Capítulo 4 — El sobre #2
—En una montería siempre hay disparos.
La respuesta era una retirada.
Pero ya había dejado huella.
Antes de que Daro pudiera insistir, Mateo apareció en el patio con gafas de sol, camiseta blanca y cara de haber dormido mal o no haber dormido. Iba mirando el móvil mientras caminaba. Al verlos junto a la nave, se detuvo.
—Qué madrugadores.
Paco se volvió.
—A algunos nos pagan por eso.
Mateo sonrió sin ganas.
—Qué bonito. Cultura del esfuerzo.
Daro lo observó.
El chico tenía ojeras. Las gafas no bastaban para esconderlo. La mano con la que sujetaba el móvil estaba tensa. Demasiado. Alguien que no espera malas noticias no mira una pantalla cada diez segundos.
—¿Todo bien? —preguntó Daro.
Mateo lo miró como si la pregunta lo ofendiera.
—¿Te importa?
—No mucho.
—Entonces seguimos progresando.
Paco hizo un ruido con la garganta.
—Mateo, Julia pregunta si vas a desayunar o solo vas a dejar que se enfríe el café para dar trabajo.
—Dile que voy.
—Díselo tú, que tienes piernas.
Mateo guardó el móvil en el bolsillo.
—Papá te está buscando —dijo a Daro.
—¿Tomás?
—No, mi otro padre.
Paco lo miró.
—Niño.
Mateo suspiró.
—Don Tomás quiere verte. En el despacho.
Daro aguantó su mirada.
—¿Te ha mandado él?
—No. He tenido una visión.
—Mateo.
—Sí, me ha mandado él. Dios, qué intensidad.
El móvil volvió a vibrarle en el bolsillo.
Mateo no lo sacó.
Eso fue lo que lo delató más.
Daro lo miró un segundo más de lo necesario.
Mateo apartó la vista.
—No llegues tarde —dijo, y se fue hacia la casa.
Paco esperó a que se alejara.
—Ese chico está metido en barro.
—¿Sabes en cuál?
—Si lo supiera, ya habría avisado a quien pudiera sacarlo.
—¿Su padre?
Paco soltó una risa triste.
—He dicho sacarlo, no hundirlo con mejores zapatos.
La mañana se endureció con el sol.
Daro no fue inmediatamente al despacho. Antes pasó por las cuadras, revisó dos cerraduras, habló con un mozo que no le dijo nada útil y se encontró mirando hacia la galería más veces de las que le convenía. Jimena no apareció.
Eso lo tranquilizó.
Y lo inquietó.
A las nueve, el desayuno de la familia ya estaba servido en una terraza lateral, bajo una parra que daba sombra irregular.
No era un desayuno íntimo. En Las Encinas, incluso el café parecía formar parte de una representación.
Mantel claro, fruta cortada, pan tostado, aceite en jarra de cristal, tomate rallado, jamón dispuesto en un plato como si no hubiera problemas de dinero en ninguna parte.
Daro cruzó el patio con intención de ir al despacho, pero desde la terraza oyó la voz de Tomás.
—Rivas.
Se detuvo.
En la mesa estaban todos.
Tomás a la cabecera, con camisa limpia y periódico doblado. Rocío a su derecha, impecable pero pálida. Jimena frente a ella, el pelo recogido bajo, sin maquillaje o con tan poco que parecía una forma de protesta. Mateo al final, removiendo café sin beberlo.
La escena era tranquila.
Demasiado.
—Buenos días —dijo Daro.
Tomás señaló una silla apartada, no en la mesa sino junto a la pared.
—Espera.
Daro no se sentó.
Jimena clavó la vista en él.
Solo un instante.
Suficiente para que él supiera que ella tampoco había dormido.
—¿Alguna novedad? —preguntó Tomás.
—En la nave, no.
No era mentira.
No del todo.
Tomás lo observó con esa calma administrativa que Daro empezaba a odiar.
—Paco me ha dicho que anoche estuviste revisando.
