Bravío
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Capítulo 1 — La señorita Albares
A Jimena Albares le habían enseñado a montar antes que a pedir perdón.
Su abuelo decía que una niña podía caerse de un caballo todas las veces que hiciera falta, siempre que aprendiera a levantarse antes de que alguien corriera a ayudarla.
Su padre había repetido aquella frase tantas veces que Jimena ya no sabía si la recordaba como un consejo o como una condena.
En Las Encinas, las lecciones importantes rara vez se daban con ternura.
Se daban a gritos desde la valla de la pista, con polvo en la boca, las rodillas raspadas y un adulto esperando a que una criatura de nueve años entendiera que llorar era aceptable solo si no impedía volver a subir.
Aquella mañana de agosto, mientras el calor empezaba a pegarse a las paredes blancas del cortijo, Jimena pensó que tal vez toda su vida había sido eso: volver a subir.
Aunque no quisiera.
Aunque el caballo ya no fuera un caballo, sino una casa, una familia, un apellido.
Se despertó antes de que entrara su madre.
El dormitorio conservaba el frescor artificial de las persianas entornadas.
Fuera, el campo extremeño respiraba con esa lentitud seca de los días de verano, cuando hasta los pájaros parecían cantar por obligación.
Desde la ventana se veía el patio principal de Las Encinas, las buganvillas cansadas, la fuente de piedra y, más allá, las cuadras.
De lejos, la finca seguía siendo hermosa.
Una casa grande encalada, tejas viejas, rejas verdes, un camino de albero flanqueado por encinas y la promesa de una riqueza antigua.
De cerca, las grietas se notaban más.
Una teja rota sobre la galería. La pintura levantada en la puerta lateral.
La nave vieja apuntalada con dos vigas que nadie mencionaba.
La cancela principal recién pintada solo por la parte que veían las visitas.
Macetas nuevas colocadas en los rincones más visibles, como si los geranios pudieran distraer de las facturas atrasadas.
Jimena conocía esas señales porque había aprendido a mirar donde su familia le pedía que no mirase.
Se incorporó en la cama cuando oyó dos golpes suaves en la puerta.
—¿Jimena?
Su madre no esperaba respuesta. Nunca lo hacía del todo. Entró con un vestido azul colgado del brazo y una expresión serena que a Jimena le resultó más inquietante que cualquier enfado.
Rocío Albares había sido una mujer muy guapa.
Lo seguía siendo, aunque su belleza se hubiera vuelto discreta, casi defensiva.
Tenía el pelo castaño recogido en un moño bajo, pendientes de perla, una piel cuidada y esa forma de moverse sin hacer ruido que Jimena había odiado de niña y empezaba a comprender demasiado de adulta.
Rocío no caminaba por Las Encinas: se deslizaba por ella, como si temiera despertar algo.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Su madre dejó el vestido sobre el respaldo de una butaca.
—He pensado que este te quedaría bien para la comida.
Jimena miró la tela.
Azul claro. Escote discreto. Largo adecuado. Bonito de esa manera que no permitía acusarlo de nada y, precisamente por eso, resultaba insoportable.
—¿La comida con los De la Vega?
Rocío alisó una arruga inexistente.
La uña del pulgar le pasó dos veces por el borde de la manga, despacio, como si la tela pudiera darle una respuesta. Llevaba perfume, pero debajo seguía oliendo a café recién hecho y a armario cerrado, a esa vida doméstica que en Las Encinas parecía ordenada solo mientras nadie moviera una silla.
—Tu padre quiere que estemos todos.
—Qué generoso por su parte avisarme de que vivo aquí.
—Jimena.
No fue un reproche fuerte. Solo su nombre, dicho con cansancio.
Jimena apartó la sábana y se levantó. Llevaba una camiseta vieja y un pantalón corto. Se acercó a la ventana, más por evitar el vestido que por interés real en el patio.
—¿Viene Santiago?
—Sí.
—Claro.
Rocío no respondió. Abrió el armario, buscó unos zapatos y los colocó junto a la butaca.
Lo hizo con una delicadeza tan triste que Jimena sintió una punzada de culpa.
Su madre no era la enemiga. No exactamente.
Pero en Las Encinas las mujeres aprendían a ejecutar órdenes con tanta suavidad que a veces parecían propias.
—No voy a casarme con Santiago —dijo Jimena.
Rocío cerró el armario.
Tardó un segundo en volverse.
—Nadie ha hablado de boda esta mañana.
—No hace falta que habléis. La casa habla por vosotros.
Su madre suspiró.
—Hoy solo es una comida.
Jimena sonrió sin alegría.
—En esta familia nunca es solo una comida.
Rocío se acercó a la ventana. Por un momento, las dos miraron el patio en silencio. Un mozo cruzaba con una carretilla. Paco, el encargado de la finca, hablaba con alguien junto a las cuadras. A lo lejos, en el camino de servicio, se veía una camioneta vieja cargada con cajas.
Jimena entornó los ojos.
—¿Ese es Jacinto?
Rocío no contestó.
La falta de respuesta bastó.
Jimena se apartó de la ventana y buscó una camisa sobre una silla.
—¿Por qué lleva cajas?
—Tu padre ha tenido que hacer algunos ajustes.
—¿Ajustes?
—No empieces.
—Mamá, Jacinto lleva aquí desde antes de que yo naciera.
