Capítulo 17 #2
Deslizó los dedos por el olmo que había llegado antes de que comenzara la tormenta.
Había encargado la madera, sabiendo que iba a convertirse en una mesa preciosa que podría vender por internet.
Luego se acercó a las diversas mesitas auxiliares que ya casi había terminado.
Aceptaba proyectos más pequeños para cubrir los pedidos más grandes, y las mesitas auxiliares eran bastante fáciles de vender con un mejor margen de beneficio.
La gente podía justificar mejor gastarse cuatro cifras en una pieza de arte útil que en algunas de mis mesas más grandes, que rondaban las cinco cifras.
No podía hacer mesas de comedor enormes, ni siquiera mesas de sala de reuniones. Era solo una persona, y, aunque era fuerte y supiera aprovechar mi fuerza, mover tableros gigantes de madera y epoxi no era posible sin ayuda. Era yo solo para todo.
—Vaya —suspiró mientras inspeccionaba los huecos llenos de carbón que habían quedado en los nudos de la madera.
La noche anterior había estado muy callada. Mi intuición, algo oxidada, me decía que quería hablar, pero no la había presionado porque había podido sacar temas para los que no estaba preparado.
Por ejemplo, ¿deberíamos decirle a la gente que éramos pareja?
¿Éramos pareja, o ella solo quería seguir follando?
Si quería algo más que sexo, ¿qué era? Rara vez había ido más allá del sexo en mis relaciones anteriores.
Mis relaciones no habían sido maduras ni sanas; de lo contrario, Jackie no se habría ido con un tipo al que acababa de conocer para mudarse a un lugar en el que nunca había estado.
Si eso no ponía de manifiesto lo poco que yo ofrecía, no sabía qué podía hacerlo.
¿Qué implicaba ser una pareja? ¿Qué quería Summer de mí?
Salir juntos, para empezar.
¿Cómo podía salir con ella? Ella iba a regresar a Bozeman por trabajo. ¿Iba a tener que viajar?
Una cita en Bozeman podía ser más fácil y menos intrusiva que salir en Bourbon Canyon, donde avivaríamos los cotilleos.
Los rumores se extenderían por toda la ciudad.
La gente sacaría a relucir recuerdos de cuando Eli salía con ella.
Sus palabras harían parecer que ella y Eli habían sido pareja el año pasado en lugar de hace más de quince años.
¿Qué hacía la gente en las citas hoy en día?
—¿En qué estás trabajando ahora? —Pasó los dedos por otra tabla de nogal que mi proveedor había declarado inservible debido a las grietas y los agujeros. Esos eran mis retos favoritos.
—En lo que estás tocando, en realidad.
Retiró la mano de un tirón.
Me reí entre dientes.
—No te preocupes. No he empezado. Será una de esas piezas intermedias que hago antes de empezar con un encargo.
Mira. —Me acerqué a la tabla, que aún tenía corteza en los bordes.
La cogí de donde estaba, apoyada contra la pared, y la llevé a una mesa vacía del taller.
Tenía varias. Dados los tiempos de secado del sellador y el epoxi, quería un taller con espacio suficiente para aprovechar mi tiempo de forma eficiente.
No me gustaba no tener nada que hacer. Dejé la tabla de lado y tracé el contorno del borde largo—.
Tendré que quitar todo esto para que el epoxi no se adhiera solo a la corteza.
—¿Porque si se despega la corteza, la mesa se desmorona?
Asentí y contorneé los nudos.
—Estos voy a rellenarlos, pero ¿ves el patrón que forman?
Ella frunció el ceño y movió la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro.
—Dios mío, parece la cara de un labrador.
Asentí de nuevo, sonriendo.
—Exactamente. ¿Sabes cuánto costará una mesa de bar a medida si parece que tiene la imagen de un perro grabada en ella?
—¿Cuánto? —Sus grandes ojos ámbar estaban clavados en mí, llenos de curiosidad.
Solía poner los ojos en blanco cuando Teller y yo nos poníamos en plan frikis hablando de material de acampada y de caza.
Pero eso le interesaba. Tenía su atención y me gustaba—.
Rellenaré las grietas y los agujeros y eso le dará vida a la imagen.
O eso espero. A veces un proyecto sale mal.
—Supongo que eso es lo que tiene el arte.
Nadie había llamado nunca «arte» a mi trabajo. Era un carpintero autodidacta. Si los carpinteros de YouTube a los que seguía se enteraran de lo mucho que había aprendido de ellos, iban a cobrarme matrícula.
—Si la imagen no sale bien, cobraré unos novecientos. —Sus ojos se iluminaron y mi pulso se aceleró. Aún no había llegado a la parte buena—. Si al final de todo esto sale una cara de perro, entonces cobraré sobre dos mil seiscientos.
—¿Cuántos días de trabajo?
