Bourbon Runaway (Serie Bourbon Canyon 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

Summer

Iba mordiéndome las uñas mientras Jonah conducía de regreso a casa. Cuando pasamos por el lugar donde había ocurrido el accidente, Jonah redujo la velocidad hasta detenerse. Dejó las luces encendidas y el resplandor iluminó la cuneta donde había quedado la camioneta de Jonah tras el choque.

—Ahora es diferente —dijo—. Cuando paso por aquí.

—¿Más fácil?

—Sí. —Sus ojos brillaban con la luz del salpicadero; contemplamos la zona durante unos instantes—. Ya no lo siento como un castigo. En cambio, recuerdo otras veces que pasé por aquí. Con él, ya sabes. Cuando íbamos a pescar y salíamos a pasar el rato.

—Era un buen tipo y quería a su familia. Creo… Creo que todo esto lo habría destrozado.

—Sí —dijo con voz áspera. Intenté evocar recuerdos de cuando iba con Eli a la cabaña, pero esta noche no acudían a mi mente—. Estás muy callada.

Me había quedado callada desde que Rhys se había parado junto a nuestra mesa con sus adorables hijas. Había charlado con Jonah sobre comprar la casa de Adam y Vera y no podía quitarme de la cabeza algo que Jonah había dicho.

«No va a conseguir ni a los niños ni el rosa de mi parte, así que me alegro de que tú y tus hijas podáis echarle una mano».

¿Qué se suponía que debía hacer al respecto? Esa noche había sido nuestro comienzo. Nuestro anuncio oficial al mundo, fuera de nuestras familias, de que estábamos juntos. Y entonces él había proclamado que no iba a tener hijos.

¿Se refería a ese preciso momento? ¿Y qué había del futuro?

¿Cuánto tiempo iba a tener que esperar para averiguarlo?

El consejo de Autumn retumbaba en mi mente alto y claro. Tenía que hablar con él.

No me apetecía hacerlo en el lugar del accidente, pero quizá fuera una señal. Ese era el lugar donde nuestras vidas habían cambiado para siempre, la suya más que la mía.

—¿Quieres tener hijos? —le pregunté, con voz débil. Tuve que entrelazar los dedos o no iba a dejar piel alrededor de las cutículas.

—¿Qué?

—Le has dicho a Rhys que no le darías nietos a tu madre. ¿Te referías a para siempre?

Se le escapó una risita, y luego captó mi expresión. ¿Parecía tan abatida como me sentía?

—Tengo casi cuarenta años, cariño.

—Eso no significa que no puedas tener hijos.

—Nunca he tenido una relación duradera, así que nunca me lo he planeado.

—Esa vez su risa fue despectiva—. Además, ¿qué clase de padre iba a ser?

Apenas podría agacharme en el suelo junto a ellos.

—Me estaba cortando la circulación al apretarme la mano, igual que había hecho antes en Curly’s—.

No puedo enseñarles a cazar ni a pescar…

—Sí que puedes.

Sacudió la cabeza con expresión firme.

—No como habría podido hacerlo antes.

Lo observé. Tenía un próspero negocio de fabricación de muebles. Vivía solo en las montañas. Su movilidad reducida solo era una excusa muy conveniente.

—Hay gente con toda clase de limitaciones que cría hijos…

Apretó la mandíbula y metió la marcha de la camioneta. Cuando arrancó, no pude evitar sentir que había vuelto a salir de allí como una persona diferente.

—¿Qué quieres de mí? —Tenía las manos apretadas sobre el volante y su mirada severa clavada en el parabrisas—. Estamos saliendo. Estoy esforzándome.

—Quiero saber adónde va esto. ¿Adónde vamos?

Tomó una curva y los faros se reflejaron en los árboles, pero mantuvo la velocidad bajo control.

—Pensaba que nos lo estábamos pasando bien juntos.

—Y así es. —Suspiré. Me dolía el corazón y las lágrimas me quemaban en los ojos, pero no lloraba. Todavía—. ¿Solo quieres eso?

—Te quiero a ti. —Giró hacia su entrada. El taller brillaba en la oscuridad.

Cuando aparcó en el garaje y pulsó el botón para cerrar la puerta, supe que no podíamos entrar en la casa y fingir que no habíamos tenido esa conversación.

—Yo también te quiero, Jonah. Pero también quiero más. Hace dos meses estaba lista para casarme y estaba dispuesta a pasar por alto que mi pareja no fuera ideal con tal de formar una familia. Eres mi hombre ideal, pero si no estamos en la misma onda, tengo que saberlo.

Por favor, que estemos en la misma onda. Por favor.

Los músculos de la mandíbula se le tensaron.

—No quiero tener hijos, Summer.

Percibí un atisbo de arrepentimiento, pero su determinación era firme. Se me partió el corazón.

