Capítulo 16 #4
Eso me hizo sentir mejor. Respetaba muchísimo a los hermanos Bailey mayores.
¿Les costaba entender a su hermano más sensible?
Yo no era infalible. Eli había reaccionado ante el mundo de forma diferente a mí.
Si una chica me hubiera dejado y me hubiera dicho que le gustaba Eli, me habría ido de viaje a las montañas: a cazar, a pescar con mosca, de acampada, de senderismo, lo que fuera.
Habría encontrado algo que hacer y no habría regresado hasta decidir que estaba mejor solo y que la chica estaba mejor con Eli.
Mi padre se habría hecho cargo de todas las tareas del rancho, como había hecho cuando cada vez que me iba a donde quería cuando quería. Mi madre se habría preocupado.
Joder.
Summer trazó un dibujo en mi muslo.
—¿Yo también puedo ver tu trabajo?
El placer de imaginarla en el lugar donde había pasado tanto tiempo me inundó el pecho de calor.
—Cuando quite el montón de nieve frente a la puerta del taller sí.
—¿Has dicho que estabas actualizando la página web?
Asentí, pero me miró con expectación.
—¿Quieres ver las fotos?
Se acurrucó más cerca.
—Claro, qué buena idea, me encantaría.
Riendo, me saqué el móvil del bolsillo. Abrí el álbum con las imágenes del proyecto. El pecho casi me estalló al ver cómo ponía los ojos como platos y entreabría los labios.
—¿Las has hecho todas tú?
—Son del año pasado.
Cogió el móvil y navegó entre las instantáneas. Se detuvo en una foto de un tocón de árbol y pasó a la mesita auxiliar decorativa con una base de madera sinuosa en la que lo había convertido.
—¿En serio? ¿Cogiste un tronco e hiciste eso? Nosotros lo habríamos convertido en leña.
—Era nogal de Bastogne, y el cliente me pidió que hiciera un diseño con él.
—¿Te lo inventas sobre la marcha?
—No, hablo con los clientes. Tenemos reuniones. Luego les enseño bocetos. Sin duda, si ellos aportan los materiales, dedico mucho tiempo a cada paso. Una vez que empiezo a cortar, ya no hay vuelta atrás.
—¿Por cuánto lo has vendido?
El precio se me quedó en la punta de la lengua. Sabía exactamente por cuánto había vendido la pieza. El cliente también había pagado el envío de las materias primas y el envío del producto terminado.
—Mil ochocientos dólares.
—¿Mil ochocientos? —Se incorporó y se giró hacia mí—. ¿Cuánto tiempo te llevó?
Tener toda su atención puesta en mí era desconcertante. Cuando estaba desnudo y me miraba de arriba abajo, había tenido la misma sensación de querer salir corriendo.
—Una semana.
—¡No puede ser! —Amplió la imagen y la estudió—. ¿Solo una semana?
—Dos días para el trabajo manual, más el tiempo de secado de los barnices, y unas cuantas horas más de idas y venidas en las fases de planificación.
Pero no es la única pieza en la que estaba trabajando esa semana, y mesitas como esta son los artículos más pequeños que vendo. —Y, con diferencia, los más baratos.
—Eres un artista.
Resoplé.
Me lanzó una mirada de reojo y pasó a otra foto. Un conjunto de taburetes que había fabricado con barriles viejos. Las duelas del barril servían de respaldo de los asientos y también había reutilizado los aros de acero en el diseño.
—Estos estaban en la cafetería —comentó—. Podrías haber cobrado más de mil doscientos por ellos, pero solo estaban etiquetados por unos cuatrocientos dólares.
—Pido menos para la gente de aquí. Además, solo los hago para divertirme.
—¿Solo para divertirte? —Amplió la foto e inspeccionó cada centímetro del taburete—. ¿Para divertirte?
—Cuando me veo limitado a un material y a un diseño concreto cobro más.
Ella sonrió con aire burlón.
—Cobras más a cualquiera que no sea de Bourbon Canyon. Me gusta. Es justo lo que habría hecho mi padre.
—Ya lo hacía.
Se rio entre dientes. La tienda de regalos de Copper Summit tenía las botellas de bourbon más baratas que en cualquier otro lugar del país.
—¿Les has hecho algo a tus padres?
Negué con la cabeza.
Me miró de reojo, luego salió del álbum y apagó la pantalla.
—He oído lo que le has dicho a tu madre sobre lo harto que estabas de que te dijeran lo que no podías hacer después del accidente.
Sabía que lo había oído, pero eso no me molestaba tanto como debería.
—Lo sé. Te gusta escuchar a escondidas.
Soltó un grito indignado.
—No es verdad.
—Siempre estabas espiándonos a Teller y a mí.
—Vosotros siempre estabais tramando algo divertido. —Se acurrucó a mi lado y cogió el mando a distancia, pero no encendió la tele de inmediato—. ¿Seguro que no te importa enseñarme el taller?
—No te lo habría ofrecido si me importara.
—Pasas mucho tiempo ahí, ¿verdad? —Cuando asentí, continuó—. Pensaba que te escondías de mí.
—Lo estaba haciendo. No es de buena educación desear a una novia a la fuga.
—¿Y ahora?
No debería estar tan enamorado de ella como lo estaba.
Su vida no estaba en esa montaña. Su vida ni siquiera estaba en las tierras de su familia, al otro lado del valle.
Pero estábamos atrapados juntos en una tormenta y yo no era lo bastante fuerte como para rechazar a alguien que me miraba como ella lo hacía.
—Me gusta la idea de ver una película cutre contigo. ¿Cuál va a ser?