Capítulo 26
Jonah
Paseé con Summer al aire libre, bajo el cielo azul brillante con nubes blancas y esponjosas, y seguimos hasta la valla del prado que había detrás del granero.
El camino era de grava hasta que rodeamos el granero, pero incluso allí, la hierba estaba nivelada y bien cortada.
Cuando Rhys se mudara, no iba a tener que hacer ese trabajo.
—Siempre me ha parecido que esto era precioso. —Se apartó el pelo de la cara. No se lo había recogido, y me gustaba cómo el sol se reflejaba en sus mechas color fresa.
—Te echo de menos.
La expresión tranquila de su rostro se tornó tímida.
—Yo también te echo de menos.
—Pero necesitaba ese tiempo. No puedo negar que lo necesitaba.
Su esbelto cuello se movió al tragar saliva.
—Bien.
—Ahora lo que necesito es a ti. —Pasé un mechón de su cabello rubio entre mis dedos.
—¿Jonah? —Levantó la cabeza hacia mí.
—Cuando estaba solo y me daba cuenta de hasta qué punto me había apartado intencionadamente de la vida y por qué, lo único que quería era a ti. Todo era más fácil contigo. Me haces sentir como mi antiguo yo, pero también como si mi yo actual tampoco estuviera tan mal.
La comisura de sus labios se curvó hacia arriba.
—No lo está.
—Entonces Teller me dio la lata hasta que me sacó de mi ensimismamiento. Estaba aterrorizado, Summer.
—¿De mí?
—De amarte y perderte. De fallarte. Si a eso le sumas lo de los niños, estaba listo para huir, lo cual, hay que reconocerlo, no habría sido muy lejos.
—¿Y cómo te sientes ahora?
—Como si estuviera locamente enamorado de ti.
Sus labios rosados se entreabrieron y se oyó un pequeño suspiro.
—¿De verdad?
—Enamorado hasta las trancas, joder. —Le acaricié la mejilla con el pulgar—. Por favor, dime que no la he cagado demasiado y que me darás otra oportunidad.
Ella cerró los ojos y acercó la mejilla a mis dedos.
—No quiero presionarte.
—No lo has hecho. No es justo para ti ir a paso de tortuga cuando yo ya he retrasado bastante mi vida, y la tuya, durante tantos años.
—Recuerda lo que han dicho tus padres. No te sientas culpable por mis decisiones.
Yo viví mi vida y tú viviste la tuya, y los dos afrontamos las consecuencias de aquel día.
—Me agarró la muñeca con su pequeña y suave mano—.
Yo también te quiero. —Mi corazón se aceleró a toda máquina.
Maldita sea. ¿Summer Kerrigan se ha enamorado de este gruñón?
Me miró fijamente con sus ojos color ámbar—.
¿Qué es lo que quieres hacer? Necesito asegurarme de que hacemos esto bien y de que estamos en la misma onda.
—Lo quiero todo. Quiero darte esa boda de verano que deseas. Quiero pasearme contigo del brazo por el pueblo. Incluso he aceptado otro encargo difícil de una mesa con la colección de cromos de béisbol de un tipo.
Esa vez su grito de sorpresa fue más fuerte.
—¿En serio? ¿Cromos de béisbol?
—Me tiembla todo solo de pensarlo, pero también… —Una lenta sonrisa se dibujó en mi rostro—. Le hice firmar varios documentos de exención de responsabilidad por si me meto en líos y las cosas salen mal. Pero, la verdad, tengo ganas de afrontar el reto.
—¿Vas a cobrarle una fortuna?
—Puedo llevarte a cualquier sitio de luna de miel, cariño. —Le di un beso en la frente. Ella aún no se había comprometido del todo conmigo. Necesitaba más seguridad y yo lo entendía—. Siempre que sea a una distancia que se pueda recorrer en coche, porque sé que odias volar.
—Jonah —susurró, y se acercó a mí—. ¿Me estás pidiendo matrimonio?
—Te advierto que lo voy a hacer como es debido.
Sus ojos ámbar se llenaron de emoción, toda por mí.
