Capítulo 27
Summer
La sonrisa en el rostro de Jonah casi me daba envidia.
Estaba recostado contra la caña de pescar, que se tensaba.
Estábamos en la barca de Tate. Era la primera vez que Jonah salía de pesca oficialmente desde el accidente.
Quizá debí dejar a los chicos solos, pero no pude resistirme a ver a Jonah disfrutando de una actividad que solía obsesionarle.
Autumn y Teller también se habían unido a nosotros. Scarlett estaba en casa con los niños pequeños, mientras que Chance y Tate hacían de guías turísticos.
Habíamos sacado un montón de equipo del garaje. Hasta las tiendas de campaña. Incluso había bromeado con montar una en el patio trasero una vez que empezaran las obras de la ampliación.
Solo había pasado un mes desde que nos habíamos reencontrado en la parte trasera del granero.
Aún no estaba embarazada, pero no importaba.
Disfrutaba de mi tiempo con Jonah, planeando una boda tranquila en casa de mi madre y terminando la mudanza de mis cosas a su cabaña.
A nuestra cabaña. Teller y Tenor me habían cedido la oficina de Copper Summit que había utilizado cuando se suponía que debía estar de luna de miel.
Habíamos hablado de contratar a otro gerente para la sede de Bozeman.
No quería tener que desplazarme tanto como requería el puesto, especialmente durante el invierno y cuando ampliáramos nuestra familia.
Se oyó un pequeño ladrido a mis pies. Cogí a nuestro cachorro de labrador negro.
No era un animal de servicio, pero lo estábamos entrenando para que reconociera a Jonah y supiera cuándo podría necesitar ayuda.
De esa forma, cuando Jonah y Teller acamparan al aire libre en algún lugar que no fuera nuestro jardín, podían tener a Stormy para protegerlos.
Jonah no me presionó para que superara mi aversión a acampar, y yo estaba agradecida de que él y Teller estuvieran descubriendo todas las cosas que Jonah podía hacer.
Su primera opción para una excursión al aire libre fue el valle al que daba su casa.
La tierra que mi padre me había regalado. Nuestra tierra.
Acaricié la carita suave del cachorro y le rasqué las orejas.
—Necesitas una siesta.
La sombra de Teller cayó sobre mí mientras animaba a Jonah con su captura. Este había sacado del agua una de las truchas arcoíris con las que habían repoblado el lago, con una amplia sonrisa y un grito de júbilo saliendo de su boca.
—Buena captura. —Chance estaba justo al lado de Jonah, listo para ayudar. Y Jonah le dejó hacerlo. Chance se aseguró de que Jonah se hiciera una foto con el pez.
Teller se volvió hacia mí y posó la mirada posada en el cachorro que tenía en brazos, que se negaba a perderse ni un momento de diversión antes de parpadear y quedarse profundamente dormido.
—Sigo diciendo que Stormy es un nombre de stripper .
Puse los ojos en blanco.
—Entonces, tanto la perra como la stripper deberían sentirse honradas. —El nombre era más que una simple idea. A Jonah y a mí nos habían unido las tormentas de invierno, y queríamos honrar nuestra historia. Stormy, Tormentosa, formaba parte de nuestro futuro.
Y también estar en el lago con la familia.
Incluso había oído a Tate hablarles a Jonah y a Teller sobre un lugar que había encontrado para la pesca con mosca, bastante llano y con pocas rocas.
El interés en el rostro de Jonah me había indicado que pronto iba a hacer una excursión de pesca con mosca con los chicos. Bien.
Autumn cruzó las piernas a mi lado. Ya había alcanzado su límite de capturas, siempre la afortunada en la caza y la pesca, como decían mis hermanos.
—Esta noche podremos darle de comer a todo el mundo.
Después de nuestra reconciliación en el granero, el primer sitio en el que paramos —bueno, aparte de en Curly’s para comer, ya que se nos había vuelto a abrir el apetito tras nuestra festival del sexo— fue en casa de mi madre.
Estaba preocupada por mí, y cuando se lo contamos se puso eufórica.
Se había emocionado como nunca; ni cuando le conté lo de la rápida propuesta de Boyd ni con ningún otro chico del que le hubiera hablado.
Tenor, Lane y Cruz estaban preparando el jardín para la ceremonia de dentro de dos semanas; mi madre ya tenía la casa impecable.
Autumn apoyó los codos detrás de ella y levantó la cara hacia el sol.
—¿Estás emocionada?
No tuve que preguntarle a qué se refería: la pequeña y desenfadada boda de verano en las tierras de mi familia que siempre había deseado.
Tenía un sencillo vestido blanco que se arremolinaba alrededor de mis piernas y se deslizaba por mis hombros.
Un vestido de verano. El vestido de mis sueños.
Mis hermanas y Scarlett se habían comprado sus vestidos rosa pálido, del estilo que quisieron.
También podían peinarse como quisieran. Mis hermanos y Adam iban a ser los padrinos de Jonah.
