Bourbon Runaway (Serie Bourbon Canyon 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

Jonah

La nieve se estaba derritiendo y el pronóstico del tiempo era de cielos despejados.

Habría sido una buena tarde para viajar y encontrarme con Summer cuando llegara a casa del trabajo.

Había pasado un mes yendo a Bozeman cada fin de semana para salir por ahí y pasar la noche juntos.

No estaba atrasado en el trabajo, pero había tenido que dejar de lado los proyectos paralelos y centrarme en mis pedidos, ya que me iba todos los fines de semana.

Me había destrozado decirle a Summer que tenía que quedarme en casa, pero la mesa de bar y los cuatro taburetes a juego hechos con barriles reutilizados no se iban a terminar solos.

Tenía que acabarlos y empaquetarlos. El camión de reparto podría recogerlos el lunes por la mañana.

Habría tenido más tiempo, pero ya había agotado el margen de maniobra que tenía para dedicarlo al dulce cuerpo de Summer los sábados y la mayoría de los domingos.

Tal y como estaban las cosas, tenía que trabajar todo el sábado, terminar a duras penas el domingo por la mañana y pasar toda la tarde empaquetando cada artículo.

Iban a pagarme más que nunca y no podía fastidiarlo.

Sin embargo, me preocupaba estropear lo que tenía con Summer. ¿Iba a pensar que era como ese capullo de su ex, demasiado ocupado con un trabajo que consideraba más importante que ella?

Se había convertido en alguien muy importante para mí. No podía defraudarla, pero ella también se merecía algo más que un montañés ermitaño.

Atornillé el asiento de uno de los taburetes. El zumbido del taladro llenó el silencio. Coloqué otro tornillo y se abrió la puerta del taller. Me sobresalté, el taladro zumbó y el tornillo cayó al suelo con un ruido sordo.

—Mierda.

¿Quién demonios era?

—Toc, toc. —Summer se puso las gafas de sol sobre la cabeza. Llevaba el pelo recogido en una coleta y se le veía más el tinte fresa en el cabello que le estaba creciendo. Sonrió y se acercó a mí con paso tranquilo.

Mi pulso se aceleró y mi pene se puso firme. Las semanas se hacían largas cuando ella no estaba. Mis podcasts no eran tan interesantes y no me apetecía entrar en casa a comer algo.

La devoré con la mirada. Pensaba que iba a tener que pasar el fin de semana y luego otra semana antes de poder volver a verla.

—Hola. —Dejé el taladro—. Has venido.

Ella sonrió tímidamente y se metió las manos en los bolsillos.

—He pensado que esta vez podría ser yo quien se desplazara. Sé que estás ocupado y no tengo por qué quedarme en tu casa…

La agarré por el codo y la pegué a mí.

—Vas a dormir en mi cama. —La besé. Sabía a chicle de menta y al cielo.

Su risita me llegó directamente al alma y se aferró a mis hombros. Se apartó y me miró con esos luminosos ojos marrones.

—¿Así que te parece bien que me haya invitado?

—¿Desde cuándo no te has invitado tú misma?

Me dio un golpecito juguetón en el hombro.

—¿Ya has comido? —Negué con la cabeza y ella sonrió con picardía—. Lo sabía.

Cuando ella no estaba en casa, no me importaba cuántas veces entrara a comer. Si ella no estaba al otro lado de la mesa, la comida me resultaba menos apetecible.

—No tienes que cocinar para mí.

—Quiero hacerlo, y así no te molesto. Sé que te tomas muy en serio lo de terminar este encargo.

—Su mirada se posó en la mesa—. Dios mío.

¿Es eso? —Se apartó y al instante eché de menos su calor y su aroma a fresas y azúcar.

Rodeó la mesa, mirándola como si estuviera en un museo y esa puñetera cosa fuera el centro de la exposición.

—Puedes tocarla.

Me dedicó una sonrisa.

—Me gusta tocar tus cosas. —A mí me gustaba que tocara todas mis cosas—. Vaya. —A pesar del ofrecimiento, juntó las manos a la espalda—. ¿Star Wars?

—Sí. —El cliente me había enviado artículos de colección, viejos juguetes de Star Wars, con instrucciones específicas sobre cómo colocar los X-wings y los cazas tie en el canal de epoxi, entre las tablas de nogal.

Los encargos especiales eran más estresantes que las piezas que hacía por mi propia inspiración, pero esa mesa me había hecho sudar unas cuantas veces.

Mi presión arterial no iba a volver a la normalidad hasta que recibiera la notificación de que el conjunto había llegado al comprador sin daños.

Ni siquiera había hecho fotos. Si ponía esa mierda en mi página web, iban a hacerme más encargos como ese. Más objetos valiosos que recubrir de epoxi. Más estrés. No, gracias. No hacía ese trabajo para preocuparme por joder a lo grande los objetos de valor de alguien.

—Impresionante.

—Gracias —dije impasible. Estaba orgulloso del trabajo, pero mil «Y si…» me rondaban por la cabeza, y no estaba acostumbrado a la presión. No me gustaba.

Se volvió hacia las sillas. Tenía cuatro alineadas contra la pared, listas para ser empaquetadas.

—Son geniales. —Miré cómo iba de un lado a otro. Seguramente se estaba imaginando cómo quedaba todo el conjunto—. En serio. Tienes mucho talento.