—Te advierto que diré que sí.
Joder. Estaba pasando de verdad. No la había cagado sin remedio.
—También tengo ahorrado lo suficiente como para hacer una ampliación de la casa.
La confusión se apoderó de esos preciosos ojos.
—¿Por qué?
—Para hacer más dormitorios. Podemos convertir el piso de arriba en tu despacho… Mierda. ¿Tengo que mudarme a Bozeman? —Ya estaba volviendo a fastidiarlo todo—. Iré donde tú estés. Solo necesito espacio para un taller…
Me dio un beso rápido en la boca.
—Quiero volver a casa —susurró—. Puedo trabajar desde cualquier sitio. Pero ¿estás seguro?
—Nunca he estado más seguro de nada. —Esa vez, le di un beso en la comisura de los labios—. Sigo aterrorizado, pero si he podido sobrevivir a haber jodido lo que tenía contigo, puedo prosperar criando hijos contigo.
Me agarró con fuerza por la camisa.
—Te he echado mucho de menos.
—Entonces, ¿me vas a dar otra oportunidad?
—Ya lo he hecho.
Pegué mi boca a la suya y la levanté en el aire. Ella no dudó un segundo y me rodeó las caderas con las piernas. Su confianza significaba para mí más de lo que ella sabría jamás. Retrocedimos hasta que su espalda chocó contra la cálida pared del granero.
—No deberíamos hacer esto aquí —murmuré mientras le besaba el cuello.
Ella me arañó los hombros, pero no me arrancó la camisa. No estábamos en público, pero estábamos al aire libre. Estaba relativamente seguro de que mis padres no iban a salir a buscarnos, pero no pensaba desnudarla a menos que estuviera convencido de que su intimidad estaba a salvo.
Menos mal que llevaba un vestido. Se lo levanté y le acaricié las caderas y los muslos.
—Soñaba con hacerte el amor todas las noches —le dije al oído.
—Mi propia mano no puede rivalizar contigo.
—Demuéstramelo. —Me aparté lo suficiente para dejar unos centímetros entre nosotros. Sus piernas seguían alrededor de mí—. Demuéstrame cómo lo intentaste.
Sus labios ya estaban hinchados y sus ojos se habían vuelto vidriosos. Nunca pensé que iba a volver a ver a mi rayito de sol así. Y ahí estaba ella. Toda mía.
Hincó los dientes en su labio inferior y deslizó la mano hacia abajo.
—Tengo juguetes en casa.
Gemí.
—¿Vas a traerlos contigo?
—¿No quieres que los tire?
—Las herramientas son herramientas, rayito de sol.
Y resulta que se me dan muy bien las herramientas.
Ahora, tócate. —Se apartó la falda para dejar al descubierto un pequeño trozo de encaje rosa.
Cuando su dedo se deslizó bajo el fino tejido, se me escapó un gemido entrecortado.
¿Por qué no era yo quien la tocaba? Porque no estaba dispuesto a dejarla marchar.
Un delicado estremecimiento sacudió su cuerpo cuando hizo círculos con el dedo sobre su clítoris—.
¿Estás mojada? —Ella asintió—. ¿Cómo de mojada?
—Empapada —gimió.
Mis dedos se clavaron en la carne de sus muslos; mi erección empujaba contra la bragueta de mis vaqueros, pero yo estaba hipnotizado por los lentos círculos que ella dibujaba sobre su sexo.
—¿Cómo de rápido te corrías?
—Lo dejé dos veces —dijo sin aliento—. Te deseaba demasiado.
—Normalmente, eso me habría excitado, pero esa vez no.
Mi miedo la había dejado vacía e insatisfecha.
Un temblor más fuerte la recorrió—. No voy a tardar mucho.
—Joder, no, claro que no. Estaba conmigo.
No era yo quien le acariciaba el clítoris, pero lo que había entre nosotros era demasiado real como para que importara cuando estábamos tan cerca.
Me restregué contra ella, atrapando su dedo entre nosotros, y ella parpadeó—.