Paco, desde algún punto invisible de la finca, seguramente estaría maldiciendo.
—Para eso me han contratado.
—Te he contratado para revisar de día y avisar antes de moverte de noche.
—No estaba especificado.
—Lo especifico ahora.
Jimena dejó la taza.
—Qué raro que te moleste que revise la nave si lo has contratado para eso.
Tomás no apartó los ojos de Daro.
—No estoy hablando contigo.
—Ya. Pero yo sí estoy escuchando.
Rocío tocó apenas el borde de su vaso.
—Jimena.
No fue una orden.
Fue una advertencia cansada.
Jimena la oyó, pero no bajó la mirada.
Mateo soltó una risa baja.
—Qué desayuno más divertido.
Tomás giró la cabeza hacia él.
—Deja el móvil.
—No lo tengo.
—Mateo.
El chico sacó el móvil del bolsillo y lo dejó boca abajo junto al plato.
Daro vio que la pantalla estaba encendida.
Un nombre sin guardar había llamado dos veces.
Mateo tapó la pantalla con la mano antes de bloquearla.
Jimena también lo vio.
—¿Quién te llama tanto? —preguntó.
—Nadie.
—Nadie insiste mucho.
—Será porque nadie tiene apego.
—Mateo.
—Déjame, Jimena.
La respuesta salió seca.
Más seca de lo habitual.
Rocío miró a su hijo con preocupación real. Tomás no. Tomás lo miró como quien ve un trámite empezando a desordenarse.
—Después vendrá Santiago —dijo Tomás.
Jimena se quedó quieta.
—¿A qué?
—A acompañarte a San Brezo.
—No necesito que Santiago me acompañe.
—La feria empieza esta tarde.
—Sé cuándo empieza la feria.
—Entonces sabrás que conviene que vayas con él.
Jimena sonrió sin alegría.
—Conviene.
—No repitas las palabras como si fueras más inteligente que los demás.
—No las repito por eso. Las repito porque a veces, al oírlas dos veces, se nota lo feas que son.
Rocío cerró los ojos.
Mateo miró su taza.
Daro permaneció junto a la pared, sintiéndose intruso y testigo. No le gustaba ninguna de las dos cosas.
Tomás habló con calma:
—Santiago es tu prometido.
El aire cambió.
La palabra no había sido pronunciada así, tan claramente, delante de todos.
Jimena apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No.
—Jimena.
—No es mi prometido.
—Es una forma de hablar.
—Entonces habla mejor.
Tomás dejó el periódico sobre la mesa.
—No conviertas cada conversación en una vulgaridad.
Jimena se levantó.
—No soy yo quien negocia matrimonios durante el desayuno.
Mateo murmuró:
—Joder.
Tomás golpeó la mesa con la palma.
No fue un golpe fuerte.
Bastó.
La terraza se inmovilizó.
—Sube a tu cuarto —dijo.
Jimena no se movió.
—No tengo quince años.
—Entonces deja de comportarte como si los tuvieras.
Daro vio la mano de Tomás.
La misma tensión.
El mismo aviso.
Rocío también lo vio. Su cuerpo cambió antes de que nadie más pudiera notarlo. Se inclinó hacia delante, no mucho, pero sí lo suficiente para interponerse en la línea entre padre e hija.
—Tomás —dijo suavemente—. Los empleados pasan por el patio.
La frase era práctica.
No moral.
No “no le hables así”.
No “no la toques”.
Solo una advertencia sobre testigos.
Y, aun así, Jimena miró a su madre como si esa forma de protección le doliera más que la ausencia de protección.
Tomás respiró por la nariz.
—Hablaremos después.
—No —dijo Jimena.
—¿Perdona?
—No quiero hablar después, con la puerta cerrada.
El silencio volvió.
Esta vez, más hondo.
Daro bajó la mirada.
No debía estar allí.
Pero quizá precisamente por eso Tomás no podía hacer lo que habría hecho de estar solo con ella.
Rocío se levantó.
—Jimena, ven conmigo.
