Bravío Capítulo 1 — La señorita Albares #3
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Capítulo 1 — La señorita Albares #3

Había en él algo que la desarmaba a veces, precisamente porque no siempre era falso.

Habían crecido cerca. Habían compartido veranos, caballos, fiestas, resacas discretas, conversaciones a media voz en cenas eternas.

Santiago conocía detalles de ella que otros no veían.

Sabía cuándo estaba a punto de perder la paciencia.

Sabía que odiaba que le sirvieran vino sin preguntar.

Sabía que de niña se escondía en las cuadras cuando las comidas familiares se alargaban.

Y utilizaba ese conocimiento como si fuera un derecho.

—¿Vendrás mañana a San Brezo? —preguntó él.

—No lo sé.

—Podríamos ir juntos.

Jimena cortó un trozo de carne.

—Podríamos no hacerlo.

Santiago rio bajo, como si la respuesta le divirtiera. Debajo de la mesa, su mano se posó sobre la rodilla de ella.

No apretó.

No todavía.

Solo dejó allí los dedos, cálidos, tranquilos, seguros de sí mismos.

Jimena siguió mirando el plato.

—Quita la mano.

—Jimena.

—Ahora.

Santiago la retiró despacio.

La conversación en la mesa no se interrumpió. O fingió no interrumpirse. Tomás hablaba con Álvaro sobre unos terrenos al norte de la finca. Rocío bebió agua. Mateo desbloqueó el móvil y volvió a bloquearlo sin leer nada.

Álvaro miró a Jimena desde el otro lado de la mesa.

—Tu padre me dice que sigues montando a Estrella.

—Sí.

—La famosa yegua imposible.

—No es imposible.

—¿No?

—Solo no soporta a los imbéciles.

Mateo tosió para esconder una risa.

Tomás dejó los cubiertos sobre el plato.

—Jimena.

Álvaro volvió a reír, encantado.

—Tiene carácter.

—Tiene veintidós años —dijo Rocío, con voz suave—. Ya no es una niña haciendo gracias.

La mesa quedó un segundo demasiado quieta.

Jimena miró a su madre.

Rocío no la miró a ella. Seguía con la vista en Álvaro, serena, correcta, casi amable.

Álvaro inclinó la cabeza.

—Por supuesto.

Santiago rozó la copa con los dedos.

—Estrella siempre ha sido especial para ti.

—Los caballos difíciles suelen ser más honestos que las personas fáciles.

—Eso ha sonado a indirecta.

—No era tan indirecta.

Santiago sonrió otra vez.

Pero esta vez Jimena vio algo detrás de la sonrisa. Una impaciencia breve. Una sombra que desapareció en cuanto Tomás volvió a hablar.

La comida avanzó.

Se sirvió vino. Se habló de la feria. Álvaro mencionó la posibilidad de “ordenar algunos asuntos” antes de septiembre. Tomás respondió que todo estaba bajo control. Esa frase, bajo control, se repitió varias veces, como si decirla pudiera convertirla en verdad.

Entonces entró Paco.

No solía interrumpir comidas en el comedor principal. Su presencia bastó para que Tomás frunciera el ceño.

—¿Qué pasa?

Paco se quitó la gorra.

Era un hombre de unos sesenta años, ancho, curtido, con manos de campo y ojos que veían más de lo que decían. Miró apenas a los invitados antes de dirigirse a Tomás.

—Ha llegado el hombre de seguridad.

Jimena dejó el tenedor.

—¿Qué hombre de seguridad?

Tomás no la miró.

—Luego.

Paco siguió:

—Dice que venía citado hoy. Por lo de los robos.

Álvaro levantó las cejas.

—¿Robos?

Tomás sonrió sin ganas.

—Nada grave. Herramientas, gasoil, alguna pieza de montura. Cosas de finca.

—¿Y has contratado seguridad? —preguntó Jimena.

