Capítulo 22
Jonah
Cuando aparqué frente a la casa de mis padres, había un contenedor gigante sobre la plataforma de hormigón delantera.
—¿Qué demonios…? —Salí del coche y me quedé mirando la gigantesca cajón metálico. Hacía poco más de un mes, mi madre me había dicho que estaban pensando en venderle la casa a Rhys Kinkade. ¿Ya estaban vaciándola? Estábamos a principios de abril, pero todavía había nieve en el suelo.
Aquella imagen me hizo olvidar por un momento los nervios que me habían estado oprimiendo el estómago durante todo el trayecto hasta allí. Había ido por un motivo que no estaba seguro de que les fuera a gustar, pero tenía que hablar con ellos antes de que se corriera la voz por el pueblo.
Mi padre salió de la casa con su termo plateado que siempre llenaba de café. Arqueó sus cejas oscuras al verme.
—¿Jonah? Hola.
La culpa me retorció las entrañas ante su sorpresa.
—Hola, papá. ¿Te vas?
—Eeeh… tengo que hacer unos recados. —Se refería a su rato de café y charla en la gasolinera.
Esperaba verlo a su regreso, pero, al igual que yo, había salido tarde.
Tuve que esperar a que llegara el camión de reparto y, no tan minuciosamente como me habría gustado, cargar la mesa y los taburetes hechos a medida—.
Pero puedo quedarme un momento. No nos vimos la última vez que viniste.
Hacía más de un mes. El tiempo podía pasar volando en mi mundo aislado.
—Esperaba poder hablar contigo y con mamá. ¿Está por aquí?
Una arruga de preocupación se dibujó en su frente. Había aparecido de la nada, ellos se estaban mudando, y yo había estado tan absorto en el verano y el trabajo que no me había puesto en contacto con ellos para ver si necesitaban ayuda con algo.
Probablemente pensaban que todavía estaba molesto por la venta de la casa y la propiedad, pero en realidad ya lo había superado. Se estaban haciendo mayores y tenían que hacer lo que fuera mejor para ellos.
—Está dentro. Pasa. Puede que incluso haya dejado algo de café.
Lo seguí al interior. Mi madre estaba junto a un armario de la cocina y había una caja abierta en el suelo a su lado. Miró por encima del hombro y se quedó de piedra.
—Oh. Jonah.
Más sorpresa. ¿De verdad era tan raro que fuera a verlos?
Intenté recordar las veces que había estado allí para comer o solo para charlar.
Había ido a su casa unas cuantas veces después de salir del hospital, cuando estaba recuperándome lo mejor que mi cuerpo me permitía, pero ellos se habían apresurado a ayudarme a moverme por la casa, y cuando no estaban ocupados con eso, el lugar había estado en silencio.
Mi hermano no estaba, no iba a volver a estar nunca, y ese silencio me torturaba.
—¿Te queda café? —Me acerqué al armario que estaba al lado del que ella había estado vaciando.
Me detuve al abrir la puerta. Solo quedaban unos pocos vasos y tazas.
Seguramente habían empaquetado todo lo demás.
Cogí la misma taza que había usado la última vez—.
No me había dado cuenta de que ya os ibais a mudar.
—Más o menos. —Mi madre sirvió lo que quedaba del café en mi taza y se dispuso a preparar una cafetera nueva—.
A Rhys le gustaría mudarse antes de que empiece el próximo curso, así que nuestro objetivo es irnos en julio.
—Movió la cafetera vacía frente a sí—. Habrá que limpiar y esas cosas, pero me ha dicho que no me preocupe demasiado.
—Hizo una pausa y frunció el ceño—. Yo… eeeh…
quería preguntarte si hay algo que quieras conservar.
Sé que no te gusta la idea de que nos vayamos.
Yo seguía sin estar de acuerdo, pero la idea ya no me molestaba tanto como antes.
—Me parece bien. Es decisión vuestra. Sí, fue una sorpresa. Este lugar ha sido una constante, pero todos sabemos que las cosas cambian. Yo tengo mi vida y mi trabajo, y vosotros tenéis que hacer lo que sea mejor para los dos.
Mi padre se sentó junto a la mesa, en su silla habitual.
—Me alegra oír eso.
La sonrisa de mi madre era dubitativa.
—Me di cuenta de que la noticia te había molestado.
—Quizá debería pasarme por aquí más a menudo para que me pongáis al día de las novedades.
—Me gustaría —dijo ella en voz baja—. Siempre me da miedo molestarte con mis llamadas.
—No, no te preocupes por eso. He estado trabajando todo el fin de semana, por eso no respondí a tus mensajes de inmediato.
—Estuve a punto de coger el teléfono para enseñarles fotos de la mesa y las sillas que estaban de camino a su nuevo dueño, pero no había hecho ninguna.
Maldición—. Bueno, ¿qué os queda por hacer antes de que Rhys sea el propietario oficial?
¿Necesitaban mi ayuda con algo?
—Nos ha dicho que no nos preocupemos por la pintura ni por reformar nada —explicó mi padre—. Ya verá qué hará con la casa.
La expresión de mi madre se volvió melancólica.
—Me llena de alegría pensar en esta casa llena de risas de niños otra vez. ¿Te lo imaginas? Tiene dos niñas. Va a ser todo rosa.
Mi padre se recostó en su silla y apoyó una mano sobre la espalda de mi madre.