La hija miró a su madre.
Durante un instante pareció que iba a negarse.
Después apartó la silla y salió de la terraza.
Rocío la siguió.
Tomás tardó unos segundos en volver a mirar a Daro.
—Tú y yo hablaremos ahora.
—Cuando quiera.
Mateo cogió su móvil en cuanto creyó que nadie miraba.
Daro lo vio.
El chico leyó un mensaje.
Toda la poca arrogancia que le quedaba en la cara desapareció.
La guardó enseguida.
Daro no encontró una respuesta limpia.
Todavía.
Rocío alcanzó a Jimena en la galería del primer piso.
No la llamó. No le pidió que se detuviera. Solo caminó a su lado hasta que Jimena se giró de golpe.
—No me digas que debería haberme callado.
—No iba a decir eso.
—Pues sorpréndeme.
Rocío sostuvo la mirada de su hija.
La luz de la mañana entraba por los arcos de la galería. Desde allí se veía el patio, la fuente y, más allá, la nave vieja. Daro y Tomás habían desaparecido dentro del despacho. Mateo seguía en la terraza, solo, mirando su móvil como si le hubiera enseñado una sentencia.
—No vayas a San Brezo con Santiago si no quieres —dijo Rocío.
Jimena tardó en responder.
—¿Qué?
—He dicho que no vayas con él si no quieres.
La frase era pequeña.
Pero en boca de Rocío sonó casi peligrosa.
—Papá no opina lo mismo.
—Tu padre no siempre tiene razón.
Jimena soltó una risa sin humor.
—Eso dilo más alto y se cae la casa.
Rocío miró hacia abajo.
—No bromees con eso.
Algo en su tono hizo que Jimena se fijara más.
—¿Qué sabes de Daro Rivas?
Rocío cerró la mano sobre la barandilla.
—Muy poco.
—Mientes.
—Sí.
La sinceridad, tan repentina, descolocó a Jimena.
—Entonces dime la verdad.
—No sé si la sé entera.
—Empieza por la parte que sí.
Rocío miró hacia el monte viejo.
No hacia Jimena.
—Julián Rivas trabajó aquí una temporada. Era joven. Educado. Bastante serio. Paco le tenía cariño. Julia también.
—¿Y tú?
Su madre tardó.
—Yo también.
La respuesta no era romántica.
Jimena lo supo.
Pero sí era dolorosa.
—¿Murió en una montería?
—Eso dijeron.
—¿Eso dijeron o eso pasó?
Rocío apretó los párpados.
Por un momento, Jimena vio a la mujer detrás de la madre: alguien que había sido joven en esa misma casa, alguien que quizá había corrido por esos pasillos antes de aprender a no hacer ruido.
—Pasó algo horrible —dijo Rocío.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darte sin empezar a temblar.
Jimena se quedó callada.
A su madre le temblaba la mano en la barandilla.
No mucho.
Bastaba.
—¿Papá lo sabe todo? —preguntó.
Rocío abrió los ojos.
—Tu padre sabe guardar cosas.
—Eso tampoco es una respuesta.
—Jimena.
—No me pidas que deje de preguntar.
—No iba a pedirte eso.
—Entonces ¿qué?
Rocío se volvió hacia ella.
—Voy a pedirte que preguntes sabiendo que algunas respuestas no te van a dejar volver a ser quien eras.
Jimena sintió un frío lento.
—Ya no sé si quiero volver.
Rocío pareció a punto de tocarle la cara.
No lo hizo.
Las mujeres de Las Encinas sabían detener las manos antes de que delataran demasiado.
—Ten cuidado con Daro —dijo.
Jimena endureció la expresión.
—No empieces.
—No lo digo por lo que tú crees.
—¿Y qué creo?
—Que te estoy hablando de deseo.
Jimena sintió calor en la cara.
—No hay deseo.
Rocío la miró con una tristeza casi dulce.
—Ojalá sigas sabiendo mentir peor que yo.
Jimena apartó la vista.
Su madre continuó: