Bravío Capítulo 3 — La nave vieja #2
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Capítulo 3 — La nave vieja #2

Daro cedió primero.

—A mi lado, entonces. No delante.

—Eso puedo aceptarlo.

—Qué generosa.

—No te acostumbres.

Él retiró el candado.

La puerta cedió con un gemido bajo.

El olor salió antes que la luz.

Polvo, madera vieja, aceite rancio, cuero seco, pienso estropeado y algo más: humedad encerrada durante demasiado tiempo. Jimena se cubrió la nariz con el dorso de la mano. Daro iluminó el interior.

La nave estaba llena de restos.

Arados antiguos, monturas colgadas, cajas de fruta vacías, sillas rotas, un espejo con la luna partida, bidones, herramientas oxidadas, sacos de pienso apelmazado, una bicicleta infantil sin una rueda, marcos de cuadros, persianas viejas y una pila de puertas retiradas de algún sitio.

No parecía un escondite de novela. Parecía lo que Julia había dicho: cosas que nadie tiraba porque tirarlas obligaba a decidir qué valor tenían.

—Qué decepción —murmuró Jimena.

Daro la miró.

—¿Esperabas un cadáver?

—Esperaba algo menos parecido a un trastero familiar.

—Los trasteros familiares dan más miedo.

Ella no respondió.

Entraron despacio. Daro iba moviendo la linterna por el suelo, las esquinas, las ventanas.

Jimena conocía algunos objetos. Una silla del antiguo comedor de diario.

Un baúl de viaje de su abuela. Un caballito de madera de Mateo, con la pintura saltada.

Una lámpara que recordaba haber visto de niña en un salón que ya no se usaba.

La nave no guardaba solo basura.

Guardaba versiones muertas de la casa.

—Aquí hay cosas mías —dijo, más bajo de lo que pretendía.

Daro alumbró el caballito.

—¿Ese?

—Era de Mateo.

—¿Lo montaba?

—Se caía.

—Eso explica cosas.

Jimena lo encaró con la vista.

—¿De verdad vas a meterte con un niño de cuatro años?

—Solo con su evolución adulta.

A pesar de todo, ella casi sonrió.

Casi.

El sonido llegó entonces.

No desde dentro.

Desde fuera.

Un golpe leve, metálico, al otro lado de la nave.

Daro apagó la linterna.

Jimena se quedó quieta.

—¿Qué ha sido? —susurró.

Él no respondió.

La tomó por el antebrazo y la llevó hacia un lateral, detrás de una pila de puertas viejas. No la agarró fuerte. No como Tomás. Fue rápido, funcional, pero aun así Jimena sintió el contacto como un aviso. Daro retiró la mano en cuanto estuvieron a cubierto.

Afuera, pasos.

Alguien caminaba sobre la tierra.

Despacio.

Demasiado cerca.

Jimena contuvo la respiración.

Por una rendija de la madera, vio una sombra cruzar junto a la ventana rota. No distinguió la cara. Solo una silueta oscura y la luz mínima de algo que podía ser un móvil tapado con la mano. La persona se detuvo junto a la puerta.

Daro se inclinó hacia ella.

—No te muevas.

Esta vez Jimena no discutió.

La puerta de la nave se abrió un poco más.

La sombra entró.

No llegó lejos.

Quizá escuchó algo. Quizá vio que el candado no estaba donde debía. Quizá sintió, como sintió Jimena, que la noche contenía demasiada respiración.

El desconocido retrocedió.

Daro se movió.

Salió de detrás de las puertas con una velocidad silenciosa. La sombra lo vio y echó a correr. Daro cruzó la nave, saltó sobre una caja rota y salió al patio. Jimena fue detrás, aunque él había dicho que no se moviera y aunque en ese instante le importó muy poco.

—¡Eh! —gritó Daro.

El intruso corría hacia la parte trasera, donde empezaba el camino del pozo seco.

No era alto. O quizá iba encorvado. Llevaba gorra o capucha.

Daro lo siguió unos metros, pero el otro conocía la finca.

Giró entre dos muros bajos, cruzó una zona de aperos y desapareció hacia el monte antes de que Daro pudiera alcanzarlo.

Daro se detuvo.

No porque quisiera.

Porque seguirlo sin luz, sin conocer bien el terreno y con Jimena detrás habría sido una estupidez.

Volvió maldiciendo por lo bajo.

Jimena estaba junto a la puerta de la nave, con el corazón golpeándole en la garganta.

—¿Lo has visto?

—No.

—¿Empleado?

—No lo sé.

—¿Ladrón?

Daro clavó la vista en ella.

—¿Entra a medianoche, se para en la nave y huye sin llevarse nada? Puede. Pero sería un ladrón muy sentimental.

Jimena miró hacia la oscuridad donde la sombra había desaparecido.

—Conocía el camino.

—Sí.

—Entonces es alguien de aquí.

—O alguien que ha estado aquí antes.

La frase los dejó en silencio.

Desde la casa no llegó ningún ruido. Nadie parecía haberse despertado. O nadie quería parecer despierto.

Daro volvió a encender la linterna, esta vez cubriendo parte del haz con los dedos.

—Hay que cerrar.

—No.

—Jimena.

—Ha venido por algo.

—Y puede volver por nosotros.

—Precisamente.

Ella entró de nuevo en la nave.

Daro la siguió con un gesto de frustración que no llegó a palabra.

—¿Siempre haces lo contrario de lo que te dicen?

—No. Solo cuando lo que me dicen es idiota.

—Qué descanso.

Jimena no contestó.

Ahora miraba la nave de otra manera. Ya no como trastero familiar, sino como lugar visitado.

