Bravío Capítulo 4 — El sobre #4
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Capítulo 4 — El sobre #4

—Eso ya lo habíamos aclarado.

—Bien.

—Te espero allí.

No era una pregunta.

Daro habló:

—Yo voy detrás.

Jimena sostuvo los ojos en él.

—No necesito escolta.

—No he dicho que la necesites.

Santiago sonrió.

—Qué atento.

Daro mantuvo la vista en él.

—Trabajo de seguridad.

—Pensé que vigilabas la finca.

—Hoy amplío perímetro.

Tomás, desde la galería, los observaba.

Mateo también había salido y miraba su móvil con la cara cerrada.

Rocío apareció tras una ventana del primer piso. Jimena la vio. Su madre apoyó una mano en el cristal. No dijo nada. No podía. Pero la advertencia de la mañana seguía viva.

No estés nunca a solas con él.

Jimena subió a su coche.

Santiago al suyo.

Daro al todoterreno.

Los tres vehículos salieron de Las Encinas con pocos minutos de diferencia.

El camino hacia San Brezo descendía entre encinas, campos secos y muros de piedra.

La feria aún no habría empezado del todo, pero el pueblo llevaría horas oliendo a preparativos: aceite caliente, vino, polvo levantado por coches, perfume barato, colonia de domingo aunque fuera jueves.

Jimena condujo con las manos firmes sobre el volante y el estómago encogido.

Jacinto.

Algo que devolverle.

El sobre.

La foto.

Julián Rivas.

Su madre diciendo que había respuestas que no la dejarían volver a ser quien era.

Miró por el retrovisor.

Santiago conducía detrás de ella, demasiado cerca.

Más atrás, el todoterreno de Daro mantenía distancia.

La imagen le produjo una sensación absurda: dos hombres siguiéndola por motivos distintos, uno creyendo tener derecho a alcanzarla, otro empeñado en fingir que solo cumplía un trabajo.

Jimena aceleró.

Santiago también.

Daro no.

El Candil estaba en una esquina de la plaza de San Brezo, bajo un toldo verde y blanco, con mesas metálicas fuera y una barra estrecha dentro que olía a café, vino derramado y calamares fritos. Manolo, el dueño, levantó la vista cuando Jimena entró.

—Señorita Albares.

Ella ya estaba cansada de oírlo.

—¿Dónde está Jacinto?

Manolo miró por encima de su hombro.

Santiago acababa de entrar.

Daro apareció detrás.

El bar se quedó menos ruidoso sin dejar de sonar.

En los pueblos, el silencio absoluto era menos eficaz que una conversación que fingía continuar.

—En el patio —dijo Manolo—. Pero no está para disgustos.

—Eso debería habérselo dicho a mi padre antes de echarlo.

Manolo no respondió.

La condujo hacia el fondo del bar.

El patio interior era pequeño, con cuatro mesas, macetas de geranios y una parra vieja que daba sombra.

Jacinto estaba sentado en una silla de plástico, con una caja de cartón a sus pies y un vaso casi vacío delante.

Parecía más viejo que la mañana anterior.

O quizá Las Encinas lo había sostenido erguido durante años y, al salir de allí, el cuerpo se le había permitido derrumbarse un poco.

Al ver a Jimena, intentó levantarse.

—Ni se te ocurra —dijo ella.

Jacinto obedeció a medias.

—Señorita…

—Jimena.

El hombre sonrió con tristeza.

—Eso ya lo intentamos ayer.

Daro se quedó junto a la puerta del patio. Santiago entró también, sin pedir permiso. Jacinto lo vio y algo en su cara se cerró.

—Jacinto —dijo Santiago con amabilidad—. Lamento lo de ayer. Tomás me lo ha contado. Estas cosas siempre son desagradables.

Jacinto bajó la mirada.

—Sí, señorito.

Jimena sintió rabia.

—¿Qué querías devolverme?

Jacinto miró a Daro.

No como si lo conociera.

Como si reconociera algo que venía con él.

—Tiene los ojos de su tío.

El patio se quedó quieto.

Santiago dejó de sonreír.

Daro no se movió.

—¿Conoció a Julián? —preguntó.

Jacinto se pasó una mano por la boca.

—Todos lo conocíamos.

La misma frase.

Siempre la misma puerta entreabierta.

Jimena se agachó frente a él.

—Jacinto, ¿qué tienes?

El hombre miró la caja de cartón a sus pies.

—No sabía si debía dárselo. Lo guardé porque entonces tenía miedo. Después porque ya era tarde. Y ayer, cuando me fui, pensé que algunas cosas pesan menos lejos de la casa. Mentira. Pesan más.

Santiago dio un paso.

—Jacinto, si estás cansado, quizá no sea el momento.

Daro clavó la vista en él.

—Déjalo hablar.

—No te he pedido opinión.

—La estoy regalando.

Jimena alzó una mano sin mirarlos.

—Basta.

Jacinto metió la mano en la caja.

No sacó una confesión.

No sacó una prueba que lo explicara todo.

Sacó una llave pequeña, unida a un llavero de plástico gastado. Tenía un número casi borrado escrito con rotulador negro.

—Me dijo que si alguna vez hacía falta, esto no debía quedarse en Las Encinas.

Jimena sintió que se le secaba la boca.

—¿Quién te lo dijo?

Jacinto miró a Daro.

