Capítulo 18
Summer
Los rayos del sol rebotaban en los montones de nieve. Entre el viento y los ventisqueros, el paisaje no era un manto blanco. Las copas verdes de los árboles sobresalían entre los restos de la nevada y se veían las puntas marrones de las hierbas más altas.
Me protegí los ojos con la mano mientras miraba por la ventana.
Un paisaje de cuento de hadas invernal. Los informes sobre el estado de las carreteras eran buenos.
Llevaban así un par de días, tanto en el pueblo como en todo el condado circundante, y estaban despejando las carreteras secundarias.
Estábamos esperando a que alcanzaran la carretera principal, que iba a quedar transitable en cualquier momento.
Mi estancia en casa de Jonah estaba llegando a su fin. Había tenido días para sacar el tema de «¿Y ahora qué?» y no lo había hecho. Ni siquiera le había preguntado qué pensaba que iba a ser de nosotros cuando no nevara.
El día anterior lo había pasado entero en su taller mientras él trabajaba.
Me había dado un trozo de madera para que me entretuviera, como una niña pequeña que jugara con ollas y sartenes mientras sus padres cocinaban.
Habíamos escuchado música y sus podcasts sobre carpintería.
Podría haberme aburrido muchísimo, pero lo tenía a él delante para alegrarme la vista.
Su corpulento cuerpo se tensaba y se flexionaba cuando levantaba tablones de madera de casi dos metros.
Una arruga de concentración le surcaba la frente cuando reflexionaba sobre su siguiente paso: barnizar o no barnizar, el mejor método para aplicar el sellador o cuántas manos de epoxi había que dar.
Me fascinaban las manualidades. Dirigía la destilería de Bozeman.
Gran parte de mi trabajo consistía en dirigir personas y recursos, pero también conocía cada paso.
Podía preparar el mosto y mezclar aditivos para obtener diferentes sabores en el bourbon.
Me gustaba jugar con los tiempos de envejecimiento e incluso buscar barricas nuevas para lotes de una sola barrica con el fin de conseguir diferentes perfiles de sabor.
El trabajo de Jonah era similar a esas decisiones. ¿Cuáles eran las distintas formas de resaltar la personalidad de la madera y cómo podía realzar mejor esas cualidades?
Yo convertía el grano en licores. Él convertía la madera en muebles.
Yo jugaba con los sabores para resaltar los perfiles del grano.
Él cambiaba la forma de la madera para resaltar las líneas y las vetas.
Si a eso le sumábamos el talento y la eficiencia, generaba mucho dinero, igual que la destilería.
Se detuvo a mi lado.
—¿En qué piensas?
Agradecida de haber dejado que mi mente divagara hacia nuestras similitudes y no hacia cómo nuestras diferencias podrían interferir en nuestro futuro, sonreí.
—En lo parecidas que son nuestras profesiones.
Una leve mueca se dibujó en sus labios.
—Nunca había pensado en lo que hago como una profesión.
Me quedé boquiabierta ante su apuesto perfil.
—¿Ganas tanto dinero y lo consideras un hobby ?
Volvió a encogerse de hombros, incómodo.
—Solo es algo que hago.
Tenía un proceso eficiente. Y mientras trabajaba, se formaba continuamente con sus podcasts y vídeos. Ganaba más dinero que mi generoso sueldo en la destilería. ¿Cuánto habría ahorrado? Era un hombre rico que vivía ahí arriba, en la montaña, completamente solo.
—Si todo el mundo supiera cuánto dinero ganas y lo bueno que eres en la cama, tendrías hordas de mujeres subiendo esta montaña.
Las puntas de sus orejas se sonrojaron.
—Summer…
Me reí.
—Lo digo en serio. Vendrían solo por el sexo, con tu aspecto.
Frunció el ceño.
—Mi aspecto no vale nada.
Resoplé.
—Tienes razón. Fue tu brillante personalidad la que me quitó la sudadera.
Parpadeó.
—No… No sé muy bien cómo tomarme eso.
—Me gusta tu personalidad. Para que conste.
Sus labios esbozaron una sonrisa.
—Tomo nota.
Nos quedamos mirando por la ventana en silencio.
¿Estaba pasando por la misma crisis existencial que yo con respecto a nuestra relación?
¿O ya se había cansado del sexo y estaba contando los días que faltaban para que yo pudiera coger mi coche, marcharme y seguir creando más obras maestras y a amasar una fortuna?
—Oye, eeeh… ¿Te gustaría salir algún día? —Su voz sonaba ronca, como si no hubiéramos estado hablando todos los días durante la última semana.
Me mordí el interior de la mejilla. ¿Con cuánto cuidado debía andar? ¿Iba a asustarse si me mostraba demasiado entusiasta?
—Si saliéramos, la gente podría pensar que tenemos algo.
—No hace falta que vayamos a ningún sitio en Bourbon Canyon. Puedo acercarme a Bozeman.
—Ah. —La decepción me invadió, tan clara como el canto de un coro—. Vale.
—Bourbon Canyon también está bien. Pero no quiero que tengas que conducir.
—Los bollos de Curly merecen el viaje.
—Es un capullo.
Asentí, contenta de no ser la única que pensaba que Curly Binstock era un buen chico al que se le permitía demasiado. Pero era el dueño del mejor restaurante de la ciudad y se aseguraba de que su comida fuera lo bastante buena como para que todos miráramos para otro lado.
