Bravío Capítulo 4 — El sobre #3
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Capítulo 4 — El sobre #3

—Daro tiene dolor. Y el dolor, cuando lleva muchos años solo, aprende a parecer justicia.

—¿Crees que puede hacerme daño?

—Creo que puede hacerse daño a sí mismo y llevarse a cualquiera cerca.

Jimena miró hacia el patio.

—¿Y Santiago?

Rocío no respondió enseguida.

Eso fue respuesta.

—Santiago cree que te quiere —dijo al final.

—Qué frase tan espantosa.

—Lo sé.

—¿Y tú qué crees?

Rocío tragó saliva.

—Que los hombres educados son los que más tardas en oír venir.

Jimena sintió que esa frase se le quedaba dentro.

No porque fuera bonita.

Porque sonaba aprendida demasiado tarde.

Abajo, la puerta principal se abrió.

Un coche entró por la cancela.

Santiago.

Jimena no necesitó verlo para saberlo.

Las ruedas sobre la grava, el motor suave, la seguridad con que se detenía frente a la casa. Todo en él parecía decir que no llegaba a un lugar ajeno, sino a una extensión natural de su derecho.

Rocío miró hacia el patio.

—Si vas a San Brezo, no estés nunca a solas con él.

—Mamá.

—Nunca.

Esta vez no hubo suavidad.

Jimena asintió.

No porque obedeciera.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, su madre no parecía estar intentando mantenerla quieta, sino viva.

En el despacho, Tomás cerró la puerta.

Daro no se sentó.

Tomás tampoco se lo ofreció.

—No me gusta tu manera de moverte por mi casa —dijo.

—No me gusta su casa.

—No te he pedido opinión.

—Me lo ha puesto fácil.

Tomás lo observó en silencio.

El despacho estaba más ordenado que la noche anterior. Las facturas habían desaparecido. El cenicero estaba limpio. La carpeta del banco ya no estaba sobre la mesa. Todo colocado para que nada pareciera haber existido.

—Paco dice que estuviste en la nave.

—Sí.

—¿Encontraste algo?

Daro pensó en la lata bajo la losa de la ermita.

En el pañuelo en su bolsillo.

En la fotografía dentro de su carpeta.

—Polvo.

—No me tomes por idiota.

—No lo hago.

—Sí. Lo haces. Esa es una de las primeras cosas que se notan de ti.

Daro no apartó la mirada.

—¿Y las otras?

—Que has venido enfadado.

—Mucha gente trabaja enfadada.

—No en mi casa.

—En su casa se enfadan todos. Solo que algunos lo llaman educación.

El rostro de Tomás se cerró un poco más.

—No te acerques a mi hija.

Daro casi sonrió.

No por diversión.

Por cansancio.

—No me acerqué yo.

—No juegues conmigo.

—No juego.

—Jimena no tiene nada que ver con lo que vinieras buscando.

—Entonces dígame qué vine buscando.

Tomás caminó hacia la ventana.

Desde allí se veía parte del patio. Santiago acababa de bajar del coche. Jimena no había aparecido aún.

—Vienes por un muerto —dijo Tomás.

La frase no tuvo compasión.

Daro sintió que el cuerpo se le tensaba.

—Vengo por mi tío.

—Tu tío murió hace quince años.

—Y usted sigue hablando de él como si fuera un trámite mal cerrado.

Tomás se volvió.

—Porque lo fue.

El silencio que siguió tuvo filo.

Daro dio un paso hacia la mesa.

—Mida lo que dice.

—No me amenaces en mi casa.

—No he empezado.

Tomás sonrió apenas.

—Eso es lo que me preocupa.

La puerta se abrió antes de que ninguno pudiera decir más.

Santiago entró sin llamar, como si el despacho de Tomás también le perteneciera un poco.

—Perdón. No sabía que estabais reunidos.

Mentía bien.

Daro lo reconoció con una mezcla de irritación y respeto involuntario. Santiago mentía como respiraba: sin esfuerzo aparente, sin prisa, dejando al otro la carga de demostrarlo.

