Bravío Capítulo 3 — La nave vieja
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Capítulo 3 — La nave vieja

La noche en Las Encinas no era silenciosa.

Eso fue lo primero que Daro entendió cuando intentó dormir en la habitación de empleados y el sueño no quiso acercársele.

La finca respiraba por todas partes. La madera crujía con el cambio de temperatura.

Algún caballo golpeaba de vez en cuando la puerta del box.

Una tubería vieja tosía dentro de la pared.

En la cocina, ya apagada, quedaba un rumor de platos asentándose en los armarios.

Fuera, los insectos llenaban el campo con un zumbido constante, casi eléctrico.

No era silencio del todo. Era una forma de esperar.

Daro se quedó tumbado en la cama estrecha, con una mano detrás de la nuca y los ojos abiertos hacia el techo.

La habitación olía a cal, detergente barato y humedad antigua.

No era peor que otros sitios donde había dormido.

Era incluso mejor que muchos. Tenía sábanas limpias, una silla, una ventana y una puerta que cerraba.

El problema no era la habitación.

Era la casa.

Las Encinas pesaba incluso desde el ala de servicio.

Pesaba en los muros, en las vigas, en el modo en que todo parecía ordenado para que algunas personas durmieran encima y otras debajo; unas con retratos familiares en los pasillos, otras con una bombilla desnuda sobre la cama.

Daro conocía esa clase de arquitectura. No por haberla habitado desde dentro, sino por haberla vigilado desde las puertas, por haber trabajado en sitios donde la riqueza tenía entrada principal y salida de empleados.

Se incorporó.

El móvil, boca abajo sobre la mesilla, vibró con un mensaje.

Lola: No has llamado.

Daro miró la hora.

00:37.

Escribió:

Es tarde.

La respuesta llegó enseguida.

Para mentir nunca es tarde.

Daro apoyó los codos en las rodillas.

No sabía si reírse o lanzar el móvil contra la pared.

Estoy en la habitación. Mañana te llamo.

¿Te han pegado?

No.

¿Has pegado tú?

No.

Entonces día raro.

Daro miró la pantalla un segundo más del necesario.

Después escribió:

Duerme.

Ubicación.

No se la mandó.

Bloqueó el móvil y lo dejó otra vez sobre la mesilla.

A veces pensaba que proteger a Lola consistía en mantenerla lejos de todo lo que lo ensuciaba a él.

Luego la oía hablar y recordaba que su hermana había crecido dentro de esa misma suciedad, solo que con menos cicatrices visibles.

Lola no necesitaba que le escondieran el mundo.

Necesitaba que alguien no se lo dejara caer encima.

Y aun así, Daro seguía escondiéndoselo.

Se levantó.

Se puso los vaqueros, una camiseta limpia y las botas. La chaqueta la dejó en la silla. Hacía calor incluso de noche. Cogió la linterna pequeña, la navaja y el contrato doblado que Tomás le había dado, más por tener una excusa que por pensar utilizarlo.

Cuando abrió la puerta, el pasillo estaba casi a oscuras.

Al fondo, bajo la rendija de una puerta, se veía una línea de luz. La cocina. Daro avanzó sin hacer ruido, pero antes de llegar al exterior oyó una voz.

—Si vas a robar, coge algo útil.

Julia estaba sentada junto a la mesa de la cocina, con una taza delante y una bata gris sobre el camisón. No parecía sorprendida. Tampoco asustada. Lo miraba como si hubiera estado esperándolo.

Daro se detuvo en el umbral.

—No robo donde duermo.

—Eso dicen muchos hasta que se les acaba el dinero.

—¿Siempre vigila la cocina a estas horas?

—Siempre me despierto antes que los problemas. Es una maldición doméstica.

Daro miró la taza.

—¿Café?

—Manzanilla. A mi edad el cuerpo empieza a negociar con una.

La cocina de noche tenía otra temperatura.

Sin el movimiento del día, sin las bandejas y las órdenes suaves, parecía más verdadera: una habitación grande, con azulejos viejos, ollas colgadas, una nevera que zumbaba y una mesa de madera marcada por años de cuchillos, tazas y codos cansados.

Allí se sostenía la casa de un modo que nadie fotografiaba.

Julia señaló la silla de enfrente.

—Siéntate.

—Tengo trabajo.

—Eso no era una invitación.

Daro se sentó.

Ella se levantó con un suspiro, abrió una alacena y sacó una taza. Vertió un poco de manzanilla sin preguntarle si quería.

—Paco me ha dicho que eres de Madrid.

—Paco habla mucho para alguien que dice que aquí se habla poco.

—Paco habla cuando no sabe callarse. Son cosas distintas.

Julia le puso la taza delante.

Daro no la tocó.

—¿Y usted?

—Yo hablo cuando conviene.

—¿Ahora conviene?

La mujer lo miró con ojos pequeños y despiertos.

—Conviene que sepas que en esta casa hay puertas que se abren con llave y otras que se abren con hambre. Las segundas son peores.

Daro le sostuvo los ojos.

—No entiendo.

—Sí entiendes.

Julia volvió a sentarse.

—Los robos no empezaron ayer. Tampoco son grandes. Un bidón de gasoil. Dos herramientas. Un saco de pienso que desaparece y aparece medio vacío detrás de la nave. Cosas así.

—¿Quién?

—Si lo supiera, no te habrían traído a ti.

—O sí.

Julia sonrió apenas.

—Mira qué listo el flaco.

Daro bebió la manzanilla. Estaba amarga.

—¿Qué hay en la nave vieja?

—Polvo.

—Además.

—Más polvo.

—Julia.