No puedo hacer ruido —jadeó—. Tus padres.
Estábamos lejos de la casa, pero no quería darle nada de qué preocuparse. Capturé su boca de nuevo, fusionándonos en al menos un punto de nuestros cuerpos. Pronto iba a estar dentro de ella, pero quería que se corriera antes.
Me restregué una vez más contra su mano, se puso rígida y tensó tanto las piernas alrededor de mis caderas que iba a dejar una huella perfecta de mis vaqueros en mi piel.
Las ondas de choque llegaron a continuación.
Me tragué los gemidos y los gritos que se escapaban de sus labios, hundiendo mi lengua profundamente en su interior.
Cuando retiró la mano y apoyó la muñeca en mi hombro, aproveché el espacio para desabrochar el botón de mis pantalones y bajarme la cremallera de un tirón.
El calor de nuestros cuerpos caló mi carne ansiosa antes que la ráfaga de aire fresco. Me esforzaba por arrancarle la ropa interior y hundirme en ella, pero a pesar de lo que acabábamos de hablar, tenía que darle lo que quería. Y ella quería que estuviéramos en la misma onda.
Deshice el beso.
—No tengo condón. —No había tocado la caja desde que se había ido. Al igual que ella, apenas podía llegar al clímax cuando me masturbaba.
Abrió los ojos y ahí estaba: esa mirada soñadora, las mejillas sonrojadas, sus labios hinchados por los besos. Esa era la expresión a la que quería dedicar la vida para plasmarla en su rostro.
Sus caderas se contoneaban, como si no pudiera evitarlo, y su ropa interior me rozaba el miembro. Solté un jadeo.
Ella miró hacia abajo, entre nosotros. La tela de su vestido nos tapaba.
—Quiero que esto sea real —dijo—. Pero me da miedo que pienses que es demasiado pronto. Me da miedo que te lo replantees.
Le agarré las caderas y coloqué la punta de mi erección en su entrada.
—No me lo voy a replantear. Tú eres lo único que me importa, y quiero hacer realidad tus sueños.
—Pues métete dentro de mí, Jonah. —La penetré y ella gritó, balanceándose y adaptándose a mi tamaño, y hundió la cara en mi cuello.
Un largo gemido se escapó de mis labios.
¿Cómo había podido pensar que no quería un futuro con ella y con los hijos que pudiéramos tener?
¿Cómo me había encerrado en mi taller cuando la tenía en casa?
Me retiré y volví a hundirme en su interior—.
Ay, Dios, Jonah. Ningún juguete se puede comparar contigo.
—No, joder, claro que no. —Mis labios volvieron a posarse sobre los suyos y la devoré mientras su cuerpo ávido se aferraba y se abrazaba al mío.
La lujuria nublaba todos mis pensamientos. Nunca había practicado sexo sin protección. Nunca. Y la verdad era que ni siquiera había pensado que fuera a pasar.
Era el paraíso. Estaba caliente y húmeda. Podía sentir cada contracción y cada movimiento de su sexo. La sensación era más clara y más intensa porque era un hombre enamorado. Era un hombre obsesionado con su mujer.
Le besé el cuello hasta llegar a su oreja.
—Te quiero, joder.
—Córrete dentro de mí.
No pude dar ni una embestida más después de eso. Me corrí con fuerza y durante mucho tiempo, golpeando con la mano la pared del granero. Ella mantuvo las piernas enredadas a mi alrededor; la tenía aplastada entre el edificio y yo.
Cuando recuperé la conciencia tras la puta felicidad absoluta de estar de nuevo dentro del amor de mi vida, me di cuenta de que me había perdido un momento crucial.
—Maldita sea.
Ella acercó su rostro al mío.
—¿Qué pasa? —murmuró.
—No he hecho que te corrieras por segunda vez.
Su risita me atravesó por completo y me hizo esbozar una sonrisa. Debí haberme ocupado primero de su placer en lugar de dejarme llevar por ella.
Ella me mordisqueó el cuello.
—¿Cuanta seguridad tienes de que tus padres no vendrán a buscarnos?