Bravío Capítulo 2 — El hombre de Madrid #3
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Capítulo 2 — El hombre de Madrid #3

Estrella se inquietó. Jimena abrió el box.

La yegua lanzó una coz contra la madera y Daro tiró de ella hacia atrás antes de pensarlo.

Ella se soltó al instante, rígida de rabia, como si la ayuda hubiera sido otra forma de invasión.

Él hizo una broma torpe para quitarle peso al susto y, al verla furiosa, comprendió algo que no le convenía: aquella ira no era capricho. Era defensa.

Entonces vio la marca.

Dedos en el brazo.

No reciente de minutos, pero sí de horas. Una presión cubierta a medias por la manga. Jimena tiró de la tela en cuanto notó su mirada. Daro apartó los ojos tarde. Lo había visto. Y, peor, ella sabía que lo había visto.

No preguntó.

En Las Encinas todos parecían entrenados para mentir con elegancia. A él le dio asco sumarse tan pronto.

Mateo entró después, demasiado seguro para alguien que no estaba seguro de sí mismo.

Habló como quien cree que el apellido añade centímetros.

Daro no lo odiaba todavía; le dio pereza.

Los niños ricos inseguros eran peligrosos si alguien les enseñaba dónde poner la rabia, y Mateo tenía cara de estar esperando instrucciones desde hacía años.

Jimena lo frenó sin dulzura, con autoridad de hermana.

Eso también lo registró Daro.

Cuando Mateo se fue, la tensión quedó flotando con olor a paja, caballo nervioso y orgullo herido. Jimena intentó disculparlo sin perdonarlo del todo. Daro respondió más desde la experiencia que desde la prudencia: no hacía falta ser peligroso para hacer daño.

No pensó en decirlo.

Salió.

Ella no preguntó.

Mejor.

Lo sensato habría sido hablar con Tomás, revisar la nave y mantenerse lejos de la hija de los Albares. Pero al llegar a la puerta miró la casa blanca, recordó la marca en el brazo de Jimena y entendió que no la había encontrado escondida, sino intentando respirar.

Se lo dijo de la forma más torpe posible.

Luego se fue antes de que ella pudiera convertir aquella verdad en una pelea.

En el patio, Paco lo esperaba junto a la fuente.

—¿Ya has conocido a la señorita?

—Sí.

—¿Y?

—Piensa.

Paco lo miró.

Después soltó una risa breve.

—Te lo dije.

Tomás lo llamó desde la puerta del despacho. Daro cruzó el patio, pero antes de llegar volvió a mirar hacia el monte viejo. No lo hizo a propósito. El cuerpo se le fue hacia allí, hacia las encinas, el pozo seco, la línea de terreno donde el calor parecía vibrar de otra manera.

Paco siguió su mirada.

—No mires tanto.

—¿Por qué?

—Porque aquí hasta mirar deja huella.

Daro se volvió hacia él.

—¿Ahí murió mi tío?

Paco no contestó.

No hizo falta.

La respuesta estaba en su silencio.

Tomás llamó otra vez.

—Rivas.

Daro subió los escalones.

El despacho de Tomás era exactamente como esperaba y peor de lo que esperaba: madera oscura, cuero, papeles ordenados, fotografías de caza, una botella de brandy cerrada y el olor de las habitaciones donde los hombres han tomado decisiones sobre otros sin mancharse las manos.

Álvaro ya no estaba. Santiago tampoco. Tomás cerró la puerta detrás de ellos.

—Paco te habrá explicado el problema.

—Parte.

—Necesito saber quién está robando.

—¿Y si no es un robo?

Tomás lo miró.

—¿Qué quieres decir?

—Que a veces cuando desaparecen cosas pequeñas, alguien está mirando si puede llevarse algo más grande.

El dueño de Las Encinas no respondió enseguida.

—Te pagan para vigilar, no para imaginar.

—Imaginar ayuda.

—En mi casa no.