—Santiago —dijo Tomás—. Ahora salgo.

—Por supuesto.

Pero no salió.

Miró a Daro.

—Rivas.

—De la Vega.

Santiago sonrió.

—¿Te estás instalando bien?

—No he traído mucho.

—Los hombres prácticos sois admirables.

—Los hombres decorativos también tenéis mérito.

Tomás intervino:

—Basta.

Santiago no dejó de sonreír.

—Jimena me espera.

Daro supo que lo decía para él.

No para Tomás.

—Qué optimista —respondió.

La sonrisa de Santiago perdió medio grado.

Nada más.

Pero Daro lo vio.

—Jimena sabe lo que le conviene —dijo.

—Todo el mundo parece saberlo menos ella.

Santiago se acercó despacio.

No demasiado.

Lo justo para bajar la voz sin que sonara secreto.

—Ten cuidado, Rivas. En casas como esta, los empleados que olvidan su sitio suelen durar poco.

Daro lo midió de arriba abajo.

—En barrios como el mío, los niños que hablan como su padre suelen acabar llorando antes de aprender a pegar.

Tomás golpeó la mesa.

—He dicho basta.

Esta vez los dos callaron.

Santiago se apartó primero.

—Te esperamos fuera, Tomás.

Salió.

Daro lo vio marcharse.

—Encantador.

—Santiago forma parte de esta familia —dijo Tomás.

—Ese es el problema.

Tomás se acercó a él.

—Última advertencia. Haz tu trabajo. Cobra. Y vete.

Daro le sostuvo los ojos.

—Eso intento.

—No. Tú intentas levantar muertos.

—Alguien los enterró mal.

Tomás no contestó.

Por primera vez desde que Daro había llegado a Las Encinas, el dueño de la finca pareció algo más que irritado.

Pareció inquieto.

A media mañana, Santiago esperaba junto al coche.

Jimena bajó por la escalera principal con vaqueros, blusa blanca y botas. No llevaba vestido. No llevaba tacones. No llevaba nada que pareciera escogido para agradarle a nadie.

Santiago la miró con una sonrisa suave.

—Pensé que irías más arreglada.

—Y yo pensé que no vendrías. Ambos hemos sufrido decepciones.

Él rió bajo.

Se acercó para darle dos besos. Jimena giró la cara lo justo para que el segundo no quedara cerca de la boca.

Santiago lo notó.

Guardó silencio.

—Tu padre quiere que vayamos juntos a San Brezo.

—Mi padre quiere muchas cosas.

—Algunas con sentido.

—¿Y tú? ¿Tú qué quieres?

La pregunta lo sorprendió apenas.

Santiago miró hacia la casa, luego hacia ella.

—Hoy quiero pasar una tarde tranquila contigo.

La respuesta sonó tan sencilla que casi habría podido ser cierta.

Jimena se odió un poco por recordar que había habido un tiempo en que estar con Santiago no le parecía una amenaza.

Un tiempo de veranos largos, carreras a caballo, fiestas de pueblo, risas compartidas y confianza heredada.

Santiago no había aparecido de pronto en su vida como un villano.

Había crecido a su lado. Eso lo hacía más difícil.

Y más peligroso.

—No sé si me apetece una tarde tranquila.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

Él bajó la voz.

—Sé que estás enfadada. Con tu padre, con la casa, quizá conmigo. Y sé que cuando te enfadas necesitas buscar una guerra para sentir que decides algo.

Jimena se inmovilizó.

A veces Santiago daba miedo precisamente porque la conocía.

No del todo.

Pero sí lo bastante para usar fragmentos de verdad como si fueran llaves.

—No me analices.

—No lo hago.

—Sí.

—Entonces será que me importas.

La frase habría sonado hermosa en otra boca.

En la de Santiago sonó a posesión educada.

Daro salió del despacho en ese momento.

Santiago no apartó los ojos de Jimena, pero su cuerpo cambió. Mínimo. Lo justo.

—¿Vienes? —preguntó.

Jimena miró hacia Daro.

No sabía por qué.

