Bravío Capítulo 1 — La señorita Albares #2
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Capítulo 1 — La señorita Albares #2

La palabra que en Las Encinas servía para quitar peso a cualquier deseo de Jimena. Capricho. No querer casarse era un capricho. Querer saber era un capricho. Defender a Jacinto era un capricho. Respirar fuera del sitio asignado, también.

—No voy a casarme con él —dijo.

Tomás la miró durante varios segundos.

Luego habló con una calma fría:

—No estamos hablando de matrimonio.

—Todavía.

—Estamos hablando de familia.

—No uses esa palabra cuando quieras decir dinero.

El golpe sí entró.

Jimena lo vio en la tensión de su boca.

—Mide bien lo que dices.

—¿Cuánto debemos?

—Eso no te incumbe.

—Me incumbe si vais a usarme para pagarlo.

Tomás rodeó la mesa. La distancia entre ambos se redujo demasiado rápido.

—Esta casa te ha dado todo.

—¿Y ahora quiere que se lo devuelva?

—Ahora quiero que entiendas que no vives en una fantasía donde todo se sostiene solo porque tú tengas principios.

—No son principios. Es mi vida.

—Tu vida está unida a este apellido.

—Quizá ese es el problema.

Tomás la agarró del brazo.

No con violencia descontrolada. Peor. Con precisión. Con una fuerza exacta, suficiente para detenerla, no tanta como para dejar una escena. Jimena miró primero su mano y luego a él.

—Suéltame.

Su padre no la soltó enseguida.

—Vas a vestirte. Vas a bajar a comer. Vas a ser amable con Santiago y con su padre. Y vas a dejar de comportarte como si tu rebeldía pudiera alimentar a la gente que trabaja aquí.

Jimena tragó saliva.

Le dolía el brazo.

No mucho.

Lo suficiente.

—¿Y Jacinto? —preguntó—. ¿Tu obediencia sí lo alimenta?

Tomás la soltó.

—Sal.

Jimena no se movió durante un segundo. Quiso decir algo más. Algo que lo hiriera como él sabía herirla a ella. Pero había aprendido que con su padre las frases no abrían puertas; a veces solo cerraban más.

Salió del despacho con el brazo ardiendo y la garganta seca.

En el patio, Jacinto seguía cargando cajas.

Jimena bajó los escalones casi sin darse cuenta. El sol ya caía sobre la piedra con una dureza blanca. Paco la vio desde las cuadras, pero no se acercó. Quizá entendió que había despedidas que no admitían testigos.

Jacinto estaba colocando la última caja en la camioneta. Era un hombre delgado, de manos grandes, piel curtida y ojos pequeños. Llevaba una camisa limpia, aunque vieja, y una gorra que se quitó al verla llegar.

—Señorita Jimena.

A ella siempre le había molestado que la llamara así. Aquel día le dolió.

—No me llames señorita.

Jacinto sonrió con tristeza.

—Llevo muchos años haciéndolo. A estas alturas me saldría raro cambiar.

Jimena miró las cajas.

—¿Te vas hoy?

—Eso parece.

—¿Adónde?

—A casa de Clara, mi hija, en Mérida. Primero tengo que pasar por San Brezo y cerrar unas cosas. Luego ya se verá.

—Papá no tenía derecho.

Jacinto bajó la mirada a sus manos.

—Los hombres como su padre suelen tener derecho hasta cuando no lo tienen.

—Eso no es justo.

—No, niña.

La palabra niña le rompió algo.

Con Jacinto no sonaba a menosprecio. Sonaba a memoria. A tardes en las cuadras, a regañinas cariñosas, a manos enseñándole a poner una cincha sin pillar piel, a consejos que nadie de su familia habría considerado importantes porque no venían de un apellido.

—Puedo hablar con él —dijo Jimena.

Jacinto negó suavemente.

—No hable más de la cuenta por mí.

—¿Por qué?

El hombre miró hacia la casa.

Durante un instante, en su rostro apareció algo que Jimena no supo nombrar. No era solo tristeza por perder el trabajo. Era miedo. Un miedo viejo, asentado.

—Porque en Las Encinas las palabras siempre han salido caras.

Jimena sintió frío a pesar del calor.

—¿Qué significa eso?

Jacinto volvió a sonreír, pero esta vez no llegó a los ojos.

—Nada. Cosas de viejo.

—Jacinto.

—Cuídese, niña.

—No me digas eso como si no fuera a verte más.

Él cerró la puerta de la camioneta.

—Ojalá me equivoque.

El motor arrancó con un ruido cansado. Jacinto se alejó por el camino de servicio, no por la cancela principal. Los hombres como él tampoco se iban por donde entraban las visitas.

Jimena se quedó mirando la nube de polvo hasta que desapareció.

Cuando volvió hacia la casa, Mateo estaba en la galería, apoyado contra una columna, con el móvil en la mano.

—Drama antes de comer —dijo—. Papá va a estar encantado.

Mateo Albares tenía diecinueve años, una belleza cómoda y el talento irritante de parecer siempre menos preocupado de lo que estaba.

Llevaba pantalones caros, camiseta blanca y el pelo despeinado con una intención estudiada.

De niño había sido dulce. De adolescente, gracioso.

Ahora empezaba a convertirse en una mezcla irregular de ambos defectos y de algunos que no eran suyos, sino heredados.

—¿A ti te parece normal? —preguntó Jimena.

—¿Qué?

—Lo de Jacinto.

Mateo miró hacia el camino, aunque la camioneta ya no se veía.