Rocío bajó la voz.
—Precisamente por eso, no lo hagas más difícil.
Jimena se quedó con la camisa en la mano.
La rabia llegó despacio, no como una explosión sino como una certeza.
Las Encinas despedía a un hombre que había envejecido arreglando sus cercas, limpiando sus cuadras, conduciendo tractores viejos y saludando a la familia con la gorra en la mano.
Y su madre lo llamaba ajustes porque llamarlo por su nombre habría obligado a sentir algo.
—¿Papá lo ha echado?
—Tu padre ha hablado con él.
—Qué elegante.
—Jimena.
—No, es verdad. Aquí nunca se echa a nadie. Se habla con la gente. Se reorganizan cosas. Se toman decisiones difíciles. Así parece que nadie tiene culpa.
Rocío cerró los ojos un instante.
—No sabes todo lo que está pasando.
—Porque nadie me lo cuenta.
—Porque no todo tiene que caer sobre ti.
Jimena rió bajo.
—Qué curioso. Para casarme con Santiago sí soy mayor. Para saber por qué se hunde mi casa, no.
Su madre la miró entonces con una tristeza que no era nueva, pero sí más visible.
—Ponte el vestido —dijo—. Por favor.
El por favor no suavizó la orden.
La hizo peor.
Rocío salió del dormitorio sin añadir nada más. Jimena esperó a oír sus pasos alejarse por la galería y luego se vistió con lo primero que encontró: pantalón vaquero, camisa blanca, botas. El vestido azul siguió en la butaca, perfecto, limpio, esperando obediencia.
Bajó por la escalera principal.
El cortijo estaba despierto, aunque fingía calma.
En la cocina, las mujeres hablaban bajo mientras preparaban la comida.
En el salón, alguien había abierto las ventanas para ventilar.
El olor a cera de muebles, café reciente y piedra caliente llenaba los pasillos.
Las paredes estaban cubiertas de retratos familiares, hombres con escopetas, mujeres con vestidos largos, caballos premiados, placas de monterías y fotografías enmarcadas de actos que Jimena había aprendido a nombrar como tradición antes de saber qué significaba poder.
Al pasar frente al despacho de su padre, vio la puerta entreabierta.
Tomás Albares hablaba por teléfono.
—No, Álvaro. Hoy no vamos a tratar eso delante de los chicos.
Jimena se detuvo.
—He dicho que no. Santiago vendrá, comeremos y después hablaremos tú y yo. No voy a permitir que esto parezca una liquidación.
Hubo una pausa.
La voz de su padre bajó.
—Las Encinas no se vende.
Jimena sintió un golpe pequeño en el estómago.
No era la primera vez que oía esa frase. En su familia se repetía como una oración, como un juramento. Las Encinas no se vende. Las Encinas se defiende. De niña le había parecido hermoso. De adulta empezaba a sonarle a amenaza.
La puerta se abrió de golpe.
Tomás apareció en el umbral con el móvil aún en la mano.
Tenía cincuenta y tantos años, el pelo gris peinado hacia atrás y esa elegancia seca de los hombres que nunca han tenido que pedir permiso para ocupar una habitación. Vestía camisa blanca, pantalón de lino y reloj caro. La edad no lo había ablandado; solo lo había vuelto más contenido.
—¿Se puede saber qué haces ahí?
Jimena sostuvo su mirada.
—Pasaba.
—Pues pasa.
—¿Jacinto se va?
Tomás cortó la llamada sin despedirse.
—Jacinto ha terminado su etapa aquí.
—Su etapa —repitió ella.
—No uses ese tono.
—¿Qué tono prefieres? ¿El de agradecimiento? ¿El de señorita bien educada despidiendo al hombre que me enseñó a ensillar cuando tú estabas demasiado ocupado?
El rostro de Tomás apenas cambió. Eso era lo peor de su padre: no necesitaba levantar la voz para imponer miedo. Le bastaba con quedarse quieto.
—Entra.
—No.
—Jimena.
Ella entró.
El despacho olía a cuero, tabaco frío y madera antigua.
Sobre la mesa había carpetas cerradas, un vaso de agua intacto y varias facturas colocadas boca abajo.
Detrás del escritorio, un cuadro enorme mostraba una montería de hacía décadas: hombres sonrientes, perros, escopetas, un venado muerto en primer plano.
Jimena siempre había odiado ese cuadro, aunque nunca se había atrevido a decirlo. La muerte allí parecía una decoración.
Tomás cerró la puerta.
—Hay asuntos que no entiendes.
—Entonces explícamelos.
—No tengo que darte explicaciones de cada decisión que tomo.
—No. Solo cuando esas decisiones afectan a la vida de personas que llevan más tiempo en esta casa que muchos de tus invitados.
—Jacinto ha recibido lo que le corresponde.
—¿Dinero?
—Respeto.
Jimena soltó una risa breve.
—El respeto no cabe en cajas de cartón.
Tomás se acercó a la mesa y apoyó las manos sobre el respaldo de su silla.
—Estás muy insolente últimamente.
—Será que escucho más.
—Será que escuchas donde no debes.
—¿Debo escuchar solo cuando Santiago me habla?
La mirada de su padre se endureció.
—Santiago es un buen hombre.
—Santiago es conveniente.
—A veces eso importa más que tus caprichos.
Ahí estaba.