Bravío Capítulo 2 — El hombre de Madrid
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Capítulo 2 — El hombre de Madrid

Daro Rivas no creyó en Las Encinas cuando la vio por primera vez.

La finca apareció al final de un camino de tierra, blanca bajo el sol, demasiado limpia desde lejos, demasiado colocada en mitad del campo como para ser inocente.

Había encinas a ambos lados, muros bajos de piedra, una cancela verde recién pintada y una casa grande con tejas antiguas, rejas, geranios y esa clase de silencio que no pertenece a los lugares tranquilos, sino a los que han aprendido a callarse.

Daro bajó la ventanilla del todoterreno antes de llegar.

El aire olía a polvo, pasto seco y calor. Nada que ver con Madrid. Nada que ver con el olor de los portales viejos, los bares abiertos a las siete de la mañana, la gasolina, el sudor de gimnasio y la humedad atrapada entre bloques. Allí todo parecía más abierto, más limpio.

Más falso, pensó.

La belleza de los sitios ricos siempre le había producido desconfianza.

No porque odiara lo bonito. Lo bonito también existía en una persiana verde recién pintada por un vecino, en una camisa tendida al sol, en una niña riéndose con la boca llena de pan.

Lo que no soportaba era la belleza usada como coartada.

Las fachadas que decían aquí no ha pasado nada.

Los jardines que tapaban deudas. Los manteles puestos sobre mesas donde se había decidido el hambre de otros.

Las Encinas tenía ese aire.

El de una casa acostumbrada a ser mirada desde lejos.

Apretó el volante con una mano.

En el asiento del copiloto llevaba una carpeta de cartón, una chaqueta doblada, una botella de agua caliente y una fotografía antigua que había sacado y guardado demasiadas veces durante el viaje. No necesitaba mirarla de nuevo. La conocía de memoria.

Julián Rivas, unos diecinueve años antes, con un niño flaco sentado sobre una tapia.

Daro tenía once años en aquella foto. Las rodillas llenas de heridas, el pelo mal cortado, la cara demasiado seria para su edad.

Julián sonreía a medias, como si la cámara lo incomodara, con una mano apoyada en el hombro del niño.

No eran padre e hijo. No legalmente. No en ningún papel.

Pero había vínculos que no necesitaban registro para hacer daño cuando se rompían.

Julián le había enseñado a vendarse los nudillos, a no levantar la barbilla en una pelea si no quería acabar dormido, a preparar arroz sin quemar la olla y a no creer a los hombres que prometían volver cuando cerraban la puerta.

También le había enseñado algo más sencillo: que no todos los adultos se iban.

Hasta que se fue él.

Daro dejó la foto dentro de la carpeta sin mirarla.

En la guantera, el móvil vibró.

Lola.

No contestó.

Volvió a vibrar.

Lola otra vez.

A la tercera, soltó una maldición, apartó el coche a un lado del camino y respondió.

—¿Qué?

—Qué bonito. Así saludas a tu única hermana.

—Estoy conduciendo.

—Mentira. Te oigo quieto.

Daro miró por el retrovisor, aunque no venía nadie.

—¿Desde cuándo me espías por el sonido ambiente?

—Desde que mientes fatal.

—¿No tienes clase?

—Recreo.

—Pues come algo.

—Qué obsesión. No soy un tamagotchi.

—A veces eres más cara.

Lola resopló al otro lado. Tenía diecisiete años y una voz capaz de sonar adulta, niña y juez penal en la misma frase.

Daro podía imaginarla perfectamente: sentada en el patio del instituto, una pierna doblada bajo la otra, el pelo recogido de cualquier manera, los apuntes llenos de dibujos en los márgenes y una manzana en la mochila que no pensaba comerse hasta que él preguntara tres veces.

—¿Dónde estás? —preguntó ella.

—Trabajando.

—Eso no es un sitio.

—En Extremadura.

Hubo un silencio.

Demasiado corto para ser inocente.

—¿Extremadura dónde?

—En una finca.

—Qué específico. Me siento informadísima.

—Lola.

—Daro.

Él cerró los ojos un segundo.

—No empieces.

—Eso decís todos los hombres cuando una mujer hace una pregunta sencilla.

—¿Todos los hombres?

—Los insoportables.

A Daro casi se le escapó una sonrisa.

Casi.

—Vuelvo en unos días.

—Eso dijiste cuando aceptaste aquel trabajo de portero en Vallecas y volviste con un ojo morado.

—Esto no es lo mismo.

—Nunca es lo mismo hasta que te ponen puntos.

Daro miró la casa al fondo del camino.

Las Encinas parecía esperar.

—Estoy bien.

—Cuando dices eso, siempre está todo regular.

—Qué fina.

—Leo.

Hubo otra pausa.

Luego Lola habló más bajo:

—¿Tiene que ver con Julián?

Daro no respondió enseguida.

El calor entraba por la ventanilla abierta. En algún lugar cercano, un insecto zumbaba contra la hierba seca. La pregunta de Lola quedó entre el móvil y él, pequeña y enorme.

—No hables de eso en el patio del instituto.

—Entonces sí.

—Lola.

—No soy idiota.

—No he dicho eso.

—Lo piensas cuando te conviene.

Daro apoyó la cabeza contra el reposacabezas.

—No voy a hacer nada raro.

—Eso también lo dices fatal.

—Voy a vigilar una finca. Me pagan. Termino y vuelvo.

—¿Quién te paga?

Daro miró la carpeta del asiento.

—Un trabajo es un trabajo.

—No. Un trabajo tiene contrato, horario y gente que no llama desde números ocultos.