Él ya tenía sus vaqueros negros y su camisa blanca de vestir.
Los dos íbamos a llevar botas vaqueras y a darnos el «sí, quiero» bajo la puesta de sol.
Después íbamos a celebrarlo con nuestra familia hasta altas horas de la madrugada.
Íbamos a servir bourbon Copper Summit, y, como todos se quedaban a dormir, ninguno de nosotros iba a dar ni un solo sorbo y a ponerse al volante.
Jonah no lo había pedido, y yo tampoco, pero Tate había corrido la voz y todos habían aceptado el plan.
La boda iba a convertirse en una gran fiesta de pijamas… excepto para los novios. Teníamos pensado armar jaleo, así que pensábamos tomar solo agua y ponche y regresar a casa, a nuestra cama. Si llegábamos tan lejos por primera vez juntos como marido y mujer…
—Estoy tan emocionada, Autumn…
Me dio un codazo.
—Bien. Esta vez estás feliz de verdad.
—El año que viene, estaré deseando que llegue San Valentín.
—Tengo la sensación de que tu regalo será de madera de algún tipo.
Esa vez le di un codazo y me reí entre dientes.
—Me gustan sus regalos de madera.
Los chicos nos miraron. Jonah estaba preparando su caña para lanzar de nuevo, pero yo solo sonreí. Me dedicó una expresión ardiente que decía que no había oído de qué nos reíamos y que no le importaba. Le gustaba verme y oírme reír casi tanto como le gustaba oír cómo me corría.
—Dios, lo que daría por que un chico me mirara así —dijo Autumn con nostalgia.
Le di una palmadita comprensiva.
—Me alegro de que no te conformes con menos. Créeme. No vale la pena.
Ella se encogió de hombros.
—Es verdad. Oye, ¿te he contado lo que estamos planeando algunas profes? —Cuando negué con la cabeza, se volvió para mirarme—. Nos vamos de viaje a Las Vegas. Un fin de semana de chicas.
—¡Qué divertido! ¿Cuándo?
—Tenemos un fin de semana largo en octubre. Scarlett no va a venir. Ella y Tate se llevan a los niños a Disneylandia. Pero seremos cuatro.
—Prométeme que no iréis al hotel y casino de Gideon James. —La venta del terreno aún no era definitiva y Gideon estaba peleándose con mis hermanos e interfiriendo con su padre. Lo que debería haber sido un trato rápido y sencillo se estaba alargando y volviéndose más y más conflictivo.
—Aún no sé muy bien adónde vamos a ir. —Se echó hacia delante y tiró del dobladillo de los pantalones cortos y frunció el ceño—. Dudo que quiera a una Bailey en su hotel, y si estoy demasiado cerca, podría pensar que tengo algún poder de decisión en la empresa.
No era la primera vez que se mostraba enigmática sobre la importancia de su papel en Copper Summit.
—Autumn, ¿has hablado con los chicos?
—Los chicos —repitió ella, y sí, eso era parte del conflicto.
Pensaba que mis hermanas habían aceptado que los chicos tenían un papel más importante en la destilería y en el rancho que nosotras.
Nuestros padres nunca nos habían tratado como si fuéramos Bailey de segunda, pero, naturalmente, nos habíamos mantenido al margen y habíamos dejado que nuestros hermanos tomaran las riendas.
—Te escucharán. —Quizá incluso agradecieran la ayuda, pero nadie habría mirado a Autumn, con su casa llena de manualidades, y habría pensado que quería un puesto directivo.
—Lo sé. Me encanta mi trabajo, pero supongo que es solo por principios. Estoy molesta por eso, eso es todo.
—No es solo eso.
Hizo un gesto con la mano como si quisiera borrar la conversación.
—Estaré más relajada después de las vacaciones. Hace tiempo que no me voy de viaje.
—Ten cuidado allí, ¿vale?
Puso los ojos en blanco.
—¿Qué líos pueden montar un puñado de profesores en Las Vegas?
Jonah se acercó a mí con cuidado. Por si el agua se agitaba, se había llevado un bastón de base ancha, pero hasta ese momento no lo había necesitado. Se sentó a mi lado.
—Ella cree que me vas a regalar madera para San Valentín —dije.
Él sonrió con picardía.
—Cariño, te conseguiré lo que quieras, pero siempre tendré madera de sobra para ti.
Siete meses después
Summer
Este año el día de San Valentín fue muy diferente.
No llevaba un vestido de novia que me picaba ni temía encontrarme con una iglesia llena de familiares, amigos y futuros suegros a los que no soportaba.
Estaba en el salón con un regalo especial para Jonah.
Había llegado a casa del trabajo hacía una hora, pero había hecho una parada de la que no le había hablado.
Estaba acurrucada en el sofá, envuelta en la vieja manta que Vera me había hecho cuando era adolescente.
Jonah estaba ocupado en el taller; aceptaba menos encargos pero eran más complejos y personalizados, como las mesas de epoxi de colección, para tener más tiempo libre.