La sombra había entrado y salido con intención.

No se había movido al azar. Había llegado hasta la puerta, había dudado, había huido al verlos.

Eso significaba que algo esperaba encontrar allí. Algo concreto.

—¿Por dónde entró? —preguntó.

Daro señaló el lateral de la nave.

—Por la parte trasera. Hay una ventana rota.

—No se ha acercado a las monturas.

—No.

—Ni a las herramientas.

—No.

Jimena miró el suelo.

—Entonces no buscaba los robos.

Daro la alumbró un segundo.

—Aprendes rápido.

—No me hables como si fuera alumna tuya.

—Ni gratis.

Ella le lanzó una mirada y siguió avanzando.

La nave era más grande de lo que parecía desde fuera.

En la parte trasera había una zona separada por una estantería alta llena de latas viejas, botes de pintura seca y herramientas sin mango.

Jimena apartó una lona. Debajo solo había un armazón de cama, dos cuadros sin lienzo y varias cajas de documentos húmedos comidos por los bordes.

Daro se agachó junto a la ventana rota. Alumbró el suelo.

—Aquí.

Jimena se acercó.

Había marcas recientes junto a la pared. No huellas claras, sino el polvo removido en una línea estrecha, como si alguien hubiera arrastrado algo o se hubiera arrodillado. Daro pasó los dedos por la madera de la pared. Una de las tablas, vieja y oscurecida, no estaba clavada igual que las otras.

—Sujeta la luz —dijo.

Jimena cogió la linterna.

Daro metió la punta de la navaja entre las tablas y presionó. La madera cedió con un crujido leve. No era un escondite elaborado. Era una tabla suelta, disimulada por años de polvo y descuido.

Detrás había un hueco pequeño.

Daro metió la mano.

Sacó primero un trapo enrollado, rígido por el tiempo.

Después, una caja de lata.

No una caja grande ni solemne. Una lata antigua de galletas, oxidada en los bordes, con flores descoloridas en la tapa.

Jimena sintió una decepción extraña.

Aquello no parecía digno de tanto miedo.

Daro dejó la lata sobre una caja y la abrió.

Dentro había papeles.

Pocos.

No un archivo entero. No una confesión. No un tesoro ordenado. Solo un sobre amarillento, dos fotografías dobladas, un pañuelo viejo con iniciales bordadas y un cartucho vacío envuelto en papel.

Daro no tocó nada durante un segundo.

La linterna tembló en la mano de Jimena.

—¿Qué es?

Él tomó el pañuelo primero.

Las iniciales eran pequeñas, cosidas con hilo azul.

J. R.

Daro cerró los dedos alrededor de la tela.

Jimena no necesitó preguntar si pertenecía a Julián.

La cara de Daro, de pronto, dejó de ser una muralla.

No se rompió. No exactamente. Pero algo se abrió en él durante un instante: un dolor tan antiguo que parecía no saber salir.

Quiso guardarlo todo en el bolsillo y salir de allí antes de que Jimena viera demasiado.

Quiso quedarse, también, y romper cada tabla de aquella nave hasta que la casa dejara de fingir.

Esa contradicción se le notó en las manos: una cerrada alrededor del pañuelo, la otra quieta sobre la lata, incapaz de obedecer a ninguna de las dos ganas.

—Daro —dijo ella.

Él guardó el pañuelo en el bolsillo sin mirarla.

—Sigue alumbrando.

La voz le salió más ronca.

Jimena obedeció.

Daro abrió el sobre.

Dentro había un recorte de periódico doblado y un recibo de una farmacia de San Brezo.

El papel estaba amarillento, pero la tinta todavía se leía en parte.

No había ningún mensaje escondido. Solo una fecha de hacía quince años, el nombre de una farmacia y varios productos escritos con letra de imprenta: alcohol, gasas, vendas, calmantes.

Jimena frunció el ceño.

—Eso no prueba nada.

—No.

—Podría ser de cualquiera.

—Sí.

Daro no parecía decepcionado.

Parecía peor.

Como si el recibo no explicara, pero confirmara una sospecha que aún no se permitía formular.

Jimena tomó las fotografías.

La primera estaba demasiado deteriorada.

Se veía un grupo de hombres con ropa de caza junto a una encina.

Tomás aparecía más joven, el pelo oscuro, una sonrisa que Jimena no le había visto nunca.

A su lado, Álvaro de la Vega apoyaba una mano en el hombro de un muchacho que podía ser Santiago adolescente.

Al fondo había dos empleados, uno casi oculto por un perro.

Daro señaló uno.

—Paco.

Jimena acercó la fotografía a la luz.

—Sí.

El otro hombre, situado más hacia un lateral, miraba fuera del encuadre. Tenía el pelo oscuro, camisa clara, una postura sencilla, sin pose. No llevaba escopeta.

Daro no dijo su nombre.

Tampoco hizo falta.

Julián.

Jimena sintió una punzada extraña.

Hasta ese momento, Julián Rivas había sido una frase, un muerto, el tío de Daro, una grieta en la historia de Las Encinas.

En la fotografía era un hombre vivo. Alguien que había estado de pie bajo el mismo sol que ella había visto toda la vida.

Alguien con manos, hombros, mirada. Alguien que quizá había cruzado las cuadras, bebido agua en la cocina, hablado con Paco, escuchado los mismos insectos por la noche.

Un hombre.

No un misterio.

Eso lo cambiaba todo.

—Lo siento —dijo.

Daro no la corrigió.

Esta vez no.

La segunda fotografía estaba cortada.

No rota por accidente. Cortada con tijera.