Se quedó quieto.

—¿Quién te ha llamado?

—A mí nadie. A ti sí. Te he visto mirar el móvil anoche como si fuera a morderte.

Daro tragó saliva.

Lola veía demasiado.

Siempre había visto demasiado. Desde pequeña. Desde que aprendió a distinguir cuándo su madre dormía por cansancio y cuándo por algo peor; cuándo Daro decía que había cenado y cuándo solo había bebido café; cuándo los adultos hablaban bajo para que los niños no entendieran y ella entendía igual.

—No te metas —dijo él.

—Qué frase tan útil. Seguro que ha salvado muchas vidas.

—Hablo en serio.

—Yo también.

Daro oyó voces al otro lado, chicos riéndose, una pelota golpeando algún muro, la vida normal de una mañana de instituto.

—Estudia —dijo.

—Qué transición más elegante.

—Prométemelo.

—Prometo estudiar si tú prometes no hacerte el mártir rural.

—No soy mártir.

—Eres peor. Eres responsable.

Daro no supo qué contestar.

Lola suspiró.

—Vuelve entero, ¿vale?

—Siempre vuelvo.

—No. A veces vuelve tu cuerpo y lo demás tarda días.

Aquella frase le entró peor de lo que esperaba.

—Te llamo luego.

—Mentiroso.

—Lola.

—Vale. Pero mándame ubicación.

—No.

—Mándamela o llamo a Rafa y le digo que estás haciendo cosas de imbécil.

—Rafa ya lo sabe.

—Pues entonces se lo confirmo.

Daro miró de nuevo la finca.

—Luego.

—Eso no es no.

—Es luego.

—Me vale a medias.

Colgó antes de que él pudiera hacerlo.

Daro se quedó un momento con el móvil en la mano.

Después lo guardó, arrancó y siguió por el camino.

La cancela principal estaba abierta.

Eso le molestó.

Los sitios como aquel no dejaban las puertas abiertas por confianza.

Las dejaban abiertas para que uno recordara que entrar no significaba pertenecer.

Cruzó despacio, con las ruedas levantando polvo.

A un lado vio un cartel antiguo con el nombre de la finca grabado en hierro: Las Encinas .

Las letras estaban limpias. El poste, no.

Alguien había pintado lo que se veía desde la carretera y dejado oxidarse lo que quedaba por detrás.

Daro aparcó en el patio de servicio, junto a una nave baja. Antes de bajar, miró la casa, las ventanas, las sombras bajo la galería, el camino hacia el monte. No sabía aún por qué, pero el cuerpo se le tensó al mirar hacia la zona de encinas que se abría más allá del pozo seco.

No era memoria.

No podía serlo.

Él no había estado allí.

Aun así, algo en aquel paisaje parecía conocerlo.

Salió del coche.

El primer hombre que se acercó fue Paco.

Daro lo reconoció antes de que se presentara por la manera de caminar: lento, cansado, con el cuerpo acostumbrado al trabajo y la mirada acostumbrada a callar. Llevaba una camisa remangada, gorra vieja y manos de haber arreglado más cosas de las que nadie le agradecía.

—Tú eres Rivas.

No fue una pregunta.

—Daro.

—Paco.

Se estrecharon la mano. La de Paco era dura, seca. La de un hombre que no medía a otro por la ropa.

—Vienes de Madrid.

—Eso pone en la matrícula.

Paco lo miró un segundo.

Luego soltó aire por la nariz, que no llegó a risa.

—Aquí la gracia dura poco.

—Me han dicho eso en sitios peores.

—Entonces igual aguantas hasta la cena.

Daro cogió su bolsa del coche.

—¿Don Tomás?

—En la comida.

Paco dijo la palabra comida con una expresión que no prometía nada bueno.

—¿Espero?

—Ya estás esperando.

Daro miró hacia la casa principal. A través de una ventana abierta se veían copas, luz sobre un mantel y siluetas sentadas. Voces contenidas. Risas educadas. El sonido de los cubiertos. Toda la ceremonia de quienes podían hablar de ruina sin dejar de servir vino.

—¿Los De la Vega? —preguntó.

Paco lo miró demasiado rápido.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Lo pone en el ambiente.

—El ambiente habla de más.

—La gente también.

—Aquí la gente habla menos de lo que sabe.

Daro guardó esa frase.

Paco señaló hacia las dependencias de servicio.

—Dormirás allí, si te quedas.

—Me han contratado para quedarme.

—A veces una cosa no lleva a la otra.

Daro lo miró.

—¿Intentas asustarme?

—No. Si quisiera asustarte, te llevaría a conocer a la cocinera antes de comer.

Esta vez Daro sí sonrió un poco.

Paco empezó a caminar y él lo siguió. Cruzaron el patio trasero, pasaron junto a la cocina, donde dos mujeres trabajaban entre ollas y bandejas sin levantar mucho la voz. Una de ellas, mayor, los miró con curiosidad.

—Julia —dijo Paco—. El nuevo.

Julia secó sus manos en el delantal y miró a Daro de arriba abajo.

—Muy flaco para imponer respeto.

—Gracias —dijo Daro.

—No era cumplido.

—Lo imaginaba.

Julia volvió a sus cazuelas.

—Como rompas algo, lo pagas.

—Me siento bienvenido.

Paco siguió andando.

—Esa era Julia siendo amable.

Las habitaciones de empleados estaban en un lateral bajo del cortijo. Eran sencillas, limpias, sin nada que pareciera sobrar. Paco le enseñó una con cama estrecha, armario, una silla y una ventana pequeña que daba a un muro encalado.