Capítulo 19
Jonah
El fin de semana estaba tardando una eternidad en llegar. Cada día pasaba con una lentitud insoportable. Desde que Summer se había ido, había estado en el taller cada minuto que no estaba durmiendo o comiendo y ya me había puesto al día.
Después de pensar en cómo había descuidado a mis padres a lo largo de los años, decidí ir a visitarlos.
Aparqué en mi sitio habitual y me abrí paso hasta la puerta.
Uno de los dos había despejado el camino hasta la puerta lateral, pero había suficientes zonas resbaladizas como para que me alegrara de haber llevado el bastón.
Mi madre abrió la puerta, con una expresión de sorpresa y preocupación. Llevaba el pelo canoso recogido en una coleta y un jersey gris de punto grueso que le quedaba enorme. No era más que ojos muy abiertos y lana.
—Jonah, ¿va todo bien?
—Solo he venido a ver cómo estabais.
Parpadeó, pero dio un paso atrás.
—Estamos bien. Tu padre se ha ido corriendo al pueblo a por… Bueno, probablemente ha ido a tomar un café en la gasolinera con los chicos, pero ha dicho que necesitaba pienso para las gallinas.
Entré en la casa y me quité el abrigo.
—¿Por qué se molesta ya en inventarse excusas para sus quedadas matutinas? —Todo el mundo sabía que a las diez de la mañana se podía encontrar a varios ganaderos locales de cierta edad en las mesas de la gasolinera del extremo oeste del pueblo, bebiendo café solo barato.
La sonrisa de mi madre fue un agradable descanso de su constante preocupación.
—Él está convencido de que va al pueblo a hacer recados, y que el café y las conversaciones de una hora son solo una casualidad.
Me acerqué a la cafetera medio vacía que había sobre la encimera.
Mi madre se la acabaría toda antes del anochecer, pero afirmaba que la cafeína no le quitaba el sueño.
Cogió una taza del armario antes de que yo pudiera hacerlo y la puso a mi lado, y luego dejó la suya junto a ella. Yo llené las dos.
—Ven. Siéntate —me dijo.
Me llevó hasta la pequeña sala de estar cuadrada que daba al comedor, aún más pequeño.
Durante mi infancia no había conocido otra cosa que esta casa.
Era vieja y acogedora, y estaba compartimentada como muchas antiguas casas de campo.
Pero cuando construí la cabaña, quería una planta grande y diáfana.
Un diseño fortuito que no podría haber predicho.
La seguí, sorteando con cuidado los reposapiés y las mesitas de café que dificultaban moverse por ese espacio tan pequeño cuando la movilidad era un problema.
Mi madre nunca se había dado cuenta de mis dificultades para moverme por la casa y una parte de mí no quería que cambiara nada, que siguiera fingiendo que estaba bien.
Otra parte de mí estaba irritadísima. Me deslicé entre un reposapiés y una silla acolchada de respaldo alto, manteniendo mi bastón a mano para mantener el equilibrio.
—Ay, Dios mío, déjame quitar eso de en medio. —Se agachó sobre el taburete que también servía de estante para revistas de ganadería. Su mirada angustiada se posó en mi rostro.
Maldita sea. ¿Había estado preocupada por mi reacción todo ese tiempo?
—Te lo agradezco —dije con brusquedad, y me senté con cuidado, manteniendo la pierna izquierda un poco más estirada que la derecha y sin molestarme en ocultarlo. Antes lo hacía. No me había dado cuenta hasta ese momento.
Apartó el reposapiés de un empujón.
—Creo que debería sacar algo de esta basura de aquí. —Dejó la taza sobre la mesa y se sacudió los brazos—. Esto es un poco claustrofóbico. —Se dejó caer en el sofá y se echó hacia delante—. ¿Qué tal ha ido todo? Veo que has capeado el temporal bien. Tienes buen aspecto.
Quizá me había recortado la barba para no parecer un auténtico montañés porque no quería volver a ese punto. Me gustaba tener protección en la cara en invierno, pero cubrir la red de líneas a lo largo de la mandíbula, en la base de la cicatriz más grande, ya no me motivaba mucho.
Cuando una mujer como Summer decía que quería salir con un chico, en público, ese chico dejaba de preocuparse por su aspecto.
—La tormenta ha ido bien. Nada fuera de lo normal. ¿Necesitáis ayuda para quitar la nieve?
