Capítulo 5 — La feria de San Brezo
La feria de San Brezo empezaba siempre antes de que encendieran las luces.
Empezaba en las cocinas, con mujeres preparando tortillas enormes y bandejas de pimientos fritos mientras discutían sobre quién había prestado mesas al ayuntamiento y quién no las devolvería limpias.
Empezaba en los hombres que montaban barras de metal bajo el sol, sudando, insultando a los tornillos y pidiendo otra cerveza aunque todavía no fuera hora.
Empezaba en los niños que salían de casa ya vestidos para la noche, aunque faltaran horas, y se manchaban las sandalias antes de que sus madres pudieran presumir de lo guapos que iban.
Empezaba en los viejos que colocaban sillas en las puertas, no para descansar, sino para vigilar mejor.
Pero, sobre todo, la feria empezaba en los rumores.
Y aquel año los rumores habían llegado antes que la música.
Cuando Jimena salió de El Candil con la llave en el bolsillo, supo que ya era tarde para pasar desapercibida.
San Brezo no necesitaba que nadie anunciara nada.
El pueblo la miró con esa discreción falsa de los sitios pequeños, donde todo el mundo apartaba los ojos un segundo después de haber visto lo suficiente.
La hija de Tomás Albares.
El hombre de Madrid.
Jacinto borracho en el patio del bar.
Santiago de la Vega saliendo solo.
Una llave cambiando de manos.
Nadie sabía la historia entera, pero todos tenían ya una versión.
La plaza olía a aceite caliente, polvo levantado y cables recalentados por el sol.
Dos operarios probaban luces en la portada de feria, aunque aún era de tarde.
En la esquina de la iglesia, un grupo de adolescentes fingía no mirar a Jimena mientras miraba.
Una niña se le quedó observando con un algodón de azúcar a medio comer y la boca teñida de rosa. Su madre la tiró del brazo.
—No señales.
—No estaba señalando.
—Pues no mires así.
Jimena casi sonrió.
No pudo.
Seguía mirando hacia el lugar donde había visto a Mateo desaparecer.
—Estaba aquí —dijo.
Daro se colocó a su lado, no demasiado cerca, pero sí lo bastante para que ella notara su presencia.
—Puede que te hayas confundido.
—No.
—Había mucha gente.
—Era mi hermano.
—Entonces no querrá que lo encontremos.
Jimena lo observó un instante.
—Qué tranquilizador.
—No estoy aquí para tranquilizarte.
—Eso ya lo había notado.
Manolo salió a la puerta de El Candil con un trapo en la mano y la cara de quien no quería problemas, aunque llevaba años sirviéndoles café.
—Jacinto se ha quedado dentro —dijo—. Le he puesto algo de comer.
—¿Está solo? —preguntó Daro.
—No. Está conmigo.
Daro miró hacia el interior del bar.
—Eso no responde igual de bien de lo que crees.
Manolo lo sostuvo la mirada un segundo. Era un hombre de unos cuarenta y tantos, seco, con los brazos fuertes de cargar cajas y la expresión de quien había oído demasiadas conversaciones ajenas sin pedirlas.
En otro momento habría respondido con brusquedad.
A Daro no le faltaban ganas de provocar ese tipo de hombres. Pero Manolo se limitó a bajar la voz.
—Nadie le va a tocar en mi bar.
Jimena notó que no decía nadie puede.
Decía nadie va.
Había diferencia.
—Gracias —dijo ella.
Manolo hizo un gesto incómodo, como si la gratitud de una Albares le quedara grande o le molestara.
—No me las dé todavía.
Daro miró la plaza.
—Tenemos que encontrar a Mateo.
—Si lo ha visto, no habrá ido muy lejos —dijo Manolo—. Esta tarde nadie va muy lejos. Todo el pueblo acaba pasando por la plaza aunque diga que no viene.
Jimena bajó los escalones del bar.
La llave seguía en su bolsillo, pequeña, fría, incómoda. Le parecía imposible que un objeto tan ligero pudiera cambiar el peso de su cuerpo. Daro caminó a su lado.
—No vamos a Cáceres —repitió.
—Ya te he oído.
—Y no vas a salir corriendo detrás de Mateo sin mirar.
—También te he oído.
—Entonces haz como si escuchar sirviera para algo.
Ella se detuvo.
—Mi hermano estaba aquí, escondiéndose. Jacinto acaba de darme una llave que Julián dejó antes de morir.
Santiago quería que se la entregara. Mi padre lleva días mintiéndome.
Mi madre me habla como si cada frase pudiera romperla.
Y tú pretendes que camine despacio por la feria como si hubiera venido a comprar churros.
Daro aguantó su mirada.
—Sí.
La sencillez de la respuesta la enfadó más.
—¿Sí?
—Sí. Porque si corres, todos sabrán hacia dónde mirar. Y ahora mismo lo único que tienes a tu favor es que nadie sabe exactamente qué llevas en el bolsillo.
Jimena no respondió.
Odiaba que tuviera razón.
Daro lo vio.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de estar aprendiendo a no discutir cuando no te conviene.
—Qué satisfacción tan desagradable debes de sentir.
—Un poco.
Ella empezó a caminar de nuevo.
La plaza de San Brezo se iba llenando. Los puestos abrían poco a poco: una caseta de tiro con escopetas de feria, otra de pulseras y pendientes baratos, una churrería, un remolque de hamburguesas, la barra de la asociación de cazadores, la tómbola de la cofradía, una mesa donde dos mujeres vendían papeletas para la rifa de una cesta de productos locales.
En un rincón, los músicos de la orquesta probaban sonido con una versión desganada de una canción antigua.