—A las niñas de hoy en día no solo les gusta el rosa.
—Bueno… —Ella se encogió de hombros, pero no perdió esa expresión melancólica—. Estaré agradecida de que este lugar pueda volver a tener vida entre sus paredes.
La sensación de fracaso caló hondo en mí.
Mis padres siempre habían deseado un hogar lleno de vida y de nietos.
Habían querido que sus dos hijos estuvieran vivos y sanos, y solo tenían un hijo vivo que, además, llevaba mucho tiempo enfermo.
Mi madre sacudió la mano en el aire como si estuviera dispersando las imágenes felices que acababa de pintar con Rhys y sus hijas en la casa.
—En fin, ¿querías contarnos algo?
La tensión me oprimió el estómago y el café caliente me abrasó la garganta.
—Sí, así es. —Di otro sorbo y disfruté de la sensación de ardor. Normalmente, sobre todo después de lo que había dicho mi madre, lo que tenía que contarles habría sido una buena noticia. Pero no sabía cómo iban a tomársela—. Estoy… saliendo con alguien.
Mis padres me miraron parpadeando. Mi padre dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco, y se le formó un pliegue en la frente. Mi madre siguió parpadeando, con una mueca incómoda.
—No será Jackie, ¿verdad? —preguntó él, y levantó las dos manos—. Quiero decir, estoy seguro de que es simpática y todo eso, es solo que…
—Es Summer —murmuró mi madre, bajando la vista hacia la mesa. No le había costado nada dar con la respuesta—. Summer y tú estáis saliendo juntos.
Agaché la cabeza y vi que un gran alivio se dibujaba en el rostro de mi padre, seguido de un ceño fruncido y una ligera mueca de disgusto.
—¿Summer Kerrigan? —preguntó, como si quisiera asegurarse de que estaba en lo cierto antes de formarse una opinión.
—Sí.
—¿Os hicisteis amigos cuando se quedó en tu casa? —insistió, perplejo.
—Eeeh, no, no es lo que tú piensas. —Agradecido por tener la oportunidad de explicar que no era un tipo raro que se había abalanzado sobre una novia con el corazón roto, me animé a explicárselo—.
Regresó unas semanas más tarde para llevarme algo de comida para la tormenta.
Cree que no como suficientes productos frescos.
Mi madre asintió con un gruñido. Rara vez había visto el interior de mi nevera, pero también me llevaba productos básicos de la huerta a intervalos regulares.
Había pensado que utilizaba esas entregas como excusa para fisgonear, pero, a juzgar por la reacción de Summer, no, tenía la misma preocupación que ella.
Quizá habría acabado con escorbuto de verdad si ninguna de las dos hubiera intervenido.
—Nos quedamos aislados otra vez —continué—. Me sorprendí al verla y resbalé en un charco de agua, y se quedó para asegurarse de que estaba bien. Para cuando se convenció de que le había dicho la verdad, el viento arreció y se quedó atrapada en mi casa. Otra vez.
Mi padre entrecerró los ojos y me recordó cuando Eli y yo éramos niños y el tractor que acababan de arreglar se había averiado. Mi padre había creído que había sido culpa de una de nuestras travesuras, pero tanto Eli como yo habíamos estado cortando heno y portándonos bien, por una vez.
—Ah. Eso es… bonito. —Mi madre contempló su café—. Siempre ha sido una chica muy agradable.
—Sí. —No sabía qué más decir—. Somos conscientes de que la gente recordará que ella y Eli tuvieron algo. —No iba a mencionar la ruptura. Mis padres ya habían tenido que pasar por demasiadas cosas—. Nos lo estamos tomando con calma, pero al final nos verán juntos y la gente lo sabrá.
—¿Que tú y ella estáis juntos? —Mi madre apretó los labios—. Hace solo dos meses que estaba a punto de casarse.
Apenas dos meses…
—Lo sé. —No tenía nada que objetar. La gente podría decir cosas horribles sobre Summer por seguir adelante tan rápido.
—Entonces, ir despacio es lo prudente. —La sonrisa tranquilizadora de mi madre le arrugó las comisuras de los ojos, pero no le llegó a los iris—. ¿Eres feliz?
Asentí.
—He salido de casa. Con ella. Sobre todo por Bozeman. Pero Mae me ha invitado a cenar a su casa este fin de semana.
—Qué bien —dijo mi madre—. Eli la adoraba. —Me miró con expresión culpable—. Pero eso fue hace mucho tiempo…
—A veces, parece que fue ayer.
Mi padre carraspeó. Para ellos, hablar de Summer significaba recordar a Eli. Para todos los que formábamos parte de la historia eso hacía que perderlo pareciera que había sido el día anterior.
—Tienes buen aspecto. —Mi madre me estudió ladeando la cabeza—. ¿Es por ella?
—Más o menos. Pero no me ha pedido nada. —Me pasé los dedos por el pelo recortado. —Me he estado cortando el pelo en Bozeman cuando voy por allí. El anonimato es agradable. —Más bien era embriagador. Solo captaba miradas fugaces que pasaban de largo al momento.
—Una vez que la gente empiece a verte más —dijo mi padre, girando la taza entre sus manos—, dejarán de hablar. Me pasé años sin entrar en la gasolinera. Al final me aventuré a hacerlo, aguanté las miradas y lo repetí una y otra vez. Y ahora soy uno de ellos. —Suspiró.