Me balanceaba al borde de un precipicio. ¿Rompía con él y buscaba a alguien que me volviera tan loca como Jonah?

No quería a nadie más. Lo quería a él. Para mí siempre había sido Jonah, y ya que lo tenía, ¿qué iba a hacer? ¿Qué estaba dispuesta a sacrificar para mantener a ese hombre en mi vida?

—Entonces, ¿cuál es nuestro futuro? —Olvídate del matrimonio.

No estaba tan obsesionada con las bodas como para conformarme con alguien como Boyd.

Pero lo que estábamos haciendo no me parecía sincero.

Vivíamos en sitios diferentes y llevábamos vidas diferentes hasta que decidíamos vernos una vez a la semana—.

¿Me quedo en mi piso de Bozeman y tú te quedas aquí, y seguimos acostándonos y nada más?

—Estamos haciendo algo más que follar —replicó con tono tenso.

—No, qué va. —Moví la mano de él a mí—. Si esto no lleva a nada más que a más de lo mismo, ¿no te parece…

?, no sé, ¿insatisfactorio? —Apretó los dientes y miró con el ceño fruncido por la ventana—.

Las relaciones a distancia no me bastan.

—Las palabras eran como fragmentos de cristal en mi lengua, pero seguí adelante—.

Me he guardado mi infelicidad en las relaciones demasiadas veces como para callarme con alguien tan importante para mí como tú.

—¿Y qué? ¿Te pido matrimonio o se acabó?

Me tensé.

—¿Es eso lo que crees que estoy diciendo?

—Eso parece. Dejaste a mi hermano y ahora me estás dejando a mí. Ninguno de los dos podíamos ser lo que tú querías.

Jadeé cuando la luz de la puerta del garaje se apagó.

—¿Cómo puedes echarme en cara lo de Eli?

Él negó con la cabeza, rechinando los dientes. Luego se quedó quieto, con los rasgos endurecidos.

—Porque puedes aguantar a un imbécil como Boyd hasta el punto de llegar al altar, pero si el apellido es Dunn, lo dejas tirado. Quizá tu sitio esté en la ciudad. Encuentra a algún capullo que no te pegue esta vez.

Su actitud no tenía sentido, pero tampoco importaba.

—Que tú no me hayas abofeteado no significa que esté bien que uses lo que sabes de mi vida para hacerme daño. Significa que no te importa ser un capullo conmigo.

Intenté agarrar el tirador de la puerta y, tras dos intentos, por fin conseguí abrir y salí a la calle.

—Maldita sea, Summer.

Se apresuró a salir de la camioneta, pero yo eché a correr. Quizá acabara de llamarlo capullo, pero supongo que yo también lo era, porque aproveché esa cojera para dejarlo atrás junto con mi corazón roto.

Lloré desconsoladamente todo el camino a casa, con fuertes y desgarradores sollozos, y tenía que recomponerme cada vez que me veía obligada a adelantar a un coche.

No iba a tener un accidente porque Jonah solo quisiera una amiga con derecho a roce.

No iba a destrozar mi coche y faltar al trabajo porque Jonah fuera un cobarde que seguía encerrado en su propio mundo.

Y no iba a hacer que los otros conductores pensaran que estaba sufriendo un problema médico y llamaran a los servicios de emergencia.

Por fin, entré en mi garaje. Solo una hora antes había estado en otro garaje con un hombre con el que quería pasar el resto de mi vida.

¿Había hecho lo correcto?

¿De verdad no me gustaban el sexo y las citas? Podríamos comportarnos como jóvenes despreocupados. Yo podía ser la chica que regentaba una destilería con un novio montañés. Habríamos sido la pareja de la que todo el mundo hablaba en Bourbon Canyon.

Pero cuando visitara a Scarlett y a Tate y la envidia se habría colado en mi corazón.

Lo mismo con Wynter. Y si Autumn encontraba al marido que tanto deseaba y tenía los hijos con los que había soñado, tal vez iba a evitar a mi familia, diciéndome a mí misma que estaba demasiado ocupada con citas y sexo apasionado.

Que Dios me ayudara si Junie sentaba cabeza antes que yo.

Los adultos no necesitaban una pareja ni hijos para sentirse realizados, pero esa vida era lo que yo quería.

No salí del coche. Era tarde, pero solo había una persona con la que quería hablar. Dos, pero Jonah no estaba interesado en mí más allá de lo físico.

Llamé a esa persona que sabía que iba a responder aunque estuviera profundamente dormida.

—¿Hola? —contestó mi madre, alerta.

—Mamá, no ha salido bien. —Mi llanto se reavivó.

En realidad nunca había cesado, pero la idea de que no hubiera dejado de sollozar era aún más patética—.

Jonah y yo… —«Hemos roto». ¿Eran siquiera esas las palabras adecuadas?

Habíamos hablado de salir juntos, pero no había habido más etiquetas que «montañés» y «la novia de mi hermano».

