Capítulo 23
Jonah
Summer estaba acurrucada a mi lado en la cama y yo le acariciaba el hombro con movimientos circulares. Estaba somnoliento en mi estado posorgásmico, pero echaba de menos estos momentos de mimos cada vez que ella regresaba a su vida en Bozeman; quizá los echaba más de menos que el sexo.
Se movió contra mí y se volvió para quedar mirando al techo. Normalmente, se acurrucaba contra mí y se quedaba dormida antes que yo, que sucumbía al sueño después de escuchar su respiración uniforme y maravillarme de que no fuera solo una fantasía, pero esa noche estaba inquieta.
—¿En qué piensas?
—En nada —respondió rápidamente.
—Summer…
Dejó escapar un suspiro. Se acurrucó a mi lado y apoyó la cabeza en mi pecho.
—Gracias por venir a cenar con mi madre esta noche.
—Cuando quieras. —Por extraño que pareciera, lo decía en serio.
—Pero algo te preocupaba.
Sí. Algo me preocupaba. Odiaba que me recordaran que mi desaparición había afectado a los Bailey.
Mae quizá pensaba que bromeaba sobre ahorrar dinero gracias a la caza que conseguíamos sus hijos y yo, pero no se equivocaba.
Como tenía que alimentar al menos a siete niños, además de a ella misma, a Darin y a los niños de acogida que iban y venían, la carne que aportaba la caza era fundamental para llenar su congelador.
Y podían llevar al mercado una o dos cabezas más de ganado de la ganadería, lo que se traducía en miles de dólares.
Entonces yo dejé de ir. ¿Podía haber descubierto cómo cazar con la misma eficacia para seguir contribuyendo como antes del accidente?
No lo sabía, y todos habían seguido adelante.
A los Bailey no les faltaba dinero, pero Teller había dicho una vez que la fortuna familiar estaba invertida en las tierras y en la destilería.
Mantener a toda esa gente había sido todo un reto.
Summer se quedó callada, esperando mi respuesta. Pensé en cómo decírselo sin que pareciera que me sentía como un perdedor.
—Es diferente. Yo soy diferente. Ella es diferente. —Probablemente Teller también lo fuera, pero hacía mucho tiempo que no hablaba con él. Con razón había perdido la esperanza conmigo.
—Lo habríamos sido de todas formas, con accidente o sin él. Nadie es el mismo a los cuarenta que a los veinticinco.
—Treinta y nueve —dije, buscando una distracción.
Ella se rio y me dio una palmadita en el pecho.
—¿Qué planes tenemos para el próximo fin de semana?
—Llevas viniendo aquí dos fines de semana seguidos. Puedo ir a Bozeman.
—Ah. Vale. —Todavía había algo en su voz que no lograba identificar. ¿Un atisbo de nerviosismo? ¿De decepción? ¿Cómo podía sentirse decepcionada mientras hacía planes para verla?—. ¿Y si salimos mañana?
Sentí un nudo en el pecho.
—¿Qué quieres decir?
—Se me han acabado los muffins de Curly’s.
—Ese tío es un gruñón.
—Es un tipo rudo, pero todos estamos de acuerdo en que sus bollos son los mejores del estado.
—No he probado el resto de los bollos del estado. Quizás deberíamos hacer un par de viajes por carretera para verificar esa afirmación. —Nunca se me habría ocurrido pedirle que me acompañara en un viaje en avión.
—O podemos ir a comer a Curly’s. —Sus palabras fueron tan suaves y pronunciadas con un tono tan bajo que supe que debía de ser esto lo que le preocupaba sacar a colación.
Ella quería salir. Yo quería salir, pero no en Bourbon Canyon.
—Les he contado lo nuestro a mis padres.
Apoyó el codo en el colchón. La luz nocturna del pasillo perfilaba sus rasgos.
—¿De verdad? ¿Por qué no me lo habías dicho?
—Fue un poco decepcionante, y no les hablé de lo que pasó con Eli.
Se acurrucó a mi lado.
—¿Crees que deberían saberlo?
Lo pensé un momento. Me había resistido a contárselo porque quería protegerlos. Pero al final, esa no era la razón por la que había mantenido la boca cerrada.
—No es mi historia y no me corresponde a mí contarla.
—Claro. —Otro largo suspiro me acarició el pecho.
La idea de confesárselo a mis padres le inquietaba. Lo que significaba que pensaba que deberían saberlo. Pensaba que debían tener toda la información, pero tampoco quería hacerles daño. No quería que reaccionaran como yo.
Pero ella quería ir a Curly’s y se me revolvió el estómago al pensarlo.
—Puede que no sea la cena tranquila a la que estamos acostumbrados.
—Estoy acostumbrada a que me miren, Jonah. Soy una de las chicas Bailey que estaba en el coche cuando murieron sus padres. La gente nos llamaba tanto «las chicas Bailey» que solo nuestros profesores sabían que teníamos apellidos diferentes.
—Siento que tuvierais que pasar por eso, pero fue hace mucho tiempo.
—Ocho años.
—¿Qué?
—El accidente de mis padres fue ocho años antes del tuyo y el de Eli.
— Mierda. Volvió a ponerse boca abajo y se apoyó en los codos—.