Jimena había vivido aquella feria desde niña.
Primero de la mano de Rocío, con vestidos blancos y la orden de no mancharse.
Después con Santiago, Mateo y otros hijos de fincas cercanas, cuando comprar fichas para los coches de choque era una forma de fingir que todos eran iguales durante diez minutos.
Luego ya de adolescente, paseando bajo farolillos, sabiendo que cada gesto suyo sería contado en Las Encinas antes de que ella volviera.
No era una feria inocente.
Ninguna lo era.
Pero tenía vida. Una vida que Las Encinas no conseguía fabricar por mucho que pusiera flores frescas.
—Jimena.
La voz salió desde la panadería de Puri, aunque Puri no vendía pan a esa hora. Vendía información todo el día y barras solo por la mañana.
Era una mujer baja, redonda, con el pelo teñido de un rubio demasiado firme y unos ojos pequeños que no necesitaban gafas para encontrar fallos en cualquiera. Estaba en la puerta, con los brazos cruzados sobre el delantal.
—Buenas tardes, Puri —dijo Jimena.
—Buenas serán si llegan.
Daro se quedó un poco atrás.
Puri lo miró de arriba abajo.
—Tú eres el de Madrid.
—Depende de quién pregunte.
—Pregunto yo.
—Entonces sí.
—Muy flaco.
Daro parpadeó.
—Es la segunda vez que me lo dicen desde que llegué.
—Pues come más. Aquí la gente flaca parece que trae disgustos.
Jimena sintió una risa intentando escapársele y la contuvo.
Puri volvió hacia ella.
—Tu madre no ha bajado.
—No.
—Hace bien. Aquí hoy hay mucha lengua suelta.
—Siempre la hay.
—Hoy con hambre.
Jimena no apartó la mirada.
—¿Has visto a Mateo?
Puri no respondió enseguida. Miró hacia la plaza con una lentitud calculada.
—Lo he visto.
—¿Dónde?
—Cerca de la iglesia. Hablando con uno.
Daro se acercó.
—¿Qué uno?
Puri lo miró.
—Uno que no compra pan aquí.
—Eso no reduce mucho.
—En San Brezo sí.
Jimena dio un paso hacia ella.
—Puri.
La panadera suspiró.
—No le vi bien la cara. Camisa clara, gafas, coche bueno aparcado en la calle de atrás. No era del pueblo.
Santiago.
La palabra no hizo falta.
Jimena ya la tenía en la boca.
—¿Estaban discutiendo?
—Los señoritos no discuten. Se sonríen con los dientes apretados.
Daro miró hacia la iglesia.
—¿Hace cuánto?
—Diez minutos. Quizá menos.
—Gracias —dijo Jimena.
Puri se encogió de hombros.
—No me las des. Luego tu padre se enfada con medio pueblo y dice que inventamos.
—¿Inventáis?
Puri sonrió sin alegría.
—A veces. Pero casi siempre nos quedamos cortos.
Siguieron hacia la iglesia de Santa Lucía.
La calle lateral estaba más tranquila, aunque desde allí llegaba el ruido de la plaza amortiguado: música, voces, un niño llorando porque quería subir a una atracción que aún no estaba abierta.
La iglesia tenía la puerta cerrada y la piedra caliente de todo el día.
Junto al muro, dos chicos fumaban y se callaron al verlos.
Mateo estaba al fondo de la calle.
Solo.
Apoyado contra un coche que no era suyo, con las gafas de sol puestas aunque ya no daban sombra. El móvil en la mano. La camisa blanca arrugada. La postura de quien quiere parecer tranquilo y solo consigue parecer vigilado.
Jimena aceleró el paso.
—Mateo.
Él levantó la cabeza.
La primera emoción que le cruzó la cara no fue sorpresa.
Fue miedo.
Después lo tapó con fastidio.
—¿Qué haces aquí?
—Eso debería preguntarlo yo.
Mateo miró a Daro.
—Claro. Con escolta.
—No empieces.
—No, si la que ha empezado a montar espectáculos en el pueblo eres tú.
Jimena se detuvo frente a él.
—Te he visto en la plaza.
—Enhorabuena. Tienes ojos.
—¿Con quién estabas hablando?
—Con nadie.
Daro miró el coche.
Era oscuro, elegante, con matrícula de Madrid. No el coche de Santiago. Tampoco uno que él hubiera visto en Las Encinas.
—¿Ese coche es tuyo? —preguntó.
Mateo soltó una risa seca.
—Ojalá.
—¿De quién?
—No lo sé.
—Estabas apoyado en él.
—En San Brezo hay pocas paredes libres.
Jimena notó que le temblaba una mano.
—Mateo.
Él se quitó las gafas de sol.
Tenía ojeras. Y algo más. Un pequeño corte en la comisura del labio, casi invisible si una no lo buscaba. Jimena lo vio porque le conocía la cara desde que era un bebé.
—¿Qué te ha pasado?
Mateo se puso las gafas de nuevo.
—Nada.
—No me mientas.
—Pues no preguntes cosas que no quieres escuchar.
La frase salió demasiado rápido.
Demasiado herida.
Daro bajó la voz:
—¿Santiago te ha hecho eso?
Mateo levantó la barbilla.
—No todo gira en torno a Santiago.
—Eso no es un no.
—Tú cállate.
Jimena agarró a su hermano del brazo.
No fuerte.
Pero él se soltó como si lo hubiera quemado.
—Déjame.
—¿A quién debes dinero?
El color se le fue de la cara.
Daro no se movió.
Mateo miró a su hermana con odio, vergüenza y súplica mezclados.
—No sabes nada.
—Entonces dime algo.
—No.
—Mateo.