—¿Es por eso por lo que no quieres ir al pueblo? —pregunté en voz baja.
—Sí —respondió con la misma suavidad—. Hasta que decidamos cómo proceder.
—Se volvió hacia mí y su suave toque en mi codo me hizo girarme hasta quedar frente a él—.
Tu historia con Eli —hizo una mueca de dolor— y la mía también, harán que los comentarios sean ruidosos y dogmáticos.
Sé que han pasado quince años, pero en cuanto nos vean juntos, a quienes lo recuerden les parecerá que fue ayer.
Mis hombros se hundieron. Tenía razón. A mí no me importaba, pero estaba claro que a él sí, y yo respetaba sus sentimientos.
—Bozeman está bien. Hay algunos restaurantes que llevo tiempo queriendo probar. —Habían sido demasiado vulgares para Boyd.
—¿Tienes que volver al trabajo enseguida?
Mis intentos de teletrabajo se habían interrumpido cuando había dejado el portátil en mi solitaria oficina de Copper Summit hacía más de una semana. Era miércoles.
—Debería ponerme al día durante el resto de la semana. —Él también necesitaba recuperar el tiempo perdido—. ¿El sábado? Puedes quedarte a dormir.
Se le arrugaron las comisuras de los ojos y su mirada se llenó de calidez.
—El sábado. —La calidez se enfrió—. Tienes historia en tu casa con ese cabrón, ¿no?
Se me encogió el corazón. Cada uno tenía su vida, pero a mí también me habría dado reparo pensar en él y en otras mujeres en la cabaña.
—Sí, pero no mucha. Mi pequeño apartamento no era lo bastante lujoso.
—No te preocupes. Solo me preguntaba cuántos condones llevar. Voy a hacer que te corras al menos dos veces en cada sitio donde lo hicisteis vosotros dos.
Me detuve en la destilería para recoger mi portátil antes de ir a casa de mi madre.
El lugar estaba tranquilo para ser miércoles, pero me había ido de casa de Jonah cuando la jornada laboral estaba llegando a su fin para que no me vieran: llevaba el mismo chándal que cuando le llevé la compra a Jonah.
Las carreteras que conducían a la destilería se habían limpiado un par de días antes que las que llevaban a casa de Jonah.
Estaba nerviosa, esperando a que mis hermanos aparecieran y me interrogaran. Autumn ya lo sabía, pero no quería admitir que en realidad no había hablado con Jonah sobre nosotros. Quizá ella no viera como algo bueno la forma en que él me había invitado a salir fuera del pueblo.
Regresar a mi piso me parecía cada vez mejor. Ningún miembro de mi familia iba a atreverse a ir allí para interrogarme. Después de visitar a mi madre y esquivar sus preguntas podía regresar a Bozeman.
Enrollé el cable de carga y lo metí en la bolsa del portátil, seguido del propio portátil.
—Mira a quién ha traído el gato.
Di un grito y me di la vuelta. Estuve a punto de tirar la bolsa del ordenador del escritorio.
—¡Teller! ¡Qué susto!
Sonrió y se apoyó en el marco de la puerta. No llevaba la barba tan bien recortada como en mi boda, y vestía una camisa de franela verde y vaqueros.
—No era mi intención.
Pero como mi hermano fastidioso que era, había aprovechado la oportunidad. Fruncí el ceño.
—Pensaba que ya se habían ido todos.
—Se han ido, pero quería comprobar un par de cosas.
Era un adicto al trabajo. Si no había nada en la destilería que requiriera su atención, estaba en el rancho, buscando algún equipo que soldar o animales que rescatar.
Me colgué la correa al hombro.
—Me voy.
—¿Cómo está Jonah? —preguntó como si no me hubiera oído.
—Bien. —Sentí que se me calentaban las mejillas. No podía sonrojarme o Teller iba a darse cuenta.
—Es curioso que te hayas quedado tirada con él dos veces.
—Sí.
Él seguía bloqueando la puerta. Podría empujarlo para pasar, pero entonces se habría dado cuenta de que le estaba ocultando algo, y habría adivinado que sabía cómo era Jonah desnudo. Íntimamente.
—¿Está bien? —volvió a preguntar.
Me ablandé. Con todo el drama de contarle a Jonah la verdad sobre Eli y yo, y cuándo hacerlo, y cómo iba a reaccionar Jonah, y cuándo íbamos a decirles a los demás que teníamos algo y qué implicaba en realidad que tuviéramos algo, me había olvidado de que Teller había perdido a su mejor amigo.
—Está muy bien. —Me apoyé contra el escritorio y miré por la ventana hacia el aparcamiento bordeado de árboles.
La vista no era tan ajetreada como la de mi oficina en Bozeman, pero me resultaba más familiar.
Más reconfortante. Había crecido contemplando el paisaje desde las ventanas de la destilería—.
No admite lo mucho que echa de menos hacer cosas como cazar, pescar y acampar, pero ha descubierto la carpintería y se le da bien. Muy bien.
La pena se reflejó en sus ojos.
—Sí, he visto sus trabajos. Tiene un don. —Contempló el suelo—. ¿Crees que es verdad que no puede hacer todo lo que solía hacer?