Capítulo 3 — La nave vieja #3
Solo quedaba la mitad izquierda. Un tramo de monte, una encina, parte de una escopeta apoyada en un tronco y una bota borrosa en primer plano. Nada más. En el reverso, una frase escrita con bolígrafo azul:
No era su puesto.
Jimena leyó la frase varias veces.
—¿Qué significa?
Daro tomó la foto.
La miró como si quisiera obligarla a hablar.
—No lo sé.
—¿Su puesto de caza?
—Puede.
—¿Julián no debía estar allí?
—Eso parece.
—¿Y quién escribió esto?
Daro pasó el pulgar por el reverso.
—No lo sé.
No era una respuesta cómoda. Era la única.
El cartucho vacío quedó para el final.
Daro lo sostuvo entre los dedos. Era antiguo, marcado por humedad y tiempo. Jimena no entendía de armas, pero había visto demasiadas escopetas en Las Encinas para no reconocer el peso simbólico de aquella pieza pequeña.
—¿Es de una escopeta de caza? —preguntó.
—Sí.
—¿Del día de la montería?
—No puedo saberlo.
—Pero alguien lo guardó con todo esto.
—Sí.
La nave pareció encogerse alrededor de ellos.
No habían encontrado la verdad.
Habían encontrado restos.
Y los restos, comprendió Jimena, podían ser más inquietantes que una confesión. Porque obligaban a imaginar lo que faltaba.
Daro volvió a meterlo todo en la lata, salvo el pañuelo, que siguió en su bolsillo.
—Tenemos que irnos.
—¿Y dejarlo aquí?
—No.
—Entonces ¿qué?
Él miró la lata. Luego hacia la puerta.
—No puede estar en mi habitación. Si la encuentran, dirán que la traje yo.
—Y si la guardo yo, dirán que la robé.
—Probablemente.
—Qué optimista.
—Realista.
Jimena pensó rápido. La casa principal no servía. El despacho de su padre, ni pensarlo. Su dormitorio era demasiado evidente. Las cuadras tenían movimiento desde el amanecer. La nave ya no era segura.
—La ermita —dijo.
Daro clavó los ojos en ella.
—¿Qué ermita?
—Hay una ermita familiar detrás del olivar viejo. Mi abuela llevaba flores allí. Ahora casi nadie va salvo en Santa Lucía, y a veces ni eso.
—¿Cerrada?
—Sí.
—¿Quién tiene la llave?
Jimena no respondió enseguida.
Daro la observó.
—La tienes tú.
—Tengo una copia.
—Claro que la tienes.
—No me juzgues. Robar llaves era mi forma más sana de infancia.
—No quiero conocer las insanas.
—No sabrías apreciarlas.
Por un momento, la tensión aflojó.
Solo un poco.
Lo suficiente para que ambos recordaran que estaban solos en una nave oscura, con una lata de pruebas incompletas entre las manos y un muerto colocándose, poco a poco, en el centro de sus vidas.
Daro guardó la lata dentro de su camiseta, pegada al cuerpo.
—Vamos.
Salieron por la parte trasera, no por la puerta principal.
Jimena guio el camino hacia el olivar. La noche estaba más fría lejos de la casa.
El sendero apenas se veía, pero ella lo conocía.
Había caminado por allí de niña, de adolescente, algunas noches de rabia y otras de tristeza.
Las Encinas tenía rutas ocultas para quien vivía dentro con suficientes ganas de desaparecer sin marcharse.
Daro caminaba a su lado.
—Te mueves bien de noche.
—No es un cumplido muy tranquilizador.
—No era un cumplido.
—Entonces gracias por nada.
Él miró el perfil de ella a la luz pobre de la luna.
—¿Cuántas veces has escapado por aquí?
Jimena tardó en responder.
—No escapaba.
—Claro.
—Salía a respirar.
Daro se quedó callado.
La frase había vuelto a ellos desde las cuadras.
Jimena se arrepintió de haberla usado.
No porque fuera falsa.
Porque era demasiado cierta.
—Mi padre y mi madre discutían mucho cuando éramos pequeños —dijo, sin saber bien por qué—.
No a gritos. Eso habría sido más fácil. Mi padre hablaba bajo.
Mi madre también. Pero la casa cambiaba.
Se notaba en las puertas, en los pasos, en cómo Julia dejaba los platos.
Yo me iba a las cuadras o a la ermita. Mateo venía a veces a mi cuarto, diciendo que era para protegerme.
Daro miró hacia el camino.
—¿Y tú le creías?
—Fingía.
—Eso también protege.
Jimena no esperaba esa respuesta.
Se quedaron caminando en silencio.
El olivar viejo apareció como una hilera de sombras retorcidas. Más allá, la ermita se levantaba pequeña, encalada, con una campana muda y una cruz de hierro sobre la fachada. De día parecía decorativa. De noche parecía una cosa olvidada que todavía escuchaba.
Jimena apartó una piedra de un muro bajo y sacó una llave oxidada.
Daro mantuvo la vista en ella.
—Infancia sana, decías.
—Comparada con la tuya, probablemente.
El comentario salió antes de que pudiera medirlo.
Daro se quedó quieto.
Jimena se volvió hacia él.
—Perdón.
—No sabes nada de la mía.
—Lo sé. Por eso he pedido perdón.