—No sé. Papá sabrá.

—Qué frase tan descansada.

—Alguien tiene que dormir en esta familia.

—Podrías probar a pensar.

—Pienso. A veces. Cuando no me atacas antes de desayunar.

Jimena subió los escalones.

—¿Sabes algo de las deudas?

Mateo dejó de mirar el móvil durante un segundo.

Fue mínimo.

Pero Jimena lo vio.

—¿Qué deudas?

—Las que todos fingís que no existen.

—Yo no finjo nada. A mí tampoco me cuentan.

—Pero oyes.

Mateo se guardó el móvil en el bolsillo.

—Mira, Jimena, no empieces conmigo. Tengo una resaca emocional constante desde que nací en esta casa.

—Eso casi ha sonado sincero.

—No te acostumbres.

Ella lo observó. Había algo raro en su hermano. No solo evasivas. Nervio. Una impaciencia bajo la broma. Como si hubiera pasado los últimos días esperando una llamada o temiendo recibirla.

—¿Estás metido en algo?

Mateo soltó una risa demasiado rápida.

—¿Yo? Claro. En una red internacional de tráfico de jamones.

—Mateo.

—No.

—No he preguntado todavía.

—Y yo estoy practicando.

Jimena dio un paso hacia él.

—Si debes dinero…

—No todo va de ti salvando gente, Jimena.

La frase salió con más rabia de la que él esperaba. Lo delató.

Los dos se quedaron callados.

Mateo apartó la vista primero.

—La comida empieza en una hora —dijo—. Santiago vendrá oliendo a colonia cara y papá fingirá que no estamos en quiebra. Ponte el vestido. Así al menos uno de nosotros hará su papel bien.

—¿Y cuál es el tuyo?

Mateo sonrió sin humor.

—Estorbar sin que se note demasiado.

Se fue antes de que Jimena pudiera responder.

Ella se quedó en la galería, con el brazo dolorido, el polvo de Jacinto todavía suspendido en el camino y la sensación de que la casa empezaba a moverse bajo sus pies.

A la una y media, Jimena bajó con el vestido azul.

No lo hizo por obediencia.

O eso se dijo.

Se lo puso porque no tenía fuerzas para convertir cada gesto en una guerra. Porque a veces una se colocaba la armadura que le daban mientras decidía dónde esconder el cuchillo. Porque Rocío la miró desde la puerta de su dormitorio con tanto cansancio que Jimena no quiso añadir otro peso al día.

El vestido era tan bonito como había temido.

Le quedaba bien.

Eso la enfadó.

En el comedor, la mesa estaba preparada para seis. Mantel blanco, copas finas, vajilla con el escudo familiar y un centro de flores frescas que probablemente habían comprado aquella mañana para fingir abundancia. Desde la cocina llegaba olor a carne asada, ajo y romero.

Rocío supervisaba la colocación de los cubiertos con Julia, la mujer que llevaba años gobernando la cocina con más eficacia que muchos propietarios sus tierras. Cuando vio a Jimena, su mirada bajó al brazo. Jimena supo que la manga no cubría del todo la marca.

Su madre no dijo nada.

Eso fue peor que decirlo.

—Estás preciosa —murmuró Rocío.

—No empieces tú también.

—No lo decía por ellos.

Jimena no contestó.

Los De la Vega llegaron puntuales.

Álvaro de la Vega entró primero, con la naturalidad de quien nunca duda de ser recibido. Era un hombre alto, delgado, con cabello plateado y una elegancia que no necesitaba esfuerzo. Saludó a Tomás con un abrazo breve y a Rocío con dos besos. A Jimena le tomó la mano un segundo de más.

—Cada vez te pareces más a tu madre.

Jimena retiró la mano con una sonrisa educada.

—Lo siento por ella.

Álvaro rió.

Rocío no.

Santiago entró detrás.

Santiago tenía treinta años y, si Jimena no lo conociera, habría entendido por qué todo el mundo lo consideraba perfecto.

Era guapo de una forma limpia, fácil: pelo castaño, ojos claros, camisa blanca, reloj discreto, sonrisa medida.

No necesitaba imponerse al entrar. Había aprendido algo más eficaz: parecer esperado.

—Jimena.

Le dio dos besos.

El segundo demasiado cerca de la comisura de la boca.

Ella no se apartó.

No porque quisiera.

Porque apartarse delante de todos habría sido concederle importancia al gesto.

—Santiago.

Él la miró de arriba abajo con una sonrisa suave.

—Ese vestido me encanta.

—A mí me ha cogido por sorpresa.

—Pues improvisas muy bien.

La frase sonó amable.

Santiago sabía sonar amable.

Ese era uno de sus talentos.

Se sentaron a comer.

Durante los primeros minutos, nadie habló de nada importante.

Se comentó el calor, la feria de San Brezo, el estado de los caminos, una tienta prevista para septiembre y el precio absurdo del pienso.

La conversación avanzaba con una normalidad tan cuidada que Jimena sintió deseos de romper una copa solo para comprobar si alguien reaccionaba de verdad.

Mateo comía poco y miraba mucho el móvil.

Tomás hablaba con Álvaro en un tono de camaradería tensa.

Rocío sonreía cuando correspondía.

Santiago, sentado junto a Jimena, se inclinó hacia ella.

—Estás muy callada.

—Estoy escuchando.

—Eso me preocupa más.

—Qué poco mérito me das.

—Al contrario. Te doy demasiado.

Jimena lo miró.

Santiago sonrió.