Capítulo 4 — El sobre
Daro no durmió después de encontrar el sobre.
Lo llevó a su cuarto sin encender más luces de las necesarias, caminando por la zona de servicio como si la casa pudiera despertarse por el simple peso de una amenaza. Cerró la puerta con cuidado, echó el pestillo y dejó el sobre sobre la cama.
Era blanco, pequeño, limpio.
Eso fue lo que más le molestó.
Las amenazas, al menos las que él conocía, solían llegar manchadas de prisa: un mensaje desde un número oculto, una frase dicha demasiado cerca del oído, dos tipos esperando junto a un portal, una deuda pronunciada en voz baja en la puerta de un gimnasio.
Aquello era distinto. Alguien había dejado el sobre en mitad del patio de Las Encinas con una precisión casi doméstica, como quien coloca una servilleta sobre una mesa.
Daro sacó la fotografía recortada y volvió a mirarla.
Parte del monte viejo. Una encina. Una escopeta apoyada contra un tronco. Una figura masculina borrosa al borde de la imagen.
Nada bastante claro para acusar.
Todo bastante claro para avisar.
Le dio la vuelta.
DEJA AL MUERTO DONDE ESTÁ.
La frase estaba escrita con mayúsculas, sin temblor. No parecía la letra de alguien asustado. Parecía la letra de alguien cansado de que no le obedecieran.
Daro dejó la foto sobre la cama y se sentó en la silla.
La habitación se le hizo más pequeña.
Metió la mano en el bolsillo y sacó el pañuelo de Julián. Las iniciales bordadas parecían absurdamente delicadas en un trozo de tela tan viejo. Daro lo sostuvo entre los dedos con un cuidado que no habría admitido delante de nadie.
No recordaba a Julián usando pañuelos bordados.
Recordaba las manos de Julián oliendo a grasa, tabaco y jabón Lagarto.
Recordaba su risa cuando Lola, con dos años, le tiró un plato de lentejas encima porque no quería comer más.
Recordaba una tarde de lluvia en la que Julián le enseñó a vendarse los nudillos con una tira de sábana vieja porque no tenían vendas.
Recordaba frases sueltas, ninguna perfecta, ninguna hecha para ser recordada, y quizá por eso más reales.
No pegues primero si puedes irte, Darío.
Solo Julián lo llamaba Darío cuando se ponía serio.
Pero si no puedes irte, no cierres los ojos.
Daro cerró los ojos.
Durante años había pensado en la muerte de Julián como se piensa en una puerta mal cerrada. No bastaba con saber que estaba ahí. Había corriente. Algo pasaba por debajo. Algo frío. Algo que no permitía acostumbrarse del todo.
Ahora tenía una lata escondida en una ermita, una fotografía recortada sobre la cama y una amenaza escrita por alguien que sabía demasiado.
Y aun así, seguía sin tener la verdad.
Cogió el móvil.
Lola había enviado tres mensajes más.
¿Sigues vivo?
Daro.
Como no contestes, voy a aprobar matemáticas por rabia y entonces la culpa será tuya.
Daro miró la pantalla con la boca apretada.
No debería llamarla.
Era tarde. Ella tendría clase al día siguiente. Y, sobre todo, si escuchaba su voz, sabría que algo iba mal. Lola tenía ese talento irritante de entender los silencios ajenos mejor que sus propias asignaturas.
Llamó.
Contestó al segundo tono.
—Estás vivo.
—Hola a ti también.
—No me hagas perder tiempo con educación. ¿Te han pegado?
—No.
—¿Has pegado tú?
—Tampoco.
—Qué decepción de viaje.
Daro apoyó la cabeza contra la pared.
—¿Por qué estás despierta?
—Porque mi hermano se va a una finca de ricos a fingir que trabaja y luego manda mensajes de persona secuestrada. Una intenta dormir, pero claro.
—No estoy secuestrado.
—Eso diría un secuestrado con orgullo.
Daro casi sonrió.