O sí.

Daro estaba junto a la galería, con la carpeta bajo el brazo y expresión cerrada. No dijo nada. No hizo ningún gesto. No tenía derecho. No era nada suyo. Y precisamente por eso su silencio pesó.

—Iré en mi coche —dijo Jimena.

Santiago mantuvo la sonrisa.

—No seas absurda.

—No estoy siendo absurda.

—Jimena, vamos al mismo sitio.

—Entonces no te costará llegar solo.

Él se acercó un poco.

—No me dejes en ridículo.

Lo dijo bajo.

Sin perder la sonrisa.

Para cualquiera que mirara desde la casa, Santiago seguía siendo el prometido atento inclinado hacia ella.

Jimena sintió un escalofrío.

—No necesito hacer nada para eso —respondió—. Te bastas.

La sonrisa de Santiago se quedó fija.

Daro bajó un escalón.

Santiago lo vio.

—Rivas —dijo, más alto—. ¿También vas a San Brezo?

Daro no respondió enseguida.

Miró a Jimena.

Luego a Santiago.

—No lo tenía previsto.

—Qué pena. Seguro que el pueblo se alegraría de conocer al nuevo vigilante.

—El pueblo sobrevive sin mí.

—No estés tan seguro.

Tomás apareció en la puerta.

—Jimena, vas con Santiago.

Ella se volvió hacia su padre.

—No.

No gritó.

No hizo escena.

Solo dijo no.

Y, por alguna razón, eso tuvo más fuerza que cualquier arrebato.

Tomás bajó la mirada hacia el patio, donde varios empleados podían oír si prestaban atención.

—No hagas esto aquí.

—Entonces no me des órdenes aquí.

Santiago intervino con suavidad:

—No pasa nada, Tomás. Que vaya en su coche si prefiere. Nos veremos allí.

La concesión fue tan perfecta que Jimena casi pareció caprichosa por aceptarla.

Eso era Santiago.

No la obligaba siempre.

A veces le dejaba una puerta abierta para poder elegir el pasillo que él ya había construido.

—Muy amable —dijo ella.

Santiago sonrió.

—Siempre contigo.

Jimena no respondió.

Fue hacia las cuadras para buscar las llaves de su coche, aunque las tenía en el bolsillo. Necesitaba alejarse un momento.

Daro la siguió con la mirada.

No debería.

Paco apareció a su lado, como si hubiese nacido de una sombra.

—Manolo ha llamado de El Candil.

Daro no apartó la vista de Jimena hasta que ella desapareció en las cuadras.

—¿Quién es Manolo?

—El dueño del bar.

—¿Qué quería?

Paco miró hacia Tomás y Santiago, que hablaban junto al coche.

—Jacinto está allí.

Daro se volvió.

—¿El empleado despedido?

—Sí.

—¿Y?

—Ha estado bebiendo desde primera hora.

—Eso no es raro en un hombre al que han echado.

—No. Pero ha preguntado por Jimena.

Daro frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Dice que tiene algo que devolverle.

—¿Qué cosa?

Paco bajó la voz.

—Manolo no lo sabe. O no ha querido decirlo por teléfono.

Daro miró hacia las cuadras.

Jimena volvía con las llaves en la mano.

Santiago abrió la puerta de su coche con gesto impecable, esperando quizá una última rendición.

No llegó.

Jimena caminó hacia su propio vehículo.

Daro se acercó antes de que subiera.

—Jacinto está en El Candil.

Ella se detuvo.

—¿Qué?

—Ha preguntado por ti. Dice que tiene algo que devolverte.

La expresión de Jimena cambió.

No era miedo.

Era culpa.

—¿Está bien?

—Ha estado bebiendo.

—Tengo que ir.

Santiago apareció detrás.

—¿Pasa algo?

Jimena se volvió hacia él.

—Nada.

—No parecía nada.

—Entonces deja de mirar.

Santiago mantuvo la calma.

—Jimena.

Daro vio que ella apretaba las llaves en la mano.

—Voy a San Brezo —dijo ella—. Pero sola.