Bourbon Runaway (Serie Bourbon Canyon 2) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Al mismo tiempo, me compadecía de ella. ¿Había sentido lo mismo que yo al ver que Jonah no se comprometía? Eso había sido antes del accidente. ¿Habían sido demasiado jóvenes? ¿O quizá él nunca habría dado el paso?

Me guardé mis preguntas para mí. Esa no era la noche adecuada. Esa noche se trataba de que Jonah se acostumbrara a estar en público en Bourbon Canyon.

Y, en parte, de dar a conocer que éramos pareja.

Vale, era mucho.

Sus dedos se aferraron a los míos mientras seguíamos a la camarera. Nos cruzamos con una profesora de Matemáticas jubilada del instituto. Me sonrió, pero cuando su mirada se posó en Jonah, se quedó boquiabierta.

Ya no había vuelta atrás.

Unas mesas más allá, vi a Jason. Sonreía de oreja a oreja.

—Summer Kerrigan, ¿cómo estás…? —Puso los ojos como platos—. ¿Jonah?

Jonah asintió, apretando mis dedos con tanta fuerza que dejé de sentir las yemas.

—Jason.

—Me alegro de verte por aquí. —La esposa de Jason y su hija mayor nos miraban fijamente. Y también nuestras manos entrelazadas—. Me alegro de veros a los dos.

Sonreí al pasar junto a ellos.

—Que paséis una buena noche.

¿Era mi imaginación o había bajado el nivel de ruido en el local? Todavía había gente hablando. Los que no nos conocían a Jonah ni a mí, los que no conocían su pasado y, sobre todo, los que no sabían que Jonah y yo estábamos conectados a través de su hermano.

Los que sí lo sabían nos miraban boquiabiertos, murmuraban y susurraban. El cosquilleo de su atención me recorrió la espalda; contuve un escalofrío y me pregunté cómo lo llevaba Jonah?

Por fin, llegamos a una mesa al fondo. Solo habríamos pasado por más gente si nos hubiera dado una vuelta por el comedor principal.

Jonah me apartó una silla que me dejaba de espaldas a la multitud.

—Puedes sentarte tú aquí —dije, lo bastante bajo como para que solo él me oyera.

—Ni de broma vas a ser el espectáculo de su cena.

Le di un beso en los labios.

—Gracias.

Esbozó una sonrisa.

—Eso sí que me da ánimos…

Me reí y capté el parpadeo confundido de la camarera.

—Qué ajetreo —dije para evitar que se quedara ahí plantada e incómoda más tiempo.

Su asentimiento denotaba una autoridad comprensiva.

—Los sábados siempre son así. ¿Qué quieren para beber?

—Agua —dijimos Jonah y yo al mismo tiempo.

Cuando se marchó, él inspiró profundamente.

—En realidad, esto no está tan mal.

—Y cuando nos sirva los bollos, va a mejorar.

—No puede ir mejor; ya estoy aquí contigo.

Me derretí por dentro. Por completo. Eran esos momentos los que me hacían sentir especial. Y esa noche estábamos fuera, a la vista de todos. Cualquiera que quisiera cotillear iba a enterarse de que Jonah y yo habíamos salido juntos. Que lo había besado.

Iban a saber que Jonah era un hombre de verdad, con una vida de verdad, y que era mío. Esperaba que siempre lo fuera.

Jonah

Acabábamos de terminar de comer cuando Rhys Kinkade se detuvo junto a nuestra mesa.

Era tan alto como yo y llevaba el pelo oscuro aplastado, como si hubiera usado sombrero todo el día hasta que decidió que preparar la cena era demasiado.

Iba acompañado de dos niñas, que nos miraron parpadeando hasta que Summer les sonrió y las saludó con la mano.

—Hola, Summer —dijo Rhys, y dirigió su atención hacia mí—. Hola, Jonah. No sé si sabes quién soy…

—He vivido como un ermitaño, pero no lo he olvidado todo —dije amablemente.

Él se rio entre dientes.

—Me alegro de saberlo. Solo quería asegurarme de que estás de acuerdo en que compre la propiedad de tus padres.

Se estaba asegurando de que su nuevo vecino no fuera un recluso resentido que le guardara rencor y los aterrorizara a él y a sus hijas en su nueva casa. Podía haberme ofendido, pero había tenido las agallas de preguntármelo y lo había hecho con consideración y respeto.

—Me parece bien. Mis padres ya han tomado una decisión y no hay nada de su casa que quiera y que no me hayan dado ya.

—Bien. —Se relajó y su sonrisa se volvió menos forzada—. Eso está bien. Pero ya sabes, si se te ocurre algo, llámame. Te puedo dar mi número. Tus padres se han portado de maravilla con todo esto, pero por si acaso…

Cogí el teléfono. Si el beso de Summer no había dejado alucinado a nadie que estuviera prestando atención, intercambiar números con alguien como si fuera un chico normal con amigos iba a rematarlo. Guardé su número.

Para evitar que se hiciera un silencio incómodo, busqué un tema de conversación. Quería que cada momento de esa noche fuera perfecto.

—Mi madre está deseando tener la casa llena de niños.

Rhys volvió a sonreír. Era el tipo de adulto en el que yo debería haberme convertido. Un hombre de familia que quería crecer y desarrollarse junto a sus hijas.

—Eso fue lo que me dijo. «¿Quién lo habría pensado? ¿Rosa?».

Eso se acercaba bastante a las palabras exactas que ella me había dicho.

—No va a conseguir ni a las niñas ni el rosa de mi parte, así que me alegro de que tú y tus hijas podáis echarle una mano.

La niña más pequeña, que llevaba los rizos recogidos en una coleta, le tiró de la mano.

—Papá. Tengo que hacer pis. —Dio unos pasitos bailando en el sitio.

Rhys debió de darse cuenta de su urgencia e hizo una mueca.

—Sí, lo siento. —Dirigiéndose a nosotros, añadió—: Pensaba que podría dedicaros un par de minutos, pero me he excedido. Me ha encantado charlar con vosotros. —Hizo un gesto con la cabeza hacia nosotros y se marchó corriendo con sus hijas.

Le di un sorbo a mi agua. El estrés que había pesado sobre mis hombros desde que Summer me había pedido salir la noche anterior había desaparecido.

La noche estaba siendo muy agradable. Summer lo había cambiado todo, pero no era solo eso.

Yo quería salir. Quería conocer a gente como Rhys.

Quería ver qué pensaba hacer con la casa de mi infancia.

Quería oír lo entusiasmada que estaba mi madre con que las niñas llenaran el lugar.

Cuando crucé la mirada con Summer, había una arruga en su frente. Sus labios carnosos se curvaban hacia abajo mientras me observaba.

—¿Va todo bien?

No respondió de inmediato, pero por fin asintió.

—Sí… no… Estoy bien.

Me gustaba pensar que la conocía lo bastante bien como para darme cuenta de que mentía. No estaba bien. Algo de aquella conversación la había molestado y no quería decírmelo. Iba a tener que esperar hasta que nos fuéramos.

Estaba en una nube gracias a nada más que filete y agua… y unos bollos excelentes. Había salido con mi chica y todo iba bien en el mundo. Por fin. No quería estropearlo.

Había estado muy preocupado, pero todo lo relacionado con esta noche me estaba sorprendiendo de la mejor manera posible. Estaba deseando acabar la velada con ella en mis brazos.