Mi madre abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Ah, eeeh, no sé. Adam suele ponerse manos a la obra enseguida, ya sabes.
—También le gusta limpiar.
La ternura se reflejó en su expresión y juntó las manos.
—A ti y a Eli eso os irritaba mucho. —Me miró, muy nerviosa, frotándose las manos como si tuviera frío, pero llevaba un jersey enorme y estaba bebiendo café caliente.
—A Eli, en secreto, le gustaba, pero fingía odiar que lo obligaran empujar la nieve de un montón a otro porque yo siempre me quejaba de ello.
—Yo quería salir a jugar, y que fuera adulto daba igual: eso solo significaba que tenía juguetes más grandes con los que disfrutar de la nieve recién caída.
Hacer un camino más ancho hasta el taller y el granero no era mi prioridad. Y esa idea ya no me molestaba tanto.
—A Eli sí le gustaba ayudar a tu padre. —Su sonrisa vaciló y, esa vez, cuando me miró, ocultó lo que fuera que estuviera pensando.
—¿Qué?
—¿Mmm? —Volvió a restregarse las manos.
—Parecía que querías decir algo. —Cuando abrió la boca, probablemente para volver a pasar por alto el tema, insistí—. No pasa nada. Puedo soportarlo. Te lo prometo.
Soltó un suspiro y me estudió. Vi la preocupación maternal en su rostro al detenerse en la cicatriz, y luego en mis hombros, bajando hasta donde el bastón descansaba sobre mis muslos.
Se sobresaltó, como si se hubiera dado cuenta de que me estaba mirando fijamente, y volvió a levantar la vista hacia mí.
Mantuve una expresión neutra. Tenía una idea de lo que estaba pensando: ¿me había molestado hasta el punto de no volver a visitarla nunca más? ¿Me había ofendido al fijarse en silencio en mis cicatrices?
—Cuando se derrita la nieve, pondremos la casa a la venta. —Hizo un gesto con la mano hacia el ventanal—. Todo el rancho, en realidad. Nos gustaría venderlo y mudarnos al pueblo.
Estaba demasiado atónito para responder. ¿Iban a vender la casa de mi infancia?
¿Cuándo fue la última vez que había considerado ese lugar como mi hogar? Pero había dado por sentado que la casa siempre iba a estar ahí. Y así iba a ser, solo que sin mis padres en ella.
Se me revolvió el estómago.
—¿Por qué?
La angustia se reflejó en los ojos de mi madre.
—Bueno… Es demasiado.
Demasiado. Mi padre se estaba haciendo mayor, y los días en que tenía a dos hijos que lo ayudaban habían quedado atrás hacía mucho tiempo. Yo no había estado presente. Claro, tenía mis lesiones, pero ¿lo había siquiera intentado?
—Sí, es mucho. ¿Pero no hay forma de que conservéis nuestra casa familiar?
Su expresión se ensombreció. Por dentro, me estremecí. Habíamos perdido mucho ya, y el lugar donde guardábamos todos los recuerdos de Eli iba a desaparecer.
—Últimamente no hay más que trabajo, Jonah. Estoy cansada. Tu padre quiere bajar el ritmo. —Tragó saliva—. Y Eli ya no está. Nuestros recuerdos son nuestros —dijo con sinceridad—, pero me encantaría que este lugar volviera a ser fuente de buenos recuerdos. ¿Conoces a Rhys Kinkade?
—Lo conozco. Iba varios cursos por detrás de mí en el colegio y ahora es padre soltero y vive en el pueblo.
—Ya hemos hablado con él. Quiere expandirse y no tiene el terreno necesario.
—¿Y puede permitírselo?
—Tendría que financiarlo, pero tampoco necesitaría aumentar el inventario. Incluiríamos en la venta todo lo que hay en las dependencias.
Así mis padres tenían que trasladar menos maquinaria e iban a obtener un buen colchón económico para una jubilación bien merecida. Qué conveniente.
—Parece un trato en el que todos ganamos.
—Sí. —Su sonrisa fue tenue—. Creo que es lo que todos merecemos desde hace tiempo.
Me había pillado. Estaba enfadado por que se mudaran cuando lo único que querían era seguir adelante con sus vidas. Yo lo había hecho. Había utilizado mis lesiones para ello.
La vergüenza me oprimió el estómago. Ojalá hubiera algo más alegre que compartir con ella, en lugar de estar aquí sentado, enfurruñado en su salón.