—Julián.

Daro dio un paso hacia la mesa.

—¿Cuándo?

Jacinto cerró los ojos.

—Antes de la montería.

El patio pareció encogerse.

Santiago habló despacio:

—Jacinto, has bebido.

—Sí, señorito.

—Quizá estás mezclando recuerdos.

Jacinto lo miró entonces.

Y, por primera vez desde que Jimena lo conocía, no hubo servidumbre en sus ojos.

—Hay recuerdos que no necesitan estar sobrios para saber dónde duelen.

Santiago perdió la sonrisa por completo.

Jimena tomó la llave.

Era ligera.

Ridículamente ligera para el modo en que parecía cambiar el aire.

—¿Qué abre? —preguntó.

Jacinto tragó saliva.

—Una taquilla. O la abría entonces. En la antigua estación de autobuses de Cáceres.

Daro miró a Jimena.

Ella sostuvo la llave entre los dedos.

No era una respuesta.

Era otra puerta.

Santiago se acercó un poco más.

—Dame eso, Jimena.

La frase fue suave.

Demasiado suave.

Ella cerró la mano.

—No.

—No sabes qué es.

—Por eso no te lo doy.

Santiago miró a Daro.

Luego a Jacinto.

Luego otra vez a ella.

—Esto se está volviendo desagradable.

Jimena se levantó despacio.

—Pues vete.

Durante un instante, nadie se movió.

Desde dentro del bar llegaban voces contenidas. La feria empezaba a montar su ruido en la plaza: un camión descargando, música probándose en un altavoz, niños corriendo, vasos chocando contra barras.

Santiago sonrió de nuevo.

No con alegría.

Con decisión.

—Como quieras.

Se inclinó hacia Jimena, lo justo para hablarle sin que todo el patio oyera.

Daro oyó de todos modos.

—Ten cuidado con lo que recoges, Jimena. A veces una termina ensuciándose con muertos que ni siquiera son suyos.

Ella no retrocedió.

—Me preocupa más lo que hacen los vivos.

Santiago la miró un segundo más.

Después salió del patio.

El aire no mejoró cuando se fue.

Solo cambió de amenaza.

Jacinto apoyó las manos sobre la mesa.

Le temblaban.

—No debí llamarla.

Jimena guardó la llave en el bolsillo.

—Sí debiste.

—No. Su padre…

—Mi padre ya ha decidido demasiadas cosas por todos.

Jacinto miró a Daro.

—Si va a buscar lo que haya allí, no vaya solo.

—No suelo pedir permiso.

—No he hablado de permiso.

Daro entendió la diferencia.

Manolo apareció en la puerta del patio.

—Hay gente preguntando.

—¿Quién? —preguntó Jimena.

Manolo miró hacia dentro.

—Medio pueblo, en cinco minutos. Ya sabe cómo va esto.

Sí.

Jimena lo sabía.

San Brezo no necesitaba pruebas para empezar a contar una historia. Le bastaban tres coches mal aparcados, Santiago saliendo sin despedirse, Daro Rivas en el patio de El Candil y la hija de Tomás Albares arrodillada junto a un empleado despedido.

Daro miró hacia la plaza.

—Tenemos que movernos.

Jacinto agarró la muñeca de Jimena antes de que pudiera irse.

No fuerte.

Desesperado.

—Señorita.

Esta vez ella no corrigió el tratamiento.

—¿Qué?

El viejo tragó saliva.

—No crea que por ser hija de quien es está a salvo dentro de esa casa.

Jimena sintió que la frase le entraba despacio.

—Ya no lo creo.

Jacinto la soltó.

Daro abrió camino hacia la salida.

Jimena lo siguió con la llave en el bolsillo y la sensación de que, al otro lado de la plaza, Santiago no se había ido realmente. Solo había cambiado de sitio.

Cuando salieron de El Candil, las luces de la feria empezaban a encenderse una a una, aunque aún era de día.

San Brezo olía a aceite caliente, polvo y rumor.

Y todos miraban.

Daro se inclinó hacia Jimena sin tocarla.

—No vamos a Cáceres ahora.

Ella mantuvo la vista en él.

—No me des órdenes.

—No es una orden. Es sentido común.

—¿Por qué?

Daro miró hacia la plaza, donde el coche de Santiago ya no estaba.

—Porque él quería que le dieras la llave.

—¿Y?

—Cuando alguien como Santiago quiere algo tan rápido, lo peor que puedes hacer es correr hacia donde cree que vas a ir.

Jimena cerró los dedos sobre la llave dentro del bolsillo.

Por primera vez desde que había salido de Las Encinas, no discutió.

Al otro lado de la plaza, entre los puestos a medio montar, creyó ver a Mateo.

Solo un segundo.

Camiseta blanca, gafas de sol, el móvil en la mano.

Después desapareció entre la gente.

Jimena se quedó clavado en el sitio.

—¿Qué pasa? —preguntó Daro.

Ella siguió mirando hacia el hueco por donde su hermano se había perdido.

—Mateo está aquí.

Daro frunció el ceño.

—¿Seguro?

Jimena no respondió.

En su bolsillo, la llave parecía más pesada.

En la plaza, la feria seguía encendiéndose como si aquella noche no fuera a romper nada.

Pero Jimena tuvo la certeza, limpia y fría, de que ya estaba rompiéndose.