Capítulo 2 — El hombre de Madrid #2
—Baño al fondo. Se come en la cocina, salvo que Julia decida que no mereces vivir.
Si don Tomás llama, vas. Si doña Rocío pide algo, escuchas bien antes de responder.
Si Mateo provoca, respiras. Si Jimena te mira como si hubieras pisado algo suyo, no te lo tomes personal. Mira así a casi todo el mundo.
Daro dejó la bolsa sobre la cama.
—¿La hija?
—La hija.
—¿Muerde?
Paco se quedó en la puerta.
—Piensa. Es peor.
Daro guardó la carpeta en el armario, bajo la ropa. No sacó la foto de Julián. No delante de Paco.
—¿Y los robos?
Paco bajó la mirada un segundo, como si recordara que ese era el motivo oficial de su presencia.
—Gasoil. Herramientas. Alguna pieza pequeña. Demasiado ordenado para ser chavales. Demasiado torpe para ser profesional.
—¿Alguien de dentro?
—En una finca todo el mundo es de dentro hasta que deja de convenir.
Daro miró hacia la ventana.
—¿Han llamado a la Guardia Civil?
Paco soltó una risa sin alegría.
—Aquí no se llama a la Guardia Civil hasta que la versión está decidida.
Aquella frase no debía pesar tanto.
Pesó.
Daro se volvió hacia él.
Paco ya estaba mirándolo.
Durante un segundo ninguno habló.
—¿Qué sabes de mí? —preguntó Daro.
—Sé que te llamas Rivas.
—Eso lo sabe cualquiera que haya leído el contrato.
—Y sé que has preguntado demasiado poco para alguien que viene solo por un sueldo.
Daro no respondió.
Paco tampoco insistió. Señaló hacia fuera.
—Vamos. Don Tomás querrá verte antes de que acabe la comida. Le gusta mirar a la gente que cree haber comprado.
—No me ha comprado.
—Entonces no se lo digas aún. Se decepciona fácil.
Salieron de las habitaciones y volvieron hacia el patio.
Mientras caminaban, Daro observó la finca con más detalle.
Las grietas bajo la cal. Una manguera reparada con cinta.
El borde de una piscina vieja que no se veía desde la entrada principal.
Un cobertizo con la puerta mal cerrada. La nave antigua, más alejada, con el tejado vencido y las ventanas cubiertas de polvo.
Y al fondo, otra vez, el monte.
—¿Qué hay allí? —preguntó.
Paco no necesitó mirar.
—Encinas.
—Ya.
—Pozo seco. Linderos viejos. Zona de caza.
Daro notó que la palabra caza no salía limpia.
—¿Se usa?
—Menos que antes.
—¿Por qué?
Paco se detuvo junto a la fuente del patio.
El agua caía en un hilo fino, casi sin fuerza.
—Porque hay sitios que los hombres pisan mucho hasta que un día empiezan a evitarlos.
Daro sostuvo su mirada.
Paco fue el primero en apartarla.
—No hagas preguntas en el patio.
—¿Dónde las hago?
—Si eres listo, en ninguna parte.
—No he venido a ser listo.
Paco lo miró con una pena breve.
—Eso también se nota.
Antes de que Daro pudiera responder, la puerta principal se abrió.
Tomás Albares salió a la galería con otro hombre a su lado.
Daro reconoció al padre de Santiago de la Vega por fotos antiguas, recortes guardados y búsquedas nocturnas que no le habían servido de mucho.
Álvaro de la Vega había envejecido bien, que era otra forma de decir que el dinero le había comprado distancia con el desgaste.
Tomás miró hacia el patio.
Su atención se clavó en Daro.
—Rivas.
Daro subió los escalones de la galería.
No ofreció la mano hasta que Tomás lo hizo. El apretón fue breve. Medido. Un hombre calibrando a otro como se calibra una herramienta.
—Don Tomás.
—Has llegado antes de lo previsto.
—La carretera estaba bien.
—Paco te habrá puesto al día.
—Un poco.
Tomás no pareció satisfecho con la respuesta.
—Necesito discreción.
Daro miró alrededor. Álvaro seguía allí, escuchando como quien no escucha. Santiago apareció detrás, en la sombra del comedor, con una copa en la mano. Guapo, limpio, tranquilo.
Demasiado tranquilo.
—La discreción depende de lo que encuentre —dijo Daro.
El rostro de Tomás no cambió.
Álvaro sonrió.
—Interesante respuesta para un empleado.
Daro lo miró.
—Todavía no he empezado.
Santiago bajó un escalón.
—¿Tú eres el hombre de seguridad?
—Eso dicen.
—Santiago de la Vega.
No le tendió la mano.
Daro tampoco.
—Daro Rivas.
El apellido produjo un silencio mínimo.
Tan mínimo que cualquiera habría podido no notarlo.
Daro no era cualquiera.
Vio a Tomás cerrar apenas los dedos. Vio a Álvaro dejar de sonreír durante medio segundo. Vio a Santiago repetir el apellido en su cabeza antes de decidir qué cara poner.
—Rivas —dijo Santiago—. No me suena.
—A mí De la Vega sí.
La copa de Santiago permaneció quieta.
—Normal. Mi familia viene mucho por aquí.
—Eso he oído.
Tomás intervino:
—Rivas revisará la nave, las cuadras y el perímetro esta tarde. Paco, acompáñalo.
Paco asintió.
—Sí, señor.
Daro miró hacia el comedor.
Fue entonces cuando vio a Jimena Albares.
No entera. Primero el vestido azul en movimiento.
Luego el pelo, la mano apoyada en el respaldo de una silla, la forma de observar desde la distancia como si estuviera haciendo inventario de todo lo que no encajaba.