Daro observó el despacho. Había facturas boca abajo sobre la mesa, una carpeta de banco medio escondida bajo un periódico y un cenicero limpio que olía a tabaco reciente.

—Su casa parece necesitar muchas cosas que no admite.

La mirada de Tomás se enfrió.

—Tú no sabes nada de mi casa.

—Por eso estoy mirando.

—Mira los caminos, las naves y las cuadras. No a mi familia.

Daro sostuvo su mirada.

—A veces la familia entra por los mismos caminos.

El silencio que siguió fue breve.

Tenso.

Tomás abrió un cajón y sacó un contrato.

—Tus condiciones están aquí. Cobrarás lo acordado al terminar la semana. Si haces bien tu trabajo, quizá hablemos de más días.

Daro no tocó el papel.

—Bruno dijo que serían dos semanas.

Tomás se quedó inmóvil apenas.

El nombre había entrado como una piedra pequeña en agua quieta.

—Bruno Salvatierra habla demasiado.

—También cobra.

—Eso es asunto mío.

—No si mi sueldo sale de ahí.

Tomás cerró el cajón.

—Escúchame, Rivas. No sé qué te habrá contado ese hombre, pero aquí no has venido a opinar sobre mis cuentas. Has venido porque hay un problema de seguridad y porque necesito a alguien que no sea del pueblo.

—Alguien sin preguntas.

—Alguien discreto.

—No es lo mismo.

Tomás se acercó a él.

—Para mí sí.

Daro pensó en la foto de Julián guardada en su carpeta. Pensó en Paco diciendo que había sido una desgracia y luego otra cosa. Pensó en el monte viejo. Pensó en Jimena Albares tapándose una marca en el brazo con más rabia que vergüenza.

—Julián Rivas trabajó aquí —dijo.

No fue una pregunta.

Tomás no movió la cara.

Pero algo en el despacho cambió.

Como si la casa entera hubiera oído aquel nombre.

—Eso fue hace mucho.

—Era mi tío.

El silencio duró más esta vez.

Tomás caminó hasta la ventana, miró el patio y luego volvió a él. Cuando habló, su voz no tenía culpa. Tampoco sorpresa. Tenía cálculo.

—Fue un accidente.

Daro sintió que la palabra le rozaba la piel como una navaja gastada.

—Eso pone en el papel.

—Hubo una investigación.

—También pone eso.

—Entonces ya sabes lo necesario.

Daro sonrió sin humor.

—Nunca he visto que un papel sepa lo necesario.

Tomás se acercó a la mesa.

—Tu familia recibió una compensación.

Esta vez Daro sí dio un paso.

No mucho.

Lo suficiente.

—Mi familia recibió un sobre.

Tomás lo miró con frialdad.

—Y lo aceptó.

El golpe entró.

Daro lo odiaba porque era verdad.

Su madre había aceptado aquel dinero. Había llorado dos días. Al tercero pagó el alquiler, compró comida, liquidó una deuda pequeña y le dijo a Daro que los muertos no volvían aunque uno se negara a comer. Él había odiado aquel sobre, pero también había comido de él.

Las culpas pobres rara vez eran limpias.

—No me hable de mi familia —dijo.

—Entonces no uses la mía como excusa para venir a remover cosas enterradas.

—¿Enterradas?

Tomás supo que había dicho demasiado.

Muy poco.

Suficiente.

La puerta del despacho se abrió sin llamar.

Jimena apareció en el umbral.

Ya no llevaba la expresión de las cuadras. O sí, pero más contenida. Miró primero a su padre, luego a Daro, luego al contrato sobre la mesa.

—Perdón —dijo—. No sabía que estabas ocupado.

No sonó a disculpa.

Tomás se tensó.

—Cierra la puerta.

Jimena entró y la cerró, pero no se fue.

—He oído un nombre.

Daro la miró.

Ella no lo miraba a él. Miraba a su padre.

—¿Julián Rivas? —preguntó.

Tomás dobló el contrato con cuidado.

—Un antiguo empleado.