Casi.
—¿Has cenado?
—Sí.
—¿Qué?
Hubo una pausa.
—Cosas.
—Lola.
—Pan con queso y una mandarina.
—Eso no es cenar.
—Tiene hidratos, lácteos y fruta. Está más equilibrado que tu vida.
Daro se frotó los ojos con dos dedos.
—Mañana compras algo decente.
—Mañana me mandas la ubicación.
—No.
—Daro.
—No quiero que sepas dónde estoy.
—Pues ya me dejas mucho más tranquila.
Él no respondió.
Lola tampoco bromeó enseguida.
—Tiene que ver con Julián —dijo al fin.
Daro miró el pañuelo sobre su rodilla.
—Sí.
La palabra salió antes de que pudiera frenarla.
Al otro lado hubo silencio.
Un silencio nuevo.
Lola no había conocido a Julián como él.
Era demasiado pequeña cuando murió. Tenía recuerdos prestados: una voz, un olor, una risa que quizá era memoria o relato repetido, un hombre levantándola en brazos en una cocina.
Pero había crecido en el hueco que dejó.
Los muertos importantes también educan a los niños que no llegan a recordarlos bien.
—¿Has encontrado algo? —preguntó ella.
—No lo suficiente.
—Eso no es no.
—No.
—Daro.
—Una foto. Un aviso. Cosas viejas.
—¿Peligrosas?
Él miró la amenaza.
—Todavía no lo sé.
—Mentira.
Daro cerró los ojos.
—No puedo hablar de esto contigo.
—Siempre dices eso cuando deberías hablar conmigo.
—Tienes diecisiete años.
—Y tú treinta y sigues tomando decisiones como si te hubieran dejado solo en una gasolinera.
La frase lo golpeó con una precisión involuntaria.
—No empieces.
—No, no empieces tú. Si lo de Julián es peligroso, me afecta. Aunque no me lo cuentes. Aunque te hagas el héroe de barrio y te creas que puedes poner el cuerpo delante de todo.
—No soy héroe.
—Ya. Por eso das más trabajo.
Daro se quedó callado.
Lola bajó la voz:
—¿Estás bien?
Esta vez la pregunta no llevaba sarcasmo.
Eso la hizo más difícil.
—No mucho.
Ella tardó en responder.
—Vale.
Solo eso.
Vale.
A veces Lola era más adulta cuando no intentaba serlo.
—No hagas nada sola —dijo Daro.
—Estoy en casa.
—Mañana, del instituto a casa. Nada de vueltas.
—¿Daro?
—Hazme caso.
—Me estás asustando.
Él se arrepintió enseguida.
—No quería.
—Pues te ha salido regular.
—Solo… hazme caso.
—Vale.
La palabra volvió a sonar pequeña.
—Te llamo mañana —dijo él.
—No me mientas.
—Te llamo mañana.
—Y si no, llamo a Rafa.
—Lo sé.
—Y si Rafa no sabe nada, llamo a la policía.
—No vas a llamar a la policía.
—No, pero queda fuerte decirlo.
Daro soltó una risa breve.
Lola respiró al otro lado.
—Vuelve entero.
—Lo intento.
—No. Inténtalo bien.
Colgó.
Daro se quedó con el móvil en la mano.
Después guardó el pañuelo, la fotografía y el sobre dentro de la carpeta de cartón. No porque fuera seguro, sino porque necesitaba que aquello tuviera algún tipo de orden. Luego se tumbó en la cama sin desvestirse y esperó a que amaneciera.
No durmió.
A las seis y media, Las Encinas empezó a moverse.
Primero la cocina. Julia abriendo armarios, agua corriendo, pasos firmes. Después los mozos en las cuadras, los caballos removiéndose, una puerta golpeando por el viento. Más tarde, el motor de una furgoneta, voces bajas en el patio, una radio pequeña encendida en alguna dependencia de servicio.
Daro salió cuando el cielo aún estaba gris.