La mujer bajó la vista a su taza.

Por primera vez pareció medir algo antes de decirlo.

—Cosas que no se tiran porque tirarlas sería admitir que sobran.

—Eso vale para media casa.

—Para toda.

Daro no insistió.

Había aprendido que algunas personas contestan más cuando una deja de empujar.

Julia tenía cara de haber visto a niños crecer, hombres emborracharse, mujeres llorar sin hacer ruido y secretos cambiar de sitio dentro de una misma casa.

No era una confidente. Era algo más peligroso: una testigo cansada.

—¿Conoció a Julián Rivas? —preguntó al fin.

Julia no se movió.

Pero la cocina se enfrió un poco.

—Todos conocimos a Julián.

Daro apretó la taza entre las manos.

—Eso dice todo el mundo aquí. Luego nadie dice nada.

—Porque conocer a un muerto no te da derecho a hablar por él.

—¿Y quién tiene derecho?

Julia lo miró.

—Quizá quien lo quiso antes de convertirlo en causa.

El golpe fue limpio.

Daro tragó saliva.

—Era mi tío.

—Lo sé.

—¿Paco?

—Paco no sabe callarse.

Daro bajó la mirada.

Julia siguió:

—Julián era educado sin ser servil. Eso, en casas como esta, molesta. Los señoritos quieren que los respeten, pero no siempre soportan encontrarse con un hombre que se respeta también a sí mismo.

Daro no respondió.

—Si has venido a buscar un culpable sencillo —dijo ella—, te vas a ir peor de lo que has llegado.

—No he venido a buscar algo sencillo.

—Eso dicen todos los que no saben cuánto pesa lo complicado.

La nevera zumbó más fuerte durante unos segundos.

Después volvió a su ruido normal.

Julia se levantó, recogió su taza y la dejó en el fregadero.

—No abras la nave solo.

—¿Por qué?

—Porque si no encuentras nada, perderás el tiempo. Y si encuentras algo, quizá necesites que alguien pueda decir que no lo has puesto tú.

Daro entendió el consejo como se entendían las cosas importantes en aquella casa: por debajo de las palabras.

—¿Y quién vendrá conmigo?

Julia apagó la luz pequeña de la campana extractora.

—Eso ya no es asunto mío.

Se fue antes de que él pudiera preguntar más.

Daro salió por la puerta de servicio.

El patio estaba bañado por una luna fina. La casa principal dormía a medias. Algunas ventanas estaban oscuras; otras, no del todo. En el primer piso, una luz se apagó justo cuando él cruzaba hacia las cuadras. Daro se detuvo.

Esperó.

Nada.

Continuó.

La nave vieja se levantaba a unos cincuenta metros del cortijo, más allá del patio de servicio y de una hilera de aperos cubiertos por lona. De día parecía abandonada. De noche parecía apartada a propósito, como si la finca hubiera decidido girarle la espalda sin terminar de expulsarla.

El candado seguía en su sitio.

Daro se agachó.

No lo forzó de inmediato. Primero miró el suelo. Las marcas estaban allí: huellas recientes junto a otras más antiguas, una línea fina donde algo pesado había sido arrastrado, restos de barro seco que no correspondían al polvo de aquel día. Tocó el candado. No estaba cerrado del todo.

Alguien lo había dejado pasado, sin encajar.

Abrió la linterna.

El haz de luz cortó la oscuridad con una línea estrecha.

—Si entras solo, Julia va a decir que te lo advirtió.

Daro se volvió.

Jimena estaba a unos pasos.

No llevaba el vestido azul. Se había cambiado. Pantalones claros, camisa suelta, botas. El pelo recogido de cualquier manera. Sin joyas. Sin zapatos en la mano. Sin mesa alrededor. Parecía menos hija de la finca y más una persona que no había podido dormir.

—¿Me sigues? —preguntó él.

—No te des tanta importancia.

—Estás aquí.

—Mi casa. Mi nave.

Daro miró el candado.

—Tu padre no estaría de acuerdo.

—Mi padre no está invitado a esta conversación.

La respuesta le habría hecho sonreír en otro contexto.

No en aquel.

—Vuelve a la casa.

Jimena cruzó los brazos.

—No.

—No era una sugerencia.

—Entonces peor.

Daro respiró hondo.

—Jimena, si alguien ha estado entrando aquí, puede volver.

—Por eso estoy aquí.

—Eso no tiene sentido.

—Tiene más sentido que dejar que un desconocido contratado por mi padre abra una nave de mi finca a medianoche.

—Pensaba que ya habíamos superado lo de desconocido.

—Sabes mi nombre y has visto mi brazo. No confundas eso con conocerme.

Daro guardó silencio.

El comentario le dio donde debía. No por la dureza, sino por la precisión.

Jimena miró la puerta de la nave.

—¿Está abierto?

—El candado no está echado.

La expresión de ella cambió.

—Eso no es normal.

—No.

—¿Crees que hay alguien dentro?

—Si lo hubiera, ya nos habría oído discutir.

—Tú empezaste.

—Claro.

Ella se acercó.

Daro levantó una mano.

—Detrás de mí.

Jimena lo miró como si acabara de insultarla.

—Ni se te ocurra.

—No es por orgullo.

—Todo en ti parece por orgullo.

—Y todo en ti parece una pelea aunque sea una puerta.

—Al menos yo sé reconocer una puerta.

Se miraron en la oscuridad.

La tensión entre ambos tenía algo absurdo, casi fuera de lugar, pero también necesario. Discutir les permitía no mirar de lleno lo que estaban a punto de hacer: abrir una parte de la finca que todos parecían preferir cerrada.