Él la sostuvo con la mirada un segundo más.
Después señaló la puerta.
—Abre.
Jimena metió la llave en la cerradura. Le costó girarla. La madera se había hinchado con el tiempo y el metal raspó con un ruido que a ella le pareció demasiado alto. Al fin, la puerta cedió.
Dentro olía a cera vieja, humedad y flores secas.
La ermita era pequeña. Un altar sencillo, una imagen de Santa Lucía, bancos de madera, exvotos antiguos, una caja metálica para limosnas y un cuadro torcido de la Virgen. La luz de la linterna hizo que las sombras se movieran por las paredes encaladas.
Daro miró alrededor con incomodidad.
—¿Eres creyente?
—Soy Albares. Aquí se heredan hasta las dudas.
—Eso no responde.
—No lo sé.
Jimena caminó hasta el lateral del altar. Recordaba una losa suelta junto al muro, descubierta de niña durante una romería aburrida. Se agachó y pasó la mano por el borde. Allí estaba. La levantó con esfuerzo.
El hueco era estrecho, seco.
Daro la observó en silencio.
—Robar llaves, levantar losas…
—Ya te he dicho que tuve recursos.
Él sacó la lata de debajo de la camiseta.
No la metió enseguida.
Se quedó mirándola.
Jimena entendió que aquella lata, por pequeña y ridícula que pareciera, era lo único material que Daro tenía ahora de una pregunta que llevaba años doliéndole.
—Podemos buscar otro sitio —dijo.
—No.
Él colocó la lata dentro del hueco.
Luego se detuvo.
Sacó el pañuelo del bolsillo.
Lo miró.
J. R.
Jimena apartó la vista.
Le pareció una intimidad que no le correspondía.
—Quédatelo —dijo ella.
Daro cerró los dedos sobre la tela.
—No debería.
—No todo tiene que servir como prueba.
Él no respondió.
Guardó el pañuelo en el bolsillo de nuevo y cubrió la lata con la losa.
Ambos se quedaron agachados un momento, demasiado cerca, las manos apoyadas sobre la misma piedra.
Los dedos de Jimena rozaron los de Daro.
Fue accidental.
No hubo nada más.
Pero ninguno retiró la mano inmediatamente.
Después sí.
Los dos a la vez.
Jimena se levantó primero.
—Mañana vendremos con luz.
—No.
—¿Perdón?
—Mañana tu padre va a mirar cada paso que des.
—No necesito permiso.
—Necesitas no ser torpe.
Ella se giró.
—¿Torpe?
—Si vas directa a la ermita después de lo de hoy, parecerá que tienes algo que esconder.
—Tengo algo que esconder.
—Exacto.
Jimena apretó la mandíbula.
—Podrías decirlo sin sonar como si fueras el único adulto de la habitación.
—Estamos en una ermita.
—No empieces.
—No he empezado.
Se miraron.
La discusión era más baja que antes. Menos afilada. Como si la lata bajo la losa hubiera cambiado algo entre ellos sin pedir permiso. Seguían sin confiar. Seguían representando mundos opuestos. Pero ahora había una cosa pequeña escondida bajo una piedra que pertenecía a los dos.
Una prueba.
O una carga.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó ella.
Daro pareció cansarse de pronto.
No físicamente. Más adentro.
—No lo sé.
La honestidad fue inesperada.
Jimena esperó.
Él miró la imagen de Santa Lucía, sin verla del todo.
—He pasado años pensando que, si encontraba algo, sabría qué hacer. Un nombre. Una mentira. Una prueba. Lo que fuera. Pensaba que el día que tuviera una pieza en la mano, todo se ordenaría.
—¿Y?
—Y ahora tengo una lata oxidada escondida en una ermita y sigo sin saber si mi tío murió por accidente, por negligencia o porque a alguien le convenía.
Jimena no dijo nada.
—Eso no ordena nada —añadió él—. Solo ensucia más.
Ella pensó en su padre, en el brazo marcado, en Jacinto alejándose con cajas, en su madre mintiendo mal al oír el apellido Rivas, en Santiago colocando la mano sobre su rodilla como si corregirla fuera una forma de cariño.
—A veces las cosas ya están sucias antes de que una las toque —dijo.
Daro no apartó la mirada de ella.
La frase no sonó a frase bonita.
Sonó a alguien mirando su propia casa desde dentro.
—Tu padre sabe más de lo que dice —dijo él.
—Eso no es difícil.
—No hablo de deudas.
—Yo tampoco.
La respuesta quedó suspendida.
Desde fuera llegó un ruido.
Un crujido en el sendero.
Daro apagó la linterna.
La ermita quedó a oscuras.
Jimena se quedó sin moverse.
Esta vez él no la tocó para apartarla. Solo se colocó a su lado, entre ella y la puerta, pero sin empujarla detrás. La diferencia fue mínima. Ella la notó.
Los pasos se acercaron.
Despacio.
Alguien caminaba por el olivar.
No entró.
Se detuvo fuera.
La puerta de la ermita, vieja y mal encajada, dejó pasar una línea de aire frío.
Jimena contuvo la respiración.
Daro también.
Hubo un sonido leve junto al muro. Como una piedra movida. Luego silencio.
Después los pasos se alejaron.
Esperaron.
Uno, dos, tres minutos.