—He contratado a alguien para revisar el perímetro.

—Sin decirnos nada.

—No tengo que informar de cada gestión doméstica.

Santiago se limpió la boca con la servilleta.

—Tiene sentido. Últimamente conviene ser prudente.

Jimena lo miró.

—¿Tú sabías algo?

—Tu padre me lo comentó.

—Qué raro. A mí no.

Tomás se levantó.

—Paco, dile que espere en el patio.

—Ya está allí.

Algo en la forma en que Paco lo dijo hizo que Jimena volviera la cabeza hacia la ventana.

Desde el comedor se veía parte del patio.

Un hombre estaba junto a la fuente.

No llevaba uniforme. Vaqueros oscuros, camiseta negra, botas gastadas y una chaqueta ligera a pesar del calor.

Tenía una bolsa de viaje a sus pies y una quietud que no encajaba con la casa.

No miraba los geranios, ni las columnas, ni la fuente.

Miraba el cortijo como se mira a un animal que podría morder.

Jimena no alcanzó a verle bien la cara, pero sí la postura.

No parecía impresionado.

Eso ya era raro.

Tomás salió del comedor con Paco detrás. Álvaro bebió un sorbo de vino. Santiago siguió sentado, aunque su atención también se había desplazado hacia el patio.

—¿Quién es? —preguntó Jimena.

—Alguien que viene a trabajar —respondió Santiago.

—No te he preguntado qué viene a hacer.

Él la miró con paciencia.

—No lo conozco.

Pero lo dijo demasiado rápido.

Jimena apartó la servilleta y se levantó.

Rocío la llamó en voz baja:

—Jimena.

—Voy a las cuadras.

—Ahora no.

—Ahora sí.

Salió antes de que nadie pudiera detenerla.

No fue hacia el patio directamente. Atravesó la galería lateral, bajó por la escalera de servicio y cruzó hacia las cuadras. Necesitaba aire. Necesitaba a Estrella. Necesitaba un lugar donde no hubiera manteles, ni apellidos, ni manos bajo la mesa.

Las cuadras estaban en penumbra fresca. Olían a paja, cuero, animal caliente y madera.

Jimena respiró mejor en cuanto entró. Estrella asomó la cabeza por encima de la puerta del box, orejas tensas, ojos grandes.

Era una yegua torda, nerviosa, hermosa de una forma casi incómoda, con una cicatriz fina en el flanco y la costumbre de no permitir confianza a nadie que no se la hubiera ganado.

—Hola, preciosa —murmuró Jimena.

Estrella resopló.

Jimena apoyó la frente contra la madera del box. Cerró los ojos.

—Tú al menos no finges.

Oyó pasos detrás.

No eran los de Paco. Paco arrastraba un poco la bota izquierda. No eran los de Santiago; Santiago caminaba como si siempre entrara en alfombras. Tampoco los de Mateo, demasiado ligeros.

Jimena se volvió.

El hombre del patio estaba en la entrada de las cuadras.

Ahora lo vio bien.

Tendría alrededor de treinta años. Piel morena de sol o calle, pelo oscuro, mandíbula marcada, una cicatriz pequeña atravesándole una ceja.

No era guapo de una forma cómoda. Tenía una presencia más áspera, más física, como si el cuerpo se le hubiera hecho a base de golpes contenidos.

Miró primero a Estrella. Luego a Jimena. Después al vestido azul.

—Bonito vestido para meterse entre caballos.

La voz era baja, seca, con acento de Madrid.

Jimena se enderezó.

—Las cuadras no están abiertas a los invitados.

—Bien. No soy invitado.

—Entonces estás perdido.

—Eso dicen bastante.

Ella cruzó los brazos.

—¿Eres el de seguridad?

—Daro Rivas.

El apellido quedó flotando entre ambos.

Rivas.

Jimena no supo por qué le sonó a algo que la casa hubiera oído antes que ella.