—Ay, cariño. Lo siento mucho. ¿Quieres contarme lo que ha pasado?

Lo hice entre jadeos entrecortados. Le conté la cita y lo que le había dicho a Rhys, y luego nuestra discusión.

—Meses, mamá. Y nunca lo he llamado «novio».

—A veces, las palabras sencillas no hacen justicia a lo que sentimos.

—Pero él tampoco me veía como a su novia. La de Eli sí. La prometida de Boyd sí, pero su novia no.

—Quizá solo te consideraba suya. —El ritmo de mi llanto cambió. Llorando abiertamente, puse el teléfono en altavoz, lo dejé en el salpicadero y busqué un pañuelo—. ¿Summer?

—Sigo aquí. —Encontré una servilleta que había guardado en la guantera y me soné la nariz—. Lo siento.

—Suéltalo todo.

—Tengo la edad suficiente para ser más lista.

—Podemos decir eso todo lo que queramos, pero no se sostiene cuando se trata de emociones. Tú y Jonah estáis en un lugar diferente y eso hace daño. Pero te habrías arrepentido si no lo hubieras intentado.

—Siempre lo he querido solo a él.

—El problema es que los demás no nos pertenecen.

Tienen que entregarse por voluntad propia, y después de lo que ha pasado, Jonah tiene demasiado miedo de abrirse.

—¿Por qué tenía que ser tan sensata? Debería haber llamado a Autumn.

Al menos ella me habría dicho un «Que le den»—.

La pena es extraña. Y esta noche se han mezclado la pena antigua y una que es nueva para los dos.

—¿Para mí?

—Sí, Summer. Pasaste directamente de Boyd a Jonah.

—Pero…

—No digo que eso sea malo, pero sí que podría estar afectando a cómo os tratáis el uno al otro.

—No entendía a qué se refería. Ya había superado lo de Boyd—.

Jonah y tú pasasteis de no ser nada el uno para el otro a serlo todo cuando os quedasteis aislados juntos.

—Usaba el mismo tono suave con el que les hablaba a sus gallinas por la mañana—.

Ahora no estáis juntos todo el tiempo, pero tampoco estáis separados.

Me imagino que sus pensamientos están tan ocupados contigo como los tuyos con él.

—Lo dudo —repliqué con amargura.

—Por eso quizá te vendría bien un poco de tiempo para ti misma. Dale tiempo, Summer. Date a ti misma tiempo.

¿Tiempo para qué? La frustración se acumuló en mi interior y las lágrimas me anegaron el rostro. Había llamado a mi madre en busca de consuelo. Quería que me dijera que iba a estar bien, que todo iba a salir bien, como había hecho cuando llegué por primera vez a su casa siendo una niña asustada.

—Vale, mamá.

Quería colgar el teléfono, meterme en la cama y llorar un poco más.

Quería llorar por la niña que tenía tanto miedo de perder a toda su familia.

Por la chica mayor que sabía que se había dejado llevar por el chico equivocado.

Por la joven que había echado a perder la vida de toda una familia al defenderse.

Y por la adulta que parecía no encontrar nunca al hombre ideal, solo a un hombre para ese momento.

—Puedo seguir hablando, cariño.

—Estoy cansada, mamá. He llorado demasiado. Te quiero.

—Yo también te quiero. Nos veremos mañana.

Y yo iba a fingir que estaba bien, a responder con solo un atisbo de tristeza para que ella no supiera que probablemente no me había levantado de la cama para nada más que ir al baño.

—Buenas noches, mamá.

Colgué y agaché la cabeza. Dios, era patética. Me sequé los ojos y me levanté de un salto. Mi teléfono vibró.

Pensé que era mi madre, llamándome de nuevo, pero no. Mi corazón dio un salto de esperanza y luego se detuvo.

Jonah: Solo quiero saber si has llegado bien a casa.

Ahí estaban las lágrimas otra vez. ¿De verdad no estaba satisfecho con nuestro acuerdo actual?

Negué con la cabeza.

Yo: Ya estoy en casa.

Pasaron varios minutos antes de que me diera cuenta de que seguía en el garaje a oscuras, mirando la pantalla, esperando a que él respondiera. Pero no lo hizo. Se había preocupado lo suficiente como para ver cómo estaba, y eso era todo.

Entré en casa y tiré el bolso y las llaves sobre la encimera. Quizá mi madre tenía razón. Tenía que asegurarme de que no le había impuesto a Jonah unas expectativas poco realistas.

El problema era que todo lo que tenía que ver con él era poco realista.

Era sensible y cariñoso, pecaminosamente sexy y tenía músculos a raudales.

Se mostraba vulnerable conmigo y solo conmigo.

Me había hecho sentir especial. Había sido todo lo que siempre había deseado en un chico.

Pero ni siquiera eso había sido suficiente.