente de nada.

Daro se inmovilizó.

Jimena notó que el corazón se le golpeaba contra las costillas.

La farmacéutica no los miró.

—No preguntéis todavía quién. No aquí. No esta noche. Yo no he vivido tantos años para ponerme teatral delante de una tómbola.

—Pero lo sabe —dijo Daro.

—Sé lo que vendí. Sé quién llevaba barro en los zapatos. Sé quién no podía mirarme a la cara. Y sé que a veces un recibo dice menos que unas manos temblando sobre un mostrador.

Jimena pensó en el recibo de la lata, escondido bajo una losa en la ermita.

No añadió nada.

—¿Mi madre fue a la farmacia? —preguntó.

Doña Amparo la miró.