—Jimena Albares —dijo.

—Ya.

—¿Ya?

—Se nota.

La molestia llegó antes que la pregunta.

—¿Qué se supone que se nota?

Daro miró alrededor: las cuadras limpias, los arreos colgados, la yegua inquieta, las botas de Jimena asomando bajo un vestido caro.

—Casa grande. Caballo difícil. Gente esperando que vuelvas a la mesa. Y tú aquí, escondida.

Jimena sintió el golpe en un lugar demasiado exacto.

—No estoy escondida.

—Claro.

—No me conoces.

—No he dicho que sí.

—Pero opinas.

—Eso no requiere tanta información.

Estrella golpeó la puerta del box con una pata.

Jimena se volvió hacia ella.

—Tranquila.

La yegua volvió a resoplar, tensa por la presencia de Daro.

Jimena abrió el cerrojo del box con intención de entrar, pero Estrella se movió de golpe, más brusca de lo habitual.

La puerta cedió apenas. Jimena dio un paso en falso, el vestido se le enganchó en un saliente y la yegua lanzó una coz lateral contra la madera.

Daro se movió antes de que ella pudiera reaccionar.

La agarró por la cintura y tiró de ella hacia atrás. La coz golpeó el borde del box con un ruido seco. Jimena chocó contra el pecho de él durante un segundo. Notó el calor de su mano, la fuerza de su brazo, el olor a jabón barato, cuero y carretera.

Se soltó de inmediato.

—No vuelvas a tocarme.

Daro levantó ambas manos.

—La próxima vez dejo que te patee.

—La próxima vez no te metas donde no te llaman.

—Me ha parecido que el caballo sí llamaba.

Estrella sacudió la cabeza, irritada.

Jimena intentó recuperar la compostura. No ayudaba que el corazón se le hubiera acelerado. No por miedo. O no solo.

—Estrella no soporta a los extraños.

—Inteligente.

—Tú no le gustas.

—Sobreviviré.

—No estés tan seguro.

Por primera vez, algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara.

Muy breve.

Más peligrosa por eso.

—No me han contratado para gustarle a nadie.

—Se nota.

Daro miró su brazo.

Jimena bajó la vista sin querer.

La manga se había movido al forcejear con Estrella. La marca de los dedos de Tomás, todavía leve pero visible, asomaba sobre la piel.

Ella tiró de la tela.

Demasiado tarde.

Daro no dijo nada.

Eso fue lo que la incomodó.

No preguntó. No fingió no haber visto. No hizo una broma. Solo apartó la mirada un segundo después, como si hubiera entendido que algunas heridas no se nombran delante de un desconocido.

Ese gesto, mínimo, la molestó casi más que si hubiera sido grosero.

—¿Qué miras? —dijo ella.

—Nada.

—Mentira.

—Sí.

La honestidad la descolocó.

Antes de que pudiera responder, Mateo apareció en la entrada.

—Aquí estás.

Luego vio a Daro.

Su expresión cambió con la velocidad de quien encuentra una oportunidad para sentirse importante.

—¿Y tú quién eres?

—El de seguridad —respondió Daro.

—Ya. ¿Y qué haces aquí con mi hermana?

Jimena se adelantó.

—Mateo.

—¿Qué? Pregunto.

Daro miró a Mateo con una calma que no era sumisión.

—Trabajo.

—Pues trabaja fuera de las cuadras.

—Mateo —repitió Jimena.

Su hermano la ignoró.

—Mi padre no te ha contratado para pasearte por donde te dé la gana.

Daro ladeó apenas la cabeza.

—Tu padre no me ha dado un mapa de sitios donde puedo respirar.

Mateo dio un paso.

—Mira, tío…

Jimena se interpuso.

—Basta.

Mateo la miró, dolido y furioso a la vez.

—Siempre tienes que montar algo.

—Lo dices tú, que has entrado buscando pelea.