Podía cobrar un precio muy alto por ellas, lo que significaba que podía dejar largos intervalos entre pedidos para hacer lo que quisiera, como fabricar mesillas de noche a juego para sus padres.
Seguía vendiendo las piezas que hacía por hobby en la cafetería, pero con la ayuda de Myles había creado una fundación en nombre de Eli.
Las personas que necesitaban adaptaciones de accesibilidad en sus hogares podían obtener ayuda económica de la organización.
El aire se llenó del apetitoso aroma de un asado de alce que Jonah había puesto en una olla de cocción lenta antes de irse a trabajar. Mis hermanos y él se habían repartido el único alce que habían cazado el otoño pasado y luego habían donado el resto de la carne.
Yo había preparado una ensalada fresca para acompañarlo.
Se avecinaba una tormenta de nieve; así que me había llevado a casa el portátil del trabajo y un montón de comestibles. Por si acaso volvía a quedarme aislada con mi marido.
Se abrió la puerta trasera. Los golpes de Jonah sacudiéndose la nieve de las botas retumbaron por toda la casa. Las garras de Stormy repiquetearon contra el suelo y luego el ruido de un chapoteo de agua rompió el silencio.
—Hola, rayito de sol —saludó él.
—Hola, montañés.
Sus pasos y el golpeteo de su bastón contra el suelo se acercaban. La pierna le molestaba más antes de un cambio de tiempo. Esta noche debía darle un buen masaje. Y él iba a hacer que tuviera dos o tres orgasmos largos y placenteros.
Me envolvió con los brazos fríos. Olía a pino recién cortado y a una inminente tormenta de nieve.
—Feliz San Valentín.
—Este ha sido el mejor de todos. —No habíamos hecho nada diferente a cualquier otro día. Con la nieve en camino, no habíamos querido salir, y era un día entre semana. Le había dicho a Jonah que cualquier día normal con él eclipsaba cualquier otra cosa.
Él había respondido que su mayor regalo era irse a dormir conmigo y despertarse a mi lado, estar dentro de mí y comer conmigo. Habría seguido hablando si no lo hubiera hecho callar con un beso.
Se llevó la mano a la espalda y sacó una caja pequeña y plana envuelta en papel rosa con corazones rojos.
—Lo he hecho para ti.
Sonriendo, rasgué el papel. La caja era sencilla, sin logotipos. Cuando quité la tapa, di un gritito. Un par de manoplas gruesas de lana rosa y crema. Cuando quitábamos la nieve, siempre me quejaba de que se me estropearan mis bonitos pares al trabajar al aire libre.
Normalmente me dejaba manejar la minicargadora y quedarme al resguardo del viento.
Metí las manos en los guantes calentitos.
—Me encantan, son preciosos. —Cogí una bolsa de regalo que tenía a mis pies, envuelta en un papel similar—. Aquí tienes el tuyo.
Su rostro se mostró interesado al rodear el sofá y se sentarse a mi lado.
Siempre parecía sorprendido al recibir un regalo.
La Navidad con él había sido interesante.
Habíamos ido a la nueva casa de sus padres para Nochebuena.
La velada había sido acogedora y tranquila, una forma de relajarnos antes del caos de la Navidad en casa de mi madre.
Abrió la bolsa y soltó una carcajada. Su sonrisa se mantuvo amplia mientras sacaba un par de guantes negros de invierno de Carhartt.
—Necesitaba un par nuevo.
—Las grandes mentes piensan igual. —Eché la mano hacia atrás, donde había escondido la otra parte de su regalo—. Pero eso no es todo.
—Joder, ¿me has comprado algo más?
El pánico en su rostro era entrañable. Saqué la bolsita.
—Es para los dos.
La sorpresa se apoderó de su expresión cuando tomó la prueba de embarazo de mis manos. En letras mayúsculas ponía «embarazada» .
—¿Estás embarazada?
—Sí. —Aplaudí, con la emoción desbordada, entre lágrimas, risitas y más aplausos. No sabía qué hacer conmigo misma—. ¿Te lo puedes creer?
Dejó la prueba sobre el cojín que tenía a su lado y me envolvió en un fuerte abrazo.
—Joder, no puedo creer lo maravillosa que es esta vida contigo.
Una nariz fría se coló entre nosotros. Riendo, incluimos en nuestro abrazo a Stormy. Todavía era un cachorro, pero era un cachorro grande que iba a comerse el papel de regalo si no lo recogía pronto.
Primero un perro, después un bebé.
—Nuestra familia está creciendo —murmuré.
—Desde luego que sí. —Me pegó a él—. Puede que nos quedemos aislados por la tormenta otra vez.
—Puede ser. ¿Cómo vamos a pasar el rato? —pregunté con coquetería.
Cogió el mando a distancia y puso una película. Novia a la fuga . Me miró de reojo, sonriendo.
—Es una tradición.
Me acurruqué más cerca de él.
—El único lugar al que voy a fugarme es más cerca de ti.