Capítulo 3 — La nave vieja #4
Daro abrió la puerta muy despacio.
El sendero estaba vacío.
La luna iluminaba apenas los olivos. No se veía a nadie. No había linterna, ni sombra, ni coche. Solo el campo.
Jimena salió detrás de él.
—¿Nos han seguido?
Daro miró el muro bajo.
La piedra donde ella guardaba la llave seguía en su sitio, pero al lado había otra, desplazada.
—Alguien sabe que vienes aquí.
Jimena sintió un frío real.
—Puede ser casualidad.
—No.
—No lo sabes.
—No.
Pero sonó como si sí.
Daro cerró la puerta de la ermita y le tendió la llave.
—Cambia el escondite.
Jimena la cogió.
Sus dedos no llegaron a tocarse esta vez.
—No me des órdenes.
—Entonces considérelo una recomendación, señorita Albares.
Ella lo miró.
—No me llames así.
La voz le salió más baja de lo que esperaba.
Daro la sostuvo un segundo.
—Vale.
Fue una palabra sencilla.
Sin burla.
Eso la desarmó más que muchas frases.
Volvieron por el olivar sin hablar.
Las Encinas apareció de nuevo al fondo, blanca y quieta.
No parecía una casa donde un intruso acabara de huir de una nave, donde una lata con restos de un muerto hubiera sido escondida bajo una losa, donde un padre hubiese mentido a su hija y un hombre de Madrid caminara con el pañuelo de su tío en el bolsillo.
Parecía una finca dormida.
Eso era lo que hacía mejor.
Parecer.
Al llegar a las cuadras, Estrella relinchó.
Jimena se detuvo.
—Está nerviosa.
—Los animales no duermen cuando la casa miente.
Ella lo miró.
—Eso sí ha sonado a frase de hombre misterioso.
Daro hizo una mueca.
—Retiro la frase.
—No. Era mala, pero cierta.
Entraron en las cuadras.
Estrella se movía dentro del box, inquieta, golpeando la paja con las patas. Jimena se acercó despacio, habló bajo, le acarició la frente y después el cuello. La yegua tardó en calmarse. Daro se quedó a unos metros, junto a la puerta, sin entrar en ese espacio.
Jimena notó que la respetaba.
No a ella exactamente.
A aquello.
A la relación con el animal, a la forma en que Estrella aceptaba su mano, a la calma que Jimena parecía recuperar entre caballos y perder entre personas.
—¿Siempre vienes aquí cuando no puedes dormir? —preguntó él.
—Casi siempre.
—¿Y funciona?
Jimena acarició el cuello de la yegua.
—No arregla nada.
—No he preguntado eso.
Ella lo miró.
—Sí. Funciona.
Daro asintió.
No añadió nada.
Ese silencio le gustó más de lo que quería admitir.
Salieron de las cuadras poco después. La casa principal seguía oscura, salvo por una luz encendida en el despacho de Tomás. Jimena se detuvo al verla.
—Mi padre sigue despierto.
—¿Es normal?
—Cada vez más.
Daro miró la ventana.
Detrás de las cortinas se movió una sombra.
—No entres por la puerta principal.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
—¿Vas a decirme también cómo llegar a mi habitación?
—Si hace falta.
Jimena casi sonrió.
Casi.
Cruzar el patio les pareció más arriesgado de vuelta que de ida. Daro rodeó por la zona de servicio. Jimena lo siguió hasta la escalera lateral que llevaba a una galería poco usada. Allí se detuvo.
—Puedo subir desde aquí.
Daro miró hacia el despacho iluminado.
—Mañana no hables de la nave.
—No pensaba.
—Ni de la ermita.
—Tampoco.
—Ni de la lata.
—Daro.
Él la miró.
Era la primera vez que decía su nombre así esa noche. Sin rabia abierta. Sin desafío. Como si ya no fuera solo un apellido ni un intruso.
—Ya lo sé —dijo ella—. Sé callar.
Daro pensó en la marca de su brazo.
En Rocío mintiendo mal.
En Paco guardando quince años de silencio.
—Eso no siempre es bueno.
Jimena sostuvo su mirada.
—No. Pero aquí se aprende pronto.
Ninguno dijo nada durante un segundo.
Luego ella subió dos escalones.
—Buenas noches.
—Jimena.
Se detuvo.
Daro no sabía qué quería decir.
No vayas sola. No confíes en tu padre. No te acerques a Santiago si puedes evitarlo. No me mires como si yo no fuera a hacerte daño también si la verdad me obliga.
Todo sonaba mal.
—Cambia la llave de sitio —dijo al final.
Ella suspiró.
—Buenas noches, Daro.
Subió sin mirar atrás.
Daro se quedó en la sombra hasta verla entrar por la galería.
Después cruzó hacia las habitaciones de empleados.
No llegó.
A mitad de patio, vio algo junto a la fuente.
Un sobre.
Blanco.
Limpio.
Demasiado visible para haber caído de cualquier bolsillo.
Daro se detuvo.
Miró alrededor.
No había nadie.
La luz del despacho de Tomás se apagó en ese momento.
Daro se agachó y recogió el sobre.
No tenía nombre.
No tenía sello.
Solo una mancha pequeña de tierra en una esquina, como si alguien lo hubiera dejado allí con prisa pero no sin intención.
Lo abrió.
Dentro había una fotografía recortada.
No igual que la de la lata.
La otra mitad no.
Otra imagen distinta, borrosa, tomada desde lejos: parte del monte viejo, una escopeta apoyada contra un tronco y una figura masculina fuera de foco, apenas una sombra.
Detrás, una frase escrita con letras mayúsculas, apretadas, sin firma:
DEJA AL MUERTO DONDE ESTÁ.
Daro leyó la frase una vez.
Después otra.
El patio permaneció en silencio.
Las Encinas parecía dormir.
Pero alguien, en alguna parte de la finca, acababa de demostrarle que no solo los muertos recordaban.