Paco estaba junto a la nave vieja, con una taza de café en una mano y la gorra en la otra. Miraba el candado como si hubiera pasado allí toda la noche envejeciendo.
—Mala cara —dijo.
Daro se acercó.
—Gracias.
—Era observación, no saludo.
—Ayer alguien dejó esto en el patio.
Sacó la fotografía y se la tendió.
Paco no la cogió al principio.
La miró desde la distancia.
El color se le fue de la cara despacio.
—Cógela —dijo Daro.
—No hace falta.
—Sí hace.
Paco la tomó.
Vio la imagen.
Le dio la vuelta.
Leyó la frase.
No dijo nada.
Eso fue suficiente para confirmar que entendía más de lo que quería.
—¿Quién ha podido dejarla? —preguntó Daro.
Paco devolvió la foto.
—Alguien que sabe moverse por aquí sin que los perros ladren.
—Eso reduce la lista.
—O la agranda.
Daro guardó la imagen.
—¿Reconoces el sitio?
Paco miró hacia el monte viejo.
—Todos los árboles se parecen cuando uno quiere olvidar.
—No me sirve.
—No trabajo para servirte.
Daro se acercó a él.
Paco levantó la taza de café entre ambos, no como defensa, sino como recordatorio de cansancio.
—No me empujes, Rivas. Soy viejo, no tonto. Y he pasado media vida tragándome cosas que me habrían abierto la boca por dentro. Si hablo mal, no te ayudo. Si hablo antes de tiempo, tampoco.
—¿Antes de qué?
Paco bebió un sorbo.
—Antes de saber quién más está escuchando.
El patio empezaba a llenarse de luz. Desde la casa principal, una cortina se movió en el piso alto.
—Tomás está despierto —dijo Paco.
—Tomás siempre parece despierto.
—No confundas estar despierto con no dormir.
Daro miró de nuevo el monte.
—Anoche alguien nos siguió hasta la ermita.
Paco giró la cabeza.
—¿Nos?
La palabra quedó entre los dos.
Daro no contestó.
Paco cerró los ojos un segundo.
—La madre que os parió.
—A mí no me metas en plural.
—¿Jimena estaba contigo?
—Apareció.
—Claro. La señorita aparece donde no debe desde que aprendió a andar.
—Sabe más de esta finca que muchos.
—Sí. Y menos de lo que cree.
Daro mantuvo la vista en él.
—Eso nos pasa a todos.
Paco no discutió.
Miró hacia la casa con una preocupación más honda.
—No la uses contra ellos.
—No uso a nadie.
—Todos decís eso cuando todavía no os conviene admitirlo.
Daro apretó la mandíbula.
—Si alguien dejó una amenaza en el patio, ella ya está dentro aunque yo no quiera.
—Estaba dentro antes de que tú llegaras. Eso no significa que sepa dónde pisa.
La puerta de servicio se abrió y Julia salió con un cubo.
Los vio hablando junto a la nave y no preguntó nada. Solo se detuvo un instante.
—El desayuno de los señores es a las nueve. Si vais a hacer algo estúpido, hacedlo antes o después. Durante, no me desordenéis la cocina.
Paco murmuró:
—Buenos días a ti también.
Julia siguió hacia el lavadero.
Daro guardó la foto.
—Necesito saber quién escribió eso.
—No vas a saberlo mirando papeles como si fueran a confesarse.
—Entonces ¿qué?
Paco tardó en responder.
—Hay gente en San Brezo que recuerda más de lo que dice.
—¿Quién?
—Jacinto, si aún no se ha ido del todo.
Daro se quedó quieto.
—El empleado al que echaron ayer.
—El mismo.
—¿Qué sabe?
Paco miró hacia la cocina, hacia la casa, hacia todas partes menos hacia él.
—Sabe dónde estaban algunos antes de que sonara el disparo.
Daro sintió que el pulso le cambiaba.
—¿Qué disparo?
Paco lo miró entonces.