Casi le conté lo de Summer. Casi. Pero me guardé la noticia para mí. No tenía ni idea de lo que nos deparaba el futuro a Summer y a mí, y no quería acabar decepcionando a mis padres otra vez.
Summer
Revisé mi aspecto por última vez. Jonah llegaría en cualquier momento, pero yo llevaba horas lista.
Era extraño que él me hubiera visto solo en chándal o desnuda todo el tiempo que había estado en su cabaña y que, sin embargo, me hubiera cambiado tres veces de pantalones: unos leggings negros brillantes, unos vaqueros ceñidos que me hacían unas piernas de infarto con botines de ante y unos pantalones color canela que iban bien con botas de tacón.
Me había decantado por los vaqueros. No iba a salir con Boyd, gracias a Dios, y esperaba que a Jonah y a mí nos gustaran los mismos sitios. Le había dicho que eligiera el restaurante para que pudiera encontrar un lugar en el que se sintiera cómodo. Ya lo estaba sacando de su zona de confort.
Después de una semana atada a mi escritorio, estaba deseando salir por la noche. Había echado de menos a Jonah toda la semana. Lo estaba pasando fatal.
Llamaron a la puerta y los nervios me subieron del estómago a la garganta. Me moví un poco y me recoloqué el suave jersey rosa que llevaba sobre una camiseta de tirantes. Me quedaba holgado y, si lo soltaba, dejaba ver más que el escote.
Abrí la puerta principal y mi saludo salió como un chillido.
Jonah estaba guapo en la boda, vestido con pantalones de vestir y una camisa azul.
Había ido bien peinado y llevaba la barba recortada.
Además, en aquel momento no presté mucha atención a los detalles y me dejé llevar por su presencia, su protección y su apoyo, pero esa noche era como si Jonah hubiera rebuscado en su memoria y hubiera encontrado una versión más joven de sí mismo en busca de inspiración.
Llevaba el abrigo de invierno desabrochado.
Debía de habérselo echado por encima al salir de la camioneta.
Como estaba abierto, dejaba ver una camiseta Henley verde oliva que se le ceñía al pecho.
Sus vaqueros estaban impecables. No eran nuevos, pero tampoco uno de esos pares gastados que usaba cuando trabajaba.
Las botas marrones que llevaba en los pies se parecían mucho a las botas de vaquero de vestir de mis hermanos.
No eran las botas de trabajo negras habituales de Jonah, las que había limpiado para mi boda.
Parpadeé al fijarme en su rostro. La barba estaba un poco más corta que cuando me había ido, y bien recortada, y se había peinado hacia atrás y hacia un lado.
Extendió los brazos y se miró a sí mismo.
—¿Pasa algo?
—No. Todo está perfecto. Estás elegante, pero rudo a la vez. Como un montañés con modales, uno que aún puede ensuciarse cuando hace falta.
Su sonrisa le arrugó las comisuras de los ojos.
—No lo dudes nunca.
—No lo haré.
Cogí mi abrigo. Se iba a quedar a dormir, así que podía mostrarle el piso más tarde.
Miró por encima de mi hombro y yo lo imité para ver mi casa tal y como él la veía.
Tenía cuadros de flores silvestres en las paredes, pero el resto era un piso normal.
Había un televisor de pantalla grande colgado en la pared del salón.
Desde mi puerta principal, se podía ver el borde de la isla de la cocina y el comedor a mi izquierda.
El salón, en penumbra, reflejaba las sombras de unos muebles similares a los suyos.
Había ido a una tienda de muebles y había elegido un conjunto que me gustaba.
Tenía un dormitorio con baño, un baño de invitados y una habitación libre que había convertido en mi «todo en uno»: despacho, habitación de invitados, trastero, biblioteca.
—. No se parece a tu casa —comenté.
Su risa sonó avergonzada.
—No es lo que esperaba.
—Sabía que iba a pasar mucho tiempo en Bourbon Canyon, así que quería un lugar que requiriera poco mantenimiento.
Pero tenía en la cabeza el consejo de mi padre sobre acumular patrimonio y todo eso.
—Además, no había planeado vivir en un pequeño apartamento hasta mediados de los treinta.
Se suponía que a esas alturas ya iba a estar casada y con hijos y viviendo en una casa idílica.
—Tiene sentido. —Me tendió la mano—. ¿Vamos?