Ocho años para que se apaciguaran los rumores, solo para que Eli tomara una decisión imprudente que le costó la vida y casi te mata a ti.
Entonces yo era la pobre Bailey que había perdido a su prometido.
Habrías jurado que estaba a medio camino del altar cuando él tuvo el accidente.
—Hice una mueca ante su franca afirmación—.
Y luego estuvo mi boda fallida. Puede que no hubiera sido la noticia más escandalosa para otra persona, pero hizo que toda esa mierda del pasado volviera a salir a la luz.
¿No crees que cuando compraba tus comestibles me miraban fijamente?
¿Que cuando fui a la clínica a hacerme pruebas de ets las enfermeras me miraron con pena?
Les dejé pensar que mi exnovio era un capullo infiel porque es más fácil que admitir que me quedé junto al tipo equivocado durante demasiado tiempo.
No pude volver a hacer un gesto de dolor, pero su golpe directo me atravesó el pecho.
Estaba metiendo a Eli en ese grupo, pero sus ex no eran el punto que quería destacar.
Habían hablado de ella y la habían mirado fijamente toda su vida y no se había convertido en la ermitaña de Bourbon Canyon.
Se había retirado a las montañas para sanar, como yo, pero luego había seguido con su vida.
Yo aún no había salido del todo.
La idea de decepcionar a Summer me cortó el aliento. Podía ir a un puto restaurante, comerme unos bollos y pasar de los chismes.
—Mañana, cariño. Mañana iremos a cenar fuera.
Summer
El aparcamiento de Curly’s, en el centro comercial, estaba lleno, lo normal un sábado por la noche. No debería haber presionado a Jonah. Ahora me daba cuenta de que mi petición estaba ligada a mi necesidad de determinar en qué punto estábamos.
Jonah me hacía sentir especial, pero como solo salíamos en Bozeman y nadie en nuestra pueblo natal, donde él aún vivía, sabía de nosotros, mi cerebro insistía en que lo nuestro no iba mucho más allá del sexo.
Él no era como ninguno de mis ex, a quienes en realidad no les importaba lo más mínimo conocerme ni saber lo que yo quería. Me preguntaba por mi trabajo y se interesaba por mi familia, y me gustaba que compartiera conmigo su pasión por la carpintería, pero seguíamos llevando vidas muy separadas.
Ya no podía usar la excusa de que todo era nuevo. Nos conocíamos de casi toda la vida y llevábamos seis semanas acostándonos juntos. Era hora de formalizar la relación. De dar un paso adelante.
Sin embargo, el sentimiento de culpa seguía ahí: lo había presionado y él no se sentía cómodo, y yo no quería ser la causante de su estrés.
—Si de verdad no estás preparado para esto, podemos esperar.
—No. Quieres comer en Curly’s; no hay razón para que no podamos comer en Curly’s.
—Tenía los hombros tensos. Aparcó en una plaza al borde del aparcamiento.
Su bastón estaba en la parte de atrás, pero yo ya sabía que no lo iba a usar, y menos la primera vez que nos dejábamos ver por ahí y cuando ya no había hielo en el aparcamiento.
Salió del coche, con el cuerpo tan rígido como una tabla, tenso y con un solo movimiento.
Di la vuelta por la parte trasera de la camioneta y me encontré con él junto a puerta trasera del lado del conductor.
—Estás muy guapo —le dije, entrelazando mis dedos con los suyos, y no lo hice solo por animarlo; iba vestido de forma similar a la primera vez que salimos en Bozeman.
Las noches aún podían ser frescas, así que llevaba la misma camisa Henley verde y unos bonitos vaqueros con sus botas de vaquero.
Se había peinado hacia un lado para apartar el pelo de la frente; esa raya ladeada resultaba sorprendentemente moderna para un tipo al que le importaba un comino la moda.
—Y tú estás tremendamente sexy —gruñó—. Pero siempre lo estás.
Llevaba uno de los vestidos que me había comprado para la luna de miel en Bali. Había tenido que combinarlo con un cárdigan lila y me había puesto unos botines en lugar de sandalias, pero había pillado a Jonah mirándome las piernas varias veces, a pesar de lo tenso que estaba.
Un hombre y una mujer más jóvenes que nosotros salieron del restaurante, riendo y hablando. No los reconocí, pero nos echaron un vistazo y volvieron a charlar entre ellos.
Jonah se relajó solo un poco.
Le acaricié el antebrazo y continuamos hacia la entrada. Me abrió la puerta, echándome una mirada ardiente pero fugaz, antes de bajarla hacia mis piernas como si necesitara armarse de valor para entrar.
La camarera nos sonrió con alegría. Debía de estar todavía en el instituto.
Si Curly nos hubiera recibido, quizá nos hubiera puesto a Jonah y a mí en primera fila. El famoso montañés había elegido el local de Curly para una de sus pocas experiencias comiendo fuera. Pero era probable que esta recepcionista no supiera quiénes eran los Bailey y que no le importara.
—¿Mesa para dos?
—Sí —dijo Jonah con un tono tan brusco que temí que la asustara. Ella no se inmutó. El restaurante era demasiado ruidoso a esa hora de la noche.
Pasamos por el expositor de muffins, y por donde yo había tenido el encontronazo con Jackie. Habían pasado meses. Tenía que superar esos celos.