—Me alegro de que hayas podido verlo. Es el último encargo especial de este tipo que acepto.

La confusión se reflejó en su ceño fruncido.

—¿Por qué?

—Se acabó trabajar con las reliquias familiares de alguien. —Señalé con la cabeza hacia la mesa—. Esos juguetes eran de la colección del padre del cliente. Falleció hace cinco años.

—Qué bonito detalle para recordar la pasión de un padre. —Se acercó de nuevo a mí y me rodeó con sus brazos—. Le has hecho algo que atesorará para siempre.

Volví a sentir ese peso en el pecho.

—Yo solo hago muebles.

Su sonrisa era cómplice, como si me hubiera calado y supiera que había estado maldiciendo durante ocho minutos seguidos cuando pensé que había fastidiado un ala de uno de los X-wings.

—¿Quieres cenar hamburguesas esta noche?

—No tengo ninguna descongelada.

—No pasa nada. Voy a preparar una ensalada mientras se descongelan.

No había repuesto las verduras frescas desde que ella me había sorprendido con la compra. Debía de haber comprado más, como la última vez, pero en esa ocasión sin darme un susto nada más salir de la ducha.

—Manteniéndome a salvo del escorbuto, una ensalada tras otra…

Me dio una palmada en el culo.

—También pienso mantener esas caderas ágiles.

Summer

Dado que era temprano y Jonah iba a pasarse el sábado en el taller, me pasé por el bar de Copper Summit para charlar con Autumn.

Ella solía llegar pronto para ocuparse de la contabilidad.

Cuando entré, nuestro vecino, Jason, estaba sentado a la barra.

Autumn tenía la cabeza agachada sobre una tableta.

Cuando levantó la vista, esbozó una sonrisa.

—Hola, colega. Cuánto tiempo sin verte.

No solía pasar más de un mes sin ir a casa, pero tener a Jonah para mí sola, sin las opiniones del pueblo ni a mi familia rondándome, había sido demasiado tentador como para dejarlo pasar. Mi madre lo sabía. Teller y Autumn también. Si se lo habían contado a los demás, yo no me había enterado.

—Lo sé. Soy una mala tía y una mala hermana.

Jason estiró el cuello mientras yo me abría paso entre las mesas vacías. Al final de la noche, ese lugar estaría medio lleno. Durante el verano el bar estaba abarrotado, pero a principios de primavera era solo el comienzo de la temporada alta turística.

—Mira lo que ha traído el gato —se rio Jason.

—El gato ha tenido que ganárselo. —Le di a Jason un medio abrazo.

Olía a pino fresco. Su sombrero me dio un golpecito en la cabeza y él se rio y se lo enderezó.

Jason causaba una mala primera impresión.

Un tipo con ropa desaliñada, barba hirsuta y un sombrero sucio que se tomaba una copa a los pocos minutos de que las puertas acabaran de abrirse.

Le gustaba anunciar que eran las cinco en algún lugar cuando llegaba.

Esa primera impresión era errónea. A Jason le gustaba tomarse una copa y charlar con Teller o Tenor, o quienquiera que estuviera por allí.

Se pasaba todo el día en el rancho, se iba temprano de vez en cuando e iba a Copper Summit para relajarse.

Normalmente se marchaba a las seis tras una sola copa, a veces se quedaba hasta las siete si se encontraba con alguno de mis hermanos.

Las hijas de Jason eran encantadoras y él las adoraba, al igual que a su mujer.

—Yo ya me iba. —Se apartó—. Me alegro de haberte pillado. Vosotras, chicas, siempre sois un soplo de aire fresco. —Salió con zancadas firmes que también habrían sorprendido a cualquiera que pensara que se pasaba la vida en los bares, pero Jason no era mucho mayor que Tate.

Autumn cogió el dinero que había dejado y negó con la cabeza.

—Ese tío siempre me deja un billete de cinco, como si fuera el abuelo Bailey.

Me reí y me senté en un taburete. Me giré para ver cómo Jason subía a su camioneta y se marchaba.

—¿Quién se ha llevado el coche de lujo? Por un momento he pensado que Myles se había escapado de cambiar pañales para tomarse una copa.

Autumn resopló.

—Creo que tendrás que arrancarle los pañales de sus manos frías y muertas.

Me reí, aunque con un toque de envidia. Qué suerte tiene Wynter. Crucé la mirada con Autumn y ella ocultó la misma nostalgia.

Podría ignorar lo que veía y lo que sentía, pero había estado fuera lo que me parecía una eternidad, demasiado centrada en Jonah.

—Algún día encontrarás a alguien.

Se encogió de hombros y pulsó en la pantalla. Luego colocó la funda sobre la tableta y suspiró.

—No pasa nada. Es solo que… No sé. Quizás necesite otro gato.

Me levanté y di una vuelta por la barra.

Rebusqué en el armario de abajo hasta encontrar una de las botellas que habíamos guardado de nuestras partidas especiales.

En este caso, se trataba de la primera botella de Summer’s Summit que se había fabricado.

La marca se vendía por todas partes, pero mi padre había guardado la primera botella para quien le daba nombre.

Yo guardaba la mía ahí porque sabía que, si quería un trago, iba a poder compartirla con la familia.