Capítulo 1 — La señorita Albares #4
—No te metas.
—Es mi vida. Me meto.
Daro observaba la escena con una atención incómoda, como si estuviera aprendiendo demasiado rápido la arquitectura emocional de la familia.
Mateo lo notó.
—¿Qué miras?
—Nada.
Jimena casi se rio.
No era el momento.
Mateo señaló hacia el patio.
—Papá te espera.
—Pues no le hagas esperar —dijo Daro.
Mateo abrió la boca, pero Jimena le clavó una mirada.
—Mateo.
Su hermano apretó la mandíbula y salió de las cuadras. No sin antes lanzar una última mirada a Daro, de esas que pretenden ser amenaza y terminan pareciendo miedo con ropa cara.
Jimena respiró hondo.
—Mi hermano es idiota, pero no peligroso.
Daro miró hacia la puerta por donde Mateo había desaparecido.
—No hace falta ser peligroso para hacer daño.
La frase no sonó como una sentencia.
Sonó como experiencia.
Jimena no quiso preguntarle de dónde venía.
—Mi padre te espera —dijo.
—Ya lo he oído.
—Entonces vete.
Daro recogió su bolsa del suelo.
Antes de salir, miró de nuevo a Estrella.
—Buen caballo.
—Yegua.
—Buena yegua.
—No necesita tu aprobación.
—Tampoco tú y aun así te ha molestado.
Jimena se quedó un segundo sin respuesta.
Daro caminó hacia la salida. Al llegar al umbral, se volvió.
—Por cierto.
—¿Qué?
—No estabas escondida.
Jimena frunció el ceño.
—¿Perdón?
Él miró la casa al otro lado del patio.
—Estabas respirando.
Salió antes de que ella pudiera contestar.
Jimena se quedó sola con Estrella, el olor a paja y la frase dando vueltas en un lugar absurdo del pecho.
No era una frase bonita.
No exactamente.
Era peor.
Era una frase que había visto algo.
Cuando volvió al patio, Daro estaba hablando con Paco junto a la fuente. Tomás los observaba desde la puerta del despacho. Álvaro de la Vega fumaba bajo la sombra de la galería. Santiago estaba un poco más atrás, con las manos en los bolsillos, impecable, atento.
Jimena se detuvo antes de cruzar.
Vio a Daro girar la cabeza hacia el monte viejo, hacia la zona de encinas que empezaba más allá del pozo seco. No fue una mirada cualquiera. Fue demasiado fija. Demasiado quieta. Como si reconociera un lugar donde nunca había estado.
Paco dijo algo que Jimena no oyó.
Daro no respondió.
Solo siguió mirando el monte.
Desde la galería, Rocío apareció con una copa de agua en la mano. También vio la dirección de aquella mirada. Y, durante un segundo, el rostro de su madre perdió todo color.
Jimena lo vio.
Lo vio con claridad.
A veces una verdad no necesitaba palabras para empezar a existir. Bastaba una mirada mal disimulada, una copa temblando apenas, un silencio cayendo donde antes había una casa entera fingiendo normalidad.
Santiago se acercó a ella.
—Tu padre quiere que volvamos al comedor.
Jimena no apartó los ojos de su madre.
—¿Conoces a Daro Rivas?
Santiago tardó medio segundo en contestar.
—No.
Medio segundo no era nada.
A veces era suficiente.
—¿Y mi padre?
—Jimena, no empieces.
Ella se volvió hacia él.
—Eso me lo decís mucho.
Santiago sonrió con suavidad.
—Porque empiezas mucho.
La habría hecho reír otro día.
Quizá.
Aquel día no.
Rocío bajó los escalones de la galería con la copa todavía en la mano. Jimena se apartó de Santiago y fue hacia ella.
—Mamá.
Rocío se detuvo.
—Ahora no.
—¿Quién es Daro Rivas?
Su madre miró hacia el patio.
Daro seguía junto a Paco. Tomás le hablaba. Él escuchaba con la cabeza ligeramente inclinada, pero su atención parecía partida entre el presente y algo que la finca guardaba bajo la tierra.
—Un hombre contratado por tu padre —dijo Rocío.
—No te he preguntado qué hace aquí.
Rocío apretó la copa.
—No lo conozco.
La mentira fue tan rápida que casi resultó torpe.
Eso, en su madre, era raro.
Jimena sintió que algo se abría bajo sus pies.
—¿Rivas es un apellido que debería conocer?
Rocío la miró entonces.
En sus ojos había miedo.
No preocupación.
Miedo.
—Ve a cambiarte antes de que se arrugue el vestido.
—Mamá.
—Por favor.
Otra vez el por favor.
Otra vez esa forma de pedir obediencia como quien pide silencio en una iglesia.
Jimena miró el patio, a su padre, a Santiago, a Álvaro, a Paco, al hombre de Madrid y al monte viejo detrás de todos ellos.
Las Encinas seguía hermosa bajo el sol.
La cal blanca. Las tejas. Los geranios nuevos. Las copas brillando en el comedor. Los hombres hablando de dinero sin nombrarlo. Las mujeres sosteniendo la casa con las manos limpias y los ojos cansados. Los empleados moviéndose por los bordes. Los caballos respirando en la sombra.
Todo estaba en su sitio.
Ese era precisamente el problema.
Por primera vez, Jimena tuvo la certeza de que la finca no se estaba hundiendo solo por falta de dinero.
Había algo más antiguo bajo los cimientos.
Algo que no se veía desde la carretera. Algo que su padre administraba, su madre temía, Santiago conocía a medias y aquel hombre llamado Daro Rivas acababa de traer de vuelta con solo mirar hacia el monte.
Volvió a tocarse el brazo.
La marca de los dedos ya casi no dolía.
Pero seguía allí.
Como Las Encinas.
Como todas las cosas que su familia prefería cubrir antes que curar.