Me encogí de hombros.
—Otra semana. Tallar la pata a partir de un trozo de madera de cuatro por cuatro llevará un tiempo, pero, como te he dicho, estaré trabajando en otros proyectos durante esa semana.
—Jonah. Eso son más de quinientos dólares al día.
Mi pecho se hinchó ante su asombro.
—Trabajo siete días a la semana, no cinco, y puede que el proyecto no salga bien —le advertí.
Puso los ojos en blanco.
—Además de los otros proyectos en los que estás trabajando y que estás vendiendo. Es impresionante.
Sentía unas ganas tremendas de guardar la madera y no tocarla hasta que ella se hubiera ido. Estaba alardeando. Eso nunca acababa bien.
—Menos el coste del material.
Entrecerró los ojos.
—Estás usando restos. ¿Cuánto costó la madera? —Tocó con el dedo el lugar donde iba a estar la nariz del perro.
—Esta ha sido… eeeh… gratis. Pero sí compro restos, o el comprador los aporta él mismo.
Echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—¿Puedo decirte que tu trabajo es bastante impresionante?
Tragué saliva.
—Claro.
—Tus muebles son tan impresionantes como tu pene.
Tosí.
—Por Dios, Summer.
—Tu ética de trabajo me pone a mil.
Tenía las mejillas en llamas. Estaba nadando en sus cumplidos y encantado de ahogarme.
—No hace falta que…
Se quitó el jersey de un tirón y sacó pecho mientras se desabrochaba el sujetador.
—Creo que tenemos que hacer un poco de terapia de exposición. —Sus pechos quedaron al descubierto y el sujetador cayó al suelo, según vi por el rabillo del ojo—. Me gusta tu erección, Jonah.
La buena noticia era que no podía sentirme tonto por lo fácil que era hacerme sonrojar. Mi erección dominaba mi circulación sanguínea y lo impedía.
—Summer, ¿qué estás haciendo?
—Decirte cosas buenas sobre ti mismo. —Se bajó los pantalones de chándal negros que me había pedido prestados—. Ah, vaya. Mi ropa interior está en la lavadora.
Tuve una vista completa de su sexo desnudo.
—Joder.
Apoyó las manos en el banco de trabajo que tenía detrás y abrió las piernas.
—Eres un artista increíble. —Se me secó la boca y me preocupé vagamente por que se le llenara la ropa de serrín por estar en el suelo, pero, sobre todo, no podía apartar la mirada de su cuerpo—.
Tu trabajo es el más impresionante que he visto.
Nada se compara con Dunn’s Wood Creations.
—Levanté la vista hacia ella. Había dicho que había husmeado en mi página web, pero oír el nombre de mi empresa en sus labios me despertó un nuevo deseo.
Me gustó que lo dijera casi tanto como la forma en que mi nombre se derramaba de sus labios cuando estaba profundamente dentro de ella—. Creo que eres dedicado y trabajador y…
—Me haces parecer un boy scout.
—No hace falta que seas un boy scout . Has estado poniendo en práctica esas habilidades toda tu vida.
—No sé hacer nudos. —Me acerqué sigilosamente. Su cuerpo desnudo, resplandeciente bajo las luces del taller, era erótico, pero no se podía comparar con tocarla. Hacía frío, y sus pezones estaban tensos y suplicaban atención.
—Aquí dentro sí. —Deslizó los dedos por su vientre.
Podría sentarla en el banco, abrirle las piernas y devorarla, pero en su lugar reclamé su boca con un beso.
—Te pillo. Gracias. —murmuré contra sus labios. El «Gracias» salió a regañadientes. Podía aceptar cumplidos. Pero no los necesitaba.
—Aún no he terminado. Me gustaría que usaras tu magnífica lengua o tu fantástico pene para convertirme en un montón de gelatina.
La besé de nuevo, saqueando las cálidas profundidades de su boca antes de apartarme.
—Tendrá que ser mi lengua. No tengo condones por aquí. —Me maldecía a mí mismo por no llevar uno encima en todo momento. Después de los últimos días, debería saber que una simple conversación podía acabar en sexo.
Pero ¿acaso no eran todas nuestras conversaciones simples? ¿No las mantenía en ese terreno a propósito?
Aparté ese pensamiento de mi mente. Seguíamos varados. No estaba aceptando la realidad.
Ella arqueó una ceja, con una expresión altiva que hizo que mi miembro se despertara en mis pantalones.
—Menos mal que tengo uno en el bolsillo de mi chándal.
—Joder. —Me quité el jersey y lo extendí sobre el banco detrás de ella. La levanté por las nalgas y la senté en el borde de la mesa. Mantenía mi taller meticulosamente limpio, pero tampoco me pasaba el día fregando, y no iba a permitir que se dañara la piel por que yo me hubiera puesto cachondo.
—Eres muy fuerte.