—¿Empleado de aquí?

—Sí.

—¿Y por qué nunca he oído hablar de él?

—Porque murió antes de que tú tuvieras edad para recordar nada.

Jimena se quedó inmóvil.

Daro observó cómo encajaba la frase. No con dramatismo. Con atención. Como si una pieza acabara de aparecer en una mesa donde ni siquiera sabía que había un puzzle.

—¿Murió en Las Encinas?

Tomás no respondió enseguida.

—En una montería.

Jimena miró a Daro entonces.

Él sostuvo su mirada.

—Era mi tío —dijo.

La expresión de ella cambió.

No mucho. No como alguien que se siente culpable. Como alguien que descubre que ha estado viviendo al lado de una puerta cerrada sin saber que existía.

—Lo siento —dijo.

Daro no contestó.

No supo si quería recibir aquella frase de ella.

Tomás sí respondió.

—Fue una desgracia. Y no vamos a convertir una desgracia antigua en conversación de sobremesa.

—¿Por qué no? —preguntó Jimena.

—Porque no todo lo que ha ocurrido en esta finca te pertenece.

Ella avanzó hacia él.

—Pero sí me pertenece la finca donde ocurrió.

Tomás perdió algo de paciencia.

—Sal.

—No.

—Jimena.

Daro observó la mano de Tomás.

No se movió hacia ella.

Pero el gesto estuvo ahí, en potencia. En el brazo, en los dedos, en la memoria de una marca.

Jimena también lo vio.

No retrocedió.

Tomás bajó la voz.

—Ahora.

Daro cogió el contrato de la mesa.

—Revisaré la nave y los caminos antes de que anochezca.

Tomás apartó la mirada de su hija.

—Paco te acompañará.

—Prefiero ir solo un rato.

—No tienes permiso.

Daro dobló el contrato y se lo guardó en la chaqueta.

—Entonces despídame.

Tomás no lo hizo.

Y eso confirmó más de lo que debería.

Daro salió del despacho.

Jimena salió detrás.

En el pasillo, la luz era más suave, casi dorada. Desde el comedor llegaban voces apagadas, el sonido de una copa, una risa de Santiago demasiado medida. Jimena cerró la puerta del despacho con cuidado. Luego se volvió hacia Daro.

—No has venido solo por los robos.

—No.

La respuesta la desconcertó.

Quizá esperaba una evasiva.

—¿Por qué has venido?

Daro pensó en mentir.

Habría sido fácil. Decir que Bruno Salvatierra lo había mandado, que había aceptado por dinero, que no sabía nada más. Todo eso era cierto en parte. Las medias verdades eran más cómodas porque no exigían inventar demasiado.

Pero Jimena Albares acababa de mirar a su padre sin apartarse.

Y Daro, que no confiaba en ella, tampoco quiso tratarla como si fuera estúpida.

—Por Julián.

—¿Para vengarte?

Él la miró.

—Para saber.

—¿Y luego?

La pregunta era buena.

Demasiado.

—Luego ya veré.

Jimena bajó la vista a su brazo. La manga volvía a cubrir la marca, pero el gesto la delató otra vez. Daro miró hacia otro lado.

Ella lo notó.

—¿Vas a preguntarme?

—No.

—¿Por qué?

—Porque ya sabes qué pregunta sería.

Jimena apretó los labios.

—No sabes nada de mi familia.

—Estoy aprendiendo rápido.

—Eso no significa que entiendas.

—No.

El pasillo quedó en silencio.

Jimena parecía a punto de decir algo hiriente. Daro casi lo agradeció. Las frases hirientes eran terreno conocido.

Pero ella dijo otra cosa:

—Si mi padre ocultó algo sobre tu tío, yo no lo sabía.

—Ya.

—No me digas “ya” como si no me creyeras.

—Te creo.

Ella se quedó quieta.

—¿Me crees?

—Tienes demasiada rabia para estar fingiendo sorpresa.

La respuesta la dejó sin saber dónde poner el enfado.