Capítulo 2 — El hombre de Madrid #4
Daro empezó a caminar hacia la salida.
Jimena lo siguió unos pasos.
—No remuevas cosas sin saber a quién puedes hacer daño.
Él se volvió.
—Eso suena mucho a frase de la casa.
La vio encajar el golpe.
No se alegró.
—Y tú suenas mucho a hombre que cree que el dolor le da derecho a romperlo todo.
Daro no apartó la mirada.
—Quizá.
Por primera vez, Jimena pareció no tener una respuesta inmediata.
Desde el comedor, Santiago apareció al fondo del pasillo.
—Jimena.
Ella no se volvió enseguida.
Daro vio cómo su cuerpo se tensaba antes de mirar. No miedo abierto. Costumbre.
—Te están esperando —dijo Santiago.
Luego miró a Daro.
—¿Todo bien?
La pregunta era educada.
La mirada no.
—Perfecto —respondió Daro.
Santiago sonrió.
—Me alegro.
Jimena pasó junto a Daro para volver al comedor. Al hacerlo, su brazo rozó apenas la manga de él. Fue un contacto mínimo, accidental o no. Daro no lo supo. Ella tampoco pareció saberlo.
Santiago sí lo vio.
No dijo nada.
Daro salió al patio con la certeza de que acababa de entrar en una casa donde todos vigilaban a todos, pero nadie miraba lo importante.
Paco lo esperaba junto a la nave vieja.
—¿Y bien?
Daro miró hacia el monte.
—Julián murió allí.
Paco se quedó callado.
—Cerca —dijo al fin.
La palabra no era una respuesta.
Era una concesión.
Daro notó que se le cerraba la garganta.
—Llévame.
—No.
—Paco.
—No ahora. No con Tomás mirando desde la ventana y Álvaro comiendo en su mesa.
Daro miró hacia la casa. En una de las ventanas del comedor, la cortina se movió.
—Entonces esta noche.
Paco lo observó.
—No sabes dónde te estás metiendo.
—Sí lo sé.
—No. Tú sabes dónde te duele. No es lo mismo.
La frase lo dejó quieto.
Paco empezó a caminar hacia la nave.
—Primero los robos. Así fingimos que has venido a eso.
La nave vieja estaba cerrada con un candado oxidado, pero no tanto como debería.
Daro se agachó, examinó el suelo, las marcas de neumáticos, las pisadas viejas y nuevas.
Había movimiento reciente. No mucho. Lo justo.
Alguien había entrado allí más veces de las que correspondían a una construcción supuestamente abandonada.
—¿Qué guardan dentro?
—Trastos.
—Qué palabra tan útil.
—Herramientas antiguas. Monturas viejas. Cajas. Basura de finca.
—¿De quién es la llave?
Paco tardó demasiado en contestar.
—De Tomás.
—¿Solo?
—Y una copia en la cocina.
—¿Julia?
—Julia tiene llaves de medio mundo y secretos de la otra mitad. Pero no roba.
Daro tocó el candado.
—Alguien lo ha abierto hace poco.
—Puede.
—Paco.
—Puede —repitió el encargado—. Y puede que haya cosas que sea mejor dejar donde están.
—Mi tío no está donde debería.
Paco cerró los ojos un momento.
Cuando los abrió, parecía cansado de quince años de no dormir bien.
—Tu tío está en una tumba en Madrid.
—Mi tío está en una mentira en esta finca.
Paco no respondió.
El sol empezó a bajar despacio, ensanchando las sombras de las encinas sobre la tierra. Desde la casa llegó el sonido lejano de voces, platos recogidos, una puerta cerrándose. Las Encinas continuaba con sus rutinas como si la llegada de Daro no hubiera alterado nada.
Pero él notó que algo se movía.
No fuera.
Dentro.
En las ventanas que parecían mirar. En el silencio de Paco. En la rabia de Jimena. En el modo en que Tomás había pronunciado accidente. En el medio segundo de Álvaro. En la sonrisa demasiado quieta de Santiago.
Daro sacó el móvil.
Tenía un mensaje de Lola.
Ubicación, pesado.
No se la mandó.
Escribió:
Estoy bien.
Antes de enviar, borró.
Lola tenía razón. Cuando decía eso, todo estaba regular.
Escribió otra cosa.
He llegado. Luego te llamo. Come.
Envió.
La respuesta llegó enseguida.
No eres mi padre.
Daro miró la pantalla.
Después escribió:
Menos mal.
Esta vez Lola tardó unos segundos más.
Vuelve entero.
Daro guardó el móvil.
Paco lo estaba mirando.
—¿Familia?
—Mi hermana.
—¿Sabe que estás aquí?
—Sabe que estoy en una finca.
—Entonces no sabe nada.
Daro miró la nave vieja.
—No.
Paco se quitó la gorra y se pasó una mano por el pelo.
—Esta noche no abras puertas que no puedas cerrar.
Daro sostuvo el candado oxidado entre los dedos.
—Llevo años viviendo delante de una puerta cerrada.
El encargado no respondió.
En la casa principal, una figura apareció en la galería.
Jimena.
Ya no estaba en el comedor. Seguía con el vestido azul, pero se había quitado los zapatos. Caminaba descalza por la piedra caliente, con los tacones en una mano y la otra rozándose el brazo marcado sin darse cuenta. Desde donde estaba, no podía oír lo que ellos decían.
Pero miraba hacia la nave.
Luego hacia Daro.
Luego hacia el monte viejo.
Paco la vio también.
—No la metas en esto —dijo.
Daro no apartó la mirada de ella.
—Ya está dentro.
—No de la misma manera.
—Es una Albares.
Paco lo miró.
—También es Jimena.
Daro no dijo nada.
La distinción le molestó porque empezaba a entenderla.
Y porque no quería.
Aquella noche, pensó, revisaría la nave.
Después el camino del monte.
Después todo lo que Las Encinas quisiera esconderle.
Había venido por Julián.
Eso seguía siendo verdad.
Pero al mirar a Jimena Albares descalza en la galería, con el apellido pesándole sobre los hombros como una prenda heredada, Daro intuyó que la verdad de su tío no estaba enterrada solo bajo encinas viejas.
Estaba viva.
Sentada a la mesa.
Dando órdenes.
Sirviendo vino.
Bajando la mirada.
Tapándose marcas.
Esperando, tal vez, a que alguien cometiera el error de abrir la primera puerta.