No sonreía. En una mesa como aquella, eso la hacía destacar más que cualquier belleza.
Y era bella.
Eso le molestó.
No porque la belleza fuera culpa de ella.
Sino porque Daro había aprendido a desconfiar de lo que podía distraerlo.
Jimena Albares tenía una cara que a otros hombres les habría servido para inventarse excusas: ojos claros, boca seria, mentón orgulloso, una juventud no blanda, sino tensada.
Parecía alguien a punto de discutir incluso cuando callaba.
Santiago siguió la mirada de Daro y se colocó apenas en medio.
El gesto fue pequeño.
Propietario.
Daro lo registró sin querer.
Tomás también.
—Puedes empezar por las cuadras —dijo el dueño de Las Encinas.
Daro bajó los escalones.
Paco lo esperaba al pie de la galería.
—Bien —murmuró el encargado cuando estuvieron a unos metros—. Has tardado menos de cinco minutos en incomodar a todos.
—Me esfuerzo.
—No lo suficiente para parecer inocente.
—No lo soy.
Paco lo miró de reojo.
—Eso tampoco se dice aquí.
Las cuadras estaban frescas y en sombra.
Daro entró detrás de Paco, pero se quedó un momento junto a la puerta, dejando que los ojos se acostumbraran.
Había ocho boxes, olor a paja limpia, cuero, animal caliente y madera vieja.
Los caballos lo miraron con distintas formas de desconfianza.
Una yegua torda, al fondo, golpeó la puerta con una pata y resopló.
—Estrella —dijo Paco—. La de Jimena.
La yegua sacudió la cabeza y golpeó otra vez la madera, impaciente, como si también ella hubiera aprendido a protestar donde todavía se podía. Paco le chasqueó la lengua sin dulzura y sin miedo.
—No le enseñes los dientes ni le tengas pena —añadió—. Los animales notan las dos cosas.
—Se nota.
—¿Por?
—Tiene mala leche.
—Pues se parecen.
Paco le enseñó la zona de monturas, el cuarto de aperos y una puerta lateral que daba al patio.
Mientras hablaba de cerraduras, horarios y supuestos robos, Daro escuchaba a medias.
Su atención se fue hacia una pared donde colgaban fotografías viejas de caballos, ferias y monterías.
La mayoría estaban descoloridas por el tiempo.
En una de ellas aparecía Tomás más joven, junto a Álvaro de la Vega y otros hombres con escopetas. Daro se acercó.
No estaba Julián.
O quizá sí y no se le veía.
Paco dejó de hablar.
—Esa foto lleva ahí años.
—No he dicho nada.
—No hacía falta.
Daro miró al encargado.
—¿Conociste a Julián Rivas?
Paco no se movió.
Pero algo en su cara sí.
Un músculo junto a la boca. Un cansancio que subió de golpe.
—Aquí se conocía a mucha gente.
—No he preguntado eso.
—Y yo no te he respondido.
Daro notó la rabia intentando levantarse.
No la dejó.
—Era mi tío.
Paco bajó los ojos.
Durante un instante pareció mucho más viejo.
—Ya decía yo.
—¿Qué?
—Que esos ojos venían a cobrar algo más que un sueldo.
Daro dio un paso hacia él.
—¿Qué pasó?
Paco miró hacia la entrada de las cuadras, por donde podían aparecer empleados, mozos o cualquiera de la casa.
—No aquí.
—¿Dónde?
—Tampoco.
—Paco.
El encargado lo miró entonces con una dureza que no tenía nada de cobardía.
—Escúchame bien. Julián era buen hombre. Mejor que muchos que siguen respirando. Lo que pasó fue una desgracia y luego dejó de ser solo una desgracia. Eso es todo lo que puedo decirte ahora.
Daro sintió que las manos se le cerraban.
—Eso no es nada.
—No. Es más de lo que he dicho en quince años.
La frase quedó entre ellos.
Un caballo resopló.
Desde fuera llegaron voces. Pasos. La puerta de las cuadras se abrió y entró Jimena.
Venía sola.
El vestido azul no pegaba allí, pero ella sí. Eso fue lo primero que Daro pensó. La tela era demasiado fina para aquel olor a paja y animal, pero Jimena caminó hacia la yegua torda con una seguridad que no era pose. Estrella se movió en cuanto la vio, inquieta pero atenta.
Paco bajó la voz.
—Luego seguimos.
—Sí —dijo Daro—. Seguimos.
Jimena se detuvo al verlos.
—Paco.
—Señorita.
—No me llames así.
Paco sonrió apenas.
—Hoy llevo muchas órdenes.
Daro observó el intercambio. Había afecto ahí, pero también distancia. Las casas ricas eran expertas en eso: cariño con jerarquía, confianza con tratamiento, años compartidos sin igualdad.
Paco salió con una excusa sobre los bebederos.
Daro supo que no era casualidad.
Jimena se quedó con él.
Y con la yegua.
La conversación empezó como empiezan las peleas cuando nadie quiere admitir que tiene miedo: con una frase demasiado cortés, una respuesta demasiado seca y dos desconocidos midiendo hasta dónde podían hacerse daño sin tocarse.
Daro se presentó con su apellido. Ella le dio el suyo.
En cuanto pronunció Rivas, vio en Jimena algo mínimo, no reconocimiento, sino una vibración heredada, como si la casa hubiera oído el nombre antes que ella.
Él pudo callarse.
No lo hizo.
Dijo algo sobre la casa, el caballo, la gente esperándola y las cuadras convertidas en refugio. Fue demasiado. Lo supo en cuanto vio cómo le cambió la cara. No porque hubiera acertado, sino porque había acertado sin permiso.